viernes, 2 de diciembre de 2011

TEOLOGÍA DE LAS PEQUEÑAS COMUNIDADES CRISTIANAS

TEOLOGÍA DE LAS PEQUEÑAS COMUNIDADES CRISTIANAS

TEOLOGÍA DE LAS PEQUEÑAS COMUNIDADES CRISTIANAS


La vivencia de las pequeñas comunidades cristianas y su paulatina
evolución hacia un compromiso cada vez más radical ha obligado a
sus miembros a reflexionar sobre el sentido profundo de la
comunidad.
En una perspectiva teórica, podemos afirmar que la antropología, en
general, y sobre todo la psicología social, la sociología y la filosofía,
tanto la de carácter personalista, como la de orientación socializante,
han ayudado no poco a las comunidades a encontrar una plataforma
doctrinal para sostener su experiencia de base.
Pero creemos sinceramente que ha sido sobre todo la experiencia de
base comunitaria, la que no sólo ha empujado a los interesados a
estudiar teóricamente la comunidad, sino que ha aportado puntos de
vista increíbles y aspectos inéditos de la comunidad que nunca se
hubieran detectado en una profundización puramente teórica de lo
que está ocurriendo en el fenómeno comunitario. Vamos a hacer,
pues, una reflexión teórica de la comunidad, pero a partir de la base y
desde la base.

1. ¿Qué son las pequeñas comunidades cristianas?
«Entiéndase bien desde el principio, que la expresión
'comunidades-de-base' no remite a un fenómeno totalmente
homogéneo y perfectamente delimitado, sino que hace referencia a
una experiencia cristiana comunitaria plural, compleja y relativamente
heterogénea. La variedad de estas comunidades estriba sobre todo
en su proyecto eclesial y en su forma de entender y vivir la relación
con la sociedad. Tal variedad nos lleva a movernos en un terreno de
obligada generalización, ante la imposibilidad de estudiar en detalle
los matices peculiares de cada uno de los tipos de comunidades que
conviven hoy en la Iglesia.
CEB/DEFINICION: De acuerdo con lo dicho, ofrecemos, a modo de
aproximación global al tema, la siguiente definición descriptiva de la
comunidad de base (CC. BB.): es un grupo eclesial de creyentes
adultos en Jesús de Nazaret; reducido en número, lo que facilita la
existencia de unas relaciones interpersonales profundas y de una
comunicación dinámica; relativamente homogéneo por la extracción
social de sus miembros (sectores populares, clase media), por sus
opciones políticas y por su comprensión emancipadora del mensaje
evangélico; mantiene una actitud crítica frente a la Iglesia institucional
así como una comunión dialéctica de la jerarquía eclesiástica; sigue
un proceso, catecumenal o neocatecumenal, de educación en la fe,
de reflexión teológica y de conversión al Dios de Jesús —Dios de los
pobres—; celebra fraternalmente la fe, la esperanza y el amor en un
clima festivo, con participación activa de todos los miembros en una
liturgia cargada de nuevos símbolos: ejerce corresponsablemente a
través de sus miembros los diferentes ministerios y carismas
superando la rígida dicotomía clérigos/laicos; orienta al compromiso
socio-político de signo liberador; comprende la Iglesia como pueblo de
Dios en éxodo y como comunidad profética; busca una articulación
teológica entre la utopía histórica de una sociedad igualitaria y la
esperanza escatológica» 1.

a) «La pequeña comunidad no es
—Una panacea mágica, una nueva receta que obra automáticamente
para remediar los problemas de la Iglesia, de la pastoral o de las
personas.
—Una nueva moda en la que todo el mundo entra porque se lleva esta
temporada, sin plantearse sus actitudes fundamentales ante Cristo y
los hermanos.
—Una fórmula única, ni unos métodos uniformes para todos.
—Una realidad cristiana que da sus frutos a corto plazo.

b) La pequeña comunidad cristiana es el modo más natural de vivir lo
sobrenatural, de acuerdo con las orientaciones de Cristo y los
apóstoles y la Iglesia primitiva. Es como el recipiente más propicio
para que en él se vierta el agua del Espíritu, es el espacio misterioso
donde la debilidad de los discípulos unidos entre sí, se convierte en
fortaleza; donde la unión de los ignorantes, escuchando juntos al
maestro, se convierte en cátedra de sabiduría, la sabiduría que se
esconde a los sabios sabihondos y se da a los sencillos, es la fuente
donde podemos beber siempre de nuevo para superar la fatiga,
reencontrar la alegría y la esperanza y seguir así el camino.

