sábado, 26 de mayo de 2012

Bienvenidos a la página de los Franciscanos de María

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FORMACIÓN ESPIRITUAL MENSUAL



La Virgen María. XXXII Febrero de 2012
Tras la muerte de Cristo vino su resurrección. Pero en esos tres días, la Virgen se mantuvo en su sitio, esperando y ayudando a la vez a los que no tenían ni su fe ni su esperanza para que no se hundieran. En lugar de quejarse, dio gracias pues era consciente de que haber sido la Madre de Jesús y haber podido disfrutar de Él durante 30 años era un extraordinario regalo que ningún ser humano merecía.
                Primera semana
 
Las dos noches de la esperanza.
 
                María, por fin, llegó a casa de Lázaro, en Betania. Era ya casi de noche. El ambiente no podía ser peor. Todo el mundo estaba no sólo triste por lo sucedido sino también lleno de miedo. Sin embargo, tanto Marta como María, las dueñas de la casa, se fijaron en ella. Venía, evidentemente, destrozada. Juan depositó aquel despojo humano en manos de las dos hermanas, las cuales le ofrecieron todas las comodidades que había en la casa.
                Pero la Virgen no estaba para nada. Por supuesto que no cenó, a pesar de los ruegos que le hicieron para que tomara algo caliente. Suplicó que la dejaran retirarse a una habitación y allí se recogió, a solas, en silencio. ¡Tenía tanto que hacer!
                Lo primero, lo más urgente, fue poner orden en su cabeza y en su corazón. Las cosas habían sucedido tan rápidamente que había tenido que actuar a golpe de instinto, dejando que fuera su sexto sentido de creyente y de madre el que le indicara cómo tenía que comportarse en cada momento. Estaba contenta de lo que había hecho, pues era consciente de que había logrado mantenerse serena ante su Hijo mientras moría y con eso, al menos, no había aumentado su sufrimiento. Sabía también que había vencido al Maligno al negarse a aceptar el odio en su corazón, lo mismo que sabía que aquella petición hecha por Jesús para que tratase a Juan como si fuera su hijo era más que una simple recomendación dirigida en particular hacia aquel buen muchacho. Todo eso, y más cosas, las sabía, las intuía, pero ahora era necesario ponerlas en orden, aclararlas, resumirlas y, sobre todo, saber qué significaba aquella misteriosa y fuerte presencia que sentía en su interior, por la cual tenía la certeza de que su Hijo estaba vivo.
                Cuando el silencio se hubo hecho en torno a ella, cuando los ruidos de la casa se apagaron, María pudo, por fin, concentrarse. Lo primero que hizo fue llorar. Lo necesitaba. Ahora estaba a solas y ya no tenía que mostrarse fuerte, no tenía que sostener a nadie. Pero no lloró con desesperación, sino con un manso sosiego que hacía fluir las lágrimas de sus dulces ojos y la producía una extraña paz.
                Luego se puso de rodillas. Sabía que debía rezar y abrió la boca para hacerlo, pero no era capaz de articular ninguna palabra. Tenía tantas sensaciones acumuladas en su cabeza que unas tapaban a las otras. Por fin, una de ellas se abrió paso en su alma y brotó en sus labios, causándole a ella misma una gran sorpresa. “Gracias”, fue lo único que pudo decir. Inmediatamente se preguntó el motivo por el que lo había dicho, pues aparentemente no tenía motivo alguno para estar agradecida a un Dios que había permitido la tortura y muerte de su Hijo. Sin embargo, notó que ésa era, efectivamente, la sensación más fuerte que reinaba en medio del caos que había en su alma y en su cabeza.
                “Gracias –añadió-, porque le tuve 33 años. Te lo has llevado, pero yo nunca lo merecía, así que no sólo no te reprocho que no me lo hayas dejado más, sino que te agradezco que me lo hayas dejado tanto. Gracias, además, por haberme dado la fuerza para sostenerle en su lucha. Gracias por haberme permitido serle útil cuando más lo necesitaba. Gracias, sobre todo, por esta sensación tan fuerte que tengo y que me asegura que sigue vivo, que la muerte no ha podido con él”.
                Después de un largo rato, María se durmió. Su cara estaba llena de paz, de esa paz que se adueña de los que tienen su conciencia tranquila, de los que están poseídos por la esperanza.
                La noche siguiente fue muy parecida, aunque ella ya estaba más calmada y su cabeza había logrado poner orden en el cúmulo de sentimientos e ideas que bullían en ella. También le dijo a Dios la misma oración. También sintió que la poseía la esperanza, esa virtud sin la cual la vida sería tan imposible que, de hecho, a los que no la tienen se les llama con razón “desesperados”.
               
