sábado, 29 de octubre de 2011

Homilía - www.BETANIA.es Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Domingo XIV del Tiempo Ordinario
8 de julio de 2007

La homilía de Betania


1.- HACIA UNA IGLESIA MISIONERA Y POBRE

Por Gabriel González del Estal

2. - ¿ACABAMOS LOS CURAS CON LA AFICIÓN?

Por José María Maruri, SJ

3.- SOMOS LLAMADOS Y ENVIADOS

Por José María Martín OSA

4.- LA MIES ES ABUNDANTE

Por Antonio García Moreno

5.- APOSTAR POR EL REINO

Por Gustavo Vélez, mxy

6.- LAS MEDALLAS Y EL ANUNCIO

Por Javier Leoz

7. - OPTIMISMO ANTE LA MISION CUMPLIDA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SER CRISTIANO JOVEN, ES SER AVENTURERO

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


RECORRER EL CAMINO (2-VII-1961)

Por Pedro Rodríguez


1.- HACIA UNA IGLESIA MISIONERA Y POBRE

Por Gabriel González del Estal

1. – Que la Iglesia de Cristo, durante los tres primeros siglos de su historia, fue una Iglesia misionera y pobre es un dato evidente e indiscutible. Fue misionera porque, fiel al mandato del Señor y en su nombre, los apóstoles y los discípulos del Señor iban de pueblo en pueblo predicando la paz, curando a los enfermos y anunciándoles la cercanía del Reino de Dios. Y fue pobre porque, fieles al mandato del Señor, los apóstoles cuando iban a los pueblos no llevaban ni talega, ni alforja, ni sandalias de repuesto, es decir, vivían de la ayuda de los fieles a los que predicaban la buena nueva. Fue una Iglesia pobre y de los pobres, porque la mayor parte de los cristianos que componían la primitiva Iglesia eran pobres. Eran personas que creían en la posibilidad cercana de un Reino nuevo, donde desaparecerían las desigualdades sociales y donde todos podrían vivir como hermanos e hijos de un mismo Dios. Así se lo había asegurado el Señor Jesús y así lo creían ellos a pies juntillas. Las preguntas que debemos hacernos nosotros ahora son estas: ¿nuestra Iglesia actual es pobre y de los pobres?; ¿nos interesa a nosotros que nuestra Iglesia sea en el momento actual una Iglesia misionera y pobre, tal como la predicaron los discípulos del Señor durante los tres primeros siglos? En la respuesta que demos deberá ir incluido el programa de vida que estamos dispuestos a poner en práctica cada uno de nosotros, los cristianos, para conseguir este objetivo.

2. – Poneos en camino, mirad que os mando como corderos en medio de lobos. El buen misionero siempre está en camino, no es una persona aburguesada y quieta, vive todo el día pendiente de las personas a las que debe servir y predicar el evangelio, camina ligero de equipaje, siempre dispuesto a gastarse y desgastarse en el anuncio del Reino, es decir, en la búsqueda de un mundo nuevo donde reine la paz, la fraternidad y el amor universal que Jesús de Nazaret predicó con su palabra y con su vida. Debe hacerlo con la mansedumbre de un cordero, sin desanimarse nunca, aunque los lobos del entorno amenacen con devorarle. Los lobos del entorno... las estructuras de poder establecidas, los prejuicios, los miedos a perder poder y privilegios, las seguridades que nos proporcionan nuestras creencias inamovibles, nuestros comportamientos estereotipados. Sabiendo que predicar la sobriedad y la pobreza, el servicio y el amor, la fe en Dios y el compromiso con el prójimo, en la sociedad consumista y materialista en la que nosotros vivimos, es como exponer nuestra débil carne de corderos a las fauces irritadas de los lobos hambrientos. Pero esto es lo que Jesús de Nazaret recomendó hacer a los discípulos que quisieran seguirle y esto es lo que él hizo mientras estuvo en este mundo.

3 - La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma. Nos dice San Pablo que esta paz y esta misericordia de Dios sólo le vino a él después de que estuviera dispuesto a aceptar y a vivir crucificado por Cristo y con Cristo. Esta fue la norma que guió su vida, no fue la ley, circuncisión o incircuncisión, la que le trajo la paz y la misericordia de Dios, sino el haber aceptado llevar en su cuerpo, con amor, las marcas de Cristo Jesús. Supo renunciar al hombre viejo, para convertirse en una criatura nueva. Era la gracia de nuestro Señor Jesucristo la que llenaba su corazón y la que le permitía estar seguro de que su nombre estaba escrito en el cielo. No eran sus muchas buenas obras, ni sus muchos milagros los que le daban paz, era su gran confianza en el amor de Dios manifestado en Cristo el que le daba fe y confianza. Esta honda paz y esta gran misericordia de Dios que él sentía es la que deseaba para todos sus hermanos en la fe.

4. – Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos. El profeta Isaías habla a personas que habían sufrido el destierro y que lo habían perdido todo, menos la fe en la misericordia y en el amor de su Dios. También aquí el profeta quiere avivar y encender la esperanza de su pueblo, anunciándoles la venida de un nuevo Reino de paz y de abundancia y prometiéndoles, en nombre de Dios, que como a un niño a quien su madre consuela el Señor les consolará a ellos: se alegrará vuestro corazón y vuestros huesos florecerán como un prado. ¿Tenemos nosotros suficiente esperanza en nuestro Dios, para que nuestro corazón se llene de alegría y para que nuestros huesos no se sequen por la desilusión y la desesperanza? Es verdad que la vida y el mundo en el que vivimos nos dan cada día algunos motivos para la desesperanza, pero si somos verdaderos discípulos de Jesús de Nazaret sabremos levantarnos cada mañana con el corazón henchido de esperanza, porque nuestra esperanza no está edificada sobre nuestros pobres méritos, sino que está construida sobre la roca firme de nuestra fe en un Dios perdonador y misericordioso. La esperanza es el alimento de los pobres y de todos los que luchan con esfuerzo para conseguir un mundo mejor; la esperanza debe ser el alimento de una Iglesia misionera y pobre. Sin esperanza la fe se arruina y la vida se apaga.


2. - ¿ACABAMOS LOS CURAS CON LA AFICIÓN?

Por José María Maruri, SJ

1. - Este Evangelio siempre ha tenido para mí resonancias taurinas. El pobre torero en medio de la plaza haciendo lo que puede ante un toro resabiado y que ve mal de un ojo y desde todos los tendidos escucha insultos y gritos de la gente exigiéndole que se arrime.

Una cosa es gritar y otra estar en la arena con el capote en la mano y dos enormes cuernos a veinte centímetros de la nariz.

Jesús nos quiere decir aquí que si somos uno de esos 72 discípulos, es decir, si pertenecemos a su Iglesia, a su familia, a su pueblo misionero, no podemos quedarnos sentados en el tendido de sombra criticando a los demás, sino que todos, vosotros y yo, tenemos que tirarnos al ruedo.

Aquella concepción de Iglesia de curas para arriba y de pueblo que usa los templos, de curas para abajo, no tiene cartel ya. Es cosa vieja.

2. - Se oye con frecuencia que los curas acabamos con la afición, sobre todo de los jóvenes, con nuestras misas y nuestros sermones. Y lo comprendo perfectamente, porque los curas somos unos pesados predicando y, por otro lado, la misma misa, a pesar de todas las reformas de sus cánones y oraciones, todavía queda muy alejada del lenguaje inteligible.

Pero también habría que preguntarse si por parte de los 72 discípulos del pueblo, en la profesión de la propia Fe en el credo, en el rezo comunitario de la oración cristiana por excelencia del Padre Nuestro, o en las contestaciones de la liturgia, muestra una Fe convencida, vibrante, expresada con decisión o todo se va en un murmullo apagado con deseo de ver a quien acaba antes. Eso también acaba con la afición de los jóvenes.

Todos nos tenemos que tirar al ruedo para predicar, para enseñar a los demás nuestra Fe.

3. - “La mies es mucha y lo operarios pocos”. ¿Por qué pocos? ¿Podéis imaginar lo que podrían hacer en este mundo cuatrocientos millones de misioneros católicos?

Cuatrocientos millones que salieran a segar la mies con la urgencia con al que uno dice Jesús. Sin entretenerse en cosas vanas. Sin estar apegados a los bienes materiales, buscando tan sólo llevar a los demás el mensaje del Reino, mensaje de paz y de justicia.

Vosotros sois la luz del mundo. ¿No iluminaríamos al mundo entero si fuéramos cuatrocientos millones de antorchas luciendo en la oscuridad de la vida?

¿No habría cuatrocientos millones de hogares que recibirían con agradecimiento el mensaje de alegría y paz, cuando el mundo entero está anhelando la paz?

Cada uno de nosotros tiene que convertirse en su propio ambiente en mensajero de alegría y de paz. ¿No creéis que si lo hiciéramos así todos, si nos quedásemos en nuestro tendido de sombra criticando con saña al pobre torero, si todos nos lanzáramos al ruedo, se haría realidad el deseo de Jesús de que el Padre habría enviado operarios suficientes en sus Mies? Vamos a pedir con la Oración de San Francisco de Asís que sepamos llevar al mundo la Paz del Señor.


3.- SOMOS LLAMADOS Y ENVIADOS

Por José María Martín OSA

1.- Nuevamente Jesús hace una llamada urgente: hacen falta obreros que trabajen en la mies. No podemos hacernos los sordos ante este reclamo del Señor. Hoy, creo yo, la mies es más abundante, no porque haya crecido el número de habitantes del planeta, sino porque hay mucha sed de Dios, muchos hombres y mujeres perdidos en la inmensidad del desierto. Dicen que nos invade una mentalidad laicista que quiere borrar la resonancia de Dios en nuestra vida y enseña a vivir prescindiendo de Dios. Se trata de eliminar todo sentido trascendente en el hombre, para pensar sólo en las cosas de este mundo. ¿Qué podemos hacer? El Evangelio nos dice que tenemos que rogar al dueño de la mies para que nos mande obreros a trabajar en ella. Pero, ¿te has preguntado alguna vez si tú eres uno de esos obreros? Quizá seamos todos los bautizados, pues evangelizar no es una labor encomendada exclusivamente a los sacerdotes. Todos los cristianos debemos ser mensajeros de la Palabra de Dios, porque todos somos "vocacionados", llamados por Dios a dar testimonio de nuestra fe.