c) La pequeña comunidad cristiana es la verdadera célula base de la
Iglesia, más plenamente que la familia, la cual en principio, puede ser
y muchas veces es pluralista en las creencias. Un miembro cualquiera
de la familia puede declararse ateo o budista, y sigue siendo de la
familia mientras que la pequeña comunidad tiene como fundamento y
centro de unión exclusivamente la fe en Jesucristo.

d) La pequeña comunidad cristiana no es un camino sino el camino
cristiano, y, como camino, requiere paciencia y esperanza; saber
superar momentos pasajeros de crisis, para seguir adelante y poder
encontrar la tierra prometida de la comunión fraternal. La cual, al fin
de todo y al fin de cuentas, será una comunidad grande, inmensa,
cósmica, donde se habrá conseguido el milagro de que, aunque
seamos muchos, ya no habrá distancias ni anonimatos ni pasividades
porque todos seremos un solo corazón: el corazón de Dios. Adultos
en la fe, maduros en la vida de hijos de Dios, tendremos en la gran
comunidad un sentimiento de intimidad y cordialidad infinitamente
mayor que el que teníamos en la pequeña comunidad.
Pero mientras seamos niños en la fe, mientras seamos caminantes o
niños, necesitamos de la pequeña comunidad como de una guardería
infantil» 2.


2. Antropología de las pequeñas comunidades cristianas

a) Revolución cultural del ser frente al tener
Lo primero que se ha descubierto a partir de la experiencia comunitaria,
en contacto con las ciencias antropológicas de nuestro tiempo, es que
estamos viviendo una profunda revolución cultural. Y esta no
consiste, como creen algunos, simplemente en que debe cambiar el
sujeto del tener, nacionalizando o socializando la propiedad privada.
«¿De qué nos sirve, decía un contestatario durante la revolución de
mayo del 68 en París, acabar con el problema del hambre, si después
nos morimos de aburrimiento?».
SER/TENER: Se puede cuestionar, es cierto, la absolutización de la
propiedad privada, y se puede dar un sentido más social a la misma.
Pero el cambio que el mundo necesita es mucho más radical y
profundo. No se trata de tener de un modo u otro. Gracias a la
electrónica y la microelectrónica, gracias a las computadoras y a los
robots, va a llegar el día en que sobrarán cosas. El problema de
fondo es decidirse por la primacía del tener o del ser. Claro que
necesitamos tener cosas para ser personas. Sin un mínimo de cosas
no podemos existir con dignidad. Para ser alguien hay que tener algo.
Pero el problema de fondo es saber si vamos a tener cosas por
tenerlas, sea quien sea el que las tenga: el individuo, la sociedad, el
Estado, o si vamos a tenerlas para ser.
En el primer caso, lo importante seguiría siendo como hasta ahora
tener y tener cada día más cosas, porque eso es lo que interesaría
vital y apasionadamente. En el segundo caso lo decisivo es ser y deja
de serlo en el momento en que el tener se convierte en una obsesión
y una idolatría que nos impide ser. Toda nuestra cultura actual, tanto
a nivel educativo como socio-económico-político, está orientada a
tener. Hay que saber mucho para hacer mucho y para tener mucho.
Y, sin embargo, los hombres de nuestro tiempo empiezan a intuir,
aunque les cueste renunciar a la carrera del tener, que es mucho más
gratificante ser que tener. Tenemos pendiente la revolución del ser. El
ser que está a la espera no es el ser individuos aislados en medio de
una masa alienada y alienante. Eso ya lo descubrió el hombre del
siglo XV y XVI, cuando puso de relieve casi morbosamente la
importancia decisiva del yo encerrado en su torre de marfil.
A partir del Renacimiento asistimos en el mundo occidental a una
verdadera revolución copernicana. Mientras que la reflexión clásica y
escolástica medieval se preocupó ante todo y sobre todo de la
educación de la inteligencia con la realidad, de la «caza del objeto»,
como diría santo Tomás, en cambio, a partir del siglo XV, el
pensamiento moderno se centra ante todo y sobre todo en el yo.
«Pienso, luego existo», decía Descartes. Y san Ignacio nos
acostumbrará a zambullirnos en el examen y dirección de conciencia
al mismo tiempo que santa Teresa se encuentra con Dios en el
hondón del alma. Con Freud llegamos a la máxima profundización en
la exploración del yo al levantar la tapa del inconsciente y penetrar en
el mundo misterioso de las alcantarillas del yo.
Pero este hombre-en-soledad, que se encierra en su torre de marfil
para saborear su yo, termina por sentir pesada y agobiante la
soledad que ha paladeado durante cuatro largos siglos. Experimenta
una dolorosa y casi neurótica sensación de claustrofobia y siente el
urgente prurito de la apertura a los otros. Es la hora del tú en cuanto
tú, en cuanto diferente del yo, con el que es preciso hacer un
nosotros auténtico mediante el diálogo y la comunión. Surgen así los
pequeños grupos como un deseo incoercible de salir del hoyo de la
soledad en la que nos hemos ido hundiendo, cada vez más
profundamente, a lo largo de estos últimos cuatro siglos.

