domingo, 13 de noviembre de 2011

J.M.LORENZO

IV

VIDA DE ORACION

UN SOLO CAMINO, CRISTO

Agradezco a Dios mi doble vocación: Ser sacerdote y ser padre. Creo que estas dos vocaciones unidas son lo más grande de este mundo. Formar a Cristo en la persona de un hijo; formarlo en otras personas, que se asemejan a los propios hijos. Así se va extendiendo el reino de Dios.

Yo quisiera que, por lo que a nosotros respecta, al fin de nuestra vida podamos presentarnos a Dios Padre y decirle: Señor, aunque soy un siervo inútil, por lo menos he intentado sembrar tu reino en distintos ambientes. Ahora, Señor, da Tú el incremento.

Y mientras vivimos y trabajamos, deseo para ti y para mí, que nos perdamos en Cristo, para ir por El y en El al Padre. Tomar cada vez más en serio los compromisos del bautismo y del sacerdocio. En intimidad con las Tres Divinas Personas, tender todos los días hacia Dios.

Nada esperar de la Tierra. Esto pasa. Caminar hacia lo eterno. Dios permanece para siempre, y nosotros con El. Tengo aquí, a mi vista un apunte que un día tomé de mi lectura espiritual y te lo transcribo. Es del Padre M. Philipon:

Un solo objetivo, la Trinidad.

Un solo camino, Cristo.

Un solo móvil, el Amor.

Y como Estrella, María.

Cada vez me convenzo más de que si hago mucha oración seré santo; cumpliré mejor la voluntad de Dios; influiré mucho más en la vida de quienes me rodeen. Esa es la realidad. Por eso creo que el secreto de la santidad, el medio totalmente necesario es ir siempre aumentando la oración en calidad y en duración. Te lo digo como lo siento. Por eso mi trabajo es ir traduciendo a la vida práctica este sentido de la oración que ya ha penetrado del todo en toda mi teoría.

Y si soy santo, se notará. No es que me vayan a salir todas las cosas bien, pero se notará. En mi ambiente se encenderán llamas; se avivarán llamas ya encendidas; se renovarán brasas casi apagadas; arderán hogueras de amor a Dios.

Si soy santo, las personas en quienes puedo influir, serán mejores, porque seguiré y enseñaré el único camino verdadero: Cristo.

Vamos a pedirle juntos a Dios: "Señor, dadme el don de oración, dadme el don de la abnegación", como lo hacía aquel hombre santo que fue el padre Nieto. Creo que para nosotros mismos lo único que le debiéramos pedir a Dios es amarle, quererle cada día más, como los hombres santos que nos han precedido, como los que ahora viven encendidos en ese amor. ¿Para qué queremos otras cosas, si esto nos falta?

¡Ser santos, querido amigo, cumplir la voluntad de Dios, amarle mucho, ésta es la única cuestión importante! Un día de estos pensaba en uno de los ratos de oración y reflexión que no puedo ser santo, si no doy a la oración un lugar preferido en la distribución de mi jornada. ¿Cómo voy a seguir a Cristo, camino - verdad - vida, si no practico oración personal?

Dedicarle, consagrarle al Señor varios tiempos diarios. Una oración atenta, sin prisas, constante, sin altibajos en el tiempo. El remedio de nuestras tristezas no lo vamos a encontrar en los hombres, sino en Dios que nos llena de alegría. Pero no le vamos a servir por esto, sino porque es nuestro Dios y Señor.

Maldita pereza, me digo algunas veces, que me priva de estar a solas en gozo o en dolor con mi Dios. Miserables ocupaciones o trabajos nimios que me absorben de tal manera que apenas encuentro algunos días tiempo para estar a solas con Dios. ¡Cuánto más fruto obtendría si dedicara con fervor más rato a la oración!

¿MÉTODOS, LIBROS?

Muchos libros me han ayudado sobre la oración. Sobre todo, la obra de Nicolás Caballero "El camino de la libertad", me parece una de las que merecen la pena de verdad. Seguir al pie de la letra sus páginas es una empresa difícil. Y dudo que sea realizable, al menos para la generalidad de las personas. El orar siempre estilo oriental, estilo "mantra", lo creo utópico, y ni siquiera es conveniente.

Los santos han orado de otras maneras también. Y la oración modelo, el Padre Nuestro, no está así redactada. Pero creo imprescindible para ponerse a orar concentrarse, relajarse, llevar bien la respiración. En esto sí que es esencial el libro "El camino de la libertad".

Esto supuesto, unas veces comenzar por pedir. Despacio. La Iglesia, amigos, pasar lista...,personas difuntas, personas a nosotros encomendadas y familiares. De vez en cuando, hacer actos de amor de Dios. Jaculatorias a la Virgen. Continuar más tarde con la lectura espiritual hasta hallar algún párrafo para detenerme en él. Es necesario echar una "maderita" (como decía nuestro amigo José Ignacio Dallo) de vez en cuando a la imaginación, al entendimiento, para seguir orando.

También adorar a Dios. Este ejercicio es maravilloso. Ofrecernos a El, que habita en el interior del alma. Durante toda la oración buscar el silencio interior. Vamos a pensar que Dios se comunica con el alma precisamente en el silencio del espíritu. Allí se recibe la vida divina. Poco a poco y durante todo el día se experimenta la influencia del Padre que sosiega silenciosamente nuestro ser entero.