Propósito: Imitar a María cuando perdemos algo. Ella, en lugar de quejarse porque había perdido a su Hijo, le dio gracias a Dios por haberlo tenido durante 33 años..
 
 
 
                Segunda semana
 
Una doble alegría.
 
                Nada se nos dice en los Evangelios acerca de cómo pasaron María y los apóstoles las horas transcurridas entre la colocación de Jesús en el sepulcro y la noticia de que había resucitado. Sólo sabemos que en aquel intermedio Judas se suicidó y que Jesús descendió a los infiernos para llevarse de allí a los justos que habían estado esperando su victoria sobre el pecado.    
                Pero, ¿qué sintió María en aquellas horas? ¿estuvo sumida en la desesperación? ¿se dedicó a lamerse las heridas, a pensar en sí misma y en sus desgracias, a reprocharle a Dios que no hubiera cumplido las promesas hechas cuando la anunciación?
                Curiosamente una ausencia nos puede dar luz sobre lo sucedido. Me refiero a la ausencia de la Virgen en la mañana del domingo. Allí, junto al sepulcro, sólo aparecieron, en un primer momento, Magdalena y otras mujeres, pero no la Virgen. Eso no es en absoluto normal. No hacía falta ser una santa, bastaba con ser una madre corriente, para estar esa mañana allí, ante el sitio donde había sido enterrado Cristo. María estaba al corriente de que Magdalena y las demás se habían encargado de lo necesario para la sepultura, lo mismo que sabía que habían tenido que hacerlo a toda prisa para no infringir el mandato de no trabajar en sábado. Ella sería, pues, la primera -tanto como madre como por el prurito de no dejar que otras mujeres hicieran lo que a ella le era debido- en desear estar, con el alba, ante el sepulcro para ver a su Hijo muerto, para volver a abrazarle, para terminar de disponer su cuerpo muerto con la mayor dignidad posible.
                Y, sin embargo, no estaba allí. No sólo es extraño, sino que es escandaloso. Tanto que sólo puede haber una explicación: María sabía que Cristo no estaba ya en el sepulcro. Ella estaba enterada, antes de que Pedro y Juan fuesen informados por las mujeres de que la tumba estaba vacía, que su Hijo había resucitado.
                ¿Por qué sabía estas cosas María? Primero, porque nunca había dudado de ellas, ya que ella sí había sido creyente en las palabras de su Hijo, el cual había advertido un buen número de veces que iba a ser ejecutado pero que al tercer día iba a resucitar. Si los apóstoles lo habían olvidado o no habían dado crédito a esas promesas, era una cosa suya. Ella, por su parte, no había dudado de que lo que Jesús había dicho se cumpliría y que, con el cumplimiento de esa promesa, culminaba el proceso de salvación que Dios había prometido.
                Pero también, como han sugerido algunos -entre ellos Juan Pablo II-, María sabía que el sepulcro estaba vacío porque alguien muy especial se lo había contado: su propio Hijo. La más mínima educación y buena cuna exigía que Jesús se apareciera en primer lugar a su Madre. Ella se lo merecía por partida doble: por un lado era la madre y, por ello, la que más le quería y la que más había sufrido con su muerte; por otro, era la primera creyente, la única que no había dudado de que la resurrección iba a tener lugar.
                Lo que pasa es que la aparición a María, efectuada en el recogimiento de la casa donde ésta descansaba, no tenía la función de darse a conocer. En cambio, la aparición a Magdalena, además de servir para consolar a aquella querida y fiel amiga, debía servir para que la antigua prostituta pusiera en conocimiento de todos lo que había sucedido. Si, en lugar de Magdalena, hubiera sido María la que lo hubiera contado, su palabra habría tenido menos crédito aún, pues además de ser mujer como Magdalena, era la madre. Muchos habrían pensado que era un delirio de una anciana triturada por el dolor y no habrían hecho ningún caso. En cambio, Magdalena, tanto por su carácter como por su carencia de parentesco, era más apropiada para llamar la atención de los dubitativos apóstoles y atraerles hacia el sepulcro vacío para que, viéndolo, creyeran.
                A María, pues, le fue concedido el regalo de la primera aparición de Cristo resucitado. Si alguien se merecía ese don, era ella. Pero, a la vez, si lo mereció fue precisamente porque no dudó, porque mantuvo siempre firme la fe, porque fue una roca que resistió el embate de la desesperación. Ella tuvo, pues, una doble alegría: la de ver a su Hijo vivo y la de saber que había obrado correctamente no habiendo dudado de él. ¡Qué lamentable habría sido, qué tristeza tan grande hubiera empañado ese encuentro, si María hubiera tenido que reprocharse no haber creído en su Hijo, haber dudado de sus promesas!.
 