b) Apertura del yo
YO-NOSOTROS: Ahora lo que el mundo necesita es ser un
«nosotros». La formación de este nosotros comunitario nos ha llevado
primeramente a insistir en la apertura del yo. El hombre moderno es
plenamente consciente de su soledad. Y no se resigna a ella. Todas
las ciencias del hombre han puesto de relieve en nuestro tiempo, y
también la literatura, el teatro y el cine, la necesidad que tiene el yo
de romper las barreras de su narcisismo para abrirse a la humanidad
entera. Todos estos saltos verdaderamente cualitativos resultan muy
difíciles al hombre moderno, acostumbrado como está, por educación
social, a vivir encerrado dentro de sí mismo. Sólo algunos pioneros se
deciden a ello. Pero otros muchos, cuando vean que no pasa nada,
que se puede saltar y que ese salto responde a las exigencias más
profundas de nuestro tiempo, se sentirán con fuerzas necesarias para
intentar la aventura. Es lo que se ha tratado de hacer con las
pequeñas comunidades cristianas durante estos últimos años.

c) Condensación de la masa
Paralelamente a la apertura del yo se produce en el mundo actual otro
fenómeno en apariencia de signo contrario, pero que nos lleva a las
mismas conclusiones. Es el fenómeno de lo que podríamos llamar la
condensación de la masa.
En efecto, al mismo tiempo que se pone en marcha en nosotros el
dinamismo que nos hace salir de la soledad para abrirnos al nosotros
se desencadena otro proceso opuesto, a primera vista, de
condensación de la masa, que últimamente, sin embargo, nos va a
llevar a los mismos resultados que el primero.
MASA/ALIENACION ALIENACION/MASA: El hombre actual tiende a
agruparse en grandes masas urbanas. Se abandonan los pueblos y
la gente se acumula de un modo masivo en las grandes ciudades.
Esto produce un fenómeno preocupante de masificación.. La masa
está alienada y es alienante. Cada átomo social, dentro de la masa,
es un simple número abstracto. La masa está hecha a base de la
media estadística. Todo aquél que se salga de la media por abajo
(subnormales) o por arriba (genios o santos) no cabe en la masa. La
masa rechaza de su seno a todos los inconformes que no se resignan
o no pueden vivir dentro de la «normalidad».
El yo-en-soledad es también y al mismo tiempo un
número-más-de-la-masa, perdido en una aglomeración alienada y
alienante en que es necesario renunciar al nombre propio para
incluirse en ella. No se puede formar parte de la masa si no se acepta
ser tratado en ella como un número más sin rostro y sin personalidad,
es decir, sin eso que hace de mí un alguien único, irrepetible e
insustituible. En el campo de fútbol, en el metro, en la asamblea
política tengo que renunciar a ser yo-mismo para ser aceptado por la
masa. Si me empeño en singularizarme, seré rechazado por los
demás como un intruso extravagante.
Pues bien, la única manera que tienen los individuos de liberarse de
esa alienación es tratar de «condensarse» dentro de la masa y sin
salirse de ella, aglutinándose en pequeños grupos donde se toma en
serio a la persona precisamente como persona, no algo, sino alguien,
no un número sino un ser único e irrepetible, no en serie, sino en
exclusiva, no «úselo y tirelo», sino insustituible.
Por eso los más inquietos de nuestro mundo y los más sensibles a la
dignidad de la persona humana y al compromiso con los marginados
tratan de iniciar un proceso de condensación de la masa.
Así, por esos caminos diferentes, el de la apertura del yo y el de la
condensación de la masa, llegamos a la misma meta: la formación de
pequeñas comunidades integradas por auténticas personas y
abiertas a un compromiso social en favor de los demás.