Leía en un libro cosas hermosas de oración ya elevada. Me daba santa envidia pensar que se puede llegar a amar tanto a Dios no sólo efectiva, sino también afectivamente. La voluntad se eleva hasta el seno amoroso de Dios, mientras el entendimiento permanece en la puerta como sorprendido. Dicen que es un raudal amoroso, invasor, innovador, arrebatador, que anega el espíritu con sus aguas. Dios es como el alma que nos guía.

A veces pensamos que es muy importante actualizarse en teología. Yo no sé si por suerte o por desgracia ya me he actualizado. Tal vez me ha dado criterios un poco más abiertos. En algunas ocasiones he visto que hay teólogos que desvarían y están haciendo daño. Lo que juzgo verdaderamente importante, más que la doctrina sobre Dios, es conocer a Dios mismo y gustar de El en la oración. Cuando leemos, creo que hemos de dejar al creador que se comunique con la criatura, según quería San Ignacio en los ejercicios espirituales.

Pienso muchas veces que la persona más ignorada, tal vez enferma y sin poder apenas comunicarse, está dando más gloria a Dios que otros que se encuentran en puestos de relumbrón católico. Pero, cuánto cuesta hacer estos actos de fe. Cuánto nos llaman la atención estos lugares donde uno tiene la posibilidad de comunicarse con otros, de exhortarles. Nos parece que entonces somos de verdad buenos. En cambio desde el lecho del dolor o desde el puesto insignificante... Cristo era tan Redentor cuando predicaba, multiplicaba los panes, iba con la cruz camino del calvario o ayudaba a su padre en el taller.

Mucho he leído en mi vida sobre la oración. Me parece que me ha servido el método de relajación y contemplación. Pero esto no quiere decir que esté excluida de nuestro trato con Dios la conversación concreta y confiada. Hay que contarle al Señor todas las cosas: cómo nos ha ido la mañana o la tarde. Pedirle por aquella persona a la que hablamos o con la que hemos trabajado. Pienso que hemos de orar sin preocupación en que nuestra oración sea discursiva, mística, de petición, conversación o estilo mantra. A veces puede resultar un combinación de todo. Otras puede ser mucho más simple. Lo importante, por nada del mundo dejarla.

ORACION, SAGRARIO Y TEMPLO VIVO

La oración y el sagrario ha de ser para mí como la comida: una necesidad. Algo sin lo cual no puedo pasar. Si un día marcho lejos y no puedo hacer mi lectura espiritual y mi oración, aunque sea por la noche, aunque esté rendido, he de realizarla. Las comidas no las omitimos, las retrasamos. Pero aún debiera ser la oración más importante para todos los que deseamos avanzar en la perfección: antes dejar la cena que el rato de intimidad con el Señor.

Yo voy perdiendo afición a la televisión. Apenas la veo, fuera de la hora de cenar. ¡Hay tantas cosas útiles que hacer! ¿Por qué tantos años de mi vida habré reducido la oración mental? Dios habita en mi alma, en la tuya. Nuestra vida va a ser un anticipo del cielo. Al fin y al cabo la diferencia de la gloria radica en que allí será contemplar sin fe, aquí con la ayuda de la fe. Por eso la oración, si partimos de la realidad interior ha de ser íntima, familiar, confiada, gozosa. No se trata de discurrir, sino de amar, de quedarse ensimismado delante de Dios, junto a El, dulce huésped del alma. Vivir una oración basada en la confianza, como un hijo en los brazos de su padre. Después de estos encuentros con Dios, brotará en nosotros la convicción más profunda en la conversación espiritual. Tenemos que hacerlo así los dos. Verás cómo se notará en nuestra actuación.

No sé si en alguna otra ocasión te he hablado de mi forma de practicar la oración. Por supuesto mucha lectura espiritual para mantener el alma caldeada durante todo el día. Prefiero hacerla junto al sagrario. También en el monte. Siempre consciente de que soy templo vivo de Dios.

Después 'rumiar' como antaño alguna frase de la lectura espiritual. Mucho me ha ayudado a hacer la oración la relajación y la respiración controlada según el método de Nicolás Caballero. Pero tengo que confesarte que practicarlo de una manera pura no me resulta posible, a pesar de que me he esforzado.

Tengo una fórmula muy sencilla para orar en cualquier momento de soledad con Dios. Se me pasa con fácilmente un cuarto de hora o más. Y estas fórmulas las he entresacado de varias personas que han practicado y han llegado a gran perfección. Cada frase la repito interiormente con mucha pausa:

- Dios es amor. Yo te adoro. Yo te amo. Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío. Jesús, ten misericordia de mi. Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu S. Espero en Dios P., espero en Dios H., espero en Dios E. S.Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu S. Amo a la Santísima Trinidad. Amo a mi Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Amo a la Santísima Virgen, Madre de Dios y madre mía. Amo al prójimo como a mí mismo, por amor de Dios. Dentro de mi habita la Santísima Trinidad. El Padre engendra al Hijo por vía de conocimiento.Del amor del Padre y del Hijo procede el E. S. por vía de amor. Me entrego a ti, Dios Padre. Me entrego a ti, Dios Hijo. Me entrego a ti, Dios Espíritu Santo. Dios Padre me ha creado para que sea santo. Dios Hijo me ha redimido para que yo sea santo. El Espíritu Santo habita en mí para que yo sea santo. No moriré sin ser santo.

