domingo, 13 de noviembre de 2011

la liturgia

31.10.11

EL KYRIE

En la misa, tras el acto penitencial, se proclaman unas invocaciones conocidas como los Kyrie. Ante todo, decir que las palabras Kyrie Eleison vienen del griego, no del latín. Son invocaciones que no forman parte del acto penitencial, como pudiera creerse.
En los primeros siglos del cristianismo, las lecturas eucarísticas eran leídas en griego. El papa San Dámaso, en el siglo IV, fue quien ordenó cambiar los textos de la misa del griego al latín, al encargar la traducción de la Biblia (en griego y arameo) a San Jerónimo, la Vulgata.
Sin embargo, el Kyrie permaneció inmutable, y así ha seguido durante siglos. Estamos, pues, ante unas invocaciones venerables, que millones de cristianos que nos han precedido, desde los primeros siglos del cristianismo, han pronunciado tal como ahora las decimos. Con el Kyrie (vocativo de Kyrios que quiere decir "el Señor") confesamos el señorío de Cristo Resucitado sobre la humanidad y su historia. En el Nuevo Testamento, Dios es llamado como "el Señor" (Rom 4,8) y en muchas ocasiones se sustituye la palabra Dios por "el Señor". Y también Jesús es llamado "Señor". Las tres invocaciones son: Kyrie eléison, Christe eléison, Kyrie eléison, a las que se responde de igual manera.
El Kyrie eléison –Señor, ten piedad– está tomado de las liturgias orientales y se dirige siempre a Cristo, no al Padre, ni al Espíritu. En casi todos los textos primitivos, este Señor, alude al himno del capítulo segundo de la Carta a los Filipenses que proclama que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,11).
El Kyrie eléison, Christe eléison eran originalmente parte de las letanías de peticiones que hacía la comunidad cristiana, como también se practicaba en la liturgia siria-bizantina. En el acto litúrgico se intercalaban repitiendo el Kyrie eléison tres veces, el Christe eléison tres veces y de nuevo otras tres veces el Kyrie eléison, atribuyéndole un sentido trinitario, aunque realmente es una aclamación cristológica. Esta invocación pasó posteriormente a la liturgia romana y es muy probable que haya sido la respuesta a una oración universal o que también hayan sido unas letanías procesionales, cuando en determinados días se iba de una iglesia a otra.
Como ya hemos dicho, los Kyrie son una parte independiente del acto penitencial, ya que no son peticiones de perdón, sino una proclamación de alabanza a la misericordia divina. El Misal, eso sí, los ha incluido en la tercera fórmula del acto penitencial. Como parte del Ordinario de la misa, no pueden omitirse salvo en los casos previstos. Hoy día, el hermoso y profundo Kyrie aún se canta en griego en épocas o liturgias especiales, como por ejemplo en las misas dominicales en tiempo de Cuaresma.
El Kyrie eléison se cantaba como una sílaba con muchas notas, siendo posteriormente enriquecidos los cantos con abundantes melismas. Los coros introdujeron eventualmente tropos (textos breves con música) que encontramos sobre todo desde la Edad Media. Los más grandes compositores occidentales han compuesto magníficas piezas musicales polifónicas en honor a estas breves pero tan profundas frases del Kyrie eléison.
Su uso en griego constituye una riqueza que no debería perderse bajo ningún concepto, pues significa una pervivencia litúrgica que nos pone en comunión con millones y millones de hermanos cristianos que nos han precedido y que han alabado con esas mismas palabras al Kyrie, al Señor.

11.10.11

LLEVAR LA COMUNIÓN A LOS ENFERMOS I

En dos artículos vamos a abordar el tema de llevar la comunión a los enfermos. En este primer artículo haremos unas consideraciones generales y de tipo práctico, para abordar en otro posterior el rito propiamente dicho. Y lo vamos a hacer a base de preguntas y respuestas.
Ante todo, debemos tener en cuenta que, cuando llevamos la comunión a una persona enferma o moribunda, compartimos con ella el conocimiento que proviene de una esperanza autentica, esa luz del Espíritu que alimenta la esperanza que va mas allá de esta vida. Por eso, el ministro de la Eucaristía debe ser consciente de la importancia del acto que va a realizar y del consuelo tan enorme que va a proporcionar su servicio al enfermo y, también, a sus familiares.

Y la primera pregunta que podemos hacernos es ¿Quién puede llevar la comunión a casa de un enfermo? En principio, el sacerdote o el diácono. Pero sucede que los párrocos y vicarios parroquiales suelen estar, a veces, muy ocupados en otros asuntos. Entonces pueden delegar en tan importante asunto y encargarlo a laicos autorizados. En primer lugar, a los acólitos instituidos, como ministros extraordinarios de la comunión que son. Y también a otros laicos, debidamente autorizados, sin excluir a religiosas o mujeres en general. Es de sentido común que ese encargo se realice a personas de fe probada y de entrega a la Iglesia (seminaristas, catequistas, religiosas, miembros de las juntas parroquiales, etc).
¿Dónde se llevan las Sagradas Formas? Existen unas cajitas pequeñas, llamadas píxides, en las que pueden transportar con comodidad. Un píxide debe ser bendecido siempre antes de usarse por primera vez. Después de cada uso debe purificarse. Se debe retirar el Santísimo Sacramento inmediatamente antes de salir hacia el hogar donde se ha de administrar el sacramento.
¿Cómo comportase durante el camino? Evidentemente, llevando al Señor a casa de un enfermo no es momento de pararse a saludar a conocidos ni entrar, por ejemplo, a un bar a tomarse un café o una cerveza ni realizar visitas. Debe pues, evitarse, el permanecer o demorar el camino más de lo necesario. Si algún amigo nos detiene se le hará saber, si se ve oportuno, el motivo de la diligencia. De igual manera, se impone un vestido adecuado a la dignidad del acto que se está realizando.
No corresponde llevar la Eucaristía y ocuparse en otras actividades antes de dar la comunión; no es lícito retener las Sagradas Formas en la casa del ministro. La norma general e invariable debe ser: desde el sagrario a la casa del enfermo. Tampoco es lícito reservar la Eucaristía en casa del enfermo. Durante el camino es conveniente rezar, adorando al Sacramento.
¿Qué hacer si la persona no quiere comulgar? Aunque no sea un caso frecuente, a veces, son las familias las que quieren que el enfermo comulgue, para proporcionarle ese consuelo y alivio. Pero si la persona manifiesta su deseo de no comulgar, en ningún caso se le administrará la comunión.
¿Se puede dar la comunión a un disminuido síquico? Por supuesto que sí. Aunque no tenga conciencia plena del acto de comulgar, basta que comprenda o intuya que el pan que va a recibir no es un pan común, sino que tiene algo especial.
¿Cuándo no puede darse la comunión? No debe administrase la comunión si el enfermo está inconsciente o si se encuentra en un estado de enajenación irracional de tal forma que pudiese rechazar el sacramento.
¿Qué hacer si el enfermo no puede deglutir? Si la persona no puede deglutir puede dársele algunas gotas de la sangre de Cristo, si es que puede recibirlas. Si puede comulgar, aunque sea con dificultad, no hay inconveniente en darle una pequeña porción de la hostia y que tome agua después. Solo las personas que no pueden recibir la comunión bajo la forma de pan pueden, a discreción del sacerdote, recibirla bajo la forma de solo vino. Se pondría en un vaso cubierto adecuadamente y guardarse en el tabernáculo después de la comunión para usarla ese día. La Preciosa Sangre debe llevarse al enfermo en un vaso cerrado de tal forma que se elimine todo peligro de derramarla. Si queda algo de la preciosa Sangre después de que el enfermo haya recibido la comunión, el ministro extraordinario debe consumirla y purificar el vaso.
En un próximo artículo veremos los preparativos que deben hacer los familiares y el rito propiamente dicho.

5.10.11

EL ACTO PENITENCIAL DE LA MISA

Dentro de los ritos iniciales de la misa, tras el saludo del sacerdote a la Asamblea, se realiza el acto penitencial. Este acto tiene el sentido de manifestar el sentimiento que tiene la Iglesia de ser comunidad de pecadores. Sirve para valorar la realidad del pecado, crecer en espíritu de penitencia, y considerar la misericordia de Dios. Y nosotros, los cristianos, antes que nada, «para celebrar dignamente estos sagrados misterios», debemos solicitar de Dios primero el perdón de nuestras culpas. Los que frecuentamos la eucaristía hemos de ser los más convencidos de esa condición nuestra de pecadores, que en la misa precisamente confesamos: «por mi gran culpa». Y por eso justamente, porque nos sabemos pecadores, por eso frecuentamos la eucaristía, y comenzamos su celebración con la más humilde petición de perdón a Dios. Y para recibir ese perdón, pedimos también «a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos», que intercedan por nosotros.
Haciendo un poco de historia digamos que el acto penitencial, al inicio de la misa, es una novedad del Misal del Concilio Vaticano II. El acto penitencial se deriva de las devociones privadas del celebrante; al principio las decía el celebrante mientras iba de la sacristía al altar, más tarde empezó a recitarlas delante del altar mientras la asamblea ejecutaba el canto de entrada. Las misas dialogadas, introducidas a principios del siglo XX y después popularizadas, influyeron en que el acto penitencial fuera considerado cada vez más como acto comunitario. En realidad, en la antigüedad nunca existió al inicio de la misa y cuando nace, en la Edad Media, aparece como una devoción personal del celebrante. Este acto se hizo comunitario en el Misal de Pablo VI.
En las misas dominicales, especialmente en el tiempo pascual, el acto penitencial se puede sustituir por la aspersión de agua bendita, evocando el bautismo.
Hoy, el acto penitencial, forma parte del Ordinario de la Misa y a nadie le es lícito omitirlo por iniciativa propia. Asimismo, el acto penitencial es simplemente uno de los ritos introductorios y no una verdadera parte de la Misa.
¿Cómo se estructura? El acto penitencial, que consta de tres partes, tiene a su vez tres formularios. El sacerdote siempre lo introduce y lo concluye.
En la primera fórmula, se comienza con una invitación por parte del presidente a los fieles para que se examinen y reconozcan pecadores. El sacerdote dice: "Hermanos: para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados". Sigue un momento de silencio, que es importante y forma parte de este acto. A continuación viene la petición de perdón, que se expresa con la oración "Yo confieso ante Dios todopoderoso" con el gesto de un golpe de pecho al decir: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. En el anterior rito eran tres golpes; ahora basta con uno.
El tercer momento es la absolución, que no tiene carácter sacramental, sino que expresa un deseo de perdón de Dios. El sacerdote implora: "Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna". No debemos olvidar que la más genuina tradición litúrgica es que nuestros pecados leves se perdonan escuchando de corazón la Palabra de Dios y participando en el banquete eucarístico, tal como la OGMR en su nº 51 nos indica, cuando dice que el rito del acto penitencial no tiene la eficacia propia del sacramento de la penitencia. Es decir, es la misa, en su conjunto celebrada y vivida, cuando son perdonados nuestros pecados menores. También, en otros momentos de la misa -el Gloria, el Padrenuestro, el No soy digno- se suplica y se obtiene, el perdón de Dios.
En la segunda fórmula no se reza el Yo Pecador, que se sustituye por unas invocaciones que responde el pueblo.
En la tercera fórmula tampoco se reza el Yo pecador y, en cambio, se emplea el Kýrie, con unas invocaciones previas: "Tú, que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad respondiendo el pueblo Señor, ten piedad" y otras dos más. En esta tercera fórmula, el rito indica que el acto penitencial, cuando incluye el Señor, ten piedad, el tropo precedente lo recita «el sacerdote u otro ministro idóneo», por lo tanto queda claro, que no sólo es el presidente de la celebración quien puede recitar la fórmula, lo puede hacer también el diácono o un ministro laico, que tal vez sea la forma más expresiva de realizar el acto penitencial, según nos propone el mismo Misal. El sacerdote responde a una sola voz con todos, concluyendo al final, como corresponde a su rol de presidente.
Observaciones generales. Se debe evitar alargar excesivamente este momento, es decir, cantarlo, salvo en ocasiones más solemnes. A veces puede parecer excesivo un canto de entrada, el canto del acto penitencial y el canto del Gloria. Tendríamos tres cantos en un momento que sólo es un rito introductorio de la Misa. No obstante, es algo que se está haciendo muy común en nuestras celebraciones. Puede resultar incomprensible extendernos demasiado en los ritos introductorios, con excesivos cantos y sin embargo prescindir, por ejemplo, de recitar el Canon Romano o la Plegaria Eucarística IV, textos que forman parte de un momento más importante como lo es la Plegaria Eucarística, con la excusa de que “son largos”.

