viernes, 2 de diciembre de 2011

LA IMPOSICIÓN DE MANOS

LA IMPOSICIÓN DE MANOS


LA IMPOSICIÓN DE MANOS
MANOS/IMPOSICION

Uno de los gestos más repetidos en la celebración de los Sacramentos
es la imposición de manos.

ES éste un gesto en verdad polivalente, con la elocuente expresividad
de unas manos que se extienden sobre la cabeza de una persona o
sobre una cosa, a ser posible con contacto físico. Puede indicar perdón,
bendición, transmisión de fuerza... Su sentido queda concretado por las
palabras que le acompañan en cada caso: "yo te absuelvo de tus
pecados", "envía, Señor, tu Espíritu sobre este pan y este vino", "envió
Señor la fuerza de tu Espíritu sobre estos siervos tuyos"...

La mano ha sido siempre símbolo de la fuerza, del trabajo, de la
comunicación interpersonal: la mano de Dios que obra proezas, la mano
del hombre que manda, que pide, que toca, que comunica... La mano que
quiere expresar la transmisión de algo invisible.

El modo mejor para captar el sentido de la imposición de manos es
repasar, aunque sea brevemente, los pasajes bíblicos del A.T. y del N.T.
en que este gesto es empleado, y también su realización actual en los
Sacramentos.

Su sentido en el A.T.

En verdad este signo lo hemos heredado del lenguaje simbólico de
Israel en el que es muy variado el significado que se le da.
A veces significa bendición. Así Jacob bendice a sus nietos Efraím y
Manasés, los hijos de José, "extendiendo su diestra y poniéndola sobre la
cabeza de Efraím, y su izquierda sobre la de Manasés", mientras
pronunciaba las palabras de bendición: "Dios... bendiga a estos
muchachos, y multiplíquense y crezcan en medio de la tierra" (Gen 48,
14-16). También Aarón, en su calidad de sacerdote, "alzando las manos
hacia el pueblo, le bendijo" (Lev 9,22).

Otras veces el gesto quiere indicar la consagración para una tarea, la
designación de una persona para una misión. Moisés, por ejemplo, y por
encargo de Yahvé, eligió a Josué como sucesor suyo, y delante de todo
el pueblo "le impuso su mano" y le transmitió las órdenes divinas, para
que condujera a su pueblo con autoridad (Núm 27,18-23). Por eso se
podrá decir después: "Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría,
porque Moises le había impuesto las manos" (Deut 34,9).

Con frecuencia la imposición de las manos tiene un tono sacrificial. Se
hace el gesto, por parte del sacerdote o de los asistentes, sobre la
cabeza del animal que va a ser sacrificado. Es algo más que el mero
señalar: de alguna manera se quiere indicar que las personas se quieren
identificar con el animal ofrendado a Dios (cfr., por ejemplo, Lev 1,4; 3,2;
4,15 8,14.18.22). El rito más solemne sucede en la fiesta de la Expiación
cuando un macho cabrío es enviado al desierto "cargado con los pecados
del pueblo, cosa que se simboliza con la imposición de manos:
"imponiendo ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, hará
confesión sobre él de todas las iniquidades de los hijos de Israel y de
todas las rebeldías y todos los pecados de ellos, y cargándolas sobre la
cabeza del macho cabrío, lo enviará al desierto" (Lev 16,21-22).

El gesto simbólico significa, pues, según las circunstancias, la
invocación de los dones divinos sobre una persona, su designación y
consagración para una tarea oficial, la elección y consagración de una
ofrenda sacrificial, la comunicación de poderes y fuerzas...

La imposición de manos en el N.T.

En el N.T. la acción de imponer sobre la cabeza de uno las manos tiene
también significados distintos, según el contexto en el que se sitúe.
Ante todo puede ser la bendición que uno transmite a otro, invocando
sobre él, en último término, la benevolencia de Dios. Así Cristo Jesús
imponía las manos sobre los niños, orando por ellos (Mt 19,13-15) En los
textos paralelos se dice que la gente le presentaba los niños "para que
los tocara", y él "abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo las
manos sobre ellos" (Mc 10,13-16): la imposición era, pues, también
contacto fisco. La despedida de Jesús, en su Ascensión, se expresa
también con el mismo gesto: "alzando sus manos, los bendijo" (Lc 24,50).