2.- La misión que se nos encomienda no siempre es fácil. Ya lo anunció Jesús cuando les dijo que les mandaba como corderos en medio de lobos. Frecuentemente recibo el testimonio de laicos comprometidos de lleno en la parroquia que dicen que en su oficina o taller les ridiculizan, les llaman beatos o se burlan de los postulados de la Iglesia. ¿Qué hacer? Lo más fácil es callarse, pero en ocasiones hace falta nuestra palabra y, sobre todo, nuestro ejemplo. Me cuentan también que cuando estas personas alejadas de la fe tienen problemas al primero que acuden es a aquél que llamaban beato. Seguramente porque su vida en cierto modo les cuestiona y les anima a buscar el sentido de lo que les ocurre. Lo de curar enfermos y llevar la paz se traduce hoy día en la atención que prestamos y en el espíritu de servicio que demostramos a los que nos rodean.

3.- Jesús insiste en que no llevemos talega, ni alforja, ni sandalias. Por muchos recursos que se empleen hoy en la pastoral, lo fundamental será siempre la transmisión de nuestra experiencia de Jesús de Nazaret. Lo cual exige en nosotros una conversión de vida y una disponibilidad radical para escuchar su Palabra y anunciarla con valentía. El premio está asegurado, pues nuestros nombres estarán inscritos en el cielo. No es que haya que buscar la recompensa, pues ésta se encuentra ya en el gozo que produce el anuncio de la Buena Noticia. No hay que temer el rechazo, la picadura de los escorpiones y serpientes. Jesucristo nos acompaña en la misión, por eso estamos alegres y seguros de que merecerá la pena. Si echas una mirada a nuestro mundo te darás cuenta de la urgencia de la evangelización, no escurras el bulto lánzate a comunicar a otros lo que tú has conocido: la misericordia, la bondad del señor, todo lo que ha hecho contigo, como canta el autor del salmo 65.


4.- LA MIES ES ABUNDANTE

Por Antonio García Moreno

1.- "Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto..." (Is 66, 10) Jerusalén, capital del antiguo reino de Israel, ciudad codiciada por su historia, por su honda tradición religiosa. Disputada aún hoy por árabes y judíos, siendo su posesión un punto que los hebreos, hecho dueños ahora, no quieren ni siquiera mencionar. Jerusalén queda n la Biblia constituida como símbolo de la Iglesia de Cristo, prototipo de la ciudad de Dios. Desde este ángulo tenemos los cristianos que interpretar cuanto se dice en los libros sagrados acerca de Jerusalén. Hoy nos invita el profeta Isaías a exultar con ella, a llenarnos de gozo cuantos la amamos, todos cuantos somos ciudadanos de esta gran ciudad... Mas para gozar con la Jerusalén victoriosa, es necesario haber sufrido con la Jerusalén oprimida. Es preciso llorar con la Iglesia cuando la Iglesia llora, sufrir cuando ella sufre. Hay que sentir con la Iglesia, latir al unísono con su corazón de madre.

"Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo" (Is 66, 13) He aquí, dice el Señor, que voy a derramar sobre Jerusalén la paz como un río, la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Dios llenará de consuelo a cuantos se encuentren en el recinto de la Iglesia. Como cuando a uno le consuela su madre, dice el Señor, así os consolaré yo a vosotros. Como consuela una madre. No pudo el Señor buscar una comparación más entrañable, más cercana al corazón huérfano del hombre. Como una madre, de la misma forma, con la misma ternura, con el mismo cariño.

Y vosotros lo veréis, sigue diciendo el profeta, y latirá de gozo vuestro corazón, y vuestros huesos reverdecerán como la hierba... Nuevos brotes en estos sarmientos deshojados por el paso del tiempo. Nuevos sueños, nuevas ilusiones, un nuevo despertar a la vida de tus ojos, quizás tan apagados ya por los años y las lágrimas.

2.- "Aclamad al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria..." (Sal 65, 1-2) Es propio del hombre acostumbrarse a todo. Así como es capaz de grandes asombros, así es susceptible de habituarse a lo más asombroso. Lo que en un momento le produjo una emoción honda, o un estupor grande, acaba por dejarle indiferente. También ocurre a veces que realidades tangibles que son maravillosas nos pasan desapercibidas al no pararnos a contemplarlas, al no considerarlas con un poco de detención. El salmista exhorta a toda la tierra para que cante en honor del Señor, para que entone la magnífica sinfonía de todas las cosas. Pide que se postre ante el Señor la tierra entera e invita a todos para que vengan a ver las obras de Dios, sus grandes hazañas en favor de los hombres de todos los tiempos. La tierra, a su modo, canta sin duda la sabiduría y el poder de Dios. Cada estación del año tiene su mensaje para los hombres, cada rincón del mundo tiene su secreto de grandeza y de gloria, reflejo del brillo divino. Pero para descubrirlo hay que ver en profundidad, con los ojos de fe y la mirada limpia del amor.

"Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna..." (Sal 65, 7) Todo lo ha hecho el Señor en favor de los hombres. Cuanto existe lo ha colocado el Señor en función del bien común para la criatura humana. Sin mérito alguno de parte nuestra, somos los predilectos del Creador. Ya en los principios el hombre recibió más dones que todos los demás seres salidos de la mano de Dios. Sólo el ángel le supera en perfección. Pero incluso el ángel está en desventaja respecto del hombre. A éste, después de haber pecado, le promete un Redentor, le concede la posibilidad de rectificar y convertirse. A los ángeles rebeldes, por el contrario, los castigó con el fuego eterno.