d) Sociedad-comunidad
Todo esto nos permite ver de un modo teórico y práctico la diferencia
que existe entre sociedad y comunidad. La sociedad es una
agrupación en la que los hombres son vistos únicamente como
«individuos», números abstractos, algo. La comunidad, en cambio, es
una agrupación en la que sus componentes son tratados como
«personas», es decir, como seres únicos e irrepetibles, con un
nombre propio, como alguien en concreto al que hay que respetar por
ser él quien es, de un modo irreemplazable e insustituible.
«La pequeña comunidad cristiana es un espacio de relaciones
interpersonales sumamente propio para que el individuo encuentre
apoyo, estimulo y cauces para el mejor desarrollo de su personalidad.
Cuando en tantos enclaves de la sociedad se le trata meramente
como un número en la producción, como un consumidor en la
distribución, como un competidor en la profesión, como un mero
espectador en la cultura o como un voto en el juego político, y a
veces hasta en la comunidad doméstica se siente no más que un
"pagano", una sirvienta o un estorbo, según el sexo y la edad, la
comunidad cristiana le ofrece unas relaciones respetuosas,
desinteresadas, afectuosas, cordiales, donde cada uno vale por sí
mismo, donde nadie instrumentaliza a nadie, donde se es aceptado y
querido como es, con sus límites y valores, con sus virtudes y
defectos. Al mismo tiempo, la posibilidad de expresarse todos con
tiempo suficiente y con franqueza, permite liberarse, explayarse,
desbloquearse, con lo que el juicio propio queda más lúcido para una
verdadera evolución de cada problema, superando narcisismos y
masoquismos, curando los traumas antes de que envenenen o se
anquilosen. En una sociedad tan viciada de utilitarismo y
unidimensionalidad, nuestras pequeñas comunidades pueden ser una
luz y un estimulo de esperanza, inclusive en un nivel meramente
humanista como escuela de humanidad, como espacio preventivo de
tantas enfermedades profundas del corazón humano, que necesita
ser alguien y comprendido; como ambiente curativo de tantas
soledades y dolores del hombre moderno; como animación para los
desánimos, pistas para las encrucijadas y desconciertos, compromiso
contra los pasotismos y perseverancia contra los cansancios» 3.
«Las ciencias antropológicas nos confirman los valores de la pequeña
comunidad humana para el desarrollo del individuo.
La pequeña comunidad constituye un grupo intermedio entre la familia
y la sociedad en general, superando la estrechez de una y el
anonimato y masificación de la otra, con un espacio relativamente
plural pero donde el individuo es identificado, donde pueden darse
relaciones interpersonales y donde el grado de adhesión es
normalmente muy fuerte.
Tanto en el orden pedagógico como hasta en el psicoterapéutico, el
pequeño grupo se ha descubierto como el catalizador donde se
desatan y desarrollan inesperadas fuerzas de creatividad, detectando
entre todos los problemas con mayor complejidad y realismo,
descubriendo soluciones concretas, encontrando fuerzas para
asumirlos y ayudándose a lo largo del camino para mantenerse en la
perseverancia con los compromisos contraídos.
Especialmente en la gran ciudad actual, donde el ciudadano vive
constantemente en el anonimato de los transportes públicos, los
espectáculos, la calle y hasta el trabajo, donde tantas veces no es
más que un número en una cadena, se necesita del pequeño grupo
para encontrarse con la propia identidad dormida, para encontrarse
cada uno a si mismo en profundidad al ser reconocido y contrastado
por los otros, acogido, identificado, interpelado, estimulado. Al mismo
tiempo, la interpelación del grupo ayuda a relativizarse a cada uno y a
superar el egoísmo y el narcisismo» 4.
Con acierto afirma Demo: "Dentro de la contraposición
comunidad/sociedad se puede decir que la comunidad es la utopía de
la sociedad» 5. En otras palabras: «La convivencia humana siempre
estará llena de tensiones entre el aspecto organizativo, impersonal y
el otro aspecto personal e íntimo. Luchar porque predomine la
dimensión comunitaria implica luchar para que las estructuras y las
ordenanzas no se substantiven, sino que ayuden a humanizar al
hombre y a hacerlo cada vez más cercano al otro y a los valores
evangélicos. El predominio de lo comunitario sobre lo societario se
presenta con más facilidad en los pequeños grupos, de ahí la
importancia de las comunidades eclesiales de base en cuanto
comunidades existentes dentro de la sociedad eclesial» 6.

e) Matrimonio de familias o de grupo
Todo esto nos permite ver la hondura del movimiento comunitario. La
comunidad en sentido fuerte —no inflacionado- es un verdadero
matrimonio de familias o grupo. No es una comuna porque las familias
no viven juntas en la misma casa con riesgo de su identidad en
cuanto parejas. Aun en el caso de vivir en un mismo terreno o bloque
de viviendas, cada familia debe tener su independencia e intimidad.
Pero tanto las parejas y los hijos en las comunidades familiares o las
personas en los grupos fuertes comparten la vida para siempre y para
todo y constituyen así un verdadero matrimonio de familias o de
grupo.
En este tipo de vinculación, la comunidad no es otra cosa más entre
otras, sino algo vital y decisivo, como el mismo matrimonio de base.


