viernes, 6 de mayo de 2011

la eucaristia

LA EUCARISTIA


CAPITULO 1

GENERALIDADES

¿Qué es la Eucaristía?

La Eucaristía, es un sacramento que contiene verdadera, real y subs­tancialmente al mismo Jesucristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, bajo las especies de pan y vino.

Se dice: 1º. Que contiene al mismo Jesucristo, esto es, al que nació de María Santísima y murió en la cruz; y lo contiene entero, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

2º. Lo contiene: a) verdaderamente, y no sólo por la fe, porque lo creemos así. b) Realmente, esto es en su realidad y no como mero símbolo o figura. c) Substancial­mente esto es sólo con su poder y su gracia, como en los demás sacramentos sino con su misma sustancia. Estos tres términos los emplea el Concilio de Trento para condenar diversos errores protestantes.

3º. Bajo las especies de pan y vino; porque en la Eucaristía no percibimos a Cristo, sino sólo los accidentes que lo ocultan.

Errores

A) Antes del protestantismo la presencia real de Cristo en la Eucaristía fue negada aisladamente por algunos: Berengario, en el siglo XII, quien se retractó; los Albigenses, en el XIII, y Wideff. Según parece, precursor del Protestantismo, en el XIV. Fueron errores aislados y de poca trascendencia.

B) De los protestantes, unos niegan rotundamente la presencia real de Cristo; otros la admiten pero con graves errores.

1° Niegan la real presencia de Cristo: a) Zainglo, quien enseñó que la Eucaristía es una mera figura de Cristo; b) Calvino, para quien Cristo está en la Eucaristía por su poder, pero no substancialmente; c) muchos otros protestantes que enseñan que la Eucaristía es un simple símbolo de la pasión de Cristo, o que éste sólo existe en ella por la fe, esto es, porque lo creemos así.

2° Explican erróneamente la presencia real de Cristo en la Eucaristía: a) Lutero, quien admite que en la Eucaristía existen al mismo tiempo la sustancia del pan y la del vino junto con el cuerpo de Cristo, error que hoy admiten muchos protestantes. b) Osiandro, que admitió la impanación, o sea la unión personal o hipostática entre el pan y el Cuerpo de Cristo. c) Algunas sectas protestantes que admiten la existen­cia de Cristo en la Eucaristía sólo cuando se recibe en la Comunión, enseñando que no perdura en las Hostias consagradas que se guardan después de la Misa.

Nombres y figuras de la Eucaristía. División del tratado

1° Eucaristía significa buena gracia, gracia excelente; llamase así: a) porque contiene a Jesucristo, fuente de toda gracia; b) porque por ella damos a Cristo debidas gracias por sus beneficios.

La Eucaristía tiene muchos otros nombres. Se le llama: a) Santísimo, o Santísimo Sacramento, a causa de su dignidad; b) Pan de vida, Pan de los ángeles, sagrado Pan, por la materia de dicho sacramento; e) Comunión, que significa comunicación o participación, porque nos comunica o participa el cuerpo de Cristo; d) Sagrada Mesa,

Sagrado Banquete, Sacramento del Altar, Sagrada Cena, por el lugar en que se recibe o en que se instituyó.

2° Sus principales figuras son: a) el cordero pascual, cuya sangre libro de la muerte a los israelitas; b) el sacrificio de Melquisedec, quien ofreció a Dios pan y vino. c) el maná, que mantuvo a los israelitas a través del desierto.

3° Podemos considerar a Cristo en la Eucaristía de tres maneras: en cuanto en ella se contiene, se ofrece y se recibe; a) En cuanto en ella se contiene Cristo. tenemos la presencia real; b) En cuanto en ella se ofrece Cristo, hallamos el sacrificio de la Misa; c) En cuanto en ella se recibe Cristo, encontramos el sacramento de la Comunión. Dividiremos pues, en estas tres partes, nuestro estudio.

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CAPITULO II - LA PRESENCIA REAL

En la. Eucaristía está presente Nuestro Señor Jesucristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, oculto bajo las especies de pan y vino.

Lo sabemos así, a) por las palabras con que prometió su institución: b) por las palabras con que la instituyó; c) por la enseñanza de San Pablo sobre el uso de ella; d) por la doctrina de la Tradición y de la Iglesia.

a) En San Juan encontramos el discurso en que Jesús prometió de modo claro y preciso la institución de la Eucaristía; b) San Mateo, San Marcos y San Lucas nos describen su misma institución; y c) San Pablo reprende a los cristianos que hacen mal uso de ella. Consta de un modo tan claro en la Escritura la institución de la Eucaristía, que ni el mismo Lutero se atrevió a negarla.

1° La promesa de la Eucaristía

Cristo prometió la institución de la Eucaristía con estas palabras. El día siguiente de la multiplicación de los panes dijo a los judíos: "El pan que os daré es mi misma carne para la vida del mundo". Aquellos admirados se preguntaban: "¿Cómo puede darnos a comer su misma carne?". Jesucristo insistió diciendo: "En verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros, Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida".

Todo el capítulo VI de San Juan, desde el versículo 22 hasta el 72 es un largo discurso de Cristo, en que promete la institución de la Eucaristía. Los judíos que no comprendían cómo podían darles a comer su cuerpo, se escandalizaron y decían: "Dura es esta doctrina y ¿quién puede escucharla?" Y muchos de sus discípulos dejaron de seguirlo. Entonces Jesús preguntó a los doce: "Y vosotros también quereis retiraros?", y San Pedro le dio esta admirable respuesta: "Señor, ¿a quién iremos? ¡Sólo tú tienes palabras de vida eterna!” Se ve, pues, que Jesucristo, más bien que rectificar sus palabras, permitió que muchos discípulos se le retiraran.

2° Institución de la Eucaristía

Cristo instituyó la Eucaristía de la siguiente manera: En la última Cena, tomó pan en sus manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad y comed; este es mi cuerpo". Tomó en seguida el cáliz con vino, lo bendijo y lo distribuyó diciéndoles: "Bebed todos de él; esta. es mi sangre. Haced esto en memoria mía". Así nos lo narran San Mateo, San Lucas y San Marcos. (Mt. 26, 26. Luc. 21, 19, Mc. 14, 22).