5.9.11

LOS BIENES EXTRATERRITORIALES DE LA SANTA SEDE

En este artículo, dentro de la línea de divulgación sobre la Santa Sede que ya publicamos anteriormente, vamos a relacionar los bienes extraterritoriales que posee el Estado Vaticano, no siempre conocidos.
La Santa Sede, además del Estado del Vaticano, posee una serie de bienes, gran parte de los cuales forman parte del Patrimonio mundial, que están situados fuera del Estado Vaticano y dentro del Estado Italiano. Estos bienes gozan de extraterritorialidad, o sea, que el edificio o terreno se considera como una prolongación del país propietario, como sucede con las embajadas, consulados o bases militares.
Estos bienes son:
El conjunto de edificios de San Juan de Letrán (la archibasílica, el Santuario Pontificio de la Escala Santa, etc). Es la catedral de Roma y se considera como "Omnium urbis et orbis ecclesiarum mater et caput" (madre y cabeza de toda las iglesias de la ciudad de Roma y de toda la tierra), ya que es la sede episcopal del primado de todos los obispos, el Papa.

La basílica de Santa María la Mayor y sus edificios anejos.

El Palacio de san Calixto (Piazza san Calixto, 16, Trastevere) , que es sede de siete Consejos Pontificios: para los Laicos; para la Familia; "Justicia y Paz"; "Cor Unum"; Pastoral de emigrantes; de la Cultura; Pastoral de los Agentes Sanitarios.

El Palacio de la Cancillería, (Piazza della Cancellería, nº 1) sede de la Penitenciaría Apostólica; el Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica y el Tribunal de la Rota Romana.

El Palacio de Propaganda Fide (Piazza di Spagna, 48), sede de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

El Palacio Maffei, sede del Vicariato de Roma.

El Palacio del Santo Oficio y algunos edificios de alrededor (Piazza del Santo Uffizio, 11) sede de la Congregación para la doctrina de la Fe; Casa "Dono di María", llevada por las Misioneras de la Caridad, fundada por la beata Teresa de Calcuta.

Palacio de las Congregaciones (dei Propilei) (Piazza Pío XII, 3 y 10) sede de muchas congregaciones -como la del Culto Divino, de la Causa de los Santos, de los Obispos, del Clero, de la Educación Católica, etc.

Palacio del Bramante (dei Convertendi), Via della Conciliazione, 34. Es la sede de la Congregación para las Iglesias Orientales y los Consejos Pontificios para la Unidad de los Cristianos y el diálogo inter-religioso.

Palacio Pío.

Inmuebles de la colina del Gianicolo: Curia Generalicia de la Compañía de Jesús; Hospital del Bambino Gesù; Colegio Pío Rumano, etc. A estos inmuebles hay que añadir el Pontificio Seminario Romano Menor, la abadía de San Pablo Extramuros con sus edificios anejos y las Villas de Castelgandolfo.

Además, hay otros edificios, que son bienes inmuebles de la Santa Sede y gozan de régimen especial, exención de expropiación y de impuestos, como la Universidad Gregoriana; el Instituto Bíblico; los palacios anejos a las basílicas de los Doce Apóstoles; de san Carlos ai Catinari; del Colegio Lombardo; del Colegio Ruso; de San Apolinar; y la casa de ejercicios para el clero de la iglesia de los Santos Juan y Pablo.

29.8.11

EL SOLIDEO

El solideo es un gorro de tela en forma de casquillo que cubre esencialmente la coronilla. Lo usan el Papa, los cardenales y los obispos. Si son obispos, el color del solideo es violeta; si son cardenales, es rojo, y el Papa lo usa de color blanco, independientemente del tiempo litúrgico. Sólo se lo quitan "ante Dios", es decir, ante el Santísimo Sacramento, o durante la misa desde el Prefacio hasta después de la comunión. También, los obispos y cardenales se lo quitan en presencia del Papa como símbolo de respeto, en un gesto similar al que se quita el sombrero al saludar a otra persona.

El solideo simboliza la protección de Dios y la dedicación a solo Dios. No se utiliza únicamente en las celebraciones, sino también en otras ocasiones y forma parte de la vestidura habitual. Así por ejemplo, la vestidura del obispo se compone de sotana negra, fajín violeta, solideo y pectoral. Añadimos que, en la Iglesia Católica de rito latino, la sotana siempre es negra, excepto la del Papa, que es blanca. Otros credos cristianos las usan de varios colores.
Los judíos emplean una prenda parecida: la kipá, que es uno de los símbolos que hoy identifica al pueblo de Israel. Kipá es el nombre del gorrito que llevan todos los varones judíos durante los servicios religiosos; su nombre viene de la palabra "kaper" que en español significa "cubrir". La tradición judía enseña que cubrirse la cabeza ante Dios es una manera de reconocer la santidad de Dios. Muchos judíos, sobre todo los ortodoxos y los rabinos, tienen la costumbre de llevarlo durante todo el día.
Generalmente, los judíos dan por descontado que la cabeza debe estar cubierta cuando se encuentran en un lugar sagrado, como una sinagoga, o cuando se dedican a una ocupación sagrada, como el estudio de la Torá, el recitado de oraciones, o cuando comparten comida, y cosas por el estilo. En realidad, en la vida de un judío no hay ningún momento en el que no esté en presencia de Dios, y ninguna parte de su vida está libre del servicio a Dios. Las kipá admiten varios colores, dependiendo de las circunstancias. Algunas identifican a una comunidad en particular, otras tienen una función específica: blancas para festividades, negras para momentos como funerales, azules o de variados colores, para uso diario o para las oraciones diarias.
Al contrario, en la tradición católica, el hombre se descubre al entrar en las iglesias. La costumbre femenina de cubrirse la cabeza con un velo está en desuso.
Otra prenda de la liturgia católica que tiene similitud con la tradición judía es el paño de hombros o humeral, usado para coger la custodia e impartir la bendición con el Santísimo, o para portar algunas reliquias como la del Lignum Crucis. Aunque puede ser de varios colores, para la bendición con el Santísimo debe ser blanco.
Los judíos usan el talit, chal que se emplea durante la oración. Generalmente es de lana blanca, tiene flecos o borlas en sus cuatros esquinas y se coloca de modo que cubra la espalda y caiga hacia adelante sobre los hombros. A veces también puede cubrirse la cabeza con él. Todo varón judío debe vestir su talit durante la oración común. Es costumbre obsequiar con uno de estos mantos al joven judío en la ceremonia de su iniciación a la vida adulta. La bandera de Israel sigue el esquema básico de un talit: fondo blanco, con dos delgadas bandas celestes a lo largo de la misma, y el escudo de David en el centro.

20.8.11

MICELANIAS DE LA IGLESIA CATÓLICA II

Seguimos en esta segunda entrega con el tema de la anterior entrada.

Algunos santos, incluso de gran devoción popular, tienen un origen cuando menos dudoso. El Martirologio Romano es el libro donde se recogen y actualizan las actas de los mártires y santos. Algunos se han caído del libro. Así sucede con San Expedito. Resultó que de un convento de monjas de París se pidió a Roma reliquias de algún santo, ya que no tenían ninguna, con el ánimo de venerarlas. Al poco, recibieron un paquete de Roma con unos huesos. El paquete ponía: “Expedito. Roma”, o sea, expedido, enviado desde Roma. Las monjas, sin más averiguaciones, concluyeron que eran reliquias de San Expedito. Desde entonces, San Expedito es el abogado para las causas urgentes y que no pueden sufrir demora.
Algo parecido le pasa a San Cristóbal. Su nombre proviene de Christoforus o sea, el portador de Cristo. Santo mítico, llevó al Niño Jesús sobre sus hombros. Una hermosa leyenda así nos lo cuenta. Cristóbal se dedicaría al oficio de transportar a la gente, por amor de Dios, de un lado al otro de un río caudaloso, sobre sus hombros. Un día llevaba a un Niño que continuamente crecía, de tal modo que le parecía que llevaba todo el peso del mundo sobre sus hombros. El Niño se dio a conocer como el Creador y Redentor del mundo. Para demostrar su personalidad ordenó a Cristóbal fijar su bastón en la profundidad. A la mañana siguiente el bastón se había transformado en una palmera llena de fruto. Es patrono de transportistas y conductores.
Algunas frases de contenido eclesial que precisan una explicación.
Muy conocida es la frase “La Biblia en verso”, expresión referida a un empeño imposible y descomunal. La Biblia no se ha escrito nunca en verso. Sí hay algunos libros de tema religioso versificados, como La Cristiada, obra del dominico sevillano fray Diego de Hojeda, que la escribió en Lima en 1611 o versiones del Catecismo Ripalda.
También es famosa la frase de ”París bien vale una misa”, que pronunció el rey Enrique IV en 1593, como heredero al trono de Francia. Su credo protestante era incompatible con ser rey de Francia y, en un acto de oportunismo político, se hizo católico.
Otro error muy común en identificar a monje y fraile. Para muchas personas son palabras sinónimas. Pero no lo son. La palabra monje viene del griego monos (soledad). Un monje es un religioso que pertenece a una Orden religiosa cuya característica (o al menos en su origen) es la de vivir apartado del mundo, en relativa soledad, dedicado al Ora et labora, (oración y trabajo). Son los sucesores de los primitivos anacoretas, que practicaron la fuga mundi. De la vida en soledad pasaron a una vida cenobítica, o sea, en común, con una Regla de vida. Habían nacido los monasterios.
El fraile vive en conventos y su vocación es vivir en el mundo, dedicado a la catequesis, caridad, predicación, dedicación a los enfermos, etc. Por eso los conventos se crean dentro de las ciudades, a diferencia de los monasterios, más alejados de los núcleos urbanos. Los frailes nacen en el siglo XIII, con la creación de las ordenes mendicante (dominicos y franciscanos esencialmente). Si viven de la limosna, necesariamente deben estar en contacto con la población.
Otro error muy frecuente es denominar como orden religiosa a toda asociación de religiosos. Las órdenes religiosas se fundan hasta el siglo XVI, entendiéndose como los escolapios la última fundada. Denominar a los salesianos o claretianos como órdenes religiosas no es riguroso: son congregaciones. La diferencia no solo es de nombre, sino también de dedicación, carisma y de votos. En otra ocasión profundizaremos en esas diferencias.