3. Teología de las pequeñas comunidades cristianas

La explosión comunitaria de nuestro tiempo responde a una exigencia
típica del hombre moderno. Las experiencias comunitarias se dan en
los ámbitos culturales más diferentes, en Rusia y Estados Unidos, en
Escandinavia e Iberoamérica, entre jóvenes y adultos y en clases
sociales diferentes.
La Iglesia, como ha puesto de relieve el concilio Vaticano II, hace suyas
todas las preocupaciones y alegrías de los hombres, todos sus
problemas y proyectos. Nada, pues, de extraño tampoco que dentro
de la Iglesia se haya querido dar respuesta a las exigencias
comunitarias de nuestros contemporáneos. Pero lo curioso ha sido
que, al asumir la Iglesia el afán comunitario de nuestro tiempo y tratar
de releerlo a la luz del evangelio, nos hemos dado cuenta de que la
Iglesia primitiva tenía una organización fuertemente comunitaria, lo
que nos permite vivir hoy la comunidad cristiana no como una moda
más, sino como una vuelta a las fuentes del cristianismo.

a) El movimiento de Jesús
«Jesús enlaza con la corriente más jugosa de la religión de sus padres
y recupera los núcleos más dinámicos de la tradición bíblica: nueva
alianza, éxodo, pueblo de Dios, "resto de Israel", profetismo, fratrías,
pascua de liberación. Ya en las parábolas del reino encontramos un
anticipo del proyecto de Jesús: el grano de mostaza (Mt 13,3132), la
levadura que fermenta la masa (Mt 13, 33), el tesoro escondido que
se compra (Mt 13, 44), la perla (Mt 13, 45-46), la red (Mt 13,47).
En torno a Jesús se agrupa un reducido número de personas, atraídas
por la fuerza del testimonio, por la autoridad de su palabra y por el
aliento liberador de su vida, hasta el punto de acompañarlo y de
compartir su experiencia: desde la pobreza y la provisionalidad hasta
los afanes de la predicación. Así surge el movimiento de Jesús o
primera comunidad de sus seguidores» 7.
«Lo que Jesús legó únicamente con su vida, su acción y sus palabras,
es decir, con su conducta humana concreta es un movimiento, una
comunidad viva de creyentes, que fueron tomando conciencia de
constituir el nuevo pueblo de Dios... Un movimiento de liberación
escatológica para reunir a todos los hombres, un shalom universal»
8.
En este sentido los «doce» constituyen la primera comunidad de base
de la nueva alianza, como realización histórica inicial y como anticipo
del reino de Dios.
Las actitudes que recomienda Jesús a esta primera comunidad, así
como al resto de quienes deseen seguirlo, son desprendimiento de
bienes, renuncia a las ambiciones de mando, buscar primero el reino
de Dios y su justicia, reconciliación y perdón, servicialidad, gratuidad
absoluta, entrega de la propia vida, si preciso fuere, como gesto de
amor, asumir la persecución por causa de la justicia, predicar la
buena noticia a los pobres, dar signos de liberación, diálogo y
relación filial con el Padre. Estas actitudes han de servir de criterio
normativo para la configuración actual de la Iglesia y, más en
concreto, para las comunidades eclesiales de base.
Jesús llama a sus discípulos para que le sigan, lo mismo que hacían
otros maestros de su tiempo, aunque él es un maestro sui generis, ya
que no está formado en una escuela profesional, pero aparece
dotado de una extraordinaria capacidad de convocatoria.
No tiene casa donde le puedan seguir sus discípulos, pues no tiene en
realidad, como dice él mismo, donde reclinar su cabeza. Se hace
invitar en las casas de unos y otros. Está siempre de paso. Por eso
sus discípulos deben estar dispuestos a dejarlo todo en seguimiento
de Jesús. Al principio siguen viviendo en sus casas y hacen sólo
algunas correrías de aquí para allá, anunciando la buena nueva.
Después de la pascua vuelve a congregarse de nuevo el grupo o
comunidad que había seguido a Jesús, ahora con base en los
sucesos obrados por Dios: la resurrección y la efusión del Espíritu.
Los factores decisivos que hacen de aquel grupo una comunidad
cristiana son la aceptación y el seguimiento de Jesús muerto y
resucitado.