Sobre estas palabras debemos advertir: a) Que las hemos de tomar en su sentido natural. No dijo el Señor: "Esta es la figura, o la imagen, o la virtud de mi cuerpo"; sino "este es mi cuerpo", enseñando con evidencia su presencia real en la Eucaristía; b) Si Cristo hubiera usado equívocos o palabras figuradas, hubiera engañado a la Iglesia y a todos los fieles de todos los siglos; lo que no podemos admitir.

Estas palabras tomadas en su sentido natural son tan claras como las que más en el Evangelio. Por el contrario, si se toman en sentido figurado, son tan difíciles de explicar, que se han dado sobre ellas más de doscientas explicaciones por los protestantes, encontrando cada quien deficiente la interpretación de los demás. Así Lutero quiere que se interprete: Aquí está mi cuerpo, (Junto con el pan); Zuinglio: Esta es la imagen de mi cuerpo; Calvino: Esta es la virtud de mi cuerpo, etc., etc.,

Tales interpretaciones son todas forzadas, y desfiguran el sentido claro y natural de las palabras.

3° Uso de la Eucaristía

Si San Juan nos describe la promesa de la Eucaristía, y los otros evangelistas su institución, San Pablo se refiere al uso que ya en su tiempo hacían los cristianos de la comunión. "Por ventura, pregunta a los Corintios, el cáliz de bendición no es la participación de la sangre del Señor? ¿Y el pan que partimos no es la participación del cuerpo de Cristo?" (1 Cor. 10, 16).

En otro lugar reprocha con encendidas palabras a los que se atreven a comulgar indignamente: "Examínese cada uno antes de llegarse a comer este pan y a beber este cáliz, porque el que lo come y bebe indignamente se come y se bebe su propia condenación, por no respetar el cuerpo del Señor". "El que come este pan o bebe de este cáliz indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor" (id. II, 26, 28). Es imposible expresarse con mayor claridad.

La Tradición y enseñanza de la Iglesia

La doctrina de todos los padres de la Iglesia es clara y unánime sobre esta ma­teria, Respecto a la enseñanza de la Iglesia, bástenos decir que la Eucaristía ha sido en todo tiempo el centro del culto católico, y citar estas palabras del Concilio de Trento: "Si alguno niega que en la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre de Cristo, juntamente con su alma y divinidad: y por consiguiente todo Jesucristo, o afirma que sólo está en él como un signo o figura, o por su poder, sea anatema"

Además la presencia real se prueba por la fe de los cristianos de veinte siglos, y por numerosos milagros.

Conclusiones contra la doctrina protestante

No hay dogma más claramente comprobado en la Escritura, ni creen­cia más arraigada en la Iglesia, ni práctica más incorporada a la vida cristiana, desde los primeros siglos, que la Eucaristía.

De donde deducimos tres consecuencias importantes:

El libre examen lleva hasta las más infundadas negaciones.

El Protestantismo, cuando se trata de defender sus errores, no vacila en afirmar lo contrario de lo que enseña la Escritura; y de lo que la Iglesia universal creyó y profesó constantemente durante 14 siglos.

No cabe comparación entre las doctrinas protestantes, múltiples, forzadas, contradictorias; y la doctrina católica, una e invariable desde Cristo Y los Apóstoles.

Art. 2° MODO DE VERIFICARSE LA PRESENCIA REAL

En la Eucaristía encontramos muchos misterios. Ella ha sido llamada por excelencia "el misterio de fe"; y el Concilio de Trento nos alerta que "ha de ser creído con piedad, no escudriñado con curiosidad”

Nuevamente hemos de repetir aquí que no creemos una verdad porque la comprendamos, sino porque Dios nos la ha revelado en forma que no da lugar a duda prudente.

Los teólogos se ocupan de los misterios que encierra la Eucaristía, no para dar de ellos una explicación adecuada, pero sí para probar que no hay para este dogma contradicción ninguna con la razón humana. Desgraciadamente no podremos muchas veces seguirlos en su argumentación, porque ésta supone el conocimiento de los más difíciles problemas de la filosofía.

Advirtamos por último que en la Eucaristía no podemos juzgar por lo que nos dicten los sentidos, sino por las enseñanzas de la fe.

Los cinco principales misterios de la Eucaristía son: a) Cómo se con­vierten la hostia y el vino en el cuerpo de Cristo; b) cómo permanecen los accidentes de pan y vino sin su sustancia c) cómo está el cuerpo de Cristo en la Hostia; d) cómo está Cristo entero bajo cada especie; y e) cómo está presente a la vez en el cielo y en todas las hostias Consagradas.

A) LA TRANSUBSTANCIACION

El primer milagro de la Eucaristía es la transubstanciación. Esta consiste en el cambio o conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia del vino en su sangre preciosa, en virtud de las palabras de la consagración.

Como se ve, transubstanciación significa cambio de una sustancia en otra.

La transubstanciación se verifica en el momento mismo en que el sacerdote pronuncia sobre el pan y el vino las palabras: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre". De manera que después de estas palabras no existen ya ni la sustancia del pan ni la del vino; sólo existen sus especies o apariencias exteriores: olor, color, sabor, etc.

Precisando más este misterio, digamos que en la Eucaristía:

No hay: a) aniquilamiento de la sustancia del pan, porque ésta no destruye; b) ni creación del cuerpo de Cristo, porque éste no es produ­cido de la nada; c) ni aducción del cuerpo de Cristo del cielo a la tierra.

Lo que hay es la conversión de toda la sustancia del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo, obrada por el poder infinito de Dios.

Hablando con propiedad el Verbo divino bajó del cielo a la tierra para la Encarnación,

pero no baja para la Eucaristía. En ésta hay una conversión de una sustancia en otra, que se realiza en la tierra.

Tenemos en la naturaleza ejemplos de conversión de una sustancia en otra; p. c. el alimento se cambia en nuestra carne y sangre, y la semilla en el árbol. Pero en estos casos no hay milagro, porque la transformación se hace lentamente, y con el concurso de medios naturales.

Cristo no sufre en la Eucaristía ninguna mutación; toda la mutación se realiza en el pan y en el vino; Cristo permanece inmutable.