Dios Uno y Trino habita en nosotros con una presencia mayor que la que el templo o el sagrario tienen. Al fin y al cabo nosotros somos templos vivos. Dios nos comunica su vida divina cuando está con nosotros; permaneciendo en gracia recibimos continuamente esa vida sobrenatural.

Todo esto lo hemos explicado muchas veces a los demás; nos lo hemos explicado también a nosotros mismos. Unas temporadas lo hemos vivido; en otras épocas nos ha tenido sin cuidado. La realidad es realidad la contemplemos o no. Por mucho que lo olvidemos existe. La pena que, si no lo consideramos con frecuencia en la oración, tiene poca eficacia en nuestro actuar, y carecemos de una de las mayores fuentes de felicidad humano - cristiana.

Una de las personas que más me impresionan es sor Isabel de la Trinidad, cuando explica sus vivencias de la inhabitación de Dios en ella. Interesa mucho servirnos de algún ejemplo o testimonio para vivir estas realidades.

La tibieza, los pecados veniales, disminuyen el fervor de la caridad y de las virtudes infusas. Hay que romper de algún modo el círculo vicioso. Hay que remover obstáculos. Por otra parte, si nos vienen tentaciones contra la fe, lo peor que podemos hacer el "pasar"; es decir: ni afirmo, ni niego, ni dudo. Paso de momento de la oración y de tomármelo todo a pecho. Creo, pero por si acaso, me lo voy a pasar bien. Opino que, sin formularlo así, nos ha podido ocurrir esto alguna vez.

Vamos a vigilar y a volver una y otra vez a los mejores días de nuestra primera conversión. Regresar a Betania. Quédate Jesús con nosotros. Las personas que viven a tope su fe experimentan en lo más profundo de su alma la presencia de la Santísima Trinidad. Notan cómo obra en ellas. Basta con leer detenidamente a Sor Isabel.

Es tan fuerte la experiencia que a ratos parece que se palpa de tal manera como si no hiciera falta la fe. Notan vivamente la presencia de Dios en ellas. La gracia santificante nos hace que disfrutemos algunas veces de esta dulce presencia divina. Dios mismo, Uno y Trino, se constituye en objeto de una experiencia inenarrable. Las divinas personas se nos entregan para que gocemos de ellas. Entonces se puede comprender que no existe mayor gozo en este mundo. Pero no hay que ir a buscar estas experiencias. Si Dios las manda, mejor; caminaremos con alas por los senderos de Dios. Pero no exigir nada, no pedir nada. Que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios.

Al vivir en gracia ya podemos tener la experiencia mística. Si no tenemos esta experiencia nunca, es que no nos hemos separado de muchos apegos inútiles. Estamos ligados a las cosas materiales y hay que desligarse.

PEDIMOS EL DON DE ORACION

El padre Nieto pedía al Señor: "Dame el don de oración". Y lo pedía él, que dedicaba cinco, seis y más horas diarias a la oración específica. Es que la oración viene de Dios; es una iniciativa de su amor. Vamos a pedirle ese don maravilloso de orar. ¡Enséñanos a orar! Porque para nosotros (al menos para mí) resulta difícil y se me hace largo casi siempre el tiempo dedicado a ello.

Pero qué más da que el tiempo resulte largo o corto, que se sufra o que se disfrute mientras se esté orando... Lo importante es amar a Dios y dejarse amar de El. Siempre nos han dicho que el ideal de oración está más que en los múltiples actos, en amar y dejarse amar de Dios. ¡Cuándo me daré cuenta del todo de que orar es intercambio de amor con Dios! Lo que sí habrás experimentado, como yo, es que después un rato de estar a solas con el Señor se experimenta mayor amor a El y al prójimo.

Por algo los de Emaús decían después de estar con Jesús: "¿No notabas cómo ardía nuestro corazón?" También el nuestro va a arder cada vez más. ¿A que sí? Yo estoy convencido de que Dios concede el don de la oración a las personas que llevan una vida virtuosa y sobre todo a quienes se esfuerzan por vivir el amor a Dios y al prójimo. En cambio quienes se buscan a sí mismos en la relación con Dios ¿cómo van a disfrutar de este don maravilloso que nos obliga precisamente a salir de nosotros mismos? La caridad con el prójimo aumenta la caridad con Dios. Esto es totalmente bíblico. ¿Cómo vamos a amar a Dios a quien no vemos si no amamos al prójimo a quien vemos?

Tenemos que gustar a Dios en el corazón sin ningún movimiento de amor propio. Tender a esa intimidad de una manera constante sin dejarse dominar por ninguna otra preocupación.

No sé si a ti en la oración te pasará esto. A veces te esfuerzas en dialogar con Dios, en hablarle mucho. El, claro, no contesta con nuestro lenguaje. El reclama nuestro silencio, nuestra escucha. Entonces, al quedarte en silencio vienen todas las distracciones. Creo que es el momento importante. ¿Qué hacer? Me parece como solución comenzar por relajarse, llevar la respiración con ritmo, fijar la vista suavemente en el sagrario o en otro lugar ( crucifijo, estampa, etc.). Una mirada tranquila, serena. Si vienen las distracciones, volver suavemente la mirada amorosa a esa imagen o al sagrario...

Puede ser que nos parezca que no hacemos nada, cuando en realidad nos está invadiendo Aquél que lo hace todo en nosotros. Y de eso se trata. Poner nuestra alma entera dentro del cáliz de la Misa, dentro de la Eucaristía; allí se irá transformando; allí se purificará; saldrá de allí del todo transparente, para que se pueda reflejar en ella la bondad del mismo Dios.

