martes, 15 de noviembre de 2011

tadurraca

13 de noviembre de 2011

El amor NO es solamente una serie de reacciones químicas cerebrales

Tomás Alfaro Drake


Una lectora anónima de mi blog, me escribe por mail lo que a continuación transcribo textualmente.

Buenas tardes:

Me permito escribirle porque fue muy amable conmigo en otra ocasión en el que nos cruzamos correos tras un comentario mío a una entrada de su blog Tadurraca.

Sigo leyendo todas sus entradas a través de Google Reader, y realmente creo que el suyo es uno de los mejores blogs ( si no el mejor) de los que leo con cierta frecuencia. Muchas de sus entradas (además de los amables correos que me escribió- y los doc adjuntos) me han ayudado mucho en la crisis de fe que atravieso desde 2005 y de la que, afortunadamente, creo estar saliendo.

Soy médico y también leo con cierta frecuencia otro blog relacionado con mi profesión. Su autor, posiblemente un magnífico médico de Atención Primaria y también buena persona, parece por algunas de sus entradas que es un ateo convencido, y eso lo deja entrever en su blog.

Me apena que haga esto porque a los que, como yo, estamos cogidos "con alfileres" en lo que respecta a la fe, alimenta nuestras dolorosas dudas.

Es un blog interesante para ir viendo qué se "cuece" en Atención Primaria (yo trabajo en Atención Hospitalaria); cómo funciona la Sanidad en otra Comunidad Autónoma diferente a la mía (y poder comparar)....

Pero, al leer entradas como la que copio abajo, me arrepiento de haberles recomendado el blog a mis residentes...

Bueno, creo que a estas alturas del mensaje, se estará preguntando que para qué le cuento todo esto a usted. No lo sé muy bien ni yo. Quizás porque es la persona que conozco (aunque sólo sea "virtualmente") que mejor sabe expresar que fe y razón, fe y ciencia, no son incompatibles. Que puede zambullirse en la teoría de la relatividad, hablar de neutrinos, explicar las teorías evolucionistas... y a pesar de todo ello ( o gracias a todo ello) ... gritar que Dios no sólo existe y nos ama... sino que creerlo así, es también lo más razonable.

Me gustaría saber si cree que hay que contestar a este tipo de entradas o simplemente dejarlas pasar. Si cree que puede servir para algo, le dejo el enlace de la entrada... Si cree que no merece la pena, el título de mi mensaje (que es la frase clave de la entrada del blog que ha motivado mi correo) quizás le sirva para una entrada futura en el suyo...añadiendo un "NO" tras el verbo.

Muchas gracias por su atención, y por el deleite y ayuda que nos proporciona a todos sus lectores de Tadurraca.

Saludos cordiales,

XXX

***

Del Blog El supositorio de Vicente Baos:

Tengo buenos recuerdos de muy pocos profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Fueron años duros, muy competitivos, en una facultad con clases de 250 alumnos donde había que aprobar todo el curso o lo repetías completo. Donde el acceso personalizado al profesorado era casi inexistente, donde se podía fumar en las aulas, y a veces, ni se veía el estrado.

Sin embargo, guardo en mi memoria con gran claridad, como un momento de descubrimiento intelectual de gran valor para mi pensamiento y mi formación, una de las clases del profesor Rodriguez Delgado. Tras una brillante carrera en EEUU, volvió a España, y aún siendo una eminencia, daba clases de Fisiología al alumnado de 2ª curso. Su tema: la Neurofisiología. Era una asignatura ardua y difícil, en un contexto de pésima formación previa.

Un día, creo recordar, ligeramente irritado por algún comentario de un alumno que se atrevió a cuestionar las afirmaciones neurofisiológicas de las emociones humanas, dijo algo así, o al menos, así ha quedado en mi recuerdo:

"..pero ¿qué se han creído? El amor es solamente una serie de reacciones químicas cerebrales " (En este tamaño de letra y negrita en el original del blog).

Gracias profesor. Descanse en paz.

Querida xxx:

Por fin puedo responderte.

Lo que dijo el prof. Rodriguez Delgado a sus alumnos no pasa de ser una opinión personal sin ninguna base científica, por mucho que él sea un gran científico, cosa que no dudo. Lo que me parece poco respetuoso con la verdad es presentar como científica una opinión que no es sino una opinión sin esa base científica, sin aclararlo. Se llama sacar los pies del plato. Es algo que suelen hacer los científicos, posiblemente sin mala voluntad, pero lo hacen a menudo. Sobre todo, los empeñados en negar a Dios. El reduccionismo (así se llama la tendencia a buscar las causas de los fenómenos en el nivel más simple posible) es una cuestión que metodológicamente es impecable, pero que ontológicamente es rechazada por gran parte de los propios científicos. Una cosa es que se intenten buscar explicaciones al nivel más simple posible y otra es que se encuentren o que puedan estar ahí. Confundir el método de búsqueda, con la realidad de lo que se busca es como confundir una radiografía para buscar un tumor, con una persona. Cuando no se pueden encontrar estas explicaciones en un nivel más simple, habrá que subir el nivel para encontrar la explicación. Hasta ahora, nadie ha podido demostrar científicamente que el amor sea solamente una serie de reacciones químicas cerebrales. Por supuesto que existen en el amor reacciones químicas cerebrales, pero tomar la parte por el todo ha sido siempre una de las principales fuentes de error de los seres humanos. Más bien hay indicios de que hay en el amor otras cosas no explicables por la química.

Si sólo fuese química, habría que buscar su aparición en la evolución. Pero no hay ninguna explicación evolutiva para el amor humano. Sí la hay para el amor animal. Luego explicaré la diferencia entre el amor humano y el amor animal.