MISCELANIAS DE LA IGLESIA CATÓLICA I

Vamos en un par de artículos, de sabor veraniego, a relatar algunas curiosidades relativas a la Iglesia o derivadas de ellas.
En primer lugar explicamos el origen de algunos nombres. Y comenzamos por Verónica. La piadosa mujer que se acercó a Jesús cuando iba camino del Calvario, con la cruz acuestas, y le secó el sudor del rostro, tuvo como premio que la Sagrada Faz, el rostro de Jesús, quedase estampado en el paño que la mujer le acercó. En ese paño quedó la “verum icono”, o sea, la verdadera imagen. De ahí, según algunos, deriva la palabra “Verónica” y así se ha llamado a la mujer, de nombre desconocido, que hizo esa caridad con Jesús. Al menos, eso se viene afirmando. Hay autores que señalan que la mujer se llamaba Beredice, nombre griego de donde proviene Verónica.
Por cierto, la escena no es evangélica y se narra en los apócrifos.
Y ya que estamos con nombres ¿por qué se llaman Pepe a los José? Resulta que, en antiguos documentos, a San José se le añadía siempre el adjetivo de Padre Putativo de Jesús, o sea, adoptivo. Para abreviar se tomó la costumbre de poner solo las iniciales, P.P, o sea, San Jose P.P. y de ahí deriva el nombre, tan español, de Pepe para referirse a los José.
¿Y por qué se llaman Paco a los Franciscos? El origen de Paco se remonta a San Francisco de Asís, fundador de los franciscanos. Como la primitiva comunidad le llamaba "Pater Comunitas" -Padre de la comunidad- surgió el acrónimo de PAter COmunitas. Al menos, eso se afirma. Autores más serios hablan, en ambos casos, de etimologia popular, que consiste en inventar una etimología a una palabra de la que se desconoce su origen y adaptarla. Ambas palabras (Pepe y Paco) provendrían del lenguaje infantil, de la manera en que los niños las pronuncian, o sea, son hipocorísticos. Que el lector escoja la versión que le apetezca.
¿Cuál fue el primer rey católico de España? Pues fue Recaredo, hijo de Leovigildo y hermano de San Hermenegildo. Sucedió, de manera oficial, en el III Concilio de Toledo, celebrado el año 589. Su religión, cristiana, era como la de todos los visigodos el arrianismo. ¿De donde viene ese nombre y en que consiste ese credo herético? Pues proviene de un presbítero de Alejandría llamado Arrio, que negaba la divinidad de Cristo, a quien hacía creación de Dios.
Y ¿quién fue el primer rey católico tras la caída del Imperio Romano? Pues Clodoveo, rey de los francos. Se convirtió del paganismo al catolicismo en el día de Navidad del año 500, gracias a la influencia de su esposa Clotilde y del obispo san Remigio. El nombre de Clodoveo latinizado es Clovis, nombre del que deriva Luis, que han llevado muchos reyes de Francia.

24.6.11

LA BASÍLICA DE SAN PEDRO DEL VATICANO

La basílica de San Pedro está situada sobre la tumba del apóstol, que fue martirizado en el año 67 en el circo privado de Nerón, circo que ocupaba parte del solar de la actual basílica y una necrópolis contigua.
La basílica es un signo de la universalidad de la Iglesia, y se considera el templo principal de la cristiandad, aunque San Juan de Letrán es la única considerada como archibasílica. Su capacidad es para 2.500 personas sentadas y más de 300.000 en la plaza. La actual basílica fue mandada construir por el papa Julio II (1503-1513), sobre los cimientos de la primera basílica, construida por orden del emperador Constantino en el año 334. Se pueden contemplar todavía, en la cripta de los Papas, algunos basamentos y partes de columnas de la basílica constantiniana.
Los arquitectos que intervinieron en la construcción de la misma fueron: Bramante, Sangallo, Rafael, Peruzzi, Miguel Ángel, da Vignola, Ligorio, Fontana, della Porta, Maderno (fachada) y Bernini (Cátedra de San Pedro, Baldaquino y la Columnata).
La basílica cuenta con el mayor espacio interior de una iglesia cristiana en el mundo, tiene 193 metros de longitud, 44,5 metros de altura, y abarca una superficie de 2,3 hectár
El acceso a la basílica desde el pórtico se realiza a través de cinco puertas, de izquierda a derecha son: «Puerta de la Muerte» (porque por esa puerta sale el cortejo fúnebre de los papas cuando fallecen), «Puerta del Bien y del Mal», «Puerta de Filarete», «Puerta de los Sacramentos» y la «Puerta Santa», que solo la abre en Papa en los años santos y sirve, atravesándola, para ganar el jubileo otorgado.
Veamos algunos de sus elementos más significativos. Comenzamos por la Plaza de San Pedro: es el acceso a la basílica y forma con ella una unidad de sentido. Cuenta con el conocido colonnato de Bernini, de 240 metros de largo, que consta de 284 columnas de estilo dórico y 88 pilastras distribuidas en tres hileras, coronadas por 140 estatuas con escudos pontificios de Alejandro VII. En la plaza se encuentra el obelisco egipcio, sin jeroglíficos, de 25.50 metros, proveniente del circo de Nerón, trasladado hasta aquí por Doménico Fontana. En el globo terráqueo que lo corona, se depositaron reliquias de la Santa Cruz. Además, existen dos fuentes: una de Bramante y otra de Maderno.
La basílica de San Pedro, propiamente dicha, se abre mediante un pórtico, con la Puerta Santa. Dentro, destaca el Altar Papal o Altar de la Confesión, cubierto por el baldaquino en bronce de Bernini (inaugurado en 1633 por Urbano VIII), bajo la cúpula de Miguel Angel. En la base de la cúpula se lee: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
Otros elementos importantes son: La capilla del Santísimo, con verjas de Borromini y un Sagrario de bronce dorado de Bernini; la Cátedra de san Pedro, en bronce, de Bernini y la Capilla de la Piedad, con la imagen de la Virgen de la Piedad de Miguel Ángel, realizada a los veinticuatro años, la única firmada por el artista y una imagen en bronce de San Pedro. Bajo la basílica se encuentra la cripta de la basílica vaticana, con numerosas tumbas de Papas y restos de la antigua basílica de Constantino.
Todos los santos fundadores de órdenes y congregaciones religiosas tienen en la basílica su estatua. Terminamos con una pregunta.
¿Están los restos de San Pedro realmente enterrados en la basílica?

Pablo VI dijo, el veintiocho de junio de 1978: «Hemos llegado al final. Hemos encontrado los huesos de san Pedro, identificados científicamente por especialistas en el tema.» No vamos a detallar el largo proceso investigador que ha llevado a esa conclusión. Sólo decir que la identificación científica de la tumba de san Pe¬dro es obra de los padres jesuitas Kirschbaum y Ferrúa, y de los investigadores Ghetti y Josi. Todo el proceso investigador comenzó en 1939, con Pío XII, cuando se estaban llevando a cabo unas excavaciones para preparar la tumba de Pío XI. Mientras se estaban haciendo las excavaciones se descubrió un mosaico. Pío XII mandó que siguieran excavando, y apareció una necrópolis, que ya la tradición localizaba bajo el baldaquino de San Pedro. Dice la tradición que a san Pedro lo crucificaron cabeza abajo, en el circo de Calígula y Nerón, al lado del monte Vaticano. Y en el monte Vaticano había una necrópolis, un cementerio. A San Pedro lo enterraron en esa necrópolis en la ladera del Monte Vaticano, y en una tumba pobre. Constantino edificó sobre esa tumba la primitiva basílica. Lo que siempre la tradición afirmaba se corroboró en dos fases: primera el hallazgo de su tumba, vacía, en 1950 y, posteriormente, sus restos óseos de manera indubitada.