B) PERMANENCIA DE LOS ACCIDENTES

El segundo milagro de la Eucaristía es que los accidentes o especies de pan y vino, a saber, el olor, color, sabor, peso, figura, etc., permanecen sin estar apoyados en ninguna sustancia.

Precisemos los términos: a) sustancia es el ser que existe en sí mismo; p. e. un libro; b) Accidente es el ser que no puede existir en sí mis­mo sino en otro: p. c. el color, olor, extensión, etc.

Así es siempre una cosa la que es blanca o negra, olorosa, grande o pequeña, etc. y al desaparecer la cosa, desaparecen los accidentes que tenían asiento en ella.

En la Eucaristía los accidentes de pan y vino permanecen sin estar apoyados en ninguna sustancia. En efecto, a) no están apoyados en la sustancia de pan y vino que ya no existen; b) tampoco pueden estarlo en el cuerpo de Cristo. Permanecen, pues, separados de su sustancia por el poder infinito de Dios que los sostiene.

La explicación más admitida entre los teólogos es que Dios sostiene milagrosa­mente el accidente de cantidad; y que en la cantidad se apoyan, sin necesidad de nuevo milagro, los demás accidentes.

Advirtamos que las especies conservan sus cualidades naturales, y siguen siendo sensibles, nutritivas, divisibles, corruptibles, etc. Es decir, sufren las mismas alteraciones que si fueran pan y vino.

C) COMO ESTA EL CUERPO DE CRISTO

El tercer milagro de la Eucaristía es cómo una pequeña hostia contenga todo el cuerpo de Cristo.

Jesucristo no se encuentra presente en la hostia a la manera de los cuerpos, sino a la manera de las sustancias; a) los cuerpos ocupan extensión material; y así, a cada parte del cuerpo corresponde una parte del lugar. P. c. el espacio que ocupa mi pie no es mismo que el que ocupa mi mano; b) La sustancia no ocupa extensión material; de modo que está toda entera en cada parte del lugar. Así, la sustancia del agua se encuentra tanto en una gota como en el océano.

Notas: 1ª El cuerpo de Cristo, enseña Santo Tomás, no está localmente sino en el cielo. En la Eucaristía está como las sustancias.

El Catecismo romano declara: "No decimos que Cristo esté en este Sacramento como grande o pequeño, que es lo que pertenece a la cantidad, sino al modo de la sustancia. Porque la sustancia del pan se convierte, no en la cantidad pequeña o grande de Cristo, sino en su sustancia. Y nadie duda que la sustancia se halla igualmente en un espacio reducido que en uno grande".

Por no tener Cristo en la Eucaristía extensión local, no puede ni ejercer, ni su­frir aquellas operaciones que exigen dicha extensión local, como conocer o ser conocido por medio de los sentidos, moverse, etc.; pero sí puede hacer uso de su inteligencia y voluntad, que no exigen extensión local para sus operaciones.

Al dividirse la hostia está en cada fragmento de ella todo Cristo.

Así como la sustancia del pan está lo mismo en un pan grande que en una miga; y la sustancia del vino lo mismo en un vaso de vino que en una gota de él; así Jesucristo está todo entero en cada partícula consagrada de pan y de vino. Esto lo de­muestra la Escritura, pues Jesucristo consagró de una vez todo el pan y todo el vino, y lo distribuyó a los Apóstoles, diciéndoles: "Tomad y repartidlo entre vosotros". (Mt. 26, 26).

Estas palabras indican con evidencia que todo Nuestro Señor estaba completo en la parte del pan y del vino que le correspondió a cada Apóstol.

D) CRISTO ESTA TODO BAJO CADA ESPECIE

No está únicamente el cuerpo de Cristo bajo la especie de pan, ni únicamente su sangre bajo la especie de vino; sino que tanto bajo la especie de pan, como bajo la de vino, está Jesucristo entero, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Y éste es el cuarto misterio de la Eucaristía.

El sacerdote consagra separadamente el pan y el vino; y llama cuerpo de Cristo lo que está bajo la especie de pan, y sangre de Cristo lo que está bajo la del vino, para representar mejor la muerte de Cristo. Pero, como Cristo ya no puede morir, es necesario que tanto en la hostia como en el cáliz esté todo entero; sin que su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad puedan ya separarse.

El cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Cristo están presentes bajo cada especie por diversos motivos; a saber: ya en virtud de las palabras de la consagración, ya por la unión natural que hay entre las partes de un cuerpo vivo, ya por la unión del Verbo divino con la naturaleza humana.

En virtud de las palabras de la consagración está en la hostia el santo cuerpo de Cristo, y en el cáliz su sangre.

Por la unión natural propia del cuerpo vivo, están en la hostia, junto con el cuerpo de Cristo, su sangre y su alma; y está en el cáliz, junto con la sangre de Cristo, su cuerpo y su alma.

Por último, por la unión con el Verbo, está en la hostia y en el cáliz, junto con el cuerpo, la sangre y el alma de Cristo, también su divinidad; pues Cristo no puede dejar de ser Dios.

La unión del cuerpo con la sangre y el alma de Cristo se llama natural, o de natural concomitancia, esto es, de natural juntamiento: porque es natural al cuerpo vivo la unión con la sangre y el alma.

La unión del cuerpo, sangre y alma de Cristo. o sea de su naturaleza humana con el Verbo, se llama unión hipostática o personal, como vimos en el dogma.

Las tres divinas personas se hallan en la Eucaristía; pues como todas tres tienen una misma naturaleza, donde está la una, están las otras.

E) CRISTO MULTIPLICA SU PRESENCIA

Jesucristo no deja de estar en el cielo cuando está en la hostia, sino que está al mismo tiempo en el cielo y en todas las hostias consagradas. Y éste es el quinto misterio de la Eucaristía.

En el ciclo está con la cantidad y dimensiones naturales de su cuerpo y en forma visible; en la Eucaristía a modo de las sustancias y en forma invisible; pero de una manera viva. substancial y real.

a) No es el cuerpo de Cristo el que se multiplica, sino su presencia. No hay muchos Cristos; sino que un solo Cristo se hace presente en varios lugares, como un mismo sol está presente en los diversos puntos del globo.

b) Al partirse la hostia se parten únicamente las especies sacramenta­les; el cuerpo de Cristo permanece entero en cada fragmento.