Propósito: Para poder alegrarnos de haber acertado al confiar en el Señor, tenemos que confiar en Él, como hizo María.
 
 
 
                Tercera semana
 
Una despedida casi definitiva.
 
                Cuarenta días después de la Resurrección, el Señor subió al Cielo. Lo hizo desde lo alto del monte de los olivos, unos cientos de metros más arriba de donde había sido apresado y muy cerca del sitio donde había enseñado a rezar el Padrenuestro a sus apóstoles. María estaba allí, junto a los discípulos, viendo como el Señor ascendía al Cielo, hasta que unas nubes golosas de disfrutar de la compañía del Hijo de Dios, se lo quitaron de la vista.
                No fue fácil para la Madre esta despedida. Tampoco lo fue para los apóstoles. No podían evitar el dolor ni el sentimiento de orfandad, a pesar de que sabían que Jesús volvía al lugar de donde había venido, al cielo, a su hogar definitivo.
                Pero, antes de eso, María había tenido ocasión de estar a solas varias veces con su Hijo resucitado, después de aquella primera aparición en la madrugada del domingo, cuando la luz del alba empezaba a abrirse paso entre las sombras para anunciar a los hombres que había empezado la hora de la esperanza.
                Una vez más, nos encontramos sin noticias del contenido de aquellas conversaciones que, por otro lado, pertenecen con todo derecho a la intimidad entre la Madre y el Hijo. Estoy seguro, sin embargo, de que Jesús no sólo le explicó todo a su Madre, sino que, sobre todo, le dio todo tipo de certezas acerca de la existencia de la otra vida más allá de la muerte, acerca de la resurrección. Y le aseguró que su marcha, con la Ascensión a los cielos, no era un adiós para siempre, sino sólo un “hasta luego”. También estoy seguro de que la Virgen tuvo el deseo de pedirle que la llevara con él, pues incluso esa separación temporal le parecía excesiva. ¿Qué pintaba ella aquí, en la tierra, cuando su corazón estaba con él, en el cielo?. Si siglos más tarde una mujer enamorada de Jesús como Santa Teresa diría: “muero porque no muero”, qué no habrá sentido la Virgen, anhelando la llegada de la hora en que se produjera su partida del mundo, hora en que se produciría el encuentro definitivo con el Dios amado, con el Hijo adorado.
                Si María expresó o no ese deseo, lo ignoro, pero estoy seguro de que, al menos, se le pasó por la cabeza. Lo mismo que estoy seguro de que Jesús le habló de la importancia de su misión en la tierra, de su tarea en medio de sus discípulos, de la necesidad de que ella estuviera junto a los apóstoles para ejercer el papel de madre, para unirles, para limar los inevitables roces que iban a surgir entre ellos. Estoy seguro de que María lo comprendió y que volvió a decir su “fiat”, su “sí”, a esta nueva petición de Dios que, en el fondo, intuía que iba a ser hecha por su Hijo.
                Y así la vemos en la cima de la colina de los Olivos. Junto a Juan, de nuevo. Junto a Pedro, y a Santiago -tan distintos-. Junto a las otras fieles mujeres. La vemos, una vez más, con el corazón dolorido, aunque en esta ocasión ese dolor era menor pues estaba atenuado por la certeza de que no le decía “adiós” a su Hijo, sino sólo “hasta pronto”.
                Hay que pensar en este momento de la vida de la Virgen, sobre todo cuando nos encontramos en situaciones así. Es inevitable que a algunos de los nuestros les llegue la hora de la partida, la hora de la muerte, antes que a nosotros. A veces es la inexorable ley de la vida la que se impone y, al hacerlo, se lleva a los padres ancianos, dejando un vacío, una orfandad, que resulta difícil de llenar. En otras ocasiones son las enfermedades o los accidentes de tráfico los que arrebatan de nuestro lado a personas muy queridas, a veces en plena juventud. En estos casos parece que la pérdida es más dolorosa, pues se ha roto un cierto ciclo normal de la vida, por el cual el padre debe morir antes que el hijo, el abuelo antes que el nieto.
                Sea como sea, la muerte llega siempre y también, al final, llega para nosotros. Con ella, llegan las separaciones definitivas, inevitables, tantas veces trágicas. Podemos pensar en estos momentos en esa separación entre la Madre y el Hijo, en ese instante definitivo en que la nube de oscuro algodón privó a los amigos de la visión del Dios amado. Y podemos pedirle a Nuestra Señora que nos dé su fe, que nos dé su esperanza, que nos dé la certeza de que no se trata de un “adiós”, de una separación eterna, sino de un “hasta pronto”. Que ella, experta en dolores y en separaciones, mitigue las heridas de nuestro corazón y nos haga capaces de soportar las pérdidas sin desesperarnos.
 
Propósito: Pedirle a María que nos ayude a no desesperar cuando llega la hora de la separación de los seres queridos, como hizo ella.
 
 
 
                Cuarta semana
 
La esposa del Espíritu Santo.
 