Seamos agradecidos con nuestro Padre Dios que tantas muestras nos ha dado de su amor infinito. Miremos con ojos limpios, con mirada de fe, cuanto nos rodea y elevemos nuestro corazón a lo alto, para dar gracias, para suplicar perdón y misericordia. Recordemos con frecuencia los beneficios divinos y vivamos en continua acción de gracias.

3.- "Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz..." (Ga 6, 14) Todos los hombres tenemos algo de qué gloriarnos. Y si no lo tenemos en realidad, nos inventamos algo que sea un motivo de gloria personal. Cuántas veces, de modo directo o de forma indirecta, nos gloriamos de nosotros mismos, aprovechamos cualquier motivo para hablar de nuestros éxitos, o de nuestras cualidades.

San Pablo nos enseña con su propio ejemplo cual ha de ser el principal motivo de gloria para un buen cristiano Ese motivo es la cruz de Cristo, en la cual nos dice el Apóstol que el mundo está crucificado para él y él para el mundo. Sus palabras también han de cumplirse en nuestra historia de hombres que creen en Cristo.

En esa cruz hemos de crucificar nuestro egoísmo, nuestra vanidad, nuestro orgullo, nuestra lujuria, nuestra envidia, nuestra ambición. Nosotros mismos hemos de vivir crucificados, cosidos a la cruz por la fuerza del amor. Vivir "cristificados", identificados con Cristo, dando nuestra vida en favor de los demás, hasta derramar nuestra sangre, si fuera preciso, como él la derramó.

"La paz y la misericordia de Dios venga sobre todos los que se ajustan a esta norma..." (Ga 6, 16) La paz y la misericordia de Dios, la serenidad y la bondad infinita del Señor para cuantos se ajustan a esa norma, la de vivir muriendo clavados en la cruz de cada día, con los clavos de la fe, de la esperanza y del amor. Esta doctrina puede parecernos una situación incómoda y molesta, nos da la impresión de que un gran dolor y sufrimiento nos hará la vida imposible.

Y, sin embargo, es todo lo contrario. La cruz nos trae el gozo y la paz, la dicha de saberse hijos de Dios, la alegría de sufrir con Cristo y redimir nuestra propia vida y la de los demás... Son las paradojas de Dios. Lo que al hombre le parece horrible, para el Señor es un medio de salvación y de gloria. Pablo creía firmemente que esto era verdad y lo llevaba a su vida de manera vibrante y honda. Esa es la única explicación de su gozo y su paz en medio de las persecuciones y dificultades por las que tuvo que pasar. Para él no había otra cosa de la que gloriarse que de la Cruz de Cristo. Él supo descubrir el valor de la tribulación, de esa cruz que era su pena y su gloria.

4.- "¡Pones en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos..." (Lc 10, 3) Dios que nos creó sin necesidad de nuestra colaboración, pudo salvarnos también sin que nosotros interviniéramos. Sin embargo, no ha sido así. En la nueva creación que supone nuestra redención, el Señor ha querido que fuéramos colaboradores suyos, que tuviéramos una parte, e importante, en la tarea de nuestra salvación y en la de todos los hombres. En efecto, como dice san Agustín, Dios que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros. Cuando Jesucristo redime al hombre, le llama a una vida sobrenatural que implica una respuesta y un compromiso. Así, pues, Dios toma la iniciativa en la llamada, pero la salvación.

Además de esta participación en la propia salvación, los hombres, porque Dios lo ha querido, tenemos también una participación en la salvación de los demás. En primer lugar llamó a los doce apóstoles para que predicaran el Evangelio, pero también llamó a otros setenta y dos para que fueran delante de Él anunciando su llegada a la gente, preparándolos para recibir al Señor. Aquello no fue más que el principio de una larga historia que se prolonga a lo largo de los siglos. Hoy, de modo particular, se insiste en la responsabilidad de todos, también de los laicos, en la obra de la salvación por medio de la predicación del Evangelio.

Así se ha hablado mucho de la llegada a la edad madura de todo aquel que ha sido bautizado. Se ha profundizado en la responsabilidad personal e intransferible que tiene cada creyente en difundir el mensaje de Cristo, según su propio estado y condición. Es cierto que el modo de predicar el Evangelio en el caso de los seglares no ha de consistir en predicar en las iglesias, o en subirse al ambón a leer una de las lecturas de la misa. Eso está bien -si se hace bien-, pero la responsabilidad de predicar el Evangelio tiene un alcance mucho mayor, una repercusión más comprometida y costosa. Se trata de predicar sobre todo con el ejemplo, dando un testimonio sincero de vida cristiana y dando la cara cuando sea preciso por la doctrina de Cristo.

Las palabras de Jesús siguen teniendo vigencia. También hoy es mucha la mies y pocos los obreros. Hay que reconocer que en el mundo es mucha la tarea y escaso el número de los que son responsables, con seriedad, en esta empresa de transformar el mundo, según la mente de Cristo. De ahí que hayamos de rogar, una y otra vez, al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, para que despierte la conciencia dormida de tantos como se dicen cristianos, y no lo son a la hora de dar la cara por Cristo, en esos momentos en los que hay que ir contra corriente y defender a la Iglesia y al Papa, confesar sin ambages, con obras sobre todo, nuestra condición de cristianos.