Se cita a menudo, el comportamiento de determinados animales que, por salvar a su prole, se sacrifican ellos mismos. Los lobos machos, por ejemplo, cuando ven que un depredador se acerca al cubil donde está la hembra amamantando a los cachorros, se cruzan delante del depredador para que éste les siga a ellos y, a menudo, mueren por salvar a su prole. Pero esto sí admite una explicación genético-evolutiva. La evolución prima las conductas que hacen que se perpetúen los genes de un individuo. Si un lobo tiene una camada de 6 lobeznos y cada lobezno tiene un 50% de los genes de su padre, salvando a su prole se salvan 6 por 0,5, es decir 3 copias de los genes del padre, que pierde 1 copia al morir. Si el padre se desentendiese de la prole, salvaría una copia de sus genes pero perdería 3. Por tanto, la evolución hace que haya más genes supervivientes de las estirpes con ese comportamiento “altruista”. Y por eso existe ese comportamiento. Evidentemente, el lobo no calcula lo que está haciendo, lo hace movido por el instinto, instinto desarrollado por la evolución, que le empuja a ello.

Pero el amor humano es (no siempre y no al 100%, pero lo es) gratuito. ¿Qué explicación evolutiva puede tener que una persona se lance a salvar a un desconocido que se está ahogando, a la que no le une ningún parentesco, es decir, que no lleva sus genes, sabiendo perfectamente que está arriesgando gravemente su vida? Ninguna. Y ejemplos de heroísmo así se podrían poner a cientos. Y reducir el heroísmo a química me parece una bajeza.

Me da un poco de vergüenza acudir a ejemplos matemáticos para explicar esto, porque, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que es una evidencia que el amor humano es esencialmente distinto del amor animal. Por supuesto que una parte del amor humano es también amor animal, pero, otra vez lo de siempre, identificar una parte del amor humano con todo lo que es el amor humano, es tomar la parte por el todo.

Es evidente que hay una diferencia cualitativa entre el ser humano y el resto de los seres vivos que hay en la tierra. Negar esto es rebajar al ser humano por motivos ideológicos que, al final, lo que pretenden es negar a Dios. Y creer que el ser humano es único sobre la Tierra, no es soberbia humana, son hechos. El hombre es un ser ínfimo en el universo, una mota de polvo en una mota de polvo, en una mota de polvo… Pero dicho esto, es el único capaz de conocer qué es ese universo (es la consciencia de universo), es el único capaz de heroísmo consciente y desinteresado, es el único capaz de un grado de amor que no es puro instinto y es el único capaz de tantas cosas más que la lista sería inacabable. Y estas unicidades, a diferencia de su cuerpo (que soy el primero en creer que viene por evolución), no es razonable pensar que vengan por evolución y, desde luego, nadie ha demostrado científicamente semejante cosa. Me parece que cada uno puede tener al respecto su opinión, pero 1º/ la opinión del prof. Rodriguez Delgado es eso, una opinión y no un dato científico y, 2º/ me parece una opinión más gratuita que la mía y, si uno quiere ser serio, tiene que fundar sus opiniones en razonamientos, porque no todas las opiniones valen lo mismo. Aquellas más razonadas, valen más porque, probablemente, estén más cerca de la verdad. Así es que, por favor, ya basta de abusar de la no ciencia haciéndola pasar por ciencia y queriéndonos dar gato por liebre.

Espero, xxx que esto te ayude.

Un abrazo.

Tomás.

9 de noviembre de 2011

Frases 9-XI-2011

Tomás Alfaro Drake

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

La fe es una serie de contrarios unidos por la gracia.

Jean Duvergier de Hauranne, jansenista del siglo XVII, abad de Saint-Cyran. Leído en el libro del Cardenal Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”

6 de noviembre de 2011

Una tumba bajo la colina vaticana 2

Tomás Alfaro Drake


En una visita a Roma que hice hace años, teníamos una invitación especial para visitar las excavaciones que se están llevando a cabo bajo la basílica de san Pedro en las que había aparecido la que, con grandes posibilidades, podía ser la tumba de san Pedro. Lo que cuento a continuación son mis recuerdos de lo que ahí oí y viví, enriquecido con algunas investigaciones posteriores. Lo publico en dos partes de la que esta es la segunda.

Volvamos a la historia de las excavaciones. No sólo se encontró la necrópolis en las excavaciones. Un poco más hacia el sur del actual ábside de la basílica, debajo, más o menos, donde ahora está la piaza Santa Marta, detrás de la sacristía actual, se encontraron los restos de un circo romano, el circo de Calígula y Nerón, donde se llevaban a cabo ejecuciones de cristianos. En medio del circo estaba el obelisco que hoy está en el centro de la columnata de Bernini. Este obelisco, que había decorado el foro Julio de Alejandría, fue traído a Roma por Calígula en el año 37. En las excavaciones se encontró la base en la que éste estaba encajado. ¡Cuántos cristianos habrán salpicado con su sangre ese obelisco, san Ignacio de Antioquia entre otros, despedazados por las fieras a sus pies! Parece pues que Pedro, después de su crucifixión cabeza abajo en el circo de Narón1, fue enterrado muy cerca del lugar de su muerte, directamente en un hueco excavado en la tierra, junto al muro rojo, cubierto simplemente por la tierra y seis tejas planas. ¡Humilde enterramiento para el primer vicario de Cristo en la tierra!