Es una expresión que muy frecuentemente va unida a la idea y a la
realidad de una curación. Jairo pide a Jesús: "mi hija está a punto de
morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se cure y viva" (Mc
5,23). Le presentan al sordomudo de la Decápolis "y le ruegan que
imponga sus manos sobre él" (Mc 7,32), y asimismo al ciego de Betsaida:
"le impuso las manos y le preguntó... después le volvió a poner las manos
en los ojos y comenzó a ver perfectamente" (Mc 8,23-25). Era el gesto
más repetido en las curaciones: "todos cuantos tenían enfermos de
diversas dolencias se los llevaban, y poniendo él las manos sobre cada
uno de ellos, los curaba" (Le 4,40). No es de extrañar que la expresividad
del signo se prolongue en el encargo que Jesús hace a sus discípulos:
"los que crean... impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán
bien" (Mc 16,18). Pablo, que fue curado precisamente por la imposición
de manos por parte de Ananías (Act 9,17), curará a su vez al padre de
Publio: "entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y curó" (Act
28,8-9).

El Espíritu de Dios se da a una persona o a una comunidad íntima y
misteriosamente. Pero por lo general hay un signo exterior que expresa
esta donación, y a la vez la mediación eclesial. Es el caso de los
bautizados de Samaria, que reciben la visita de los apóstoles Pedro y
Juan para completar su iniciación cristiana: "les impusieron las manos y
recibieron el Espíritu Santo" (Act 8,17). Lo mismo sucedió con los
discípulos de Efeso, "habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre
ellos el Espiritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar"
(Act 19,6).

Imponer las manos sobre la cabeza de una persona significa, en otros
varios pasajes, invocar y transmitir sobre ella el don del Espíritu Santo
para una misión determinada. Así pasa con los elegidos para el ministerio
de diáconos en la comunidad primera: "hicieron oración y les impusieron
las manos" (Act 6,ó). Pablo y Bernabé son elegidos y enviados por la
comunidad a una nueva misión apostólica: es un momento importante en
la historia de la primitiva comunidad. El gesto es expresivo: "después de
haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron" (Act
13,3). Por eso Pablo podrá recordar a otro ministro de la comunidad,
Timoteo, el gesto sacramental que estaba en la raíz de su misión: "no
descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención
profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros"
(1 Tim 4,14; cfr.2 Tim 1,6).

También aquí es polivalente el gesto simbólico, pero siempre expresivo
de una transmisión de algo oculto: una bendición, el don del Espiritu, la
fuerza divina para una misión, la curación espiritual y corporal...

Asi puede terminar su estudio sobre la imposición de las manos un
autor como Coppens, en 1925, con estas palabras: "la imposición de
manos es un antiquísimo rito de bendición y consagración que expresa la
toma de posesión por Dios de una persona o de una cosa, y por la que
queda llena del Espiritu Santo".

La imposición de manos en nuestros Sacramentos

Ha sido larga la lista de citas. Pero creo que vale la pena para darnos
cuenta de las raíces y del significado profundo de este gesto que
repetimos en nuestra celebración.

Actualmente todos los Sacramentos han incorporado, con mayor o
menor centralidad, la imposición de manos en su lenguaje simbólico, lo
cual, a la vista de su sentido bíblico, no es de extrañar.

Como dice la monición del gesto en el Rito de la Confirmación: "la
imposición de manos es uno de los gestos que aparecen habitualmente
en la historia de la salvación y en la liturgia para indicar la transmisión de
un poder o de una fuerza o de unos derechos".

En el Bautismo, la imposición de manos puede sustituir a la primera
unción, la que está señalada para antes del bautizo. Las palabras que la
ilustran son claras: "Os fortalezca el poder de Cristo Salvador"

El Ritual de la Confirmación le da más relieve

A pesar de que, por decisión de Pablo VI, el rito sacramental
propiamente dicho es la unción, sin embargo "la imposición de las manos,
aunque no pertenece a la validez del sacramento, tiene gran importancia
para la integridad del rito y para una más plena comprensión del
sacramento" (n. 9). "Por la imposición de las manos sobre los
confirmandos hecha por el Obispo y por los sacerdotes concelebrantes,
se actualiza el gesto bíblico, con el que se invoca el don del Espiritu
Santo de un modo muy acomodado a la comprensión del pueblo cristiano"
(n. 9).

La oración con la que el Obispo acompaña la imposición de las manos
le da este significado: "Dios todopoderoso... escucha nuestra oración y
envía sobre ellos el Espíritu Santo, llénalos de espíritu de sabiduría..."

Hay dos momentos en la celebración de la Eucaristía en que el gesto
simbólico tiene particular énfasis.