7.6.11

EL VATICANO

En artículos anteriores hemos visto como se gobierna la Iglesia católica. Ahora abordamos, en una serie de artículos, la propia ciudad del Vaticano, su administración, sus edificios y datos principales.
El Vaticano es una entidad soberana de derecho público internacional. No hay que confundir el Estado de la Ciudad del Vaticano con la Santa Sede, que es el órgano soberano de la Iglesia Católica. En el lugar que hoy ocupa el Vaticano estaba el circo privado del emperador Nerón, donde fue martirizado, muerto y sepultado San Pedro y muchos de los primeros mártires romanos. Su bandera tiene dos campos iguales, divididos en vertical: uno amarillo (el más cercano al asta) y otro blanco, que tiene en el centro la tiara sobre las llaves de San Pedro. Los límites de la ciudad fueron establecidos en los Pactos Lateranenses de once de febrero de 1929 entre el Papa y el dictador Benito Mussolini.
La extensión es de menos de medio kilómetro cuadrado (44 hectáreas) y una población de 600 habitantes aproximadamente. Su idioma oficial es el latín, aunque se habla italiano.
Su forma de gobierno es de monarquía electiva vitalicia. El Papa personalmente –o por delegación suya, la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano, presidida por un cardenal– decreta las disposiciones legislativas necesarias para su gobierno. El jefe del estado es el Sumo Pontífice, al que le corresponden la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. No existe la nacionalidad vaticana, sino la ciudadanía vaticana: unas 350 personas. El poder judicial tiene diversos órganos, que ejercen sus funciones en nombre del Pontífice: un Juez Único; un Tribunal de primera instancia; un Tribunal de Apelación; y una Corte de Casación.
En cuanto a su administración, el Vaticano emite moneda propia de curso legal, por acuerdo con la UE usa el euro, aunque casi todas las monedas que emite van a coleccionistas; una sigla internacional: V; matrículas de vehículos de dos tipos: SCV: Vehículos del Estado Vaticano dedicados a tareas internas y vehículos de representación de la Curia Romana. El automóvil oficial del Papa lleva la matrícula SCV 1; CV: Vehículos de uso privado autorizados, de ciudadanos vaticanos y jefes de Dicasterio.
La seguridad está confiada al Cuerpo de vigilancia y a la Guardia Suiza Pontificia.
La ciudad del Vaticano cuenta con los siguientes edificios:
* La basílica y Plaza de San Pedro (a la que dedicaremos un próximo artículo)
* El Palacio Apostólico. Tiene tres pisos: En el primer piso están las oficinas del Secretario de Estado. En el segundo piso están las famosas galerías, grandes salas de paso o loggias pintadas por Rafael Sanzio, entre las trece salas oficiales del Papa: la Sala del Consistorio; la Sala Clementina; y la Biblioteca del Pontífice (donde suele recibir a las grandes personalidades). En el tercer piso está el apartamento privado donde reside el Papa: capilla privada (en el extremo más cercano a la iglesia de santa Ana, dentro del recinto vaticano), antesala, salón, dos despachos, comedor, dormitorio y terraza.
* La capilla Sixtina. Se llama Sixtina en recuerdo del Papa que la mandó construir: Sixto IV. Está decorada con pinturas de Miguel ángel que son una síntesis de la Historia de la Salvación del hombre por Dios, desde la Creación al Juicio Final. En ella se celebran los cónclaves para la elección de un nuevo Papa. Las pinturas de Miguel Ángel fueron restauradas durante catorce años en el pontificado de Juan Pablo II. Entre 1980 y 1990 se limpiaron las pinturas al fresco de la Creación y entre 1990 y 1994 los del Juicio Final, devolviéndoles el colorido original.
* El Aula Pablo VI. Magnífico edificio de arquitectura moderna, construido por el arquitecto italiano Pier Luigi Nervi. La mandó construir Pablo VI en 1964. La representación escultórica del Resucitado, en el frontal del Aula es de una extraordinaria belleza y plasticidad. Tiene un aforo de 6.726 visitantes sentados o 12.000 de pie. Se utiliza para audiencias a grupos de diócesis y parroquias; para audiencias a congresistas, como la que tiene lugar todos los años durante Semana Santa a los participantes del Congreso Universitario UNIV; para conciertos de música -como el de Navidad-; etc. Cuenta con dos salas más: una, de 350 butacas, para la celebración de Sínodos y otra, para recibir a pequeños grupos.
* La Biblioteca Apostólica Vaticana. Su creación data del siglo IV, para la Curia Romana. Contiene más de un millón de libros, 70.000 volúmenes manuscritos, más de 100.000 grabados, mapas y documentos. Su gran impulsor fue el Papa Sixto IV, en el siglo XI.
* Los museos vaticanos. Son un conjunto de museos. Los más conocidos son: el Museo Egipcio; el Museo Chiaramonti; el Museo Pío Clementino; el Museo Etrusco; las Galerías de los vasos, de los candeladros, de los mapas. Los salones de San Pío X (capilla y estancias); la Sala de la victoria de Juan III Sobieski, rey de Polonia; la Sala de la Inmaculada; la Capilla de Urbano VIII; las estancias y Logias de Rafael, los salones de los Borja; la capilla Sixtina; el Museo de Arte Religioso Moderno; el Museo Gregoriano Profano; el Museo Pío Cristiano; el Museo Misionero y Etnológico, etc.
Además, en la ciudad del Vaticano están los Jardines del Vaticano; Santa Marta (el hotel del Vaticano); un monasterio de monjas de clausura Mater Ecclesiae; la Farmacia Vaticana; Dispensario Pediátrico Vaticano y el Almacén Privado del Santo Padre.

18.5.11

CÓMO SE GOBIERNA LA IGLESIA CATÓLICA II

Continuamos en este artículo detallando las Congregaciones de la Curia romana o vaticana. Recordamos que los dicasterios pueden ser de cuatro tipos: Congregaciones, Pontificios Consejos, Tribunales y Oficinas, además de la Secretaría de Estado.

Congregación para los Obispos
Misión: Coordinar todo lo que se refiera a cuestiones jurídicas de las diócesis (división, unificación, supresión, etc); preparar nombramientos de obispos y ayudarles en el recto ejercicio de su misión; convocar las visitas ad limina. La Iglesia Católica cuenta con casi 2.500 diócesis episcopales y más de cuatro mil obispos de rito latino y oriental.

Congregación para la Educación Católica
Tiene varios ámbitos de actuación: Oficina para los Seminarios: Seminarios, casas de formación de religiosos; Oficina para la Universidad: responsable de facultades, institutos y escuelas de estudio superiores que dependan de eclesiásticos; Oficina para las Escuelas Católicas: responsable de las escuelas e instituciones educativas, tanto eclesiásticas como civiles que dependan de eclesiásticos.

Congregación para el Clero
Misión: Promover iniciativas para la vida espiritual y la promoción intelectual y pastoral del clero, que son, aproximadamente medio millón de personas de todo el mundo.

Congregación para la Evangelización de los Pueblos
Misión: gobernar y ayudar a los territorios de misión. Es la más grande de las nueve congregaciones, por su propia misión. Es la única que tiene presupuesto independiente dentro de las finanzas del Vaticano. Regula la actuación de las Congregaciones de carácter misionero de la Iglesia: 23 masculinas y 36 femeninas.

Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica
Misión: cuidar de todo lo que se refiere a las Congregaciones religiosas; Institutos seculares; sociedades de vida apostólica; vida eremita; vírgenes consagradas; nuevas formas de vida consagrada, etc.
A estos organismos hay que sumar la Secretaria de Estado del Vaticano, que se encarga de ayudar inmediatamente al Sumo Pontífice, tanto para el gobierno de la Iglesia universal como para las relaciones con los dicasterios de la Curia Romana, tramitar todo aquello que el Papa le encomiende, atender los asuntos ordinarios que quedan fuera de la competencia propia de los dicasterios y fomentar las relaciones con los mismos, con los obispos, con los representantes de la Santa Sede y con los Gobiernos civiles y quienes los representan (una especie de Ministerio del Interior y de Asuntos Exteriores).

9.5.11

CÓMO SE GOBIERNA LA IGLESIA CATÓLICA I

En varias entradas, de temática no litúrgica, vamos a abordar cómo se gobierna la Iglesia y los órganos que existen para ese fin.
El conjunto de organismos que ayudan al Papa en su ejercicio de pastor supremo de la Iglesia Católica se denominan Curia romana, compuesta por dicasterios. Su ejercicio está regulado por la Constitución Apostólica Pastor bonus, de Juan Pablo II (28.VI.1988). La Iglesia tiene, en su gobierno, una estructura piramidal, en cuya cúspide está el Papa. Los dicasterios pueden ser de cuatro tipos: Congregaciones, Pontificios Consejos, Tribunales y Oficinas, además de la Secretaría de Estado. Los dicasterios responden a una estructura colegiada de organización. De hecho, el mismo nombre de congregación, que se usa para los dicasterios más importantes y de mayor tradición, corresponde con la estructura colegiada que desde antiguo han tenido los dicasterios: se llamaron congregaciones porque los cardenales se congregaban para estudiar los asuntos que el Papa les confiaba.
Para atender a los diferentes asuntos de los que la Iglesia se ocupa existen las Congregaciones de la Curia, que, como ya dijimos, son los dicasterios más importantes. Son órganos instituidos en el siglo XVI, que ayudan al gobierno del Papa. En la actualidad hay nueve congregaciones, que son las de mayor importancia dentro de la Santa Sede. Las dirige un cardenal prefecto y cuentan con la colaboración de miembros asesores, que en su mayoría son obispos. Elaboran dictámenes para la aprobación del Papa, que puede asumirlos o rechazarlos. Fueron reformadas y actualizadas por el Concilio Vaticano II. También forman parte de la Curia otros organismos, como los ya citados anteriormente.
Es importante aclarar que la potestad de la Curia romana es vicaria del Papa, o sea, no actúa por derecho propio ni por iniciativa propia, ya que ejerce la potestad recibida del Papa.
Las Congregaciones de la Curia romana son, pues, los órganos jurisdiccionales de la Curia Romana. Son nueve:
Congregación para la Doctrina de la Fe
Misión: defender y promover la integridad de la fe y de la moral, y su fidelidad al mensaje de Cristo. Fue creada en 1542 y su estructura tiene cuatro secciones: oficina doctrinal, oficina disciplinar, oficina matrimonial y oficina sacerdotal. En su ámbito están la Pontificia Comisión Bíblica y la Comisión Teológica Internacional, que tienen como presidente al cardenal que está al cargo de esta congregación.
Congregación para las Iglesias Orientales
Las 21 Iglesias orientales católicas se regulan por un código peculiar y específico para ellas: el Código de Cánones de las Iglesias orientales. Está congregación -constituida por un cardenal prefecto y seis obispos de designación papal- cuenta con la ayuda de la R.O.A.C.O: Reunión de las Obras para la Ayuda a las Iglesias Orientales, que coordina a diversos organismos que recogen y distribuyen fondos para las necesidades apostólicas y humanitarias de la Iglesia, como Ouvre d´Orient; Misereor; Missio; etc.
Congregación para las Causas de los Santos
Misión: estudiar las Causas de los Santos y promover nuevos ejemplos de santidad al Pueblo de Dios. En 1983 tuvo lugar una reforma con la promulgación de la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis Magister, lo que permitió agilizar los trabajos. Desde entonces cuenta con un Colegio de Relatores que trabajan en relación con el obispo de cada diócesis que propone a una persona como modelo de santidad..
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
Misión: Promueve y regula aspectos concernientes a la Liturgia y los Sacramentos que superen a las competencias de los Obispos diocesanos y las Conferencias episcopales; aprueba los calendarios litúrgicos; introduce las celebraciones de los nuevos santos y beatos, etc.
Tiene tres comisiones: Comisión para el tratamiento de las causas de nulidad del sacramento del Orden; Comisión para la dispensa de las obligaciones del Diaconado y del Sacerdocio; Comisión para el tratamiento de las causas de dispensa de matrimonio rato y no consumado.
En una próxima entrada seguiremos detallando los dicasterios que faltan: Congregación para los Obispos, Congregación para la Educación Católica, Congregación para el Clero, Congregación para la Evangelización de los Pueblos y la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

2.5.11

LA BENDICION DE LOS OBJETOS DESTINADOS A EJERCITAR LA PIEDAD Y LA DEVOCION.

Para la bendición de objetos destinados a ejercitar la piedad y devoción existe un rito concreto, dentro del Bendicional. Los objetos a los que nos referimos son: las medallas, las cruces, las imágenes que no han de estar expuestas en lugares sagrados (por ejemplo, una imagen o cuadro que tengamos en casa), los rosarios, los escapularios, las coronas y, en definitiva, objetos similares que se usen para la práctica de ejercicios piadosos.
Estos objetos deben ser bendecidos por el sacerdote o el diácono, por lo que no pueden bendecir estos objetos un laico. Asimismo, este rito debe hacerse fuera de la misa.
¿Y las medallas que los hermanos reciben, una vez bendecidas, cuando juran las reglas de su hermandad? Pues es obvio que también debe ser fuera de la misa, por lo que en un próximo artículo comentaremos la costumbre, no litúrgica, de la ceremonia de recibimiento de nuevos hermanos (jura de nuevos hermanos, popularmente hablando) que muchas hermandades realizan dentro de la celebración eucarística. De entrada, adelantamos que todo no cabe dentro de la misa, solo algunos ritos. Hay bendiciones que sí se pueden hacer dentro de la misa, como por ejemplo la bendición de una familia o de los esposos, de los catequistas, de un cáliz, de una patena, etc.
Principalmente en los santuarios o lugares de peregrinación que se distinguen por la afluencia de fieles, esta bendición de objetos piadosos suele efectuarse en una celebración común y puede incluirse de modo conveniente en las celebraciones que tienen lugar para los peregrinos. Si la bendición se celebra para un solo objeto, el ministro puede emplear un rito breve.
La estructura del rito largo (de esta y de las demás bendiciones) consiste en unos ritos iniciales, una Liturgia de la Palabra, con salmo y oración de los fieles y la oración de bendición, finalizando con una conclusión. El rito breve es, prácticamente, la oración de bendición.