¿Por qué, entonces, no se encontraron los restos de san Pedro bajo el trofeo? También hay una respuesta para ello. El Papa san Dámaso (366-384) cuenta que en el siglo III, por miedo a una profanación durante las persecuciones, los restos del apóstol fueron trasladadas a las catacumbas de San Sebastián, en la vía Appia. Pero su narración parece dar a entender que eso fue cosa superada y que los restos volvieron a reposar en su emplazamiento original. En efecto, entre los años 258 y 262, bajo el emperador Valeriano, se desencadenó una sangrienta persecución de los cristianos. Entra dentro de lo plausible que los restos de san Pedro, piadosa y secretamente venerados por los perseguidos cristianos, fuesen trasladados a un lugar más seguro.

Cuando las recientes excavaciones se acercaron al lugar donde se esperaba encontrar la tumba de san Pedro, las prisas hicieron que el muro lateral del trofeo, se demoliese precipitadamente a golpe de martinete. Tras la decepción de que no apareciesen los huesos del apóstol los escombros de la parte del muro destruida se guardaron en una caja y quedaron relegados al olvido durante diez años. Pero en ese muro, destruido en parte, se encontraron grafismos de los siglos II y III –por eso se le conoce hoy como el muro G–. Estos grafismos fueron estudiados a fondo por la arqueóloga Margherita Guarducci. Los primeros cristianos eran muy aficionados a estos grafismos hechos en las paredes con punzones o pintura. Gracias a ellos se conoce el emplazamiento exacto del Santo Sepulcro o de la casa de Pedro en Cafarnaúm. No era pues sorprendente su existencia.

Guarducci había leído en uno de los informes de los que habían llevado a cabo la excavación, que había un escombro que tenía un grafismo que decía “Petros en---i”, que bien podría ser “Petros enesti”; “Pedro está dentro”. Pero desgraciadamente, ese escombro no apareció porque, al parecer, uno de los excavadores se lo había llevado. Guarducci trabajó en los grafismos desde 1952 hasta 1965 y descifró otras inscripciones. Ella misma dice:

“Comencé a estudiar el muro de las inscripciones, que estaba dentro del monumento constantiniano. Ahora, este muro era una selva salvaje, y yo desesperaba de la empresa pero con paciencia, empecé a tratar de descifrarlo.

Esta tarea duró meses. Fue una de las más difíciles que había hecho. Después, en un determinado momento, aferré el hilo de la madeja y llegué a comprender. Se había usado una criptografía mística, es decir, se jugaba, en cierto sentido, con las letras del alfabeto. Allí sobreabundaba el nombre de Pedro, expresado con las letras P, PE, PET, vinculado normalmente al nombre de Cristo, con el símbolo de Cristo, con la sigla de Cristo y con el nombre de María, y sobre todo dominaban, en este muro, las aclamaciones a la victoria de Cristo, Pedro y María. También se recordaba a la Trinidad, a Cristo, segunda persona de la Trinidad y así sucesivamente. En fin, toda la teología del momento estaba allí, exhibida en este muro”.

Naturalmente, ante tales hallazgos se rescató del olvido la caja con el resto de los escombros del muro G y, entonces, se vio que, mezclados con los escombros había un esqueleto humano casi completo, aunque los huesos estaban todos rotos a excepción de la rótula izquierda, dos huesos del carpo izquierdo y tres falanges de la misma mano. Tenían adherida tierra, la misma que la de debajo del trofeo Los huesos pertenecían a un solo individuo que el Prof. Venerando Correnti, catedrático de antropología de la universidad de Palermo, encargado por el Vaticano de dirigir el análisis de los restos, identificó como “casi con certeza varón; de edad senil, si bien no muy avanzada (posiblemente entre 60 y 70 años) de complexión claramente robusta, con una estatura hipotética entre 1,64 y 1,68”. Habían estado envueltos en un tejido de púrpura y oro. Quedaban algunos restos del tejido y los hilos de oro. No es difícil imaginar que alguien –probablemente el propio emperador Constantino– había envuelto esos restos en un tejido de gran lujo y, los había puesto en un nicho recubierto de mármol incrustado en el muro G. Que proviniesen directamente del hoyo del enterramiento primitivo o hubiesen pasado por las catacumbas de San Sebastián, me parece que carece de importancia. Entre los escombros había también, en pequeña cantidad, huesos de algunos animales; cerdo, cabra, pollo y medio topo. Salvo los del topo, parece que los de los otros animales provienen de restos de comida. Ninguno de estos huesos tenía pegada tierra de debajo del trofeo. Con toda seguridad, en el transcurso de los primeros siglos, alguien comió cerdo, pollo o cabra por allí y dejó desperdigados los restos de su festín. Sin embargo, parece poco dudoso, aunque no incuestionable, que los huesos humanos sean los de san Pedro. Por esto, Pablo VI, en 1967 anunció que, con gran probabilidad, se habían encontrado los restos del primer Papa.

Naturalmente, el descubrimiento levantó todo tipo de polémicas. Las reacciones de los incrédulos iban desde el insulto zafio y la burla cargada de un odio que los descalifica –algunos comentarios comparaban a san Pedro con un cerdo por los huesos de ese animal que se encontraron–, hasta el escepticismo, basado en una única premisa. La premisa racionalista, que podría resumirse con la famosa frase de Rafael Gallo: “Lo que no pué sé, no pué sé y ademá eh himposible”. Ese dogma de fe dice: “San Pedro no pudo existir, no pudo ir a Roma, no pudo ser martirizado allí, no pudo ser enterrado allí, su tumba no pudo ser venerada y todo es un montaje, sólo porque yo no puedo entenderlo. Por tanto, si se aportan pruebas de que las cosas fueron así, las pruebas tienen que ser falsas y los que científicos que las encuentran, tienen que ser mentirosos o incompetentes”.

Hasta aquí los datos. Pero más allá de ellos, cuando al final del recorrido llegamos a la tumba, la guía nos dijo:

“Ahora, para los que quieran, sugiero que recemos un Padre Nuestro”.