Ante todo, cuando el presidente, en la Plegaria Eucarística, invoca por
primera vez al Espiritu (epíclesis), extendiendo sus manos sobre el pan y
el vino: "santifica estos dones con la efusión de tu Espiritu". La segunda
invocación del Espíritu, hacia el final de la misma Plegaria, esta vez sobre
la comunidad, aunque es evidente su paralelismo con la primera, no suele
acompañarse del clásico gesto.

Sí, en cambio, en la bendición final cuando se quiere hacer con más
solemnidad. La triple invocación de bienes sobre la asamblea queda así
muy bien subrayada por una imposición de manos hacia ella.

Ha sido una novedad el que también se recuperara para el sacramento
de la Penitencia la imposición de manos.

En vez de hacer sólo la señal de la cruz sobre el penitente, ahora el
sacerdote pronuncia las palabras del perdón, "yo te absuelvo..." con la
imposición de las manos. Y esto no sólo en la forma C, cuando la
absolución es colectiva, sino también en la A y en la B, cuando se
absuelve a cada penitente en particular: "extendiendo ambas manos, o al
menos la derecha, sobre la cabeza del penitente".

Es un gesto muy expresivo de la reconciliación que el ministro de la
Iglesia, personificando a Cristo, concede al penitente.

El que la Unción de enfermos también incluya la imposición de manos
es consecuente con todo lo que hemos visto en el N.T. La curación de los
enfermos se acompañaba, tanto por parte de Cristo como de los
apóstoles, de la oración y de la imposición de manos.

Cuando el sacerdote, después de las letanías de invocación, impone la
mano sobre la cabeza del enfermo, está en realidad prolongando y
visibilizando la fuerza salvadora de Cristo sobre un cristiano que necesita
en estos momentos de modo particular su apoyo y su gracia.

Tal vez el sacramento en que más énfasis tiene la imposición de las
manos es el del Orden.

El Obispo las impone sobre la cabeza de cada uno de los que van a
recibir el presbiterado. Luego, todavía con las manos extendidas hacia
todos ellos, pronuncia la oración consecratoria: "Te pedimos... que
concedas a estos tus siervos la dignidad del presbiterado, infunde en su
interior el Espíritu Santo...".

Es una clarísima acción simbólica de la transmisión de la gracia y de la
misión ministerial en la Iglesia.

También el Matrimonio conoce la imposición de las manos. Después del
Padrenuestro, el sacerdote extiende sobre los novios sus manos y dice su
oración: "extiende tu mano protectora sobre estos hijos tuyos... cólmales
de tus bendiciones" (fórmula 2), "descienda, Señor, sobre ellos tu
abundante bendición" (fórmula 3).

Don de Dios y mediación eclesial

Gesto plástico, intuitivo, el de la imposición de manos.
Fácil de comprender en el contexto de un sacramento, aunque no sea
ahora una acción muy repetida fuera de él.

Estupendo binomio: la mano y la palabra. Unas manos extendidas hacia
una persona o una cosa, y unas palabras que oran o declaran. Las
manos elevadas, apuntando al don divino, y a la vez mantenidas sobre
una persona o una cosa, expresando la aplicación y atribución del mismo
don divino a estas criaturas. Optimo lenguaje simbólico para significar la
eficacia de un sacramento.

Por una parte, la imposición de manos nos educa para reconocer que
en todo momento dependemos de la fuerza de Dios, que invocamos
humildemente. Es la iniciativa de Dios, sus dones continuos, la fuerza de
su Espíritu Santo, lo que nos recuerda este gesto.

Y a la vez, porque lo está realizando un hombre, normalmente un
ministro de la comunidad, nos hace darnos cuenta también de que los
dones de Dios nos vienen en y por la Iglesia: nos educa a apreciar la
mediación eclesial, su intercesión maternal. La Iglesia es siempre el "lugar
donde florece el Espiritu", la esfera en que nos alcanza su acción
vivificadora.

La mano poderosa de Dios que bendice, que consagra, que inviste de
autoridad, es representada sacramentalmente por la mano de un ministro
de la Iglesia, extendida con humildad y con confianza sobre las personas
o los elementos materiales que Dios quiere santificar.

Cuando el ministro repite este gesto simbólico, debería sentir toda la
densidad del momento: él se convierte en instrumento de la transmisión
misteriosa de la salvación de Dios sobre ese pan y vino de la Eucaristia,
sobre ese pecador arrepentido, sobre los enfermos, sobre los
ordenandos...

Y cuando los fieles ven cómo el sacerdote realiza esta acción tan
gráfica, deberían también alegrarse y sentirse interpelados, porque el rito
sacramental les está asegurando que está siempre viva la cercanía de
Dios y que sigue actuando sobre nosotros en todo momento el Espiritu
Santo, "Señor y dador de vida".