ORACION DE BENDICION
(El celebrante la pronuncia con las manos extendidas)
Bendito seas, Señor,
fuente y origen de toda bendición,
que te complaces en la piedad sincera de tus fieles;
te pedimos que atiendas a los deseos de tus servidores
y les concedas que,
llevando consigo estos signos de fe y de piedad,
se esfuercen por irse transformando en la imagen de tu Hijo.
Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


1.3.11

LAS BENDICIONES Y SUS MINISTROS II

Dejábamos en el anterior artículo una pregunta abierta ¿Puede un laico bendecir? La respuesta es sí. Ahora matizaremos.
En primer lugar, es evidente que hay bendiciones importantes, que afectan a la Iglesia local, que pertenecen al obispo. Son las bendiciones que afectan a la comunidad diocesana y se imparten con una solemnidad especial y gran concurrencia de pueblo (por ejemplo, bendición de iglesias).
A los presbíteros (y diáconos) les compete, sobre todo, aquellas bendiciones que afectan a la comunidad a la que prestan su servicio. Solo si el obispo está presente deben ceder la presidencia. Los diáconos, en ausencia del obispo o del presbítero, también pueden bendecir en algunos casos.
Y ahora vamos con los laicos.
A los acólitos y lectores instituidos se les concede, con preferencia a cualquier otro laico, la facultad de impartir algunas bendiciones. También otros laicos, hombres o mujeres (religiosos, catequistas, padres) pueden impartir algunas bendiciones, eso sí, siempre en ausencia de un ministro ordenado.
Los laicos no bendicen a la manera de los ministros ordenados. Cuando "dirigen" o "guían" una celebración de la Palabra o una Asamblea dominical en ausencia del presbítero (o del diácono), no se dirigen a la Asamblea con el "vosotros", sino que se incluyen en la solicitud de bendición, ("sobre nosotros"), santiguándose y diciendo: "El Señor nos bendiga y nos guarde..." sin hacer al señal de la cruz sobre la asamblea.
Y así en las numerosas bendiciones del Bendicional sobre personas o sobre objetos. Tampoco utilizan la fórmula bíblica "El Señor esté con vosotros"., ya que la respuesta "Y con tu espíritu" alude a la imposición de las manos que ha constituido una persona en ministro ordenado.
La colaboración de los laicos en el ministerio de los sacerdotes precisa el vocabulario exacto que se debe utilizar, respondiendo a la preocupación del santo Padre acerca de la necesidad de aclarar y distinguir las diversas acepciones que el término "ministerio" ha asumido en el lenguaje teológico y canónico. Los ministerios que se confían como suplencia a los laicos no hacen de ellos "ministros ordinarios", ni confieren parte del ministerio de la Ordenación. Se trata de una delegación temporal para realizar servicios que no necesitan del sacramento del Orden, pero sí son una expresión -entre otras- del "sacerdocio bautismal".
En el libro del Bendicional figura, antes de cada bendición y su rito, los ministros que pueden impartirla.

Algunas generalidades sobre las bendiciones
* Como norma, las bendiciones no deben hacerse sin presencia de, al menos, algún fiel.
* Debe catequizarse con claridad el sentido de la bendición, para evitar caer en elementos de vana credulidad o superstición. La bendición de los objetos no les otorga ningún poder extraordinario ni les cambia su sustancia. Es mejor hablar de objetos bendecidos que benditos y distinguir entre objetos bendecidos (una casa o un rosario, por ejemplo) o sagrados (un cáliz o patena).
* Los signos que se emplean son: extensión, elevación o unión de las manos; imposición de las manos; señal de la cruz; aspersión de agua bendita e incensación.
* Las vestiduras litúrgicas a usar serán, para los ministros ordenado, alba y estola. En algún caso muy solemne, capa pluvial. El color será blanco o el del tiempo o fiesta litúrgica. Si es ministro instituido, alba.

8.2.11

LAS BENDICIONES Y SUS MINISTROS

La bendición es, litúrgicamente hablando, un sacramental. Las bendiciones no son sacramentos; no son instituidas por Cristo; no confieren gracia santificante; no producen su efecto en virtud del rito mismo ex opere operanto. La bendición invoca el apoyo activo de Dios para el bienestar de la persona, habla del agradecimiento, implica salud, provisión y felicidad en la persona que recibe buenos deseos de nuestra parte.
Entre los sacramentales figuran en primer lugar las bendiciones: de personas, de la mesa, de objetos, de lugares. Toda bendición es alabanza de Dios y oración para obtener sus dones. En Cristo, los cristianos son bendecidos por Dios Padre "con toda clase de bendiciones espirituales" (Ef 1:3). Por eso la Iglesia da la bendición invocando el nombre de Jesús y haciendo habitualmente la señal santa de la cruz de Cristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “ciertas bendiciones tienen un alcance permanente: su efecto es consagrar personas a Dios y reservar para el uso litúrgico objetos y lugares. Entre las que están destinadas a personas –que no se han de confundir con la ordenación sacramental– figuran la bendición del abad o de la abadesa de un monasterio, la consagración de vírgenes, el rito de la profesión religiosa y las bendiciones para ciertos ministerios de la Iglesia (lectores, acólitos, catequistas, etc.). Como ejemplo de las que se refieren a objetos, se puede señalar la dedicación o bendición de una iglesia o de un altar, la bendición de los santos óleos, de los vasos y ornamentos sagrados, de las campanas, etc”.
El Ritual Romano contiene bendiciones para diversas ocasiones y cosas.
Hay diferentes tipos de bendiciones. Se pueden bendecir, por ejemplo, los alimentos. Esta bendición atrae la benevolencia de Dios pero no imparte al objeto un carácter sagrado como sería el caso en la bendición de un cáliz el cual queda reservado irreversiblemente para el uso sagrado en la Santa Misa. Tampoco confiere al objeto bendecido propiedades milagrosas ni cambia su sustancia.
Los ministros que imparten la bendición son distintos: el papa, el obispo, el sacerdote, el diácono, e incluso los laicos.
¿Estas bendiciones tienen más valor unas que otras?
El ministro ordenado que las imparte es representante de la Iglesia según sus distintos niveles: El papa, sucesor de Pedro, representa la Iglesia universal. Incluso la bendición papal (o apostólica) transmitida " Urbi et Orbi" por TV significa esta integración de cada bautizado en la Iglesia universal.
El obispo, sucesor de los apóstoles, es pastor de una iglesia local: él está en la Iglesia y su iglesia está en él. Incluso, por ser miembro del colegio apostólico unido a su cabeza, el papa, puede dar en su diócesis la bendición papal o apostólica tres veces al año, en las fiestas solemnes señaladas por él, como si fuera la bendición del mismo papa.
El sacerdote, que hace presente al obispo en un sector de la Iglesia local, imparte la bendición al final de las celebraciones litúrgicas, y en muchas otras celebraciones, como la bendición nupcial, e incluso la bendición apostólica (en nombre del papa) "in articulo mortis", y casi todas las bendiciones sobre personas o objetos del Bendicional.
"Siempre en todos estas bendiciones, hay que cuidar diligentemente el anuncio de la Salvación, la comunicación de la fe, la alabanza de Dios y la oración, unidos a la bendición como celebración". (Bendicional: nociones generales nn 18-19).
Dejamos para un próximo artículo la pregunta abierta ¿Puede un laico bendecir?

18.1.11

EL RITO DE LA PAZ EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

Con el rito de la paz, la Iglesia implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, al mismo tiempo que los fieles expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de recibir la comunión.
En este rito de la paz, el sacerdote pronuncia algunas oraciones, pidiendo la paz en el mundo entero. Este rito culmina con el saludo de la paz de todos quienes celebran el Santo Sacrificio de la Misa. El rito se inicia pidiendo al Señor que nos libre de pecado y nos dé la paz: “Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”.
Inmediatamente, la asamblea proclama la gloria de Cristo, respondiendo: “Tuyo es el Reino, tuyo es el poder y la gloria por siempre, Señor”. En la siguiente oración, el sacerdote nos recuerda el mensaje de paz expresado por Jesús a sus apóstoles, además de pedir para la Iglesia unidad y Paz: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles ¨La paz os dejo, mi paz os doy¨ no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos”, a lo que todos juntos respondemos “Amén”.
Dios quiere que recibamos su paz: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”, nosotros respondemos: “Y con tu espíritu”, pero sobre todo, desea que la compartamos con otras personas: “Daos fraternalmente la paz ”. Solamente esta última invitación a transmitir la paz puede decirla, también, el diácono.
Con las manos juntas y vuelto hacia el pueblo el celebrante (o el diácono) invita al pueblo a darse fraternalmente la paz, según la costumbre local . La invitación es una fórmula corta y no una pequeña homilía, si bien el celebrante (o el diácono) puede decir más palabras, inspirándose, tal vez, en las lecturas del día.
El gesto de la paz es signo de la fraternidad hecho por toda la asamblea. Debe llevar a trabajar por la paz y la unidad. Este saludo de la paz, en las misas de los días de semana, puede ser omitido por el sacerdote; no así el rito de la paz.
En el rito de la paz el celebrante no abandona el altar, así que el diácono y algunos ayudantes se dirigen a él para recibir la paz. El signo de la paz se lo dan entre sí los que están más cerca. Los ayudantes no deben deambular por el presbiterio ni van por la iglesia dando la paz a todo el mundo.
Unos a otros nos deseamos una vida llena del Señor y de su paz. La paz se debe dar únicamente a los que están a nuestro lado, aunque no los conozcamos, ya que esto significa desear la paz a todos los presentes en la misa. Esos barullos que, con la mejor de las intenciones, se montan a veces en este momento, incluso con salidas del banco que se ocupa para darle la paz a otros conocidos, sobran.
En el presbiterio, la forma tradicional romana de dar la paz es la siguiente: El que recibe la paz se inclina. Luego, el que da el signo pone sus manos en la parte superior de los brazos (cerca de los hombros) del otro; el que recibe la paz aprieta sus manos en los codos del otro. Cada uno inclina la cabeza hacia adelante, y ligeramente hacia su derecha, de modo que sus mejillas izquierdas casi se tocan. El que da la paz suele decir «La paz sea contigo», y el que la recibe contesta «Y con tu espíritu». Después, retroceden un poco y se inclinan el uno hacia el otro, con las manos juntas de la manera habitual.
Algunos liturgistas, con buenas razones, han pedido que el rito de la paz sea antes de la procesión de las ofrendas, según la práctica ambrosiana.
Por último aclarar que el rito de la paz y de saludarse no tiene sentido penitencial ni de pedir perdón a quien se saluda.