5.- APOSTAR POR EL REINO

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Entonces designó Jesús otros setenta y dos discípulos y los mandó delante de él de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: Cuando entréis a una casa, decid: Paz a esta casa”. San Lucas, Cáp.10. Según los rabinos judíos, eran setenta las naciones que poblaban el mundo y otras tantas las palmeras que los israelitas peregrinos encontraron en el oasis de Elim. Setenta los ancianos que asesoraban a Moisés y también los miembros del sanedrín, en tiempos de Jesús. Se explica entonces por qué algún copista señaló con esta cifra los enviados por el Señor, como precursores de su visita. Otros textos en cambio no hablan de setenta y dos.

2.- El Maestro les entrega precisas instrucciones, en especial hacia las familias que les darían hospedaje. Pero el objetivo central de esta excursión sería anunciar que el Reino de Dios estaba cerca. Aunque Jesús no explica cuánto dista este Reino de nosotros. Menos aún la fecha de su llegada. Y sin embargo el Reino de los Cielos es un tema continuo en sus parábolas.

Hoy entendemos ese Reino como un futuro mejor de paz y de justicia, que ha de llegar a nuestro mundo. Un programa en el cual hombres y mujeres de buena voluntad estamos empeñados. Valdría pensar entonces si más allá de nuestras devociones y prácticas religiosas, somos agentes de cambio, así sea en pequeñas áreas. ¿O integramos la cofradía de los pesimistas quejumbrosos? El Maestro enseñó que ese Reino está dentro de nosotros. Porque hunde sus raíces en nuestro interior y desde allí se hace patente. Aunque su ritmo es lento, como el de las semillas que van germinando en el surco. Cuando anhelamos una paz universal inmediata, o una prosperidad económica que a todos cobije, cabe pensar en aquellos tiempos prehistóricos cuando se formaron los planetas que giran hoy por el espacio. No fue tarea de un día, ni de un año. Tampoco el programa de Dios se lleva a cabo al ritmo de nuestras impaciencias. Pero sí exige que, día y noche, apostemos por él con toda el alma.

3.- En el pasado se creyó que ese Reino de Dios coincidía íntegramente con la Iglesia. Lo cual llevó a no pocos errores y desmanes. “Cuando la Iglesia, señala un autor, ha pretendido hacerse pasar por el reino de Dios, no lo ha logrado, pues tiene mucho hierro y mucho oro”. Es verdad. Nada deteriora tanto una comunidad cristiana como las actitudes de poder o de avaricia. El concilio Vaticano II enseña que en la Iglesia subyace el Reino de los cielos. Es decir, en ella se descubre cómo actúa y avanza el plan de Dios. De otro lado, más allá del territorio oficial de la Iglesia, en todos los grupos humanos, credos y culturas, brillan numerosos valores que son propios del Reino: Generosidad, respeto, transparencia, dignidad, perseverancia, esfuerzo, esperanza. Aunque allí falta la presencia explícita de Jesús, Salvador de todos los hombres.

4.- Añade también el Evangelio que, después de muchos viajes y cansancios, regresaron aquellos discípulos. Y el Maestro les dijo: “Estad alegres, porque vuestros nombres están escritos en el cielo”. Lo cual podríamos traducir: El corazón de Dios conoce nuestros trabajos por el Reino y cuenta cada día con nosotros.


6.- LAS MEDALLAS Y EL ANUNCIO

Por Javier Leoz

1.- A tal mérito tal medalla. El mundo nos tiene tan acostumbrados al agasajo o trofeo por lo que se realiza, que resulta difícil emprender una gesta, sea pequeña o grande, sin correr el riesgo de pensar en el premio correspondiente.

Alguien sentenció, con cierta razón, “que la condecoración es motor para el trabajo”.

Cuando uno se acerca al Evangelio, en este domingo de verano, sabe de antemano que el anuncio del mensaje de Jesús conlleva (sobre todo en estos tiempos que nos toca vivir) no precisamente distinción, privilegio, clase, sino todo lo contrario: rechazo. Vamos que, el que pretenda lucir hoy una medalla en su pecho, el camino del Evangelio no es precisamente un podium para conquistarla ni merecerla a los ojos de la sociedad.

Pero Jesús, que siempre tiene palabras de ánimo, nos orienta y empuja de nuevo hacia la misión. ¡Poneos en camino!

Muchos intentarán que os quedéis quietos. Que vuestros criterios queden sepultados en el olvido. Responded con la fuerza de vuestras convicciones más profundas: lo que no hagáis nadie lo hará por vosotros. ¡Mirad que os mando como corderos en medio de lobos!

Pensaréis que muchos estarán con vosotros y, luego, os daréis cuenta que viven de espaldas con lo que dicen creer. Responded con la constancia de vuestro trabajo. Las fieras también se pueden domesticar. ¡No andéis cambiando de casa!

2.- Entrad para conocer muy de cerca la realidad de los hombres y mujeres que os rodean. Pero, que esas circunstancias, no os impidan vivir con intensidad y con libertad vuestra relación con otras personas. Que la espesura del bosque no obstaculice la visión del horizonte al que estáis llamados. ¡No llevéis alforja, ni sandalias!

Tened las manos libres para abrazar con libertad y sin condiciones. Soltad el volante de las falsas seguridades para agarraros a mi Palabra que nunca os ha de faltar ni defraudar ¡Está cerca el reino de Dios!