Lo rezamos todos con una emoción difícil de describir.

“Padre nuestro, que estás en los cielos...”

Sabíamos que estábamos casi en el principio de todo. Que estábamos tocando el sitio donde estuvieron los restos del primer vicario de Cristo en la tierra, del primer eslabón de la cadena que llega ininterrumpidamente hasta Benedicto XVI, de la Roca sobre la que Cristo quiso edificar su Iglesia que, a pesar de todos los avatares históricos, a pesar de todas sus imperfecciones y pecados, no ha dejado ni un momento de estar presente entre los hombres para hacerle presente a Él.

“... y líbranos del mal. Amén”.

1 de noviembre de 2011

Una tumba bajo la colina vaticana I

Tomás Alfaro Drake


En una visita a Roma que hice hace años, teníamos una invitación especial para visitar las excavaciones que se están llevando a cabo bajo la basílica de san Pedro en las que había aparecido la que, con grandes posibilidades, podía ser la tumba de san Pedro. Lo que cuento a continuación son mis recuerdos de lo que ahí oí y viví, enriquecido con algunas investigaciones posteriores. Lo publico en dos partes de la que esta es la primera.

Una arqueóloga del Vaticano, nos tomó bajo su guía. Lo primero que nos dijo es que las excavaciones habían empezado porque el Papa Pío XI había pedido ser enterrado debajo de una de las capillas de la basílica de san Pedro, junto a unos restos de la primera basílica, mandada construir por Constantino y sobre la que está construida la actual.

Cuando en el mismo año de la muerte de Pío XI, 1939, se iniciaron unas pequeñas excavaciones para cumplir la voluntad del Santo Padre, poco se sospechaban las sorpresas que esto iba a deparar.

Efectivamente, a poco de empezar, se dieron cuenta de que en el terreno de debajo de la basílica de Constantino, era una antigua necrópolis romana. Parecía ser una necrópolis de gente de clase baja, por las pobres ofrendas que acompañaban a los enterramientos. Las tumbas estaban desordenadas, no estaban alineadas en paralelo, formando calles, como ocurre, por ejemplo en la necrópolis de Pompeya, que acababa de visitar unos días antes de lo que estoy contando. Los enterramientos eran caóticos, tanto en su distribución como en su orientación.

Pío XII dio la orden de hacer todo lo necesario para, con el máximo cuidado y usando toda la capacidad técnica y todos los conocimientos científicos disponibles, llevar a cabo una investigación que aportase un conocimiento profundo de qué era esa necrópolis y quienes eran los enterrados en ella. Muchas de las personas sepultadas allí habían sido incineradas y sus cenizas se guardaban en urnas, otras habían sido enterradas sin quemar. En muchas de ellas había inscripciones enternecedoras. Recuerdo vagamente una en la que un marido se lamentaba por la pérdida de su querida esposa con un dolor que traspasaba los siglos. Pero había algunas, pocas en porcentaje, en las que ponía simplemente: “En depósito”. Tertuliano, un apologista cristiano entre el siglo II y III, escribe en su obra titulada “La resurrección de los muertos”: “La carne resucitará, toda la carne, precisamente la carne. Allí donde se encuentre, se encuentra en depósito ante Dios, en virtud del fidelísimo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que restituirá Dios al hombre y el hombre a Dios”. Esas tumbas eran, sin lugar a dudas, tumbas cristianas. Y, a medida que iban identificando tumbas con esa inscripción, los arqueólogos se dieron cuenta de una cosa extraña. Las cabezas de todos esos enterrados apuntaban hacia un mismo punto. Naturalmente, se tomó la decisión de excavar hacia ese punto.

Pero, antes de llegar a ese punto, voy a dar un rodeo por la tradición. A partir del siglo III consta por escrito la tradición de que Pedro fue martirizado en Roma en la persecución de Nerón. Pero todas las tradiciones escritas de la antigüedad, son hijas de una tradición oral anterior. Pues bien, la tradición escrita constata, no sólo el martirio de Pedro, sino el hecho de que su cuerpo, recogido por cristianos piadosos, fue enterrado en la colina vaticana, no lejos de donde había sido martirizado, bajo seis grandes tejas planas, colocadas a dos aguas y junto a un muro puntado con una pintura roja. También afirma esa tradición que, más tarde, hacia finales del siglo II, otros cristianos habían construido sobre su tumba un pequeño monumento al que se le da el nombre de “trofeo de Gaio”. Nada aparatoso, un pequeño frontón triangular, como el de los templos clásicos, sobre dos pequeñas columnas. El conjunto no mediría más de un metro y medio de altura. Más tarde, en el siglo III a un lado del trofeo, como protegiéndolo por uno de sus flancos, se construyó un pequeño muro lateral, quedando el trofeo como encajonado por dos de sus lados. Por un lado, el muro rojo existente antes del enterramiento y, en ángulo recto, por este muro nuevo.

Volvamos ahora a las excavaciones del Vaticano. Cuando llegaron al punto señalado por la orientación de las tumbas cristianas, encontraron, exactamente como lo describía la tradición, el trofeo de Gaio con el gran muro rojo y el pequeño de protección. Se encontró el hueco excavado en la arena en el que debieron estar depositados los restos de san Pedro. Se encontraron restos de las tejas. Pero ningún resto humano.