Estoy seguro de que si tú y yo somos siempre fieles a la oración, se notará en nuestra relación con nuestros semejantes y en nuestra actuación apostólica. ¡Señor, dadnos el don de oración!

¿CONTEMPLACION?

La contemplación a mí me parece como algo de santos, como algo imposible de conseguir en este mundo. Sin embargo continuamente los escritores de temas espirituales nos recuerdan que es algo para todos. Ahora cabe que me examine yo por dentro y te invito a ti a hacerlo: ¿Aspiro constantemente a la contemplación? ¿Me ejercito en la mortificación y recogimiento interior?

Sería la contemplación muy buena para mí. Obtendría paz total en mi alma; viviría más feliz; sería más efectivo mi apostolado y entrega al prójimo.

Leía una vez en San Bernardo que debemos ser concha; no canal. El canal deja pasar el agua, pero nada retiene. La concha derrama el agua rebosante de ella misma. Esa mirada sencilla y amorosa de la contemplación va haciendo que todo lo veamos a través de Dios.

Vamos a disponernos con humildad. ¡Qué difícil! Y con el recogimiento interior que debe ser tan importante, pues todos lo ponderan. ¡ Cuánta vida ascética para llegar a las metas! Vamos a hacer lo que podamos. Sé que disfrutas leyendo cosas sobre la oración, porque tu gozo es practicarla. Hace tiempo leía algo que se grabó en mi mente más que otras cosas. No puedo darte citas textuales, pero si algunas ideas e impresiones.

Para sufrir con paciencia las adversidades y miserias de la vida hay que ser hombre de oración; para sacar fuerza para mortificar la voluntad, hay que dedicarse antes a la oración: no vale decir no puedo. Incluso las mismas distracciones disminuyen si creamos un clima y nos dedicamos de lleno a la oración. Para dar al Señor eso que tanto nos cuesta, exponérselo una y mil veces.

En la oración se acrecienta la fe, la esperanza y la caridad. Si alguno tiene serias tentaciones de fe, que haga más oración, verás cómo se van disipando como la bruma con el sol. El corazón se pacifica. Las faenas que nos han hecho van perdiendo intensidad si las exponemos al Señor y luego nos abandonamos en El. La oración personal y silenciosa es como el respirar tranquilo, una condición sencilla para vivir.

¿De qué tratar en la oración? Ante todo de Dios, de El. Luego ponernos bajo su acción, pedirle, adorarle, sentirnos con El. A la larga el alma se pacifica del todo, si es constante en la oración y se deja llevar por el Señor. A veces conviene comenzar por la oración vocal. Que dure el tiempo necesario hasta que surge el fervor. Después entregarse a los afectos o a la contemplación.

Si el Señor te llama alguna vez hacia esta oración superior, no te resistas. Pero tampoco la ansíes desmedidamente. Dios proveerá.

TIEMPO Y ATENCION

A veces nos cuesta dar con el tiempo - duración que vamos a dedicar a la oración específica. Creo que no es fácil formar un criterio personal.

Recuerdo que Santa Teresa aconsejaba a los principiantes una hora diaria de meditación. Muchos hombres muy espirituales dedican hoy cuatro o cinco horas. Algunos casos excepcionales, toda la noche. Uno se queda anonadado. Depende mucho de las ocupaciones y de la profesión de cada uno. A los niños les digo en serio que cinco minutos al día puede cambiar sus vidas. Nosotros, creo, debemos mantener el criterio de ir aumentando poco a poco. Me parece que, aunque la lectura espiritual no es por sí misma oración, si la practicamos con lentitud, se puede fácilmente destinar a la oración - lectura una hora diaria o algo más.

Lo importante es tener tendencia a aumentar. Crecer en el amor de Dios. Poco a poco El nos irá pidiendo más. San Ignacio y San Francisco de Sales recomiendan una hora. Los monjes antiguos solían hacer oración muchas veces al día, con mucha intensidad, pero por breve tiempo cada vez. La importancia de esto es que creaban un clima de oración. Creo que ese es el fin perseguido, ¿verdad?

No hace mucho leía la frase del Evangelio: "El Reino de los cielos está dentro de vosotros". Y me decía: voy a vivir dentro de este reino de Dios. Voy a vivir mejor mi vida interior. Voy a refugiarme siempre que pueda en este reino. Y desde allí, voy a vivir con más entrega a mi prójimo.

Dios quiere que vivamos con el corazón y la voluntad puestas en El. Con la atención y el afecto en El. Así será la vida eterna. Y yo aquí cuánto me distraigo. Cómo me llama la atención todo lo que veo y oigo. Mientras tanto mi alma suele estar como vacía y me encuentro distraído de Dios incluso cuando voy a hace oración. ¡Qué lejos del ideal! Pero no pienso dejar por eso de orar.

Otras veces la oración es para mí una fría reflexión o lectura de un libro bueno. Mientras que debe ser ejercitarnos en el amor; en la fe; en la esperanza; en la entrega. Te digo todo esto para ver si nos animamos mutuamente a servir mejor y más al Señor. Debo buscar con interés los ratos de oración; recogerme en Dios para que El me llene de su vida. ¿Recuerdas la frase de San Pablo? "...no vivo yo, Cristo vive en mí."