JOSÉ ALDAZABAL
GESTOS Y SÍMBOLOS (I)
Dossiers CPL 24
Barcelona 1986.Págs. 19-24


IMPOSICIÓN-DE-MANOS

Una de las mejores contribuciones de la reforma litúrgica del Vaticano II
es la de haber llamado nuestra atención al papel del Espiritu Santo en los
actos sacramentales de la Iglesia. Esto se ha hecho con textos
cuidadosamente formulados y con un renovado énfasis en el gesto de la
imposición de las manos.

Aunque hay un solo Espiritu, el sentido y la finalidad de la epÍclesis, la
invocación del Espiritu, tiene diferentes connotaciones, según el contexto.
La imposición de las manos en la ordenación tiene un sentido distinto que
la que hacemos en el sacramento de la penitencia. En las Plegarias
eucarísticas nuevas, no sólo es invocado el Espiritu sobre el pan y el
vino, sino también sobre los que van a participar de la comunión.

El Espiritu que llena a la Iglesia y se nos comunica en los sacramentos
es el mismo Espiritu que cubrió con su sombra a la Virgen Maria,
haciendo que concibiera en su seno a la Palabra. Es el mismo Espiritu
que el Señor Resucitado transmitió a sus discípulos con el encargo de
perdonar pecados y llevar el evangelio hasta los confines de la tierra.

El que preside recibe de la Iglesia el encargo de impartir este don. Uno
no puede realizar este gesto de un modo inexpresivo, como si fuera una
rúbrica menor de pocas consecuencias. En varias ocasiones este antiguo
gesto litúrgico se hace en silencio: ¿qué palabras pueden expresar la
tremenda realidad pentecostal que celebramos? Cuando se añaden
palabras que no están prescritas, a menudo son palabras banales y
empobrecen la rica hondura del sentido del Espiritu. Cuando el
presidente impone las manos, debería ser lo bastante humilde como para
reconocer que es un instrumento, y no la fuente del Espiritu. Debería
hacer el gesto consciente de que está transmitiendo la fuerza y el poder
que hay detrás de lo que está haciendo.

Muchos presidentes podrían mejorar su estilo presidencial
sencillamente dando un poco más de tiempo a su gesto. Están siendo
mediadores de la presencia del Espiritu de Pentecostés en la comunidad.
Deberían extender bien sus manos sobre el objeto o la persona sobre los
que invocan al Espiritu, retirándolas luego con cierta lentitud y elegancia.

Cuando hacen el gesto sobre una persona, se supone que hay contacto,
que tocan la cabeza de esa persona: le transmiten su propio amor y
acogida, el amor y la acogida de la comunidad, y sobre todo el don
vivificante del Espiritu. Sus manos deben expresar esas realidades.
No hay un gesto más importante que éste entre los que se le confiían a
un presidente. Es un gesto que pide reverencia y humildad.

MISA DOMINICAL 1998/08 31
RON LEWINSKI
(traducido de "Liturgy 90")


LAS MANOS NOS AYUDAN A CELEBRAR

Lo que celebramos en la liturgia -la gracia que nos concede Dios y
nuestra respuesta de fe- no lo expresamos sólo con palabras, silencios o
canto. También el cuerpo nos ayuda con su lenguaje. Y en concreto, las
manos con el suyo.

Como en la vida nos servimos de ellas para saludar o despedir o pedir
o señalar, asi un sacerdote que impone las manos sobre el pan y el vino,
o una persona que ora a Dios elevando los brazos, expresan de un modo
muy plástico lo que sucede en lo interior.

"Alzaré las manos invocándote"

Unas manos elevadas hacia el cielo son un gesto muy expresivo de
súplica o de alabanza o de angustia, el símbolo de todo un ser que tiende
a Dios: "toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote (Sal
62,5).

¡Qué bien acompañan a las palabras del Padrenuestro unas manos
dirigidas a Dios! Manos abiertas y vacías, con las palmas hacia arriba:
que reconocen su pobreza y muestran su esperanza. No nos
presentamos ante él cargados de dones. Humildemente, le estamos
diciendo con el lenguaje de las manos nuestra confianza de hijos.
Por eso es tan expresivo recibir la comunión del Pan en la mano
abierta, "haciendo de una mano como un trono para la otra, como si fuera
esta a recibir a un rey", como explicaba hacia el año 380 san Cirilo de
Jerusalén. Es un gesto que hacemos, no "cogiendo" por nuestra cuenta la
comunión, sino "recibiéndola" por la mediación de la Iglesia, de manos
del que distribuye el Cuerpo de Cristo, mientras contestamos al breve
diálogo: "El Cuerpo de Cristo. Amén".