En las excavaciones se encontraron también, como no podía ser de otra manera, las ruinas de la primera Basílica de san Pedro, empezada a construir por el emperador Constantino en el 323. Para su construcción había sido necesario rellenar con arena apelmazada el terreno, enterrando la necrópolis bajo varios metros de arena. Hay evidencia histórica de que el propio emperador participó físicamente en el transporte de arena y su apelmazamiento. ¡Extraña actividad para un emperador! No se sabe de ningún otro que haya aportado sus propias manos a sus obras. Hay, pues, tres niveles. El de la necrópolis, el de la basílica constantiniana y el de la actual.

Constantino había hecho construir su basílica en un lugar extraordinariamente problemático. Primero estaba el desnivel de la colina vaticana que obligó, por un lado a tapar con arena la necrópolis y por otro a realizar grandes desmontes de terreno para alisar una explanada en la que construir la basílica. Aparte de la dificultad arquitectónica, no es desdeñable el hecho de la impopularidad que debió tener, para una mayoría de población pagana de Roma el que el emperador cubriese la necrópolis donde muchos tenían enterrados a sus seres queridos, para construir encima una iglesia a ese Dios que había irrumpido desde el lumpen de los cristianos. ¿Por qué precisamente ahí? Porque el crucero, y en él el altar mayor de la basílica de Constantino, está justo en la vertical del trofeo. Empieza aquí la apertura, de dentro hacia fuera de un conjunto de cajas chinas. Alrededor del trofeo, Constantino hizo construir, antes de iniciar las obras de la basílica, un monumento. San Gregorio Magno (Papa 590-604) hizo construir un altar, ya dentro de la basílica, sobre el monumento de Constantino. Calixto II en 1123 hizo rodear este altar con otro monumento. Más tarde, en 1502, Julio II haría demoler la basílica constantiniana para construir la actual de san Pedro, y Clemente VIII, en 1594, construyó encima el actual altar, que se encuentra justo en la vertical del eje de la gran cúpula diseñada por Miguel Ángel. ¿Casualidades? Imposible de creer. Uno puede creer que el arquitecto de la actual basílica respetase el punto del crucero de la antigua, la de constantino, como punto clave de la suya. ¿Pero todo lo demás? Por este motivo, Pío XII, en la alocución radiofónica de Navidad de 1950 notificó al mundo que se había encontrado la tumba de san Pedro.

Voy a contar dos pequeñas anécdotas para ilustrar la fuerza de la tradición que hablaba del trofeo de Gaio.

La primera en Roma. Antes de que Julio II demoliese la basílica de Constantino, Los reyes Católicos encargaron a Bramante, en la colina del Gianicolo, propiedad hasta hace poco la corona española, un pequeño monumento, conocido como “il tempietto”, preludio del estilo renacentista italiano. En la planta semienterrada, hay, ni más ni menos, una reproducción del trofeo con una estatua de san Pedro enmarcada en él.

Pero más curiosa es la segunda. La provincia de Cantabria está llena de diminutas capillitas, apenas un cobertizo cerrado con una verja, que la gente del pueblo llama “santucos”. Suelen estar vacíos porque, con el tiempo, los “santucos” a los que estaban dedicados han desaparecido. Pero un verano, después de conocer la tumba de san Pedro, paseando por Mazcuerras, un pequeño pueblo de la provincia, mi mujer y yo vimos uno que aún tenía “santuco”. Tenía un pequeño monumento, torpe copia del trofeo de Gaio, con un santo debajo. Apostamos con los que nos acompañaban a que era san Pedro. Ellos decían que no podía ser san Pedro porque la iconografía siempre le representa con unas llaves. Pasó uno del pueblo que venía de trabajar el campo con el azadón y le preguntamos que santo era. “Quién va a ser –nos dijo como quien contesta a un niño ignorante que ha hecho una pregunta tonta– Pedruco”. ¿Cuándo y por qué medios llegó a Mazcuerras esa tradición de representar a san Pedro enmarcado por un trofeo? No lo sé, pero llegó. Tanto en la época de los reyes Católicos como cuando se construyese l santuco Pedruco de Mazcuerras, nadie había visto el trofeo de Gaio desde que quedase enterrado en el 312, bajo la basílica de Constantino.

27 de octubre de 2011

Frases 28-X-2011

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

La fe es una afirmación del único Dios del cielo como poder que todo lo domina; es la valentía de entregarse al poder que todo lo domina, sin manipular lo divino.

Cardenal Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”

23 de octubre de 2011

Testimonios de la nueva evangelización

El Sábado Pasado estuve en Roma en un acto, clausurado por Benedicto XVI bajo el título: "Nuevos evangelizadores para la nueva evangelización". Fueron cuatro las personas que dieron su testimonio de nuevos evangelizadores. La primera, por orden de aparición, fue sor Verónica, fundadora del instituto religioso Iesu Communio. Me emocionó profundamente su testimonio, que transcribo más abajo. Al final del acto, tras ser clausurado por el Papa, todos los que habían participado en él pasaron a saludar a Benedicto XVI. Cuando le llegó el turno a sor Verónica, ésta le dijo: "Santo Padre, ¿puedo darle un abrazo?" a lo que el Papa accedió. Entonces sor Verónica se fundió en un cariñoso, emotivo y tierno abrazo, y le dio un beso, beso y abrazo como los que una hija pueda dar a su padre al que quiere mucho y al que ve menos de lo que quisiera. Los Papas deben echar de menos, rodeados como están por el frío protocolo, una manifestación de cariño tan espontánea y tierna como ésta. Por eso, tras el abrazo, Benedicto XVI retuvo por unos instantes las manos de sor Verónica, como si quisiera que se quedase más tiempo con él. No pudo ser. El protocolo exigía que todo siguiese su curso. Pero ahí queda la muestra de ternura filial que, seguramente, tanto Benedicto XVI como sor Verónica, recordarán toda su vida. Al final, añado un link en el que poder visualizar este abrazo.