                Pocos días después de la Ascensión del Señor, según narra el Nuevo Testamento, estaban los apóstoles reunidos y, con ellos, se encontraba María. A pesar de la fortísima experiencia que había supuesto la resurrección seguían teniendo miedo y por eso se mantenían escondidos, hurtando su presencia a los ojos de los espías de los fariseos y los sacerdotes. Estando así, vino sobre ellos como un fuego del cielo que los llenó del Espíritu Santo. Todo cambió desde aquel momento. Aquellos hombres pasaron de cobardes a valientes, de calculadores a arriesgados, de dubitativos a llenos de certezas. Los mismos que, pocos días antes, habían abandonado a su amigo, al Mesías en el que creían y al que habían visto hacer tantos milagros, se lanzaron a la calle para proclamar, ya sin miedo, lo que había ocurrido: que Cristo había resucitado. Sabían lo que les iba a pasar: la persecución, la cárcel, la tortura, la muerte. Pero ahora ya no lo temían.
                Con razón la Iglesia considera su momento oficialmente inicial el de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y les llenó de todos sus dones, incluidos el del valor y el de la sabiduría.
                Pero, ¿y María? ¿Necesitaba ella esa infusión extraordinaria del Espíritu divino para vencer el miedo, para ser testigo de su Hijo, para anunciar a todos que si bien era verdad que había muerto también lo era que había resucitado? Su comportamiento nos ayuda a contestar a estas preguntas: había estado, llena de valor y de fortaleza, al pie de la cruz; había creído en la promesa de la resurrección hecha por Jesús y eso la había llevado a quedarse tranquilamente en casa en lugar de huir o de acudir al sepulcro en la mañana del domingo pensando que en su interior estaría el cadáver de Cristo. Por lo demás, María era ya, desde su concepción, “llena de gracia”. Así le había saludado el ángel Gabriel. Así lo confesamos con el dogma de la Inmaculada. Y cuando una cosa está llena ya no es posible que le quepa nada más.
                Sin embargo, también para María aquel día tuvo lugar un don, un extraordinario don. También para ella la infusión del Espíritu Santo fue, en cierto modo, una novedad, un regalo, una sorpresa. Quizá, me atrevo a pensar, fue como si hubiera sido descorrido un velo y ahora ella pudiera conocer, cara a cara, a aquel que había sido el esposo de su alma durante toda su vida. Estaba acostumbrada a su voz, a sus señas de identidad. Pero ahora ya no había neblina que entorpeciera la visión plena, la comunión plena. El matrimonio entre ambos había tenido lugar aquella noche, treinta y tantos años atrás, cuando Jesús tomó cuerpo en sus entrañas. Desde entonces nunca se había separado de él y ahora, por fin, lo veía y lo conocía sin tamices, sin interferencias.