2.1.11

LO QUE NO PUEDE CAMBIARSE EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

Vamos en este artículo a recordar, ahora que comenzamos un nuevo año, algunas normas que la Instrucción “Redemtionis Sacramentum “ nos refiere, sobre cosas que se deben observar o evitar sobre la celebración eucarística.
Comenzamos con la Plegaria Eucarística diciendo que sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano o las aprobadas por la Sede Apostólica. Los sacerdotes no tienen el derecho de componer plegarias eucarísticas, cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.
Es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno solo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el sacerdote y/o los concelebrantes, si los hay, en las partes que les corresponden.
El sacerdote no puede partir la hostia en el momento de la consagración.
En la Plegaria Eucarística no se puede omitir la mención del Sumo Pontífice y del Obispo diocesano.
En las otras partes de la misa recuerda que “los fieles tienen el derecho de tener una música sacra adecuada e idónea y que el altar, los paramentos y los paños sagrados, según las normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza”.
No se pueden cambiar los textos de la sagrada Liturgia. Así, no se pueden separar la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, ni celebrarlas en lugares y tiempos diversos. De igual manera las lecturas bíblicas debe seguir las normas litúrgicas. No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni cambiar las lecturas y el salmo responsorial con otros textos no bíblicos, aunque sean de Padres de la Iglesia o teólogos muy reconocidos. En este aspecto, el abuso más frecuente se da en el salmo, a veces sustituido por otros versos.
La lectura evangélica se reserva al ministro ordenado. Un laico, aunque sea religioso, no debe proclamar la lectura evangélica en la celebración de la Misa.
La homilía nunca la hará un laico. Tampoco los seminaristas, estudiantes de teología, asistentes pastorales ni cualquier miembro de alguna asociación de laicos. La homilía debe iluminar desde Cristo los acontecimientos de la vida, sin vaciar el sentido auténtico y genuino de la Palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos pseudo-religiosos. La homilía no puede convertirse es un mitin ni en un momento para que el sacerdote emita sus puntos de vista sobre diversos temas: hay otros momentos y lugares para hacerlo, fuera de la misa.
No se puede admitir un “Credo” o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados.
Las ofrendas, además del pan y el vino, sí pueden comprender otros dones. Estos últimos se pondrán en un lugar oportuno, siempre fuera de la mesa eucarística.
La paz se debe dar antes de distribuir la sagrada comunión, y se recuerda que esta práctica no tiene un sentido de reconciliación ni de perdón de los pecados.
El gesto de la paz debe ser sobrio y se dé solo a los más cercanos. El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo en el presbiterio, para no alterar la celebración y, del mismo modo, si por una causa razonable desea dar la paz a algunos fieles. El gesto de paz lo establece la Conferencia de Obispos, con el reconocimiento de la Sede Apostólica, “según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos”.
La fracción del pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por un laico. Ésta comienza después de dar la paz, mientras se dice el “Cordero de Dios”.
Es preferible que las instrucciones o testimonios expuestos por un laico se hagan fuera de la celebración de la Misa. Su sentido no debe confundirse con la homilía, ni suprimirla.

12.12.10

LA EXHORTACIÓN PASTORAL POSTSINODAL "VERBUM DOMINI"

Tras el Sínodo de la Palabra, celebrado en el Vaticano del cinco al veintiséis de octubre de 2008, el Papa ha respondido con una Exhortación apostólica postsinodial titulada Verbum Domini, fechada en el Vaticano el treinta de septiembre de 2010.
De dicha Exhortación, muy amplia, vamos a resumir algunos aspectos que atañen especialmente a la Liturgia.
Al subrayar el nexo entre Palabra y Eucaristía, el Sínodo ha querido volver a llamar justamente la atención sobre algunos aspectos de la celebración inherentes al servicio de la Palabra, sobre todo a la importancia del Leccionario. “La reforma promovida por el Concilio Vaticano II ha mostrado sus frutos enriqueciendo el acceso a la Sagrada Escritura, que se ofrece abundantemente, sobre todo en la liturgia de los domingos. La estructura actual, además de presentar frecuentemente los textos más importantes de la Escritura, favorece la comprensión de la unidad del plan divino, mediante la correlación entre las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, centrada en Cristo y en su misterio pascual”.
Se señala la dificultad a veces para captar la relación entre las lecturas de los dos Testamentos y se dice que han de ser consideradas a la luz de la lectura canónica, es decir, de la unidad intrínseca de toda la Biblia.
Donde sea necesario, los organismos competentes pueden disponer que se publiquen subsidios que ayuden a comprender el nexo entre las lecturas propuestas por el Leccionario las cuales han de proclamarse en la asamblea litúrgica en su totalidad, como está previsto en la liturgia del día. Otros eventuales problemas y dificultades deberán comunicarse a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
Además, no se ha de olvidar que el actual Leccionario del rito latino tiene también un significado ecuménico, en cuanto es utilizado y apreciado también por confesiones que aún no están en plena comunión con la Iglesia Católica. De manera diferente se plantea la cuestión del Leccionario en la liturgia de las Iglesias Católicas Orientales.
Proclamación de la Palabra y ministerio del lectorado
Ya en la Asamblea sinodal sobre la Eucaristía se pidió un mayor cuidado en la proclamación de la Palabra de Dios. Como es sabido, mientras que en la tradición latina el Evangelio lo proclama el sacerdote o el diácono; la primera y la segunda lectura las proclama el lector encargado, hombre o mujer. El Papa se hace eco de los Padres sinodales, que también en esta circunstancia han subrayado la necesidad de cuidar, con una formación apropiada el ejercicio del lector en la celebración litúrgica, y particularmente el ministerio del Lectorado que, en cuanto tal, es un ministerio laical en el rito latino. Es necesario que los lectores encargados de este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos y estén seriamente preparados. Dicha preparación ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica: “La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y para entender a la luz de la fe el núcleo central del mensaje revelado.
La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. La preparación técnica debe hacer que los lectores sean cada día más aptos para el arte de leer ante el pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de la voz”.
La propuesta más innovadora que hizo el Sínodo relativa al acceso al ministerio instituido del Lectorado de las mujeres no ha sido atendida de momento.

28.11.10

CALENDARIO LITÚRGICO 2011

Hoy, veintiocho de noviembre de 2010, es primer domingo de Adviento, comenzando un nuevo Año litúrgico. El Año litúrgico comienza siempre el domingo más próximo al treinta de noviembre, fiesta de San Andrés apóstol. Con la fijación del primer domingo de Adviento y del domingo pascual se puede confeccionar el resto del calendario, que para el año 2011 es el siguiente:

Domingo I de Adviento: 28 de noviembre de 2010.
Sagrada Familia: Domingo, 26 de diciembre de 2010.
Bautismo del Señor: Domingo, 9 de enero de 2011.
Miércoles de Ceniza: 9 de marzo de 2011.
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: 17 de abril de 2011.
Domingo de Resurrección: 24 de abril de 2011.
Ascensión del Señor: Domingo, 5 de junio de 2011
Domingo de Pentecostés: 12 de junio de 2011.
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: Jueves, 16 de junio de 2011.
Santísima Trinidad: Domingo, 19 de junio de 2011.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Domingo, 26 de junio de 2011 (En Sevilla se mantiene la procesión y Liturgia el jueves anterior).
Sagrado Corazón de Jesús: Viernes, 1 de julio de 2011.
Jesucristo, Rey del Universo: Domingo, 20 de noviembre de 2011. Domingo 1 de Adviento: 27 de noviembre de 2011.

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA
- 1 enero Santa María, Madre de Dios.
- 6 enero Epifanía del Señor.
- 19 marzo San José, esposo de la Virgen María.
- 25 julio Santiago, apóstol.
- 15 agosto La Asunción de la Virgen María.
- 1 noviembre Todos los Santos.
- 8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María.
- 25 diciembre La Natividad del Señor.
Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el obispo. Nota para aclarar las dudas sobre los días de precepto
Cuando en alguna Comunidad Autónoma, por motivos de calendario laboral, se presente alguna duda sobre si una determinada festividad conserva o no su tradicional carácter de fiesta de precepto, se debe acudir a la propia Parroquia u Obispado para resolver la duda, pues es, en cada caso, el Ordinario del lugar quien decide sobre la dispensa o no del precepto, así como sobre el oportuno traslado de ciertas fiestas de santos patronos.

LIBROS QUE SE UTILIZAN DURANTE ESTE AÑO
Liturgia de las Horas
Volumen I, II, III y IV y Diurnal
Misa
Misal Romano.
Leccionario I: ciclo A (domingos).
Leccionario VII: Ferias de Tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Leccionario IV: Ferias del Tiempo Ordinario.
Leccionario V: Santoral.
Leccionario VIII: Rituales
Fuente: Calendario litúrgico-pastoral 2010-2011 de la CEE


3.11.10

LOS CAMPOSANTOS

En este mes en que la Iglesia dedica un recuerdo especial a los fieles difuntos, vamos a analizar con preguntas y respuestas lo que el Código de Derecho Canónico dice sobre los camposantos o cementerios.

¿Tienen los fieles difuntos derecho a tener exequias?
Sí. Los fieles difuntos tiene derecho a tener exequias eclesiásticas. Por lo tanto un sacerdote no puede legitimamente negárselas a ningún difunto que haya vivido en comunión con la Iglesia. Mediante estas exequias la Iglesia obtiene para los difuntos la ayuda espiritual y honra sus cuerpos, y a la vez proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se han de celebrar según las leyes litúrgicas.

¿Se puede negar la celebración de las exequias a algún difunto?
Sí, se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:
* a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;
* a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;
* a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles.
El difunto al que se ha excluido de las exequias eclesiásticas se le negará también cualquier Misa exequial.

¿Permite la Iglesia la cremación de los cadáveres?
Sí, aunque la Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que en la voluntad de quien se incinera lo haga por motivos contrarios a las normas de la Iglesia.

¿Puede la Iglesia tener cementerios propios?
Sí puede, es más, se aconseja que donde sea posible la Iglesia debe tener cementerios propios, o al menos un espacio en los cementerios civiles bendecido debidamente, destinado a la sepultura de los fieles. Si esto no es posible, ha de bendecirse individualmente cada sepultura.

¿Pueden las parroquias y los institutos religiosos tener cementerio propio?
Sí, las parroquias y los institutos religiosos pueden tener cementerio propio.
También otras personas jurídicas o familias pueden tener su propio cementerio o panteón, que se bendecirá a juicio del Ordinario del lugar.