3.- No perdáis la esperanza. Aunque todo os parezca estío e infructífero; vuestros esfuerzos baldíos; la siembra aparentemente perdida; la creatividad puesta en tela de juicio: pensad que Yo estoy cerca de vosotros. En la prueba y en el sufrimiento, en las dudas y en el esfuerzo es donde lleváis las mismas marcas que el anuncio del reino dejó en mi cuerpo ¡Vuestros nombres están inscritos en el cielo!

Cesan las luchas en la tierra y comienza el descanso celeste Se apagan las luces del mundo y se enciende la antesala del cielo. Cicatrizan las heridas causadas por el anuncio y empieza a divisarse aquello por lo que dimos la vida, las horas, la creatividad, el impulso, la sangre, y por lo que vertimos tantas lágrimas a tiempo y destiempo. ¡Gracias, Señor, Tú eres la medalla de oro a la que yo aspiro!

4.- AYÚDAME A PONERME EN CAMINO

Aunque, el horizonte, me parezca oscuro

Aunque la recompensa, ante el mundo, sea estimada en nada

Aunque falten fuerzas y no existan recursos

Aunque muchos piensen que, lo que traigo,

no es nada o muy poco

AYÚDAME, SEÑOR, A PONERME EN CAMINO

Dejando a un lado lo que me paraliza

Dejando a un lado lo que me esclaviza

Dejando a un lado lo que divide en dos mi corazón

Dejando a un lado lo que dificulta el pregonarte

AYÚDAME, SEÑOR, A PONERME EN CAMINO

Sin sacar excusas, cuando no recojo fruto

Sin sacar excusas, cuando me falta el aliento

Sin sacar excusas, cuando no soy aplaudido

Sin sacar excusas, cuando no soy reconocido

AYÚDAME, SEÑOR, A PONERME EN CAMINO

Desprendiéndome de todo aquello que materialmente no me sirve

Desprendiéndome de mí mismo

Desprendiéndome de las muletas de la vergüenza o la cobardía

Desprendiéndome de todo prestigio personal para hacerte presente

AYÚDAME, SEÑOR, A PONERME EN CAMINO

Poniendo tu mano, sobre los enfermos

Anunciando tu reino, sobre los abatidos

Llevando tu Buena Noticia, sobre los pesimistas

Alimentando con tu Palabra, a los muertos espiritualmente

Alimentando con tu Eucaristía, a los débiles por el pan del mundo

Amén.


7. - OPTIMISMO ANTE LA MISION CUMPLIDA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - El profeta Isaías ofrece paz, concordia y felicidad para los últimos tiempos. En su profecía nos presenta a una Jerusalén como centro de un gran acontecimiento pacífico y feliz. San Pablo, en el final la Epístola a los Gálatas, narra, también, otro final y en el hace una concreción de toda su doctrina. El Apóstol solo se enorgullece de la Cruz de Cristo y de su efecto en él mismo y en el resto de los fieles. La comunión de Pablo con Jesús hace que presuma, incluso, de llevar sus marcas. En el texto precedente de la misma Epístola es un impresionante cántico a la libertad de los seguidores de Cristo y el epílogo es una unión total mediante la "confraternización" de la Cruz. Y ya se sabe en el lenguaje de tiempos de Cristo cruz era también sinónimo de yugo: es el yugo suave que ofrece Jesús. También incidíamos en esto la semana pasada.

2. - El Evangelio de este Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario contiene uno de los episodios más interesantes de la narración de la Buena Noticia. Manda a setenta y dos a evangelizar. Y significa que los hay. Muchas veces nos parece que Jesús pasó su vida pública en compañía de unos pocos, de los Doce y unas cuantas mujeres. Si dispuso de 72 discípulos con posibilidades de explicar la doctrina del Reino de Dios es que, obviamente, había muchos más. El movimiento en torno a Jesucristo debió ser --sin duda-- multitudinario y de ahí vendría la alarma de los estamentos oficiales de la religión judía ante la influencia creciente. Es obvio que si sólo hubieran sido un par de docenas de fieles no se habría producido el enfrentamiento. En cuanto al análisis histórico de la vida de Jesús ese hecho es importante.

3. - Nos interesa hoy especialmente el camino de predicación de la llegada del Reino de Dios y el camino de "pobreza evangélica" de los protagonistas de ese peregrinaje activo. No necesitan ni dinero, ni provisiones. Se las proporcionarían, de buen grado, las gentes de los pueblos y a las aldeas visitadas. Aparece, además, un golpe radical contra aquellos que no reciban a los enviados de Jesús: la comparación con la ruina de Sodoma es muy grave en su, también, contexto histórico, ya que la ciudad fue calcinada por fuego caído del cielo y era un ejemplo frecuente para demostrar la ira de Dios. Los enviados comunican su alegría por haber tenido poder para curar y expulsar demonios. Jesús les anticipa que es más importante llegar al momento final en el que sus nombres estén inscritos en el cielo. Hay, asimismo, alegría enorme porque parece que el Reino de Dios está cerca y que la predicación ha sido muy productiva.