EXCELENCIA Y CULTO DE LA EUCARlSTÍA

La Eucaristía es excelente sobre toda ponderación: a) porque encierra realmente al mismo Jesucristo; b) porque es el prodigio más portentoso del poder, amor y sabiduría de Dios.

Por estar en ella Cristo realmente presente, merece culto directo de adoración; y por eso ante ella doblamos la rodilla.

La Eucaristía se guarda en las iglesias para ser adorada por los fieles, y llevada a los enfermos cuando fuere necesario.

CAPITULO III

LA EUCARISTIA COMO SACRAMENTO

GENERALIDADES

En la Eucaristía encontramos las tres condiciones de todo sacramento signo sensible, institución de Cristo, producción de la gracia.

El signo sensible de la Eucaristía son las especies de pan y de vino, que denotan el carácter de alimento de la Eucaristía.

Cristo instituyó la Eucaristía en la última Cena, momentos antes de su pasión. Quiso instituirla entonces, por tres motivos: a) porque habiéndonos de abandonar con su presencia terrena, quiso acompañarnos con su presencia sacramental: b) para que tuviéramos un recuerdo perpetuo de su pasión; c) porque el último recuerdo y palabras de un moribundo se reciben con mayor respeto y amor.

3° La gracia propia de la Eucaristía es alimentar y fortalecer nuestras almas, haciéndolas dignas de la vida eterna: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna". (Juan, 6, 55).

Entre la Eucaristía y los demás sacramentos hay estas diferencias: a) Los demás sacramentos sólo nos dan la gracia; la Eucaristía, al mismo autor de la gracia; b) los demás son transitorios, terminan en el acto que los produce; la Eucaristía es permanente; c) la Eucaristía es a la vez sa­cramento y el sacrificio de la nueva Ley.

ELEMENTOS DE LA EUCARISTIA

La materia es pan de trigo y vino de vid. Cristo escogió esta materia para damos a comprender: a) que la Eucaristía es el alimento de nuestras almas; y b) que así como el pan se hace con la unión de muchos granos de trigo y el vino con la unión de muchas uvas; así nosotros debemos vivir íntimamente unidos con El y unos con otros.

Las hostias se hacen de pan sin levadura, en recuerdo de la Cena del Señor, en que se empleó pan sin levadura, como era uso tradicional entre los judíos.

No se puede utilizar la llamada harina del Norte para las hostias, por venir mezclada con harina de maíz, papas, etc. Hay también gran cantidad de vinos artificiales, que no son de uva pura, y que no pueden usarse para la Misa. Hoy día se imitan los vinos con tanta facilidad, que no queda otro recurso que atenerse a la honorabilidad de la casa fabricante y de la persona que los importa. Conviene, pues, comprarlos en las Curias episcopales. Como se trata de la validez de un sacramento debe procederse con estricta cautela.

La forma son las palabras de la consagración: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre".

Aunque haya dos materias y dos formas, no hay sin embargo, sino un solo sacramento, porque, como la comida y bebida hacen una sola refección, así el cuerpo y el alma de Cristo, un solo sacramento.

El ministro es el sacerdote, heredero por la ordenación de los Apóstoles a quienes Cristo dijo: "Haced esto en mi memoria". (Luc. 22, 19).

El sujeto es todo bautizado, aunque la Iglesia prohíbe darla a los niños, dementes, sordomudos no instruidos y pecadores públicos.

LA COMUNIÓN

A) SU NATURALEZA

Comunión es la recepción de Jesucristo, presente en la Eucaristía, para ser nuestro mantenimiento espiritual.

Comunión significa unión común, comunicación; y denota la unión íntima que se establece entre Cristo y nuestra alma.

En la comunión, el cuerpo de Cristo:

No es dividido, consumido o digerido por el que lo recibe; sino que son las especies las que se dividen, consumen y digieren.

Permanece en nosotros: a) con su gracia mientras no se peca mortalmente; b) corporalmente, mientras duran las especies.

Desapareciendo las especies, desaparece el signo .sensible y en consecuencia el sacramento.

La fórmula para la comunión es: "Que el cuerpo de Cristo custodie tu alma hasta la vida eterna: Amén".

B) OBLIGACION DE COMULGAR

La comunión nos obliga por precepto divino y eclesiástico:

Cristo nos lo impuso claramente: "Si no comiereis mi carne, y no bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros”. (Juan, 6, 54),

La Iglesia nos obliga a comulgar por lo menos una vez en el año, por Pascua de Resurrección, y en peligro de muerte.

La primera comunión. El santo Viático

1° Obliga la primera comunión cuando el niño llega a la edad de la razón, o sea, hacia los siete años.

Hay obligación de hacerla antes, si el niño con seguridad llega al uso de la razón antes de alcanzar la edad.

Este deber recae sobre el niño y los que deben cuidar de él: sus padres, o quienes hacen sus veces, confesor, maestros y párroco.

Para ella basta el conocimiento de las verdades fundamentales de la Religión; después el niño seguirá aprendiendo el catecismo.

Llámase Viático la comunión que reciben los enfermos en peligro de muerte. Se llama Viático, palabra que significa avío, preparativo de viaje, porque es el mejor apresto al viaje de la eternidad.

La fórmula del santo Viático es: "Recibe, hermano carísimo el viático del cuer­po de Nuestro Señor Jesucristo, para que te defienda del enemigo maligno y te conduzca a la vida eterna".

Nota: a) El viático puede recibirse varias veces en la misma enfermedad. b) Para la comunión por viático es necesario preparar una mesa decentemente cubierta, un vasito con agua, y dos ceras encendidas. Después de la comunión el sacerdote purifica los dedos en el vaso, y le da a tomar el agua al enfermo. c) En la comunión por viático no obliga el ayuno eucarístico.

Disposiciones para comulgar

Es necesario que nos dispongamos convenientemente a comulgar, ya porque no puede haber acción más grande que recibir el cuerpo de Cristo, ya porque de la disposición depende el fruto que recibamos.