¿Pueden enterrarse cadáveres en las iglesias?
No. Al contrario de épocas anteriores en que era frecuente la costumbre de fundar capillas funerarias en las iglesias actualmente no deben enterrarse cadáveres en las iglesias. Se exceptúa al Romano Pontífice y a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos», siempre en su propia Iglesia.
Si en cambio se permite la existencia de columbarios, para reposo de las cenizas resultantes de la incineración. Muchas hermandades ya los tienen.

¿Son lugares sagrados los camposantos?
Sí, la Iglesia considera como lugares sagrados aquellos que se destinan al culto divino o a la sepultura de los fieles mediante la dedicación o bendición prescrita por los libros litúrgicos. La dedicación de un lugar sagrado corresponde al Obispo diocesano aunque puede delegar en cualquier Obispo y en casos excepcionales en un presbítero.

¿Qué significa que los camposantos son lugares sagrados?
Pues que en ellos sólo puede admitirse aquello que favorece el ejercicio y el fomento del culto, de la piedad y de la religión, y se prohíbe lo que no esté en consonancia con la santidad del lugar.
Los lugares sagrados (templos y cementerios) han sido consagrados, son lugares sagrados; por lo tanto actos contrarios a la moral, injuriosos o por el estilo serán considerados como profanación.

¿Se puede negar la sepultura a un cadáver en un cementerio católico?
Sí, si el difunto es apóstata y murió por tanto fuera del seno de la Iglesia. También se le puede negar sepultura eclesiástica a aquellos que en vida o a la hora de la muerte formalmente manifestaron su voluntad de no querer funerales religiosos.
Más delicado es el caso de bautizados según el rito católico y pertenecientes a familias católicas pero que han vivido alejados de toda práctica religiosa, han llevado públicamente una vida inmoral y desprecian abiertamente las leyes de la Iglesia.
En materia de tanta importancia la Iglesia quiere que se proceda con mucho tacto y prudencia, y advierte con este fin a los pastores de almas que, en cuanto sea posible, no nieguen nunca por su libre albedrío la sepultura eclesiástica a ninguno, aunque parezca indigno de ella, sino que notifiquen el caso al Obispo y esperen su disposición. Si la consulta no puede realizarse por dificultad del lugar o por falta de tiempo un sacerdote no negará jamás la sepultura eclesiástica, salvo el caso en que apareciese como cierto y evidente que el concederla sería contrario al derecho.
Fuente: CDC Canón 1204 y siguientes y 1240 y siguientes.




20.10.10

LAS SIETE VELAS DEL OBISPO

Seguramente los lectores habrán observado que, cuando preside el obispo la Eucaristía, se colocan bien sobre el altar a cerca del mismo siete velas o candeleros. La OGMR (Ordenación General del Misal Romano), en su nº 17 que trata sobre el uso de las velas dice así:”Cúbrase el altar al menos con un mantel de color blanco. Sobre el altar, o cerca de él, colóquese en todas las celebraciones por lo menos dos candeleros, o también cuatro o seis, especialmente si se trata de una Misa dominical o festiva de precepto y, si celebra el Obispo diocesano, siete, con sus velas encendidas”. Igualmente sobre el altar, o cerca del mismo, debe haber una cruz adornada con la efigie de Cristo crucificado. Los candeleros y la cruz adornada con la efigie de Cristo crucificado pueden llevarse en la procesión de entrada.
Y ¿porqué siete luces? Como es fácil de comprender, en la liturgia no hay nada arbitrario. Toda la liturgia es un lenguaje de signos y símbolos con significados y ese signo de las siete luces también tiene el suyo.
El número siete, que indica perfección, se usa para destacar la plenitud del sacerdocio de la que participa el obispo. Siete son los días de la semana, siete los diáconos para el servicio terrenal, siete los sacramentos, siete los dones del Espíritu. También fueron primitivamente siete las basílicas mayores, todas ellas en Roma aunque hoy solamente se consideran así cuatro –San Pedro, San Pablo, Santa María la Mayor y San Juan de Letrán–con la peculiaridad de que en su altar principal sólo puede oficiar el Papa.
El origen del uso de las siete velas viene de la época de la liturgia estacional, en que el Papa, obispo de Roma, era acompañado de su séquito, turnándose para ello las siete divisiones o regiones de la Urbe romana. Quienes portaban los cirios encendidos eran los acólitos. También algunos autores apuntan al Apocalipsis donde se habla de siete lámparas ardiendo delante del trono. En definitiva, es un signo que expresa la preeminencia episcopal.
Sólo se usan las siete luces si el obispo que oficia es el obispo diocesano, o sea, el que tiene la jurisdicción en la diócesis. Si un obispo oficia fuera de su jurisdicción no se encienden las siete luces (al igual que no portan báculo).

28.9.10

EL JUBILEO CIRCULAR DE LAS CUARENTA HORAS

El origen del Jubileo nace como una forma de celebrar la Pascua del Señor. Una de las costumbres de los cristianos de los primeros siglos consistía en juntarse para ayunar, hacer penitencia, orar y cantar salmos durante cuarenta horas, en memoria del tiempo que el Salvador del mundo permaneció en el sepulcro. De esta manera, durante este tiempo sagrado, estos cristianos, asociándose con profundidad a la muerte redentora del Señor, hacían más perfecta su participación en la celebración de su resurrección en la liturgia pascual.
Este tiempo lo computaban, desde el viernes, a la hora de nona (tres de la tarde), en que murió Cristo (Lc 23,44), hasta el amanecer del domingo, hacia las siete horas, en el que resucitó (Mt 28,1). Tres días no completos permaneció muerto el Señor en el sepulcro. La idea del Jubileo es pues tener expuesto cuarenta horas seguidas al Santísimo.
En Roma lo comenzó el papa Clemente VIII institucionalizando en 1592 su práctica para todas las diócesis. Esa devoción había comenzado en Milán en 1527. En 1592, el Papa Clemente VIII, mediante la Encíclica Graves et diuturnae, ordenó establecer públicamente en Roma "la piadosa y saludable oración de las cuarenta horas" en las basílicas y en todas las iglesias para que "día y noche, en todos los lugares y a lo largo de todo el año se alce al Señor, sin interrupción alguna, el incienso de la oración".
Esta manera de interpretar el tiempo de permanencia de Jesús en el sepulcro, tiene una significación propia en la Sagrada Escritura. El número cuarenta puede significar sin más un largo período de tiempo, como cuando se dice que Saúl reinó cuarenta años (Hch 13,21), David cuarenta (1Cro 29,27) y Salomón cuarenta (2 Cro 9,30). Pero en otras ocasiones "cuarenta" señala un tiempo largo de purificación o de abatimiento, previo a una gracia muy alta o una especial exaltación. Son cuarenta, por ejemplo, los días que dura la purificación enorme del Diluvio (Gén 7,12; 7,17), cuarenta años duró para el pueblo de Israel la travesía del desierto, antes de entrar en la Tierra prometida (Dt 8, 2; Núm 14, 33-34; Hch 13, 18) y cuarenta pasó Moisés en el Sinaí, en oración y ayuno, antes de recibir las Tablas de la Ley (Ex 24,18; 34,28). También Elías camina cuarenta días y noches con la fuerza del alimento misterioso que le da un ángel.
Jesús permanece asimismo cuarenta días y noches a solas en el desierto, antes de iniciar su misión pública en medio de Israel (Mc 1,13). Cuarenta horas permanece muerto. Y una vez resucitado, antes de ascender al cielo, se aparece a sus discípulos durante cuarenta días (Hch 1,3).
En el siglo XVI, esta devoción comenzó a adquirir mucha importancia en las iglesias de Milán y de Roma. Eran muy graves las situaciones que atentaban contra la Iglesia (Reforma Protestante e invasiones de los turcos). Además eran también tiempos de relajación de costumbres, producto de la época renacentista. Fueron muchos los santos sacerdotes que contribuyeron en el afianzamiento y extensión de esta devoción, especialmente San Carlos Borromeo, que fue quien le dio su actual configuración: Jubileo de Cuarenta Horas, en el que se expone solemnemente al Santísimo Sacramento para que los fieles, en el curso de tres días, puedan adorar al Señor sacramentado, con la oración y la penitencia. Posteriormente, en el siglo XIX, esta devoción se fortaleció nuevamente, cuando la Sede de Pedro estaba sufriendo las humillaciones de la época napoleónica. La Iglesia rogó mucho ante el Santísimo Sacramento por el feliz regreso del Papa a Roma. A partir de este momento la devoción se afianzó en Roma y comenzó a extenderse por el mundo católico.
En consonancia con este deseo de la Iglesia, la piedad eucarística del Jubileo de las 40 Horas, por su carácter expiatorio, suplicante y eucarístico, ayuda a muchos fieles a configurarse con Cristo y de estar en sintonía con su obra redentora, a través de la oración, que "es el medio privilegiado para relacionarnos con Cristo, para contemplar su rostro y aprender a servir a los hermanos.
En este sentido, el Jubileo de la 40 Horas, desde sus orígenes, ha enseñado a los fieles a unirse a Cristo resucitado, presente en el Santísimo Sacramento del Altar, recordando el momento de su Pasión: su permanencia en el sepulcro muerto por tres días. Esto es posible porque la institución del Sacrificio Eucarístico, desde su nacimiento, tiene inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor, que no sólo la evoca sino que la hace presente sacramentalmente
En Sevilla fue Jaime de Palafox y Cardona, arzobispo de Sevilla, quien lo solicitó al Papa el veinticinco de octubre de 1698.
Terminamos aclarando que se denomina “circular” porque va celebrándose en distintos templos que lo tienen concedido, cubriendo los 365 días del años.