4. - Incluye Jesús en el evangelio de este domingo una de sus frases más impresionantes: "Veía a Satanás caer del cielo como un rayo" y parece un tanto enigmática, aunque hay traducciones que consignan: "he visto caer roto a Satanás y como un rayo", a modo de un meteorito abrasado por el rozamiento de la misma atmósfera. El camino de los setenta y dos enviados del Reino de Dios rompe y hace caer el imperio del maligno. La enseñanza pues que nos traen las lecturas de este domingo es de plenitud. Hay paz y abundancia en Jerusalén. Pablo define, un tanto, el final de su camino en la identificación total con Cristo y el mismo Jesús recibe la alegría de sus discípulos tras su exitoso periplo de apostolado por las aldeas de Palestina.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SER CRISTIANO JOVEN, ES SER AVENTURERO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Mis queridos jóvenes lectores, permitidme para empezar, deciros que me gustaría saber si existís. Cuando acariciando el sagrario, le pido a Dios por vosotros, me pregunto: ¿pero, en realidad existen, o son pura imaginación mía? Escribir y enviar por Internet, me recuerda lo que un día me decía el Hno Juan, un buen monje de la Cartuja cercana a Voiron, allá en los Alpes, donde San Bruno fundó su orden, lugar de la sorprendente película actual: El mundo del silencio. Al preguntarle yo si era difícil su vida sacrificada, me contestó: usted sabe que el cuerpo es un buen burro, que uno puede domesticar con facilidad, lo difícil es orar sin tener noticia de resultado alguno. No me quiero comparar al buen monje burgalés, pero sí quiero trasmitiros mis inquietudes. ¿Leéis, o escucháis, estos mensajes-homilías? No sabéis cuanto os agradecería que si así es, me lo comunicaseis y me dieseis vuestra opinión. Quisiera también, especialmente hoy, que comprendierais que el lenguaje que utilizo en mis comentarios, deseo que corresponda cada semana, al contenido del mensaje de Jesús y, si es posible, también a su estilo. Basta de preámbulos.

2.- El Señor no quería tener un grupito de fieles a su alrededor que aplaudiesen sus actuaciones y elogiasen sus discursos. No quería comparsas que cuando se quedasen solos, no supieran como continuar libremente aquella empresa que Él estaba iniciando. Quería colaboradores para la misión que le había traído a la tierra, encargado por el Padre Eterno. No teloneros. Los quería entusiasmados como Él, sumergidos en esta iniciativa.

3.- Se le habían unido al Maestro, gente llegada por iniciativa propia, sin motivos muy precisos. Acudieron otros gracias a la invitación que les habían hecho amigos suyos. Otros por conducto de Juan, el Bautista, otros... cada uno sabía su historia y el Maestro también la conocía. Un día le pareció que ya era hora de que se fuesen por su cuenta y riesgo, amparados por su Gracia, fieles a su doctrina. Escogió 72 y los envió de dos en dos. Nada de salir vociferando ideas estrambóticas o de sufrir crisis histéricas consecuencia de soledades innecesarias. Era preciso que se ayudaran entre ellos, que descubrieran la apasionante aventura de la vida, cuando se escoge vivirla a su estilo.

Permitidme que ahora yo, que un día escuché esta invitación, de ello hace muchos años, os diga que no fue aquello pura ficción o arenga, con su correspondiente lavado de cerebro. Que no quería que marchasen ellos atolondrados e imprudentes, a inquietar o molestar a las masas. Tampoco quiso esto para mí.

4.- Según donde viváis, el escenario imaginativo que Jesús pinta para trasmitir unas consignas, tal vez no sea el más adecuado, no se puede ignorar que los tiempos mandan. A lo mejor no veáis, como veo yo estos días, extensos campos de trigo maduro, color de oro viejo. Seguramente no os podáis encontrar, como no me encuentro yo, segadores con sus hoces, ni pocos, ni muchos, pues la labor la realizan las panzudas cosechadoras. Jesús quizá os diría que el gran recinto donde va a acudir mucha gente, necesita voluntarios recepcionistas, que no hay quien sirva a los asistentes bebidas refrescantes, que acoja a los niños que se puedan perder, o que les indiquen, amablemente, donde están los servicios higiénicos. Para la gran carpa donde se van a reunir todos los pueblos se precisan organizadores, acompañantes para que nadie se pierda por los vericuetos de entre las instalaciones, servidores de todo el mundo y de todo lo que haga falta en cualquier ocasión. No se si acierto en la transposición que he pretendido hacer.

El Señor nos necesita y debemos ser fiel a sus deseos y contar con su protección. Os decía que os iba a hablar de mí y ahora lo cumplo. Yo también me he desplazado por la vida, creyéndome que lo hacía porque era la voluntad de Dios, ¡de tantas maneras y tan diferentes, me ha tocado vivir y trabajar por el Reino! y si en llegando el final de la jornada no tenía un lugar donde pernoctar, y era de noche, hacía mucho frío, o llovía, o no había ni un palmo libre de terreno donde plantar la tienda, en estas circunstancias, me atrevía a recordar al Señor lo que aquel día dijo y os aseguro que he sido recibido inesperadamente, allí donde no había ningún albergue. No he pisado, que yo sepa, ninguna serpiente, que alguna ha entrado por mi casa, como si fuera la suya. Las peligrosas que pueda haber por esta tierra donde vivo, no lo son si uno va bien calzado. Pero sí que os contaré que un día, cuando me preparaba para la misa y fui a ponerme la estola, sentí un pinchazo y sacudí la mano enérgicamente. En el suelo vi un escorpión, que no había logrado introducirme su veneno y me acordé de este pasaje y me sentí asombrado, pareciéndome entonces que oía el eco de lo que había dicho el Maestro.