Las disposiciones necesarias son: por parte del alma, el estado de gracia y la pureza de intención; y por parte del cuerpo, el ayuno y la debida decencia.

C) DISPOSICIONES POR PARTE DEL ALMA

Se requiere el estado de gracia, por ser la comunión sacramento de vivos, y por el gran respeto que nos merece el cuerpo de Cristo.

Quien ,comulga en pecado mortal, comete gravísimo sacrilegio. "Quien come este pan o bebe el cáliz del Señor indignamente, reo será del cuerpo y de la sangre del Señor, y se come y se bebe su propia condenación “ (San Pablo I Cor. 11, 27 Y 29).

Quien está en pecado mortal debe confesarse antes de comulgar, pues la Iglesia dispuso que en este caso no basta el acto de contrición.

Por excepción, sólo en dos casos bastaría el acto de contrición: a) Cuando hay urgencia de comulgar y falta el confesor, como si alguno está en peligro de muerte y no hay sacerdote, pero sí diácono que le lleve la comunión. b) Si ya en el comulgatorio se acuerda de un pecado cometido después de la última confesión, y no puede retirarse sin escándalo o peligro de infamia..

Quien olvidó acusar un pecado mortal, puede comulgar, aun varias veces porque este pecado ya está perdonado indirectamente; pero debe acusarlo directamente en la próxima confesión.

Quien tiene pecados veniales plenamente advertidos, o pecados mortales dudosos, puede comulgar; conviénele, sí, para mayor provecho, excitarse antes a la perfecta contrición.

La pureza de intención consiste en acercamos a comulgar, no por rutina, vanidad u otros móviles humanos; sino por cumplir la voluntad de Dios, unirnos más estrechamente a él, y remediar con esa celestial medi­cina nuestras flaquezas y defectos.

Quien se acercara a comulgar en gracia de Dios, pero con intención torcida, disminuiría mucho el mérito de su comunión; y si el fin torcido fuera exclusivo, dañaría por completo el mérito de ella, haciéndola infructuosa.

Disposiciones de conveniencia

Son principalmente dos: la preparación y la acción de gracias.

La preparación a la comunión consiste en disponernos a recibir dignamente al Señor en nuestra alma, procurando excitar en ella afectos de fe viva, humildad, deseo, amor y confianza.

Ayudan a excitar estos efectos las siguientes reflexiones: a) ¿Quién viene a mí? Cristo, mi Dios, mi creador. mi redentor; animándome, en consecuencia una fe viva. b) ¿A quien viene? A mí, pecador ingrato, lleno de miserias; excitándome a sentimientos de humildad. e) ¿Cómo viene? Con gran amor y ardiente deseo de unirse a mí; moviéndome a corresponderle con amor y deseo. d) ¿Para qué viene? Para en­riquecerme con sus gracias, fortalecerme, consolarme: excitándome a gran confianza en su misericordia.

La acción de gracias consiste en recogerse interiormente, agradeciendo a Dios tan excelente beneficio; y renovando en nosotros los sentimientos de fe, adoración, amor, confianza, etc. .

"La acción de gracias, dice Santa Teresa, es el tiempo más conveniente para negociar con Cristo". Es entonces cuando está más dispuesto a darnos la abundancia de sus gracias; y hemos de procurar aprovecharlo bien.

D) DISPOSICIONES DE PARTE DEL CUERPO

El ayuno eucarístico consiste en no haber comido ni bebido nada desde las 12 de la noche anterior, excepto agua natural, por respeto al sa­cramento. La obligación del ayuno eucarístico es: a) grave, pues obliga bajo pecado mortal; b) muy estricta, porque no admite parvedad de materia: Se quebranta pues con muy pequeña cantidad de alimento o bebida, o con cualquier remedio que se tome, aunque sea inadvertidamente.

Para que una cosa quebrante el ayuno, se requiere: a) que sea digerible; no lo quebranta, pues, una cuentecita que se pase; b) que venga del exterior; no lo quebranta la saliva, la sangre de las encías o algún residuo de alimento que quedó entre los dientes; e) que se tome por modo de manjar, bebida o remedio. No obstan, pues, a la comunión algún mosquito tragado al respirar, o algunas gotas de agua ingeridas, involuntariamente al enjuagar la boca.

Es permitido comulgar sin estar en ayunas; 1) cuando la comunión se lleva por viático, esto es, a un enfermo que está en peligro de muerte; 2) cuando hay necesidad de evitar alguna profanación del sacramento; 3) por disposición reciente de la Santa Sede, en ciertas circunstancias a saber:

a) Los enfermos pueden comulgar después de haber recibido medicina o bebida, si por grave incomodidad -reconocida por el confesor- no pueden permanecer completamente en ayunas.

Como se ve, no se trata del viático o comunión en peligro de muerte, en cuyo caso, no obliga el ayuno.

b) El que comulga en hora tardía, o después de un largo camino o de un trabajo debilitante, puede tomar alguna bebida hasta una hora antes de comulgar, en caso de que sufra grave incomodidad -reconocida por el confesor- en observar completamente el ayuno.

c) En las misas vespertinas puede comulgar quien se ha abstenido de alimentos sólidos por tres horas, y de bebidas por una hora antes.

Observaciones:

1) El permiso de tomar líquidos no se extiende a las bebidas alcohólicas.

2) En los dos primeros casos es necesario que un sacerdote aprobado para oír confesiones intervenga para declarar que sí hay causa que excuse del ayuno.

El respeto debido a este sacramento exige que los que lo reciben se presenten con limpieza y decencia en la persona y vestidos.

Pecaría venialmente quien por negligencia se acercara con notable desaseo o des­cuido en la persona o vestido. Peca más gravemente la mujer que se presenta a comulgar con vestidos deshonestos, porque ofende la divina majestad.

Modo de comulgar

Conviene acercarse a comulgar con los ojos bajos, las manos juntas y sin precipitación. Quien se acerca al comulgatorio hace genuflexión frente al altar, y se pone de rodillas en el comulgatorio con la cabeza ligeramente levantada y los ojos bajos. Al tiempo de recibir la sagrada forma, abre moderadamente la boca, saca un poco la lengua, y aguarda a que el sacerdote ponga en ella la hostia. Al retirarse, hace genuflexión, deja humedecer un tanto la sagrada forma y la pasa antes de que se disuelva en la lengua. Escupir, pasada la hostia, no es pecado.