Entregar al Señor nuestro corazón. Según sea esta entrega, así será el amor. Darle al Señor nuestro pensamiento íntimo, nuestro ser entero, nuestra atención. Entonces, ya lo verás, qué fecunda en buenas obras para el prójimo va a ser nuestra vida. Al fin y al cabo, Jesús dedicó la mayor parte de su vida al trabajo manual. Después de muchos años se lanzó al mundo a predicar la Buena Noticia.

DIFICULTADES

Algunos cuando ven que otros tienen dificultades en la oración les desaniman para que no sigan. Gran error. Eso nunca. Muchos santos han tenido gravísimas dificultades en la oración y les ha salvado el no haberla abandonado bajo ningún concepto. Solía decir el Padre Nieto que antes dejar la cena que omitir la oración. Si te llega la noche y tienes que optar por o cenar o hacer la oración, deja la cena. Este era el consejo de aquel gran santo.

Lo que ocurre es: estamos hambrientos de curiosidades, de noticias, de todo y ¿qué dejamos a Dios en nuestro corazón?

Recuerdo que Santa Teresa solía recomendar para vencer las dificultades en la oración: despego de lo criado, humildad y caridad fraterna. Sin estas tres virtudes no es posible recibir el don de la oración. Y por otra parte la oración hace aumentar considerablemente estas tres virtudes.

A veces pienso: ¡Cuánto tiempo hace que empecé a hacer oración y qué poco adelanto! ¡Qué lejos estoy de donde llegaron los santos! ¿Tienes tú una experiencia parecida? Ha habido épocas en las que mi oración se reducía a lo obligatorio y lo que oraba en paseos por las calles. Tal vez la sequedad continua me inducía a esta fórmula de miseria. Es como el que se alimenta de chucherías.

Pero comprendo ahora cómo hemos de aguantar la aridez. Que no es pérdida de tiempo. Aunque parezca que busco a Dios y no lo encuentro, me hallo muy cerca de Dios. ¿Por qué si no esa gran paz durante el día?

Y estoy seguro de que si perseveramos, Dios nos inundará de su amor como no podemos ni soñar.

Y vamos a pensar con humildad realista: Si el silencio, la soledad, el retiro se nos hacen tediosos o pesados es señal de que no hemos dejado a Dios hacer de nuestras almas un cielo donde ponga luz y nos ilumine con su verdad.

El cura de Ars decía que unidos a Dios tendremos el alma llena de suavidad y dulzura; que Dios y el alma serán como dos trozos de cera fundidos que ya nadie puede separar.

Yo creo que ni los libros ni los amigos pueden poner al alma en estado de relación con Dios. Ayudarán mucho. Pero el que nos da todo el ser en este aspecto es el mismo Dios. Vamos a ponernos "a tiro" de él. Habrá épocas de sequedad; duras, muy duras. Pero no nos vamos a desanimar tú y yo ¿verdad? Tenemos que resistir en esos días y en esas horas. Nos vamos a poner en las manos de Dios. Como si en esos momentos fuéramos "un tronco". ¿Qué más da la insensibilidad si estamos con él de verdad? Pienso que cuanto más mudo y ciego e insensible me sienta, mejor y con mayor abundancia me lo dará todo hecho el Señor. Y me llenará del todo su amor, quitando de mí todo impedimento de afición a los gustos espirituales. Si entonces vemos nuestra incapacidad, aumentará la humildad; del todo necesaria en lavida interior. Por eso vamos a ayudarnos a perseverar en la oración. Estoy seguro de que, como Dios nos ama de verdad, nos quitará "nuestra" oración. Esa que hacemos a duras penas. Pero no la quitará para dejarnos sin nada, sino para darnos luego "su oración."

La dificultad de tratar con Dios es muy grande. Por eso hay tan pocas almas de oración. Pero hemos de ser constantes. Vamos a seguir esforzándonos y animándonos mutuamente porque el tiempo ya es muy breve. Hemos de aprovecharlo cada vez mejor.

¡Cuánto hemos oído hablar de la oración! ¡ Y qué difícil resulta perseverar en ella! Lo cierto es que si funciona bien, todo el día nos resulta fácil mantener la presencia de Dios y la fidelidad en el cumplimiento del deber y el amor al prójimo. Nuestra vida aparece más útil y provechosa.

Pero cuando la cosa sale mal; cuando parece que estamos desamparados de Dios, que Dios se ha olvidado de nosotros, entonces nos viene la tentación de pensar que la oración es algo inútil. Incluso podemos implícitamente opinar que la oración no es para nosotros.

Alguna vez, cuando me he encontrado frío he comenzado así mi oración, con palabras más o menos de Kempis: " Si quieres, Señor, que esté en tinieblas, bendito seas; si quieres que esté en luz, también seas bendito. Si me quieres consolar, bendito seas; si deseas atribularme, también seas bendito." Estas frases me han ayudado.

La parte más importante de mi vida y de la tuya es la oración. Pero es difícil porque la hacemos en oscuridad. En pura fe. Sin sentir nada la mayor arte de las veces. Dios nos habla con palabras que no son palabras de las nuestras; o a veces no nos dice nada. Y cuesta mucho ponerse todos los días a hacer oración. Sin embargo, la practicaremos por encima de todo. Pero tenemos la gran alegría de que, aunque no sintamos nada, desde el momento en que comenzamos a hacer oración en serio nuestra vida va cambiando. Se mira todo de otra manera. Y se siente paz en el desarrollo de la jornada.