14.9.10

BIOGRAFÍA DE LA VIRGEN II

Terminamos con este segundo artículo una breve biografía de María, en estas fechas cercanas a la recién celebrada fiesta de su Natividad a modo de felicitación de cumpleaños.
Los datos de cuándo regresó María y su familia a Nazaret no son claros, ya que por un lado Lucas, después de la presentación en el Templo nos indica que regresaron a Galilea, concretamente a la ciudad de Nazaret, donde el Niño crecía y se fortalecía (Lc 2, 40) mientras que Mateo nos presenta la llegada de los Magos de Oriente (Mt 2,1-11), la huida de la Sagrada Familia a Egipto (Mt 2,13-14), la muerte de los Inocentes (Mt 2,16-18) y sólo hasta la muerte de Herodes no regresan a Nazaret.
Desde ese momento la familia vivió de manera estable en Nazaret. Cada año, según la tradición judía, se hacía una peregrinación al Templo de Jerusalén tal como Lucas nos narra (Lc 2, 41). El mismo evangelista nos cuenta el episodio de la pérdida de Jesús en el Templo. Sucedió al cumplir los doce años, que era la edad en la que se alcanzaba la ciudadanía y todos los derechos y obligaciones de un judío, Jesús fue llevado como de costumbre al Templo (Lc 2,42-50). Después de este suceso, la vida de José y María transcurrirá normalmente en Nazaret y Jesús les estaba sumiso, mientras María guardaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51). Durante este período suponemos que José murió posiblemente cuando Jesús habría tenido unos veinticinco años. La siguiente vez que aparece María citada es en las bodas de Canán (Jn 2,1-11), escena en la cual ya no se nombra a José como asistente a la misma.
Al comenzar Jesús su vida pública lo más probable es que María continuaría su vida con normalidad en Nazaret. Sin embargo, no hay razón tampoco para dudar que Jesús la visitaría con frecuencia. Un dato nos lo aporta el evangelista Mateo en donde se nos narra que al menos una vez María fue a visitarle mientras ejercía su ministerio. Es muy posible que todos los años subiera con María a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Algunos autores piensan que de ser eso cierto lo más posible es que se quedara en casa de Lázaro, en Betania, lo cual explicaría el hecho de la presencia de María en la Crucifixión que nos narra Juan en su Evangelio (Jn 19,25-27). María, posiblemente avisada por alguno de los discípulos, habría estado presente en todo el doble proceso religioso y político al que Cristo fue sometido y asimismo asistiría, con el mayor dolor, a la cruel Crucifixión de su Hijo. Finalmente, recibirá el cuerpo de Jesús descendido de la cruz por los Santos Varones y lo acompañaría hasta el sepulcro. Esa noche posiblemente habría regresado a casa de Lázaro en Betania.
Tras la Crucifixión, la próxima referencia que tenemos sobre María es su presencia en Pentecostés, donde, junto con los discípulos "perseveraba en oración".
La vida de María tras la Resurrección quedó unida a la comunidad. Desde la muerte de Jesús viviría con san Juan (Jn 19,25) y en estrecha comunión con los demás miembros de la Iglesia naciente. Después de Pentecostés no volveremos a tener referencia bíblica sobre su vida. Existen dos tradiciones que nos hablan de su residencia en Éfeso y otra en Jerusalén. Puede que residiese algún tiempo en Éfeso aunque la hipótesis de su estancia permanente en Jerusalén es más aceptada. Probablemente acabó sus días terrenales en Jerusalén hasta que, como dice el dogma de la Asunción, "llegado el final de su vida terrena, María fue asunta al cielo en cuerpo y alma".

10.9.10

BIOGRAFÍA DE LA VIRGEN MARÍA I

En una serie de dos artículos vamos a aproximarnos al conocimento de los datos terrenales que podemos conocer sobre la Virgen.
Muchos de los elementos históricos de la vida terrenal de María, algunos plenamente asumidos por la comunidad creyente, nos lo proporcionan documentos extrabíblicos a los que es imprescindible acudir.
Una de las fuentes en las que se han basado generaciones enteras para conocer la vida de María, sobre todo antes de la Anunciación, han sido los evangelios apócrifos, en especial el llamado protoevangelio de Santiago, que ha sido sin duda la narración apócrifa que más influencia ha tenido en la posteridad. Escrito al parecer entre los siglos II al IV en lengua griega y conocido también como “Libro de Santiago” consta de 25 capítulos en los cuales se narra el nacimiento y vida de María hasta la edad de dieciséis años para contar posteriormente el nacimiento de Jesús y la matanza de los Inocentes. Termina con un epílogo que nos presenta a Santiago el Menor como el autor del texto. Todo el objetivo del libro de Santiago no es otro que el de exaltar la figura de María y su virginidad.
Otro libro esencial para la difusión de las leyendas e historias sobre la Virgen es el llamado “Evangelio del Pseudo Mateo” por atribuirse a dicho evangelista su texto y siendo san Jerónimo su supuesto traductor del hebreo al latín. Ha sido una fuente muy importante para la iconografía mariana y los aspectos literarios sobre la Virgen sobre todo en época medieval. Detalles tan asumidos hoy día como el nombre de los padres de la Virgen, la Presentación de la Virgen al templo, el nacimiento de Jesús en una cueva y apoyado en un pesebre, la vejez y viudez de san José, las ofrendas de los Magos o la vara florecida de José son elementos que proceden de estos apócrifos. Hemos de aclarar al lector que el término “apócrifo” no es sinónimo de falso ni de herético sino simplemente que son escritos que la Iglesia no reconoce como verdad revelada, lo cual no excluye que en todo o en parte puedan narrar hechos ciertos. Recordamos que no es hasta el S. IV en que quedan fijados en veintisiete el número de libros que componen el Nuevo Testamento.
Así pues, algunas de las cosas que sabemos de María a través de estos escritos se pueden considerar dentro del campo de las leyendas y tradiciones y otras no. De hecho la Iglesia nunca los ha aceptado como escritos canónicos y se sigue debatiendo en términos teológicos y bíblicos si su uso como fuente de información es fiable aunque no es éste el momento de realizar ese debate. No obstante, lo que sí conocemos son los usos y costumbres de la época y datos evangélicos sobre los cuales vamos a construir, aunque sea en precario, su biografía, especificando los datos reales de los supuestos.
Los Evangelios únicamente narran la genealogía de José, no la de María (Mt 1, 1-17) lo cual es acorde con la tradición judía en la cual el papel de la mujer en la sociedad era muy secundario. Los padres de María se llamaban al parecer Joaquín y Ana y posiblemente vivían en Nazaret. Una tradición nos habla de que Joaquín nació en una aldea de Galilea llamada Séforis. Los apócrifos coinciden en señalar que Joaquín era hombre rico, de la tribu de Judá, y que tras muchos años de casado no tenía descendencia, lo cual era considerado oprobioso en la época, por considerarlo como no bendecido por el Señor al no haber dado vástagos a la casa de Israel. Tras retirarse en soledad al desierto y pedirlo insistentemente, un ángel del Señor le anuncia su paternidad y Ana, su esposa, da a luz a una niña a la que llamaran Mariam y que nacería en Jerusalén. Sobre la infancia de María nada sabemos, aunque los apócrifos coinciden en que a la edad de tres años fue presentada y entregada al servicio del Templo, al que sirvió hasta los doce años lo cual no implica que necesariamente viviera en el Templo ya que también pudo vivir con sus padres en Jerusalén o en Nazaret.
Entre los parientes de la Virgen, aunque no se citen con precisión, podemos citar a Isabel, que sería su prima y madre de Juan el Bautista y a la que la Virgen visita viviendo con ella al menos tres meses en la aldea de Ain-Karin que era el domicilio de Isabel. El evangelista Lucas nos lo narra con cierto detalle (Lc 1, 39-56). El Magnificat, espléndido canto mariano entonado por la Virgen en esta ocasión, constituye un magnífico regalo de la Virgen a las generaciones posteriores. Por otra parte el evangelista Marcos nos habla de otros parientes, hermanos de Jesús. En la Edad Media se difundió la leyenda de la parentela de la Virgen, leyenda hoy desautorizada, según la cual Ana, al enviudar, se volvería a casar por dos veces originando una numerosa parentela que podría quedar así: María de Cleofás era hermana de María (Jn 19, 25) y esposa de Alfeo cuyos hijos serían Santiago el Menor, Simón, Judas Tadeo y José. Otra hermana de la Virgen sería María Salomé, esposa de Zebedeo cuyos hijos serían Santiago el Mayor y Juan y que serían llamados por Jesús para el grupo inicial de apóstoles (Mc 1, 16-20). Así pues, Jesús tendría parientes próximos, primos y tíos seguramente. También debemos aclarar que el término hermano o hermana debe entenderse en sentido amplio, como sinónimo de parientes. La teología católica no admite que la Virgen tuviese más hijo que Jesús, el Unigénito. En cualquier caso este punto referido a los parientes de la Virgen y de Jesús queda muy confuso y se nutre mucho de conjeturas ya que las Escrituras no aclaran mucho al respecto.
María debía tener entre catorce y dieciséis años cuando se casó con José puesto que esa era la edad habitual en la que las muchachas hebreas contraían matrimonio por lo cual podemos deducir que debió nacer sobre el año 23 al 20 a.C. Este dato es aproximado y tiene en cuenta el error de cálculo sobre la fecha del nacimiento de Cristo, el cual debió ocurrir muy posiblemente en el año 4 a.C. o sea, cuatro años antes de la fecha en que habitualmente se fija, ya que hay datos históricos y astronómicos que así parecen indicarlo. En el caso de que la estrella que guió a los Magos fuese una conjunción planetaria como también se apunta, el nacimiento habría que retrasarlo al año 7 a.C. Teniendo en cuenta esos datos se pueden aventurar algunas hipótesis más o menos fiables.
Siguiendo la costumbre judía María habría realizado su desposorio (parte legal del matrimonio judío en el cual se obtienen todos los derechos y obligaciones de los esposos) con un joven que tendría entre dieciocho y veinticinco años llamado José, originario de Belén, posiblemente entre el 9 y el 6 a.C. La tradición ha difundido la idea sobre José como la de un viejecito viudo incluso con hijos al casarse con María, idea seguramente surgida con el fin de proteger la virginidad de María, que no parece ajustarse a la realidad y que justificaría el nombre de hermanos de Jesús. Podemos suponer que la Anunciación del arcángel Gabriel y la concepción de Jesús fue sobre el año 5 a.C. (Lc 1,26-38). Sabemos por los Evangelios que inmediatamente María se puso en camino para visitar a su prima (Lc 1,39), lo que indica que la visita ocurrió dentro del mismo año. La localidad donde vivía Isabel debía ser la ya citada ciudad de Ain-Karim, en las montañas cerca de Jerusalén.
Al regreso de su visita a su prima santa Isabel, y después de la visita del ángel a José para explicarle el misterio de la concepción, se realizó la ceremonia religiosa y la fiesta de bodas de José y María, a partir de la cual empezarían a vivir juntos (Mt 1,24). La boda se celebraría en miércoles y duraría una semana, tal como era habitual en la tradición judía. Desde ese momento, María se ocuparía de las tareas domésticas, ir a por agua, preparar la comida y cosas por el estilo. Debido a las disposiciones romanas sobre el censo, José y María tuvieron que trasladarse a Belén (Lc 2,1) en donde nació Jesús probablemente en la primavera del año 4 a.C. A los ocho días, de acuerdo a la ley judía, Jesús fue circuncidado (Lc 2,21). La circuncisión era un rito socio-religioso con un doble significado: por un lado el circunciso se incorporaba al pueblo de Dios y al mismo tiempo se les ponía un nombre, que hacía referencia a las virtudes que se le deseaban o esperaban de él. Solía hacerse en la intimidad del domicilio por una persona experta, ante la presencia de testigos y familiares y era el signo de la Alianza. A Jesús se le puso ese nombre porque fue el nombre que el ángel de la Anunciación dijo: “Concebirás y darás luz a un Hijo, al que pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31).
A los cuarenta días del nacimiento de acuerdo a la ley mosaica las mujeres debían purificarse del parto y María también lo hizo, por lo que los esposos fueron al templo de Jerusalén en donde presentaron al Niño y tuvo lugar el encuentro con la profetisa Ana y el anciano Simeón (Lc 2,22-38). Esta purificación en el caso de Maria hay que entenderla como el simple cumplimiento de un imperativo legal. La Iglesia lo celebra como la entrañable fiesta de la Candelaria.
la liturgia

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