b) Expansión comunitaria del cristianismo
La expansión comunitaria durante los primeros siglos tuvo lugar a
través de una red de comunidades. La comunidad de los doce no
adoptó el estilo de los esenios, que carecían de conciencia misionera
y vivían un ascetismo purista y aislado del contorno, sino que
entendió su ministerio apostólico —aunque no sin dificultades— como
creación de comunidades 9.
I/DOMESTICA: El proceso que nos lleva a la formación de estas
comunidades es el siguiente: después de la muerte de Jesús sus
discípulos se reúnen en las casas. Siguen de invitados, como Jesús.
Se escogen para eso algunas casas, como la del cenáculo, que
reúnen mejores condiciones para acoger a un grupo relativamente
numeroso y en un clima de evidente discreción. Así se forman las
comunidades de la casa de Aquila y Prisca y otras muchas a las que
se alude en los escritos neotestamentarios, que darían lugar a las
llamadas «iglesias-domésticas». Dadas las facilidades de
comunicación en el imperio romano, los cristianos viajan con
frecuencia de una ciudad a otra y fomentan un fuerte sentido de
hospitalidad, como se dice en la «doctrina de los apóstoles» de
finales del siglo I, que facilitaría extraordinariamente la extensión de
las comunidades cristianas.

c) Reflexión teológica
A medida que el movimiento de Jesús comienza a cristalizarse después
de la muerte y resurrección del Señor y que se extienden las
comunidades cristianas a lo largo del Mediterráneo, empieza a
hacerse lo que podríamos llamar una teología propiamente dicha de
las comunidades cristianas.
En este proceso teológico podemos distinguir varias etapas: la utopía
escatológico- apocalíptica del reino de los cielos, la adaptación de la
experiencia cristiana a las realidades humano-sociales que plantean
la necesidad de la estructuración de la Iglesia, el desgajamiento
sociológico-jurídico-teológico de la Iglesia en relación al judaísmo
después de la destrucción de Jerusalén y la elaboración teológica
paulatina de la Iglesia, que empieza con san Pablo y culmina con los
grandes teólogos de los siglos IV y V, especialmente san Agustín.

1. La utopía escatológico-apocalíptica del reino de los cielos
No cabe la menor duda que Jesús, cuando dice que el reino de los
cielos está cerca, habla de él en términos utópicos. El mismo lenguaje
fuertemente afectado por el género apocalíptico usual en la época, es
ciertamente hiperbólico. «Los ciegos ven y los cojos andan, los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a
los pobres se le anuncia la buena noticia» (Mt 11, 5 y Lc 7, 22 tomado
de Is 26, 19; 29, 18; 35, 5; 61, 1). Por eso, felices los pobres, los
afligidos, los marginados, porque todo se arreglará y ...pronto.
No se trata en realidad de una pura utopía ensoñadora. La utopía en sí
misma no tiene el menor fundamento en la realidad presente. Es un
puro sueño sin base. Lo que aquí está más bien en juego es una
gozosa prospectiva basada en lo que Massé llamaba «hechos
portadores del porvenir».
Aquí había ocurrido un hecho histórico trascendental. Jesús a quien los
poderes establecidos de Palestina habían ejecutado por
peligrosamente incordiante, al tercer día de su muerte se presenta
vivo a los suyos. Y esto suponía un cambio radical para la humanidad.
El Señor está con nosotros, con el Señor también nosotros podemos
vencer a la muerte, con el Señor podemos iniciar un nuevo cielo en
que «no habrá problemas, ni dificultades de ningún tipo» (Ap 21, 34).
La consecuencia de todo esto es muy sencilla: luego todos felices,
hasta los más pobres y afligidos. Estamos de enhorabuena en el
sentido literal de la palabra.
Una enorme esperanza invadió a la muchedumbre de creyentes que
habían constatado por sí mismos que Jesús vivía. Hasta quinientos de
una vez, según san Pablo (I Cor 15, 6). Y lo mismo ocurrió a quienes
después se fiaron del testimonio de los que lo habían visto y lo
anunciaron por todo el imperio romano y más tarde por el mundo
entero.