A cualquier parte que uno mira se da cuenta de que el Espíritu Santo ha estado allí. Todo parece tener solución. Se experimenta gran confianza en la vida y en Dios. A veces hasta se nos hace indiferente el sufrir o el gozar. Lo importante es ser morada de Dios, de la Santísima Trinidad. Las otras cosas tienen menos importancia.

TEMOR - AMOR A DIOS

Yo creo que el temor de Dios no está reñido con el amor. Más bien se complementan. Por supuesto que en nuestra vida lo que nos debe guiar siempre es el amor. Pero no olvidemos nunca que "el comienzo de la sabiduría es el temor de Dios".

Jesucristo con su ejemplo nos enseñó la lección. "Padre, ¿por qué me has abandonado?", dijo en la Cruz. Sentía temor, angustia por verse como rechazado. Pero luego exclamó: "En tus manos encomiendo mi espíritu". Sintió como un brote total de amor y confianza en los últimos momentos de su vida en la tierra.

Me da la impresión de que el amor y el temor, bien unidos, nos pueden guiar perfectamente hacia la meta definitiva. Y sobre todo van dando a nuestra alma y a nuestra persona un tono especial: el sentido de Dios. ¡Qué maravilla vivir siempre con ese sentido de Dios!

Los afectos en la oración nacen siempre de las convicciones fuertes. Ya lo has ido comprobando en tu relación con Dios. Yo también lo noto. Yo creo que nunca hemos de despreciar la meditación o lo que es lo mismo la oración discursiva. Con un libro en la mano. Con un lapicero y un papel estudiar, reflexionar en libros de espiritualidad o en la Biblia. No es tiempo perdido. Después vendrá la oración afectiva, de quietud y todo lo demás.

Es que pensamos muchas veces que los santos siempre han tenido subidísima oración. Y la realidad es que se mezcla todo, aunque según en qué épocas predomina más una oración que otra. Y lo maravilloso es que si perseveramos, poco a poco el alma se va llenando de un silencio sagrado, de paz y sobrecogimiento interior. Ya verás cómo poco a poco irás rechazando todo pensamiento u ocupación que te aparte de El. Si llegamos a estar ya pacificados en Dios, no abandonaremos este reposo ni por todos los tesoros del mundo.

PREPARAR ORACION. LECTURA.

Ir a la oración porque nos lo exige nuestro amor a Dios: esa sed de intimidad con Dios. sin este amor es inútil hacer planes, seguir métodos, aun de los más eficaces. Yo diría: amar, antes de entregarse a orar. Fomentar en nosotros esa especie de "pasión dominante" del amor a Dios. Así se conseguirá todo el efecto de la oración.

Cuando mi pasión dominante era la lectura, me parecía día perdido si no la practicaba. Los que tienen algún "hobby" todos los días lo practican, si no sufren. Alguna fuerza interna les atrae. Lo mismo ocurre con el joven enamorado. ¿Por qué no enamorarnos del todo de Dios? Vamos a hacer tema de nuestra oración de este deseo.

Zaqueo subió al árbol para ver a Jesús. No quería perderse entre la muchedumbre. Su felicidad no tiene límites, cuando Jesús le llama para y se deja invitar a su mesa.

Hace años leí con ilusión los libros de Nicolás Caballero, "El camino de la libertad". En estas dos décadas que han transcurrido, los he vuelto a leer al menos seis veces. Me hicieron mucho bien.

El núcleo de la forma de hacer oración consistía en ser conscientes de del yo propio, de Dios presente y tender el puente de la relación amorosa con El. Mediante el control de la respiración y la relajación se logra paz interior. Después se repite una sola frase a modo de mantra y se va profundizando en ella.

Todo esto me ha resultado útil, pero los progresos en este terreno no han sido para mí algo espectacular como para otros. Me he pacificado interiormente. Pero esa oración químicamente pura no la puedo realizar, aunque sí tiendo un poco hacia ella.

Yo fundamento mi oración en la lectura espiritual. De vez en cuando cierro el libro y repito una frase intentando estar sereno en el cuerpo y en el alma. Le pido muchas veces a Dios aumentar en el amor, en la fe, y que me mantenga el fervor de espíritu para poder ayudar a otros a amar a Dios. ¡Qué bueno tener libros de lectura espiritual! A mí me ayudan muchísimo. Como bien lo sabes, ha sido el reencuentro con la vida interior, después de largos años de una cierta rutina. Comprendo que Santa Teresa, cuando la Inquisición mandó quemar todos los libros que tenía, dijera: "Ahora, Señor, Tú serás mi libro". Pero lo cierto es que en los comienzos, en el medio y, casi hasta el final de la vida espiritual, la lectura nos resulta del todo insustituible para avanzar. Y si alguna vez llega la experiencia directa de Dios, ¡qué bien se comprende lo leído!

El demonio siempre está detrás de nosotros durante la lectura: una veces nos quita el tiempo, o la paz interior para disfrutar. Buena señal; un motivo nuevo para esforzarse. Señal de que le molesta que vayamos avanzando.

Y el mejor sitio para la lectura, la casa de Dios. ¿Dónde mejor se puede tratar de las cosas de Dios que en la casa de El? Y en le campo, en el Gran Templo de la Creación. También en casa si hemos conseguido en ella un rinconcillo, como una iglesia doméstica.