En otras ocasiones, ahora mismo, no soy aceptado en ciertos lugares, en ciertos ambientes, en particulares grupos. Me duele, no os lo niego. A nadie gusta que no le acepten, pero no es tanto como parece el dolor. A continuación, y ya en este mundo histórico, uno descubre que los enemigos caen, que la tempestad escampa, que luce de nuevo el sol y que el Señor nos dice ahora: tengo apuntado tu nombre en mi agenda y no te olvidaré nunca.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


RECORRER EL CAMINO (2-VII-1961)

Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años, en la época de Juan XXIII. Hoy es un testimonio de la continuidad de la liturgia y de la meditación del Evangelio en el tránsito del Misal de San Pío V al de Pablo VI. La fecha que se hace constar es la del domingo en que se publicó en los periódicos.

DOMINGO VI DESPUÉS DE PENTECOSTÉS.

San Marcos 8, 1-9:

En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamando a los discípulos les dijo:

—Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer; y si los despido en ayunas a sus casas desfallecerán en el camino, porque algunos han venido desde lejos.

Y le respondieron sus discípulos:

— ¿Quién podrá alimentarlos de pan aquí, en un desierto?

Les preguntó:

— ¿Cuántos panes tenéis?

—Siete —respondieron ellos.

Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomando los siete panes, después de dar gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran; y los repartieron entre la muchedumbre. Tenían también unos pocos pececillos; después de bendecirlos, mandó que los distribuyeran. Y comieron y quedaron satisfechos, y con los trozos sobrantes recogieron siete canastas. Eran unos cuatro mil. Y los despidió.

Recorrer el camino (2-VII-1961)

En el ofertorio de la Misa se canta un versículo del Salmo 16 que expresa muy bien el núcleo de la liturgia de hoy: “Afianza mis pasos en tus sendas, Señor, para que no vacilen mis pies”. La Iglesia contempla con estas palabras al cristiano recorriendo su camino en el mundo, y pide al Señor que nos dé fortaleza y energía para recorrerlo hasta el final.

Todo hombre, en verdad, es un “ser en camino”, una perpetua búsqueda, una trabajosa faena para la propia realización. Pero esa faena, esa búsqueda y ese caminar, que nos son connaturales, están cruzados de desazón y tinieblas hasta que aparece el rostro de Dios –Jesucristo– e inunda con su gracia la vida del hombre, que pasa a ser vida cristiana. Y entonces la faena, aunque sigue siendo trabajosa, es ya sobrenatural; y la búsqueda tiene un sentido, y el caminar es un caminar in semitis tuis –por tus caminos–, un caminar hacia Dios. Ya no hay tinieblas, sino luz.

“Afianza mis pasos en tus caminos, Señor”. San Pablo, en la carta a los Romanos que hoy leemos en la Misa, recuerda el momento en el que la gracia de Cristo nos puso en la senda. Por su parte, San Marcos en el pasaje evangélico arriba trascrito explica dónde está la fortaleza que necesitamos para recorrer el camino hasta el final. Hagamos oración sobre esos textos.

San Pablo muestra cómo fuimos injertados en Cristo: este injerto tuvo lugar el día que recibimos el Santo Bautismo. La inmersión bautismal –el neófito que se sumerge en el agua para emerger después, mientras resuenan las palabras del sacramento– sirve al Apóstol para explicar el efecto del bautismo: muerte y resurrección con Cristo, es decir: llamada a un nuevo modo de vivir y de morir, donación de la gracia propia de la existencia cristiana. Todos, por el Santo Bautismo, hemos sido “injertados en Cristo”, y así, puestos en el camino, porque Cristo, que es la Vida, es además el Camino que lleva a la Vida.

San Marcos narra uno de los grandes milagros de Cristo: la primera multiplicación de los panes. El Señor da de comer a la multitud. A todos se dirige ese movimiento del corazón de Jesús. Es impresionante la palabra del Evangelio: “Misereor super turbam! –me da pena de toda esta gente, porque no tienen que comer; y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino…”. El Corazón de Cristo. El Amor de Dios al hombre. Jesús proporcionó a la multitud en aquella ocasión energía y fuerza física para subsistir. Pero la Iglesia siempre ha visto en la multiplicación de los panes una figura del Pan del Cielo, que Cristo habría de multiplicar por toda la tierra: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que es el alimento de los bautizados para poder recorrer el camino.

“Afianza mis pasos en tus caminos, para que no vacilen mis pies”. Esa inmensa muchedumbre –nosotros, los cristianos–, que ha sido llamada por Dios al Camino, no ha sido abandonada a sus propias fuerzas para recorrerlo: Cristo mismo lo recorre en nosotros y con nosotros por la Eucaristía. Ahí está la fortaleza y la energía para caminar. La Eucaristía “afianza nuestros pasos”, es la fuerza “para que no vacilen mis pies”. En la Eucaristía Cristo mismo viene a nosotros. Y en ella se realizan a la letra las palabras del introito: “Dominus fortitudo plebis suae”. ¡El Señor es la fortaleza de su pueblo!

El hombre es un “ser en camino”, decíamos al comenzar. Pero el hombre cristiano es un ser en Cristo hacia Dios día tras día: Bautismo y Eucaristía.


Homilía - www.BETANIA.es Domingo XIV del Tiempo Ordinario

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