Testimonio de Sor Verónica en el congreso de nuevos evangelizadores

"Dios quiere plenificarnos"

“Pero ¿qué estáis diciendo? O vivís fuera de la realidad sin pisar la tierra o, si es verdad la alegría que veo y lo que decís, no puedo ocultar mi enfermedad: mi enfermedad es que no conozco al Señor”. Esta afirmación la escuché hace muy poco a una joven en uno de los encuentros que mantenemos en nuestros locutorios, donde compartimos con sencillez la fe con quienes se acercan a nuestra casa. Y continuó diciendo aquella joven: “Creo que la desesperanza me apresó por tratar de defenderme del cristianismo, concibiendo el ser cristiano como un obstáculo para alcanzar la felicidad, como si Dios fuera un enemigo a la puerta que viniese a coartar mi libertad y a deshacer mis planes”. En estas palabras se resume la experiencia de muchos otros, incluso de nosotras mismas.

No es la tristeza por lo que se tiene –a veces muchísimo–, por más legítimo y honesto que pueda ser, sino la tristeza por lo que no se tiene, por lo que se anhela, sin que uno pueda dárselo a sí mismo y quizás sin capacidad para ni siquiera expresarlo. Ese anhelo lleva consigo la certeza de que no merece la pena vivir por menos de lo que intuimos, o de que malvivimos cuando renunciamos a entendernos en el designio con el que Dios quiere plenificarnos. El corazón sufre opresión cuando amordazamos el clamor más hondo de nuestro ser, y entonces sobrellevamos el paso del tiempo de la forma menos incómoda o, si se puede, más placentera posible; en cualquier caso, padecemos cuando desertamos de llegar a ser hombres en la plenitud para la que fuimos creados.

Decimos tener pánico al sufrimiento y a la muerte. Pero ¿acaso no tenemos miedo a vivir al no encontrar el sentido de la vida ni su valor y, por tanto, no somos capaces de afrontar los acontecimientos diarios?

Imposible olvidar el impacto que me produjo a mis diecisiete años ver literalmente una alfombra humana de jóvenes tirados por tierra, desorientados, despersonalizados. Mi reflexión fue ésta: “Señor, ¿Tú nos ha creado para esto? ¡No, no, estoy segura de que no!” Yo misma me sorprendí hablando con Él, porque indudablemente Él estaba allí; jamás puede el Creador abandonar la obra de sus Manos. Aquella imagen determinó mi vida; nadie tenía que convencerme de que el hombre, si no vive abrazado a Dios y a su voluntad, está desorientado, camina a tientas, no logra saber quién es, ni a dónde va, ni con quiénes puede avanzar en verdad.

Me atrevo a afirmar que, a veces, quizás demasiadas, caemos donde no queremos buscando saciar por caminos equivocados, como el hijo pródigo, el clamor de amor, felicidad, salvación, comunión, plenitud que existe en lo más profundo del hombre. Estamos bien hechos, incluso cuando experimentamos la sed abrasadora de una vida en plenitud; una sed que, cuando busca ser saciada en espejismos, aún se hace más ardiente y fomenta más la desesperanza. Esa sed, en definitiva, pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre, para que no se conforme con una vida mediocre, para que se sienta espoleado a acoger la vida en plenitud.

La sed del hombre resuena en el grito de Cristo en la Cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28). La sed del hombre sólo se calma, sólo encuentra alivio y descanso en Jesús, ¡sólo en Jesús!, el Mendigo sediento que sale al encuentro de la mujer samaritana: “Si conocieras el don de Dios...” (Jn 4, 10). Cristo no viene jamás a arrebatar, sino que desea ardientemente agraciar a la criatura con el don de Dios, colmar a su criatura con una vida en plenitud mediante el don del Espíritu que nos introduce en la comunión del amor trinitario. Cristo es el que está sediento por colmar nuestra sed; Cristo tiene sed de que del seno del sediento lleguen a brotar ríos de agua viva, fecundidad desbordante.

Pero como ni la imposición ni el avasallamiento son propios de Dios, éste sale al encuentro de la libertad humana invitándola a abrirse a su don: “Si conocieras el don de Dios…, tú le pedirías, y Él te daría…”. Su atracción es su Amor. Su promesa, el designio del Amor de Dios, por ser don, el hombre no lo hubiese podido ni soñar, pero lo reconoce cuando se hace presente.

El Espíritu derramado, don de Dios, conduce siempre al encuentro personal con Jesús, a la configuración con el Resucitado, con el Viviente, en una comunión que supera cualquier frontera de espacio y de tiempo, pero que afecta a nuestra concreta vida e historia, a nuestro aquí y a nuestro hoy. El Espíritu, a la vez que nos configura a Cristo, crea la comunión entre los creyentes, porque nunca recrea a los hombres como individuos aislados sino constituyendo un cuerpo, el cuerpo de Cristo, la Iglesia, que en modo alguno es la mera suma de unos individuos con unos mismos ideales o valores, sino el hogar alentado por el Espíritu, que perpetúa a lo largo del tiempo la presencia de Cristo, la visibilidad del Señor.

Nuestro testimonio, sencillamente, como posiblemente el de ustedes, es haber quedado cautivadas por el don incomparable de ser cristianos, por la belleza de vida de tantos cristianos que con su forma de vivir, de pensar, de sentir, de actuar señalan al misterio de Jesucristo, el más Bello de los hombres, que enamora y arrebata el corazón como “inseparable vivir”. En la Humanidad de Cristo obediente y plenificado por el don del Espíritu, los creyentes descubren su identidad, su vocación, su misión y su destino. El encuentro con Jesucristo da un vuelco entero a la existencia porque, al quedar nuestra mirada fija en Él, nos libera de la mirada egocéntrica que nos empequeñece y pervierte, porque el hombre sólo camina hacia la plenitud cuando se abre al designio de Dios y al caminar de los hombres, redescubiertos como hermanos a los que Dios ama con ternura.