Cada vez aprecio más y me parece más necesaria la lectura espiritual. Conviene no dejarla por nada. Ella nutre nuestra oración y nos ayuda a vivir en un clima de Dios durante el día. Cuando leía yo muchas novelas, durante la jornada afloraban a mi mente ideas de aquellos libros. Los personajes eran mis compañeros de pensamiento. Desde que reanudé la lectura espiritual, la idea de Dios está muy a menudo conmigo. Supongo que también a ti te ocurre algo parecido. Me gustaría que mi alma y la tuya estuvieran ocupadas con Dios

y que no atendieran tanto a su propio ser; que poseamos más a Dios y que seamos poseídos por El. Por otra parte si logramos olvidarnos de nosotros mismos, de nuestros problemas y penas y nos ocupamos de la gloria de Dios y de servirle en nuestros prójimo, poco a poco vamos encontrando mayor paz interior. Nos conviene en todos los sentidos. El irá disponiendo de nuestra vida según su deseo. Nuestra vida estará, según San Pablo, "oculta con Cristo en Dios". Quedará poco sitio para la tristeza, para la vanidad y para el cotilleo estéril. La idea es clara, pero cuánto cuesta vivirlo. Por lo menos si lo pensamos, más fácilmente lo podemos practicar.

Yo le pido al Señor para nosotros que estemos sepultados para la antigua vida; que vivamos "según el hombre nuevo en justicia y santidad verdaderas".

RETIRO - DESIERTO

Necesitamos dedicar un día al mes al retiro espiritual. Todo el día en soledad al menos relativa. Mejor sería total. Día de revisión, de meditación de encontrarnos más próximos a Dios. No es necesario practicarlo varios juntos; bueno sería, pero no siempre es posible.

Estar sobre todo ese día como la esponja en el mar, sumergidos en Dios. Que las aguas de su amor nos vayan penetrando por esos poros tantas veces ajenos al Señor. Permanecer envueltos en el silencio exterior y sobre todo interior. Dentro de su paz.

Pero no creas que el enemigo de tu paz te va a dejar en perfecto sosiego. Quizás te suscite inquietudes acerca del pasado o del futuro; quizás cunda en tu alma el desaliento o la tristeza. Por eso no vayas a pasártelo bien en esa especie de unción romántica. No vayas a gozar; vete a buscar a Dios. Y tampoco vayas con temor a fantasmas. Pero ayúdale a Dios a que te ayude. Desecha los pensamientos deprimentes, pero sin ponerte a dialogar con ellos. Dile al Señor: ¡Señor, yo te amo; en Ti confío y creo en tu amor!

Mucha gente practica el retiro mensual. Incluso gente trabajadora lo hace con el plan Zen o yoga cristiano. Los conozco, aunque no he estado todavía con ellos. Esto que te digo a ti, me lo digo, por supuesto, a mí mismo. Si no podemos un día entero, al menos una mañana o una tarde completos.

Leí en el diccionario de espiritualidad un artículo sobre el desierto. Retirarse a un lugar solitario, no habitual. Dedicar allí unas horas o unos días sin bagajes, fuera de lo estrictamente necesario. A lo sumo llevar la Biblia. Dejar tiempo para pensar, encontrarse consigo mismo, encontrarse con Dios.

Era largo aquel artículo. Y yo pensaba mientras lo leía: Algo así venía yo practicando desde hace varios años en mis mañanas domingueras de subida al monte y paseo por el campo. Suelo salir de casa a las 8 y media o nueve de la mañana. Marcho al monte distante de 10 a 30 kilómetros. Siempre dejo en casa escrito un papel, indicando el lugar a donde voy, por si me ocurriera algo.

Lo primero rezo los quince misterios del Rosario. Siempre caminando a ritmo relativamente lento, mi paso. Después repito muy pausadamente una serie de jaculatorias, oraciones breves. Cuando mi atención se dirige hacia personas amigas, conocidas, familia, compañeros, difuntos, gente antipática, pido al Señor por ellos con todo mi corazón. De vez en cuando me detengo ante la naturaleza y levanto más mi corazón hacia el Señor, le adoro a través de la maravilla de sus obras.

Si puedo descansar un rato en una sombra o en un lugar abrigado, leo algún salmo que conmigo llevo. Si se me ocurre alguna idea espiritual, tomo nota de ella. Así se me pasan las cuatro o cinco horas de la mañana del sábado o del domingo en el monte o en el campo.

Para mí, éstos son los días de desierto. * Me gusta la soledad. Parece que Dios, a la vez que me va quitando la voz, me da una inclinación mayor hacia la soledad. ¡Qué verdad era aquella que nos decían en nuestra juventud! Que para encontrar a Dios, hay que amar la soledad.

En el desierto, en el campo, andando a través de los caminos solitarios, me he encontrado más cerca de Dios y de mí mismo. La soledad conduce insensiblemente a una relación más personal con Dios. Sigo en medio de la naturaleza las huellas de Dios y su presencia a través de lo creado. Me regocijo allí del encuentro con el Señor, de la conversación con El. El tiempo se hace breve. Cuatro o cinco horas se pasan sin darse cuenta.

Observamos en la vida de Francisco de Asís que contemplaba las criaturas con la misma devoción con que leía el Evangelio.

Para mí el encuentro con el Señor me resulta atrayente sobre manera en el Sagrario, en la Naturaleza solitaria, en la lectura espiritual.