La señal de la cruz sobre nuestro cuerpo

¡Cuántas veces trazamos sobre nosotros mismos la señal de la Cruz!
Cuando damos inicio a la misa o a la oración o el viaje, cuando vamos a
escuchar el evangelio ("¡a ver si nos entra!"), cuando recibimos la
bendición al final de la misa (el sacerdote la envía a todos en forma de
cruz, y cada uno de nosotros nos la apropiamos), cuando el sacerdote
nos da la absolución...

Es un movimiento sencillo y expresivo. Por una parte, hacemos con
nuestras manos un gesto que recuerda la cruz, el signo más
característico de los cristianos. Y, por otra, la trazamos sobre nuestro
cuerpo, deseando que la salvación de Cristo nos envuelva
completamente.

Unas manos que golpean el pecho

Uno de los gestos penitenciales más clásicos es el de golpearnos el
pecho con nuestra mano, abierta o cerrada. Es lo que hacia el publicano
humilde que, cuando oraba en el Templo, "se golpeaba el pecho
diciendo: oh Dios, ten compasión de mi, que soy un pecador". Cuando
rezamos el "Yo confieso", hacemos nosotros lo mismo mientras decimos
"por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa". Golpearse el pecho es
reconocerse débil y pecador, apuntando a nuestro mundo interior, que es
donde sucede el mal.

La importancia de tocar

Muchas veces, en nuestra celebración, se hace el gesto de tocar algo o
a alguien con nuestras manos:

* en el Bautismo se traza la señal de la cruz sobre la frente del niño, y
se le unge con óleo en el pecho y en la cabeza;

* en la Confirmación, el obispo impone las manos y unge la frente del
confirmado: el que hace de padrino, coloca la mano sobre su hombro, y el
obispo le da un abrazo o un beso;

* el que proclama el evangelio, toca con su mano el libro y luego se
santigua a si mismo, como deseando que haya un trasvase";

* para el momento de la absolución, se ha recuperado el gesto de la
imposición de las manos sobre la cabeza del penitente;

* los novios se dan el mutuo "si" mientras se cogen de las manos,
como signo de entrega y fidelidad..

La imposición de las manos

Uno de los gestos más significativos en la liturgia es el de la imposición
de manos. Es un gesto plurivalente. Depende de las palabras que le
acompañan:

* cuando se hace en el sacramento de la Reconciliación se oye "yo te
absuelvo de tus pecados";

* cuando el sacerdote las extiende sobre el pan y el vino, dice: "envía,
Señor, tu Espiritu sobre este pan y este vino";

* cuando el obispo ordena con este gesto a un diácono o a un
presbítero o a otro obispo, dice: "envía, Señor, la fuerza de tu Espiritu,
sobre estos siervos tuyos";

* los sacerdotes que concelebran la misa, extienden sus manos hacia el
pan y el vino, invocando sobre ellos al Espiritu Santo;

* también es el gesto que expresa mejor la bendición solemne, al final
de la misa, como transmitiendo a todos la gracia de Dios.

Las manos expresan el gesto de paz

Antes de comulgar, somos invitados a "darnos fraternalmente la paz".
Es un gesto que indica una cosa sencilla y profunda a la vez: no podemos
acudir a la mesa común a la que nos invita el Señor, si no estamos en
actitud de paz y fraternidad con los demás. El gesto con el que solemos
expresar esta paz es el de estrechamos la mano con los más cercanos.

Es un gesto de unidad, de fraternidad, incluso de perdón. Y nos recuerda
que los cristianos estamos continuamente en estado de "paz en
construcción".

* * * * *

La liturgia pasa también por las manos. Manos que se juntan en actitud
de recogimiento y oración, palma contra palma o entrelazando los dedos.

Manos que se dejan lavar para simbolizar la pureza interior. El lenguaje
de unas manos que tocan, que toman posesión, que transmiten, que
saludan, que se lavan, que estrechan la mano del hermano, que reciben
al Señor en la comunión...

Claro que lo principal es lo interior, y debemos evitar la rutina y el hacer
los gestos mecánicamente, sin expresividad. Pero, si hacemos bien esos
gestos, las manos nos ayudan a expresar ese encuentro misterioso con
Dios.

No deberíamos sentir vergüenza de manifestar exteriormente nuestras
actitudes de fe: por ejemplo, cuando nos invitan a decir el Padrenuestro
con las manos elevadas. Todo será poco para que nuestra oración sea
consciente y alimentadora de nuestro fe.

MISA DOMINICAL 1998/13 5

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