martes, 15 de noviembre de 2011

domingo 6 de noviembre de 2011

Trigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A


Domingo 06 de Noviembre, 2011

Día del Señor
Señor, mi alma tiene sed de ti
Que llegue hasta ti mi súplica, Señor

Primera Lectura
Lectura del libro de la Sabiduría (6, 12-16)
Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean.
El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta. Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones.
A los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 62
Señor, mi alma tiene sed de ti.
Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua.

Para admirar tu gloria y tu poder, con este afán te busco en tu santuario. Pues mejor es tu amor que la existencia; siempre, Señor, te alabarán mis labios.

Podré así bendecirte mientras viva y levantar en oración mis manos. De lo mejor se saciará mi alma; te alabaré con jubilosos labios.

Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses (4, 13-18)
Hermanos: No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con él.
Lo que les decimos, como palabra del Señor, es esto: que nosotros, los que quedemos vivos para cuando venga el Señor, no tendremos ninguna ventaja sobre los que ya murieron.
Cuando Dios mande que suenen las trompetas, se oirá la voz de un arcángel y el Señor mismo bajará del cielo.
Entonces, los que murieron en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los que quedemos vivos, seremos arrebatados, juntamente con ellos entre nubes por el aire, para ir al encuentro del Señor, y así estaremos siempre con él. Consuélense, pues, unos a otros con estas palabras.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (25, 1-13)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
“El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras.
Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’
Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron:
‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.
Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’.
Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’. Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario a la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que la paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
En estos domingos que van cerrando el año litúrgico, los textos nos invitan a reflexionar sobre el advenimiento del fin, un fin que no es sólo la meta o culmen de la vida, sino también como la meta de toda la humanidad y del mundo.
En la carta de Pablo a los Tesalonicenses se refiere a aquellos que creen que los hermanos que han muerto no se verán favorecidos por estar ausentes de la segunda venida del Señor. Pablo reafirma que los que murieron en Jesús estarán presentes con él en el último día, y los que seguimos con vida no tenemos ventaja alguna al respecto, pues resucitarán en primer lugar los que murieron antes y los que queden vivos serán llevados al Señor. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó por todos, entonces quienes morimos con Cristo resucitaremos con Él.
El evangelio de hoy se refiere a la parábola de las diez vírgenes, cinco de ellas eran prudentes y cinco necias, las cuales esperaban la llegada del novio. «El novio» es Jesús mismo (Mt 9, 15).
La parábola se refiere a una boda judía: Después del contrato de esponsales los novios continuaban separados cada uno en la casa de sus padres. Durante este período la novia se preparaba para su futuro papel de esposa y el novio se encargaba de conseguir el futuro alojamiento para su mujer, que podía ser incluso una habitación dentro de la casa de los padres. Finalmente llegaba el día de la boda (nissuin). Alfred Edersheim, en sus “Bocetos de la vida social judía” (Sketches of Jewish Social Life), nos relata más detalles:
El matrimonio seguía después [de los esponsales] tras un período más o menos largo, los límites de los cuales estaban fijados por la ley. La ceremonia en sí consistía en conducir a la novia a la casa del novio, con ciertas formalidades, la mayor parte datadas de tiempos antiguos. El matrimonio con una doncella se celebraba comúnmente por la tarde de un miércoles, lo cual dejaba los primeros días de la semana para los preparativos, y permitía al marido, si tenía alguna acusación en contra de la supuesta castidad de su prometida, realizarla de inmediato ante el sanedrín local, que se reunía cada jueves…”.
Las procesiones previas a la ceremonia constituían una parte importante del ritual, como describe Joachim Jeremias: A última hora de la tarde los invitados se entretenían en la casa de la novia. Después de horas de esperar al novio, cuya llegada era repetidamente anunciada por mensajeros, llegaba finalmente, media hora antes de la media noche, para encontrarse con la novia; iba acompañado de sus amigos; iluminado por las llamas de las candelas, era recibido por los invitados que habían venido a encontrarse con él. La comitiva de la boda se desplazaba entonces, de nuevo en medio de muchas luminarias, en una procesión festiva hasta la casa del padre del novio, donde tenía lugar la ceremonia del matrimonio y el agasajo.
De esta manera, se nos representa la Boda que el Señor (el novio) viene a celebrar con nosotros, y la significación de las muchachas o doncellas con sus lámparas encendidas nos describen el estar alertas (o no) a la llegada de improviso del novio. No se reprocha a las necias el que se hayan dormido, pues las prudentes también se durmieron; se les reprocha el no ser prudentes y tener el aceite necesario para mantener las lámparas encendidas a la llegada del novio. Por otra parte, ese aceite de las lámparas no se puede compartir, pues es la disposición interior que cada uno tiene y que se refiere a la gracia con la cual uno vive y se prepara en el día a día para el encuentro definitivo con el novio.
Que podamos vivir siempre con el aceite necesario que nos ayude a estar atentos a la llegada del novio, para que cuando llegue no nos encontremos con que nuestras lámparas no están encendidas por falta de aceite. Que podamos vivir cada día en la alegría de la espera gozosa del novio que llega y que nos invita a estar preparados con el aceite de la alegría y de la caridad, con la gracia necesaria para poder entrar con él cuando llegue y podamos asistir a su boda.
Sería bueno ver cómo trabajamos día a día para aumentar la intensidad de nuestro fuego, desde el aceite que llevamos siendo prudentes. Amén.