Cautiva ver el gozo de vidas plenificadas por el Espíritu Santo. Por medio de ellas, se suscita el deseo y la decisión de vivir en santidad. En la Iglesia, hemos podido apreciar la belleza de la santidad como plenitud de la existencia, que impulsa a vivir postrados en actitud de continua conversión. En la Iglesia, se nos permite acercarnos a la experiencia de los santos, que no es sólo algo del pasado ni un itinerario para unos pocos ni un privilegio de una élite: la santidad es, por el contrario, la más profunda vocación humana.

Los creyentes, con la belleza y la dignidad de su vida, son testigos gozosos de Jesús resucitado. Viven del Espíritu de Cristo y en Cristo, porque su vida se alimenta en la mesa del Señor, donde cada día pueden asistir al milagro de la Eucaristía, y donde el Cuerpo entregado y la Sangre derramada del Señor se ofrecen en abrazo de unión que les permite hacerse una carne con el Cuerpo resucitado de Cristo y un cuerpo con sus hermanos.

Con entrañas de Eucaristía ofrendan y hacen fecundos todos los espacios y todos los momentos de la vida, no como conquista humana, sino como fruto del don acogido. Viven del don que nunca deja de ser a la vez promesa futura y tarea presente, adoración postrada y obrar diligente, conscientes de que la historia es el tiempo que Dios se toma para ir haciendo a su criatura hasta conducirla a la plenitud querida por Dios y ya manifestada en la Humanidad glorificada de Cristo.

La existencia de los creyentes es un caminar continuamente orientado hacia Cristo, con el oído despierto a su Palabra meditada y hecha carne, que les posibilita vivir con sobrecogedora dignidad la prosperidad y la adversidad, la salud y la enfermedad, en definitiva, todos los avatares y los momentos de la existencia, incluso la temida vejez y la muerte, abiertos al don del Espíritu de Cristo resucitado que les permite vivir la cruz no desde la rebeldía y la desesperanza sino desde la fecundidad de la obediencia, confiados en la misericordia de su Señor que les ha prometido vivir eternamente con Él.

El gran testimonio que roba el corazón es ver en el hombre el obrar de Cristo que se realiza y se expresa en la comunión en la que viven los cristianos; se aman de verdad y están dispuestos a entregar la vida unos por otros. La comunión distingue a los discípulos de Cristo y es el más bello testimonio y el más poderoso atractivo. En su entorno, a pesar de su conciencia de fragilidad, herida por el pecado, florece la vida y la alegría; porque encarnan y anuncian la fecundidad del don del Evangelio. Lamentan y lloran todo lo que emborrona, enturbia o fractura la belleza de la comunión eclesial, pero no lo convierten en ariete contra la institución y sus pastores, sino que les impele a una renovada conversión y a un más decidido anhelo de santidad, alejado del escándalo puritano.

En la comunión eclesial que el Espíritu de Jesús ha hecho posible, vemos la audacia de una libertad que no se arredra ante la avasalladora presencia del mal en cualquiera de sus manifestaciones o estrategias, sino una libertad siempre disponible para abrazar y seguir el querer de Dios. Los creyentes aman la verdad, viven de ella; conciben el pecado como profanación de la dignidad sagrada de la criatura y, por tanto, como ofensa a Dios; evitan la violencia y el egoísmo como negación del amor, no consienten con la injusticia, huyen de la envidia y de la ambición, que atentan contra la comunión.

Los creyentes se desbordan en compasión y perdón; entregan la vida que se aprecia y se acoge como un don precioso para que se haga don para otros y despierte el deseo de entrega, de amar y servir, porque comprenden que la gloria del hombre es perseverar y permanecer en el servicio de Dios, un Dios que en Jesucristo, el Hijo hecho Siervo por amor, ha salido a su encuentro: los ha acogido, los ha lavado, los ha servido, los ha alimentado, los ha liberado, los ha fortalecido hasta hacerlos presencia suya en medio de los hombres, sin que por ello se crean mejores ni superiores a los demás: simplemente se sienten y actúan como servidores del don, y esto constituye su gozo y su recompensa.

En la comunión de la Iglesia de Cristo, hemos conocido, por más que experimenten su incapacidad para llegar a todas las heridas y dolores del mundo, el amor solícito y atento de hombres y mujeres, cuyas vidas se han gastado fecundamente, confiados en que la victoria de Cristo, y no el mal, tendrá la última palabra en la historia de los hombres; pero esa esperanza futura no impide que sus manos ahora se acerquen y alivien el dolor y el sufrimiento de los menesterosos, pobres, marginados, olvidados, desesperanzados, desorientados, angustiados... en los que ven a Cristo mismo que sale a su encuentro.

Cristo en su Iglesia ha ganado nuestro corazón, porque en ella no nos hemos encontrado con un Dios rival de nuestra felicidad, de nuestra plenitud, sino con el Dios de Jesucristo, garante de la razón, la libertad, el bien, la verdad, la belleza, la vida del hombre, porque “la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo).

En la Iglesia, tierra de vivientes, hemos experimentado el amor y la ternura de Dios. Cristo, nuestro Buen Samaritano, no ha pasado de largo ante nosotras, sino que se ha compadecido de nuestras heridas, se ha abajado para levantarnos y rescatarnos, tal y como estábamos nos cargó sobre sí, ha derramado sobre nosotras óleo de sanación y nos ha confiado al cuidado y guía del Espíritu en la Iglesia. Hemos experimentado la fiesta de la salvación por el hijo desorientado que volvió al calor y a la luz del hogar.