2. Adaptación de la experiencia cristiana a las realidades
histórico-sociales de la comunidad
Pero enseguida los primeros cristianos sintieron la necesidad de
adaptarse a las realidades concretas de la vida cotidiana a medida
que pasaba el tiempo y que se vio, como decía Pedro, «que para el
Señor un día es como mil años y mil años como un día. No retrasa el
Señor lo que prometió, aunque algunos lo estimen retraso; es que
tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca,
quiere que todos tengan tiempo para enmendarse. El día del Señor
llegará como un ladrón y entonces los cielos acabarán con un
estampido, los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra y lo
que se hace en ella desaparecerán» (2 Pe 3,8-10).
Nadie sabe cuándo la utopia va a realizarse plenamente ni cuándo este
mundo en que vivimos, que empezó hace unos dieciocho mil millones
de años, va a llegar a su final. La conciencia entre los primeros
cristianos de que esto no iba a realizarse de un momento a otro les
obligó a trabajar (I Tes 4, 11-12) y a cambiar su opinión respecto a las
jóvenes viudas, a quienes al principio Pablo les recomienda no
casarse otra vez (I Cor 7, 28) y después en cambio se les aconseja
casarse de nuevo (Tm 5, 11-16).
La realidad de la vida obliga a las comunidades a organizarse
mínimamente si querían subsistir y extenderse. No habla otra
solución.
Quienes consideran este fenómeno como una traición al ideal de Jesús
no tienen el menor sentido de la realidad. Es cierto que Jesús anunció
un proyecto maravilloso, pero ese ideal, si quería traducirse en la
realidad, exigía un mínimo de estructura. Lo demás hubiese sido
simplemente evadirse en el reino de la fantasía. Y es así como el
reino de los cielos se transformó en una Iglesia de carne y hueso y
con los pies en la tierra.

3. Desgajamiento sociológico-juridico-teológico de la Iglesia en relación
al judaísmo
Al principio los cristianos son simplemente un grupo religioso formado
por judíos y fieles a la religión judía. Siguen a Jesús como otros
habían seguido a otros profetas. Y, como la resurrección de Jesús
constituía algo tan trascendental, nada de extraño que cada día
aumentase el número de los judíos que se decidían a seguir a Jesús
formando parte de las comunidades del «camino», como se llamaban
entonces. De haber seguido las cosas así, es posible, como
sospechan algunos, que todos los judíos hubieran terminado por
seguir a Jesús.
Pero... ocurrió algo inesperado y traumático. El año 70 los judíos
radicales, como los zelotes y otros, arrastraron a la población de
Jerusalén a la revuelta y provocaron un levantamiento general contra
los romanos. El emperador Tito sitia y destruye la ciudad y el templo.
Pero antes da facilidades para salir de ella a los cristianos que no se
han mostrado partidarios de la violencia.
Se produce así la ruptura definitiva de los seguidores de Jesús y los
judíos. Unos y otros marchan al exilio. Los judíos se encerrarán en
barrios exclusivos —las juderías— y los cristianos —se empezarán a
llamar así en Antioquía— se configuran como una religión autónoma,
aunque sin renunciar a sus orígenes judíos ni al antiguo testamento.
Esta nueva religión seria ignorada y hasta perseguida por el imperio
romano durante tres siglos.