Defectos que deben evitarse al comulgar. Acercarse con precipitación, empujarse y arrebatarse los puestos en el comulgatorio, (En las comuniones numerosas, no deben llegar todos al tiempo, porque la aglomeración viene a ser un grave estorbo). Bajar mucho la cabeza, de modo que el sacerdote dé la comunión a tientas; no abrir suficientemente la boca, no sacar la lengua, o bien sacarla demasiado, cosas fastidiosas, ­fácilmente el dedo del sacerdote se moja de saliva; mover la cabeza y la boca al encuentro de la sagrada forma, como si la fueran a morder, defecto bastante común y molesto.

E) EFECTOS DE LA COMUNIÓN

En nuestra alma: El efecto principal es alimentada, como el manjar material nutre nuestro cuerpo. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida", (Juan, 6, 56) dice el Salvador. Además:

a) Nos une a Dios, con la unión más Íntima y estrecha.

b) Perdona los pecados veniales, por el aumento de gracia que trae.

e) Preserva de los mortales, porque fortifica nuestra alma.

d) Es fuente de paz y de consuelo para las almas que la reciben con fervor, aunque este efecto no es esencial y a veces Dios lo retira.

En nuestro cuerpo,

a) Debilita la concupiscencia, no directamente, sino indirectamente, en cuanto "El aumento de la caridad trae la dismi­nución de la sensualidad", (San Agustín).

b) Es prenda de su resurrección y gloria futura. Así dice Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día" (Juan. 6. 55),

La comunión frecuente. Comunión espiritual

Siendo tan saludable la comunión, la Iglesia la recomienda sobremanera; y no exige como condiciones indispensables para la comunión fre­cuente y aún diaria, sino el estado de gracia y la pureza de intención, Sin embargo, para que sea más provechosa aconseja tres condiciones más: a) ausencia de pecado venial plenamente deliberado (que se puede borrar de muchos modos); b) preparación y acción de gracias convenientes; c) consejo del confesor.

Si estas condiciones no se ponen en práctica, se llega fácilmente a comuniones tibias, hechas por pura rutina, que poco o ningún fruto dejan en el alma.

La comunión espiritual consiste en un vivo deseo de recibir en espíritu a Cristo, cuando no podemos sacramentalmente; acompañado de sentimientos de fe, amor, humildad, confianza, etc.

CAPITULO IV - LA EUCARISTIA COMO SACRIFICIO

DEL SACRIFICIO EN GENERAL

Sacrificio en general es el ofrecimiento que se hace a Dios de una cosa sensible, inmolada por el legítimo ministro, en reconocimiento del supre­mo dominio de Dios sobre las criaturas.

Se dice: a) Ofrenda de una cosa sensible, para distinguirla de la ofrenda que ha­cemos a Dios de nuestros pensamientos y deseos. b) Inmolada, porque en el sacrificio ofrecemos a Dios no el simple uso de la cosa, como en las demás ofrendas, sino la misma cosa para ser inmolada, esto es, destruida o alterada. e) Por el legítimo minis­tro: porque no está permitido a cualquiera ofrecer sacrificios, sino al que ha sido elegido para ello; pues el sacrificio no es un acto privado, sino público. d) Hecha a Dios, porque es un acto de culto de latría. e) En reconocimiento del supremo dominio de Dios sobre todas las criaturas. Al destruir en su honor una criatura queremos reconocerle su poder de vida y muerte sobre nosotros.

En resumen, para el sacrificio se requiere: a) una víctima ofrecida; b) un sacerdote; c) y la inmolación de la víctima en reconocimiento del supremo dominio de Dios.

Su necesidad e importancia

El sacrificio es el acto más Importante y fundamental de la Religión, pues no puede haber Religión sin el reconocimiento del supremo dominio de Dios, y de nuestra dependencia de El.

Nota. No ha existido ninguna Religión sin sacrificio. Esta necesidad del sacrificio deriva de un doble motivo:

a) El hombre ha tenido la convicción de que Dios es el dueño de todos los seres; y le ha manifestado esta convicción sacrificando en su honor algunas criaturas, las mejores y más apropiadas.

b) El hombre se mira reo de pecados y merecedor del castigo de Dios; y ha buscado el modo de aplacarle ofreciéndole la vida de seres inocentes, que ofrece en su lugar. Este doble simbolismo del sacrificio es común a todos los pueblos; y en consecuencia, emana de una revelación primitiva.

Sacrificios de la antigua ley

En la Antigua Ley hubo sacrificios. Abel, Noé, Abraham, Melquisedec y los Profetas ofrecieron sacrificios; y después de Moisés la tribu sacerdotal de Levi fue designada por Dios para este oficio. (Lev. Capítulos 1 a 8).

Estos sacrificios tomaban diversos nombres según el fin que se proponían: a) Holocausto era el sacrificio para reconocer el supremo dominio de Dios; en el holocausto la víctima era totalmente consumida por el fuego.

b) La hostia por el pecado tenía por fin implorar misericordia y perdón; una parte se quemaba, y otra era para el sacerdote.

c) La hostia pacífica era el sacrificio de acción de gracias por los beneficios recibidos, o de petición de algún favor. En ella la víctima se partía en tres partes: una se quemaba, otra para el sacerdote, y otra para el oferente.

Se ofrecían siempre animales mansos: bueyes, corderos, machos cabríos y palomas, que no tuvieran mancha alguna.

Los antiguos sacrificios desaparecieron: a) porque no tenían verdadera eficacia para borrar el pecado; b) porque no eran sino sombra y fi­gura del perfecto y perdurable sacrificio de la nueva Ley.

Del sacrificio de la cruz

El sacrificio de la nueva Ley es el sacrificio de la Cruz renovado dia­riamente en la Santa Misa.