Quien ha conocido la sed de Cristo sobre su vida queda herido por su sed y abrasado por el deseo de que todos conozcan el don de Dios, está dispuesto a que su vida se haga por entero don y entrega que calme la sed de sus hermanos; lejos de ofrecer vinagre ante el grito del Crucificado, anhela ardientemente que se cumpla el deseo que Jesús expresó al Padre antes de su Pasión: “Que todos sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21). La comunión configura nuestra existencia y se convierte en testimonio y misión.

En la Iglesia, hogar del Espíritu, nos ha traspasado el grito de Cristo: “Tengo sed”, que sigue hoy resonando de mil maneras en todos los confines de la tierra, porque el hombre tiene sed del don de Dios, aunque muchos lo ignoren o incluso lo rechacen.

Urgidas por la sed de Cristo mismo, que no quiere que ninguno se pierda sino que todos tengan vida abundante, queremos ofrecer lo que de la Iglesia estamos recibiendo y aprendiendo. Queremos ser testigos de que nada hemos perdido, de que, por el contrario, nuestra vida se ha visto enriquecida en todo. Queremos ser presencia del don recibido.

Nuestra comunión quiere ser templo donde, en adoración, se custodie la presencia del Dios vivo, se ame al Esposo con todo el ser, y arda día y noche la oración continuada que acoja y abrace el lamento, el dolor, la esperanza del mundo, y se vele por cada uno de los hijos que se nos confían.

Nuestra comunión quiere ser hogar con entrañas de Eucaristía donde se celebren los Sacramentos, donde se invite al abrazo del perdón sanador y al banquete de la Eucaristía, alimento para avanzar sin temor en el camino de la santidad; nuestra comunión quiere ser casa encendida donde se espere siempre al hijo que vuelve malherido, decepcionado, arrepentido, desorientado o abierto también al don; posada donde el Buen Samaritano siga otorgando descanso, aliento y fortaleza para emprender, continuar o retomar el camino de la fe.

Nuestra comunión quiere ser casa siempre abierta donde se comparta la fe en Jesucristo desde la personal experiencia de rescate y sanación, donde se comparta la Palabra proclamada y encarnada para ayudarnos a superar la oscuridad que a veces obstaculiza el peregrinar.

Nuestra comunión quiere ser testimonio de que, a pesar de nuestras fragilidades y caídas, el Espíritu es capaz de unir, por encima de las diferencias, a los dispares y dispersos para que seamos un solo corazón y una sola alma porque el Espíritu recrea a cada uno de manera única e irrepetible, y al mismo tiempo nos inserta armoniosamente en una comunión donde el tú y el yo no se entienden sin ser nosotros, destruyendo así la soledad y el doloroso vacío del corazón.

Nuestra comunión quiere ser seno donde se testimonie la dimensión materna de la Iglesia, donde los hijos de Dios envueltos en caridad y en esperanza sean alumbrados y se sientan invitados a descubrir la grandeza y la belleza de la vida humana llamada a ser presencia del Amor de Cristo aquí y ahora.

Nuestra comunión quiere vivir unida al canto de María que proclama la grandeza y la fidelidad de Dios, así como la alegría de la criatura cuando se deja recrear por su Señor.

No puedo concluir mis palabras sino manifestando mi más profundo agradecimiento y amor al Santo Padre Benedicto XVI, padre, pastor, maestro, sucesor de Pedro, garantía de la comunión eclesial para vivir en la permanente novedad del Evangelio que primorosamente la gran Tradición eclesial ha conservado y transmitido desde la frescura de las primeras generaciones cristianas hasta nuestros días; gracias a los pastores que, configurados con Cristo, el Buen Pastor, velan sin descanso por cada uno en la gran fraternidad que constituye la Iglesia extendida por todo el mundo; gracias a todos los que desde la rica variedad de vocaciones y carismas suscitados por el Espíritu Santo nos hacéis presente a Cristo; y permitidme que asimismo muestre mi agradecimiento a mis hermanas, la pequeña heredad en la que Dios ha querido que viva mi consagración: acogiendo y ofreciéndonos el perdón cada día, no queremos otra cosa que dejarnos hacer por las manos de Dios, el Hijo y el Espíritu Santo, con su infinita paciencia creadora.

Gracias a quienes hacéis posible que confesemos cada día con más asombro y gratitud: “Creo en Dios Padre, que con su amor omnipotente creó el cielo y la tierra como lugar de encuentro y diálogo amoroso con los hombres, a los que había destinado de antemano a vivir de y en la comunión del amor trinitario. Creo en Jesús, el Ungido, su Hijo único, nuestro Señor, que por nuestra causa nació de las entrañas virginales de María, fue bautizado, padeció, murió, fue sepultado, resucitó y subió al cielo para liberarnos del pecado y de la muerte y hacer que, como hijos, vivamos de y en la comunión del amor trinitario. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que Cristo derramó de una manera nueva sobre los hombres para configurar la Iglesia, que, por medio de la comunión en las realidades santas, especialmente la Eucaristía y el perdón de los pecados, preludia en nuestra tierra y en nuestro tiempo la resurrección de la carne para que, elevada ésta a la altura de Dios, goce eternamente de la comunión del amor trinitario”.

Gracias, Jesucristo; gracias, Madre Iglesia.


http://www.youtube.com/watch?v=VVGgetYMcys&sus=em


20 de octubre de 2011

Frases 20-X-2011

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

La fe cristiana es la modalidad subversiva y sorprendente de vivir las cosas de todos los días.

Don Giussani. Fundador de Comunión y Liberación.
tadurraca

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