4. Elaboración teológica de la Iglesia
La Iglesia, pues, se configura como un conjunto de pequeñas
comunidades esparcidas a lo largo y ancho del imperio romano,
abierta a todos los pueblos: judíos, griegos y romanos.
El centro existencial de esas comunidades es Jesús, el Señor. Jesús de
Nazaret, un hombre como los demás, uno de los nuestros, al vencer a
la muerte con la resurrección, se manifiesta a los suyos como el
Señor, Cristo Jesús, sentado a la derecha de Dios y por tanto Dios
como él. De este modo Jesús se constituye en centro de la Iglesia, de
la historia y del mundo.
Para entrar en la comunidad hay que optar por Cristo. Jesús está con
su espíritu en la Iglesia hasta el final de los tiempos. Ya desde ahora,
gracias a Cristo, la comunidad comienza a hacer realidad presente el
reino de los cielos enseñando a los hombres a amarse unos a otros
como él nos ha amado. Cristo es, pues, el centro de todo y de todos.
Por eso cada uno de sus seguidores puede decir con san Pablo: «Ya
no vivo yo, vive en mi Cristo y mi vivir humano de ahora es un vivir de
la fe en el hijo de Dios, que me amó y se entregó por mi» (Gál 2, 20).
Pero esta visión totalizadora de Cristo no se hace a costa de nuestra
personalidad. Todo lo contrario. Precisamente porque cada uno de
nosotros puede decir «mi vida es Cristo» y Cristo es «el alfa y la
omega», «el ayer, hoy y mañana» todos sentimos consolidarse
radicalmente nuestra personalidad y sin complejos de ninguna clase
ni miedo a nada y a nadie podemos decir «yo, Pablo», «yo, Pedro»,
«yo Juan». Con qué seguridad dice Pablo en varias de sus cartas:
«La despedida es de mi mano: Pablo; ésta es la contraseña en todas
las cartas; ésta es mi letra» (2 Tes 3, 17).
Esta visión del Cristo total y al mismo tiempo personalizado es lo que
hace que las primeras comunidades, cuyos miembros se escriben y
visitan entre sí, tengan un amplio sentido universal y misionero y al
mismo tiempo un clima fraternal y entrañable, como se ve por el
recuerdo constante que las comunidades tienen de sus miembros
lejanos o difuntos.
Sólo más tarde con la masificación posconstantiniana y la invasión de
los bárbaros germánicos correrá peligro el equilibrio entre totalidad
universal y personalización fraternal que descubrimos en los primeros
siglos de la Iglesia.
La exaltación de Cristo plantea enseguida a las primeras comunidades
cristianas la relación que existe entre Cristo y Dios. Jesús ha vencido
a la muerte. Luego es el Señor, luego tiene que ser Dios, pues sólo
Dios puede hacer por sí mismo semejante hazaña. Cristo vuelve al
Padre de donde ha salido y nos envía junto con el Padre el Espíritu.
Gracias al Espíritu, Jesús estará con nosotros hasta el final de los
tiempos.
Esto planteó a las primeras comunidades el arduo problema de la
Trinidad, pero al mismo tiempo les brindó un extraordinario apoyo
teológico ya que la Trinidad nos ha hecho descubrir que Dios —único
Dios— no es un Dios solitario, sino un Dios-comunidad, la
proto-comunidad, de la que las demás comunidades toman -aunque
sea precariamente- lo que son.
¿Qué es Dios en realidad? ¿Quiénes son el Padre, el Hijo y el Espíritu
santo? ¿Qué es Jesús? ¿Un simple hombre? ¿O es Dios y ha existido
siempre en cuanto Dios? ¿Quién es? ¿El mismo que es Dios es
también hombre? ¿O son dos personas diferentes más o menos
relacionadas entre sí? ¿Qué es el Espíritu santo? ¿Es simplemente la
fuerza de Dios? ¿O es alguien distinto como persona del Padre y del
Hijo? Y en ese caso, ¿quién es? ¿otro tú? ¿una persona extraña al yo
y al tú de Dios? ¿o el nosotros interpersonal formado por el Padre y el
Hijo?
No puede negarse, si queremos ser fieles a la tradición cristiana desde
el primer momento, que el Padre, el Hijo y el Espíritu santo son
realmente personas y distintas entre sí. Y que las tres son Dios, el
único Dios que existe y a quien han dado culto todos los pueblos.
Pero las personas divinas no existen en sí mismas, sino que existen
para darse y dándose. Ni por un instante podrían reservarse lo más
mínimo para sí. Son un puro darse para siempre y para todo: la
quintaesencia del amor.
Pascal, un gran matemático y teólogo al mismo tiempo, comparaba el
dinamismo intratrinitario con un juego en que unos a otros se tiraban
la pelota con un movimiento infinitamente rápido, con lo que la pelota
estaría al mismo tiempo en las manos de todos, con la única condición
de que ninguno retuviera la pelota ni por un instante.
Gracias a ese darse consustancial, el yo (Padre) y el tú (Hijo) en Dios, a
pesar de ser dos personas realmente distintas, son un solo Dios, y
precisamente en el Espíritu santo, que no es la tercera persona, pues
en ese caso estaría fuera, sino la primera del plural, el nosotros, el
único nosotros que existe realmente, ya que la comunidad de Dios es
la única en que sus miembros se dan completamente todo y para
siempre desde toda la eternidad.
El ideal del matrimonio, según el Génesis, y de la comunidad cristiana,
tal como aparece en los Hechos de los apóstoles, es que el yo y el tú
se quieran tanto, para todo y para siempre, que lleguen a formar un
solo ser. Y eso sólo en Dios se da. Por eso la comunidad divina es la
Comunidad con mayúscula. Si la familia y la comunidad cristiana
quieren de alguna manera llegar también ellas a ser una comunidad
de verdad no tienen más camino que acercarse a Dios a través de
Cristo en el Espíritu santo. «Id y haced discípulos de todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
santo» (Mt 28, 19).

ANTONIO HORTELANO
Págs.45-59

...................
1. J. J. Tamayo, Comunidades cristianas populares. Ensayo de teología narrativa,
Salamanca 1981, 141-143.
2. A. Iniesta, Teopraxis 2. Comunidades. Tareas urgentes, 24-26.
3. Ibid, 44 s
4. Ibid 22.
5. P. Demo, Comunidades, Igreja na Base, llO.
6. L. Boff, Eclesiogénesis. Las Comunidades de base reinventan la Iglesia,
Santander 1979, 16.
7. E. Schillebeeckx, Jesús, la historia de un Viviente, Madrid 1981; G. Theissen,
Sociologia del movimiento de Jesús, Santander 1979.
8. Ibid., 40-41.
9. J. J. Tamayo, o. c., 148-150.

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