miércoles 26 de octubre de 2011

Trigésimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A


Domingo 30 de Octubre, 2011

Día del Señor
Señor, consérvame en tu paz
Escucha, Señor, la oración de tus hijos

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Malaquías (1, 14—2, 2. 8-10)
Yo soy el rey soberano, dice el Señor de los ejércitos; mi nombre es temible entre las naciones. Ahora les voy a dar a ustedes, sacerdotes, estas advertencias: Si no me escuchan y si no se proponen de corazón dar gloria a mi nombre, yo mandaré contra ustedes la maldición”.
Esto dice el Señor de los ejércitos:
Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví. Por eso yo los hago despreciables y viles ante todo el pueblo, pues no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”.
¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos traicionamos entre hermanos, profanando así la alianza de nuestros padres?
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 130
Señor, consérvame en tu paz.
Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos soberbios; no pretendo grandezas que superen mi capacidad.

Estoy, Señor, por lo contrario, tranquilo y en silencio,
como niño recién amamantado en los brazos maternos.

Que igual en el Señor esperen los hijos de Israel, ahora y siempre.

Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses (2, 7-9. 13)
Hermanos: Cuando estuvimos entre ustedes, los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños.
Tan grande es nuestro afecto por ustedes, que hubiéramos querido entregarles, no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida, porque han llegado a sernos sumamente queridos.
Sin duda, hermanos, ustedes se acuerdan de nuestros esfuerzos y fatigas, pues, trabajando de día y de noche, a fin de no ser una carga para nadie, les hemos predicado el Evangelio de Dios.
Ahora damos gracias a Dios continuamente, porque al recibir ustedes la palabra que les hemos predicado, la aceptaron, no como palabra humana, sino como lo que realmente es: palabra de Dios, que sigue actuando en ustedes, los creyentes.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (23, 1-12)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosay hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente.
Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’.
Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen ‘maestros’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.
A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar guías’, porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que la paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
En la primera Lectura, escrito por el profeta Malaquías (מַלְאָכִי) -posiblemente este no era el verdadero nombre del autor, puesto que Malaki significa 'mi mensajero', 'mi enviado' o 'mi ángel' en hebreo-, clero (especialmente) y fieles se habían alejado de las enseñanzas de Dios por medio de los profetas, llegándose a refugiar en el culto; de ahí quiere sacar Malaquías al pueblo, donde los levitas son responsables principales pues han traicionado su misión de ayudar en la liturgia y de enseñar la Ley, llegando a escandalizar a los fieles con sus interpretaciones laxistas y arrastrando al pueblo a apartarse de la Ley: “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví”.
En el Evangelio, Jesús se dirige a los discípulos y al pueblo denunciando la conducta de los escribas y fariseos para prevenirlos de su mala influencia: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosay hacen otra”. Los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés porque ellos eran aceptados por Israel como maestros legítimos de la Ley, encargados de estudiarla y explicarla al pueblo, es por eso que Jesús reconoce su doctrina, su enseñanza, su magisterio y ordena al pueblo que cumplan lo que ellos dicen (pero no lo que ellos hacen…): “Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente.
Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’”. Sí, Jesús denuncia la hipocresía de estos que se hacen llamar “maestros” pero que no ayudan para nada a llevar la carga que imponen a los demás.
En efecto, los escribas y fariseos hacían en torno a la Ley una carga insoportable que ni ellos mismos cumplían, pues se debía cumplir hasta los más mínimos detalles.
Se hacían llamar "rabí" ("mi maestro"). También se hacían llamar "padre" y "preceptores", el punto no está en que se hagan llamar así, sino en sus actitudes que no corresponden con lo que en teoría son o deben ser, en fin, son incoherentes; y Jesús dice al respecto : “Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen ‘maestros’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.
A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar ‘guías’, porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Jesús critica todo estos títulos con los cuales se ponen por encima de los demás, pues no se trata de ponerse títulos, creerse importantes respecto a los demás, sino que el punto es ser servidores de los otros, y sentirse hijos de un mismo Padre, pues todos somos hermanos.
La crítica de Jesús a los escribas y fariseos puede compararse con la crítica del profeta Malaquías, porque en ambas situaciones quienes deben dar el ejemplo y guiar y ayudar al pueblo no lo hacen, y crean confusión y apartan a la gente del verdadero camino de Dios.
Y ¿por qué nosotros usamos estos términos que Jesús critica? Simplemente porque deben ser usados como una participación en la Paternidad de Dios, es decir, sólo se podrían usar para significar una misión encomendada por Dios teniendo bien en claro que no son títulos sino SERVICIOS a través de los cuales se guía, acompaña y ayuda al pueblo de Dios.
En la segunda Lectura, vemos el ejemplo de Pablo que nos ayuda a entender cómo debe ser esto del servicio sobre lo cual venimos reflexionando: “Cuando estuvimos entre ustedes, los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños. Tan grande es nuestro afecto por ustedes, que hubiéramos querido entregarles, no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida, porque han llegado a sernos sumamente queridos”.
Pidamos hermanos y hermanas al Señor que nos ayude a comprender lo que significa la hermosa misión del servidor, para no servirnos de los demás sino servir a los demás a imagen del Dios y Padre bueno que nos ama y nos sostiene como “una madre estrecha en su regazo a sus pequeños”. Amén.

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