Marcho cuatro o cinco horas los sábados al desierto no para gozar de la soledad, ni para disfrutar de la paz de Dios, sino para encontrarme con Dios y conmigo mismo. Tampoco voy a sufrir, sino a orar a Dios en medio de la naturaleza.

El monte a algunos les produce tristeza, si van solos. Yo siempre dejo escrito el lugar a donde me encamino; por si me ocurriera algo.

Rezo, reflexiono; tomo notas en algún rincón abrigado. A veces me canso mucho; pero en conjunto el desierto me resulta reconfortante.

El otro día hacía esta reflexión entre otras: A veces me parecía que yo podría orar, descuidando el sacrificio. He vivido gran parte de mi existencia recreándome en placeres lícitos. Buena mesa, comodidad, y por supuesto sin buscar el sacrificio. Luego comencé por aceptar lo que Dios me mandaba. Al fin he comenzado a buscarlo poco a poco. Me admira la generosidad del padre Nieto que no se privaba ninguna mortificación que le ocurría.

El día que vayamos aprendiendo en la escuela del dolor, el fervor ha de inundar del todo nuestros corazones. Ya lo verás. Me parece que en alguna otra ocasión ya te he dicho cuánto supone para mí el monte. Es el encuentro con Dios más inmediato después de la Eucaristía. Allí me uno al Señor con una experiencia religiosa inigualable. Allí me uno al fervor tuyo, al de todos mis amigos, al de las almas santas desconocidas.

Llevo en mi morral varias cosas. Entre ellas algún salmo que me inspira más devoción. Leía en el salmo 112: "¿Quién como el Señor que se asienta en lo alto y desde allí mira el Cielo y la Tierra.?" Imaginaba al Señor sentado en aquel castillo desde el que yo contemplaba el gran horizonte. Con paz. Sin prisa. Cerca de El. "Del polvo eleva al necesitado y del estiércol rescata al pobre". Si en alguna ocasión te han venido dudas de fe, piensas" ¿Qué le cuesta al Señor resucitarnos para llevarnos a su gloria; a El que crea todas las cosas por millones y millones y millones...

El monte me sirve para reflexionar, para orar. Es una auténtica mañana de retiro espiritual los sábados que salgo al campo. Todo me habla de Dios o de su amor, poder y fuerza. De todo saco consecuencias de tipo de profundización interior.

Hace ya bastante tiempo vi un árbol gigante caído, mientras subía al monte. Me extrañó, pero nada pude deducir. Al regreso me fijé en un detalle. En la base de aquel árbol se veía ceniza y carbón de brasas quemadas. Observé todo al detalle. El gigante tenía un hueco en la parte inferior. Algún despreocupado hizo fuego en ese hueco. Al quemarse, destruyó la base del árbol y éste cayó desplomado arrasando ramas y arbustos en todo el diámetro de su extensión.

Así es nuestra vida. Si quemamos la base de nuestra convicción personal, poco a poco se desmoronará toda nuestra existencia. Vale la pena mimar como la niña de nuestros ojos esta convicción profunda de fe. Te digo esto para que veas cómo todas las cosas con las que me relaciono en el monte, sirven para mi reflexión cristiana de vida interior.

Recuerdo que contaba a un compañero lo bien que viene la natación para practicar algún ejercicio. Y él me comentaba: - Además, una vez que te echas al agua, quieras o no, a la fuerza debes moverte. No hay quien permanezca quieto dentro del agua.

Con el monte a mí me sucede lo mismo, pero en otro sentido. No me extraña que los grandes orantes de la historia hayan gustado de la soledad de las montañas. Yo podría decir: nada más pisar el monte, todo invita a la oración y unión con Dios. Para mí, el sagrario y el campo son los dos lugares preferidos de oración.

Por otra parte parece que en las cuatro horas de andadura se recopila todo un resumen de la vida espiritual. Con momentos de emoción y consuelo, de aridez, hasta pequeñas noches oscuras.

¡Qué hermoso poder disponer una mañana semanal para dedicarla del todo a Dios en la soledad del monte!

Hoy he estado a la mañana en el monte. Yo voy al monte a buscar a Dios. No voy a disfrutar ni a sufrir. Principalmente voy a buscar a Dios. Y me resulta fácil hallarlo en la inmensidad de la naturaleza. La oración en el monte es enjundiosa a veces, otras dolorosa y desapacible, es un resumen de la misma vida interior. Es caminar en la soledad junto al Señor. Allí vienen buenos pensamientos y buenos deseos, allí te recuerdo a ti y recuerdo a tantos seres queridos vivos y difuntos. Hago propósitos, adoro a Dios, rezo el Rosario, leo en un descanso algún salmo, tomo notas de pensamientos, alabo a Dios en sus obras, gozo del sol tibio, como regalo de Dios.

Busco también a Dios en el Sagrario y en el trato con las personas. La fe es difícil. El silencio de Dios grande. Pero cuesta poco el acto de fe en la Eucaristía. La grandeza de Dios se experimenta en el monte. Pero en el trato con los semejantes, fuera de algunas honrosas excepciones, ¡qué difícil resulta encontrar a Dios! Y pensar que todos somos obras de El...

Por eso hay que sacar fuerza del Sagrario y de la oración en el monte para llegar a amar a los semejantes y a buscar allí a Dios.

Si quieres comunicar conmigo: Mi correo electrónico: mistica@jet.es

J.M.LORENZO

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