El sacrificio de la Cruz fue verdadero sacrificio: porque en él se realizaron las condiciones del sacrificio a saber: a) ofrenda de una cosa sensible: la humanidad de Cristo; b) inmolación, pues Cristo derramó su sangre y murió en la Cruz; c) minis­tro legítimo, pues Cristo es sumo sacerdote; d) ofrecida a Dios en reconocimiento de su soberano dominio, pues Cristo se ofreció en cuanto hombre a su Padre, para satisfacer su justicia ofendida.

Fuera del sacrificio de la Cruz, y de la Misa, que es su renovación, no puede haber sacrificio verdaderamente eficaz; pues sólo él tiene una víctima de valor infinito; y en consecuencia, sólo él puede dar a Dios el honor y reparación que merece, y procurar nuestra justificación.

DEL SACRIFICIO DE LA MISA

A) SU NATURALEZA

El sacrificio de la Misa es el sacrificio de la Nueva Ley, en el cual se renueva, bajo las especies de pan y vino, el sacrificio de la Cruz para aplicamos sus méritos.

El sacrificio de la Misa fue instituido en la última Cena, cuando Cristo convirtió el pan y el vino en su cuerpo y sangre, ordenando a los Apóstoles que hicieran otro tanto en su memoria.

Que los Apóstoles celebraran la Santa Misa se desprende de estas palabras de San Pablo: "Tenemos un altar del cual no pueden comer los que sirven al tabernáculo", a decir, los Judíos (Hebr. 13, 10). De donde resulta que los cristianos tenían un altar, y en consecuencia un sacrificio, distinto del de los judíos, que no podían participar de él.

El sacrificio de la Misa era necesario: a) para tener un perpetuo recuerdo del sacrificio de nuestra Redención; b) para que mediante él se nos apliquen los méritos del sacrificio de la Cruz.

"Los efectos de la Pasión de Cristo para todo el mundo, la Eucaristía los debe realizar para cada individuo", dice Santo Tomás. De modo que en la Misa se aplican a cada hombre los méritos que Cristo adquirió en la Cruz para la humanidad en general.

Las principales diferencias entre la Eucaristía como sacramento y como sacrificio son: a) la Eucaristía como sacramento y como sacrificio ha sido instituida para el alimento de nuestras almas; como sacrificio, para darle a Dios la gloria y reparación debidas; b) como sacramento es permanente; como sacrificio es una acción transitoria; c) como sacramento, exige una sola especie (sólo la hostia se nos da en la comunión y se guarda en el sa­grario); como sacrificio exige ambas especies.

B) LA MISA ES UN VERDADERO SACRIFICIO

Porque como tal fue anunciada

El sacrificio de la Misa fue anunciado por el Profeta Malaquías con las siguientes palabras: "No está mi voluntad con vosotros, dice el Señor de los ejércitos (dirigiéndose al pueblo judío), ni recibiré sacrificio alguno de mano vuestra. Desde donde nace el sol hasta el ocaso, grande es mi nom­bre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a mi nombre una hostia pura". (I, 10).

Esta profecía se refiere, y no puede referirse sino a la Misa. En efec­to: a) no se trata de los sacrificios de la Ley Mosaica, puesto que Dios los desecha: "No está mi voluntad con vosotros, ni recibiré sacrificio alguno de vuestra mano". b) Tampoco de los sacrificios gentiles, puesto que ha­bla de "ofrenda pura". c) Ni del sacrificio de la cruz, pues éste se verificó en un solo lugar; y el profetizado se verificará "en todo lugar, desde don­de nace el sol hasta el ocaso". d) Se trata pues de la Santa Misa, en la cual se ofrece y sacrifica a Dios en todos los lugares del mundo una ofrenda pura y sin mancha.

Porque encierra los elementos de todo sacrificio

Encontramos en la Misa los elementos esenciales al sacrificio:

a) Ofrenda de una cosa sensible: a saber el cuerpo y la sangre de Cristo hechos sensibles bajo las especies sacramentales,

b) Ministro legítimo. El principal es Jesucristo; sólo él puede decir: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre". El sacerdote es el ministro secun­dario que hace visiblemente sus veces.

c) Inmolación. Cristo se inmola en la Misa místicamente, en cuanto se presenta con carácter de víctima.

d) En honor de Dios. Porque la Misa es un acto de latría para rendir al Altísimo homenaje de adoración.

Inmolación mística

La inmolación de Cristo en la Misa es mística, pues El no puede ya padecer ni morir en realidad; y consiste: a) en que se presenta como Víctima inmolada; b) en que aparece en estado de muerte; c) en que la víctima se consume.

Se presenta: a) como víctima, porque se nos muestra en estado de profunda humillación, muy distinto de su gloria en el cielo; b) como víctima inmolada, porque aunque no sufra en la Eucaristía muerte real, sí evoca y reproduce su inmolación de antes.

Aparece en estado de muerte mística porque su cuerpo aparece místicamente separado de su sangre, ya que en fuerza de las palabras de la consagración, sólo su cuerpo está presente en la Hostia; y sólo su sangre en el cáliz consagrado.

En la Misa hay dos consagraciones diferentes; y hay separación entre las dos especie. Y tiene tanta importancia la representación sacramental de la muerte de Cristo por esta separación mística entre su Cuerpo y su Sangre, que la Iglesia nunca permite la consagración de una sola especie, ni siquiera para darle comunión a un moribundo.

La víctima se consume, porque la santa comunión pone fin a la existencia sacramental de Cristo.

Ya hemos visto en efecto que Jesucristo deja de existir sacramentalmente, esto es, que desaparece su cuerpo, al consumirse las especies.

LA MISA Y EL SACRIFICIO DE LA CRUZ

La Misa no es una renovación del sacrificio de la Cruz. El Concilio de Trento enseña que el sacrificio de la Misa es esencialmente el mismo de la Cruz, aunque hay diferencias en el modo de ofrecerlo.

Es esencialmente el mismo, porque en ambos: a) es una misma la víctima; b) uno mismo el sacrificador; Cristo en cuanto Hombre-Dios; c) Unos mismos los fines: honrar y desagraviar a Dios.

Las diferencias entre ambos sacrificios son tres principales: a) Cris­to en la Cruz se ofreció de modo cruento, esto es, con derramamiento de sangre; en la Eucaristía de modo incruento; b) en la Cruz se ofreció vi­siblemente y por si mismo; en la Misa invisiblemente y por manos del sa­cerdote; e) en la Cruz mereció en general por todos los hombres; en la Misa aplica a cada persona en particular los frutos de su muerte.

La Misa y la última Cena

Hay también íntima relación entre la Misa y la última Cena, porque ésta fue la primera Misa, celebrada por el mismo Cristo; y porque las de­más Misas no son sino el cumplimiento de las palabras que entonces pronunció: "Haced esto en mí memoria”. (Luc. 22, 19).

La consagración del pan y del vino hecha en la última cena tuvo principalmente carácter de sacramento porque lo que pretendió especialmente fue darse como alimento; pero tuvo también carácter de sacrificio. En efecto, si la víctima no fue inmolada en ese momento, sí fue ofrecida para ser inmolada en la Cruz. Esto se desprende claramente de las palabras de Cristo: "Este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros. Esta es mi sangre que será derramada por vosotros”. (Luc. 22, 19 y 20). Se ve pues, que su Cuerpo y su sangre tuvieron ya carácter de víctima inmolada. y por eso si la Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz, la última Cena fue la anticipación de él.

FINES DE LA MISA

Los fines de la Misa son:

a) Adorar a Dios reconociéndolo como Creador y Ser Supremo;

b) Darle gracias por todos los beneficios recibidos de El;

e) Moverlo a perdonar los pecados con que lo ofendemos;

d) Pedirle los favores que necesitamos;

El sacrificio de la Misa se llama:

a) Latréutico, en cuanto rinde a Dios culto de adoración;

b) Eucarístico, en cuanto le da gracias;

e) Propiciatorio, de propiciar, aplacar, en cuanto lo mueve a perdón;

d) Impetratorio, en cuanto nos alcanza favores.

Los dos primeros fines adoración y acción de gracias se refieren directamente a Dios. La propiciación y la impetración se refieren a nosotros, en cuanto nos alcanza perdón y gracia.

Fin latréutico

El fin principal de la Misa es dar a Dios la adoración y honra que le son debidas, reconociendo su infinita grandeza y poder; y nuestra nada y dependencia de El.

Esta verdad debemos reconocerla exteriormente, y éste es el fin del Sacrificio. La destrucción de una cosa en honor de Dios equivale a reco­nocer su poder de vida y muerte sobre nosotros.

La Misa se ofrece a solo Dios, por ser acto de latría. El celebrarla en honor de María y de los Santos sólo indica que se da gracias a Dios por los favores que les otorgó y se le piden otros nuevos por su intercesión.

La Misa llena de manera perfectísima este deber de adoración. En efecto, no es posible reconocer mejor la infinita grandeza de Dios, ni su dominio supremo, que por el sacrificio de la vida de un Hombre-Dios.

Fin Eucarístico

El fin eucarístico de la Misa consiste en que le da gracias por todos los beneficios de orden natural y sobrenatural que hemos recibido de El; y le procura alabanza por sus infinitas perfecciones.

Beneficios de orden natural: la vida, la salud, la inteligencia y demás facultades, el tiempo, etc. En el sobrenatural, la Encarnación, Redención, Eucaristía, gracia, perdón, sacramentos, derecho al cielo, fuera de muchas gracias y favores de orden personal.

La Misa realiza de una manera excelente el deber de agradecimiento, pues si los dones que recibimos de Dios son valiosísimos, el agradecimiento que Cristo le tributa en la Misa es infinito.

Unámonos con Cristo en la santa Misa para agradecerle a Dios todos sus favores. San Agustín enseña que "El culto de Dios consiste principalmente en mostrarnos agradecidos con El”. Y San Ireneo, que "La Misa nos libra de ser ingratos para con Dios".

En la Misa le rendimos igualmente a Dios un culto de alabanza digno de El, reconociendo en especial su poder, sabiduría y amor, que de modo tan patente lucen en la Eucaristía.

Fin propiciatorio

La Misa es sacrificio propiciatorio en un doble sentido: en cuanto perdona el pecado, y en cuanto satisface la pena debida por él.

Sabemos que la Misa perdona los pecados por la enseñanza de Cristo y de la Iglesia; a) Cristo entregó el cáliz diciendo: "Esta es mi sangre que será derramada por la remisión de los pecados" (Mt. 26, 28). Y el Con­cilio de Trento enseña: "Aplacado el Señor por esta oblación, concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona todos los pecados, por grandes que sean". .

b) Muchos textos de la Escritura nos muestran la virtud purificadora de la sangre de Cristo. Así dice San Pablo: "La sangre de Cristo purifica nuestra conciencia". Y San Juan: "Cristo es propiciación por nuestros pecados". (Hebr. 9, H - 1 Juan, 2, 2). .

2º Remite también la Misa la pena del pecado, pues los méritos de Cris­to, que en ella, se nos aplican, no tienen limitación.

El Concilio de Trento enseña: "La Misa se ofrece por vivos y difuntos para perdón y satisfacción de sus pecados”. A los vivos les perdona los pecados, excitando en ellos la contrición. A las benditas almas, no les puede perdonar los pecados pues ya pasó para ellas el tiempo de remisión, pero sí les perdona la pena temporal, disminu­yendo el tiempo y los sufrimientos del purgatorio.

Fin impetratorio

La Misa tiene eficacia para obtenernos gracias y favores, porque Cris­to, que en ella se inmola, es siempre escuchado en razón de su dignidad", como dice San Pablo. (Hebr. 5, 7).

Si nos prometió que lo que pidiéramos en su nombre, nos lo conce­dería, mucho más lo que pidamos en unión de su sacrificio. Este poder de la Misa es general; y para obtener gracias particulares, debemos especificarlas.

MANERA DE OBRAR LA MISA ESTOS EFECTOS

La Misa puede obrar de diversos modos:

a) Por virtud propia, cuando la misma Misa nos concede lo que le pedimos. Por virtud de impetración, cuando Dios mediante la Misa se mueve a concedérnoslo.

b) Directamente, cuando nos concede la misma cosa pedida. Indirecta­mente, cuando sólo lo realiza en ciertas condiciones.

c)

la eucaristia

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