                Naturalmente, la experiencia de María con el Espíritu Santo es totalmente única. Nosotros no sólo no somos inmaculados por concepción, pues estamos tocados con la huella del pecado original, sino que además arrastramos el peso de nuestros pecados personales. Todo eso nos enturbia la mirada, nos desfigura el juicio, nos somete a la tiranía de las pasiones. Pero, precisamente porque eso es así, podemos añorar con gran fuerza la santidad, la unión con Dios, la victoria sobre nuestros límites y pecados. Lo mismo que el negro reclama al blanco, así nuestra miseria clama por la gracia, nuestras cadenas solicitan con urgencia al libertador.
                Imitemos, pues, a María no en lo que nos es imposible: la plenitud de la comunión con el Espíritu Santo, sino en lo que sí podemos hacer: el deseo de tener esa comunión. Deseemos ser como ella, amar como ella, servir como ella, evangelizar como ella, perdonar como ella. Deseemos ser, en definitiva, santos como ella, con ella, por ella. Que el Espíritu Santo sea nuestro principal anhelo, que la santidad que procede de él sea nuestra mayor ilusión. Mayor que la lotería, que el mejor trabajo, que la más espléndida salud, que el más fantástico de los viajes, que cualquiera de esos sueños, incluso buenos, con que nos entretenemos a veces huyendo de una realidad más bien dura y hostil.
 
Propósito: Imitar a María en su unión permanente con el Espíritu Santo y para ello desear por encima de todo alcanzar la santidad.






La Virgen María. XXXI Enero de 2012
Contemplar a la Virgen María al pie de la Cruz nos lleva ante todo a pensar en la relación con su Hijo. Pero en aquel momento no sólo era a Él a quien sostenía. Allí también tuvo lugar un encargo decisivo para la humanidad: el de cuidar de los seguidores de Jesús, representados por San Juan Evangelista, aunque estos -nosotros- no se lo merecieran.
                Primera semana
 
Madre de los discípulos cobardes.
 
                Por fin María llegó junto a la cruz. Por fin se abrió paso entre las filas de los enemigos de Cristo. Con ayuda de Juan, rodeada de las otras mujeres que habían vencido el miedo y que habían querido acompañarla, se puso ante la roca del calvario. Desde allí le veía, aunque mejor hubiera sido no verle, pues su rostro torturado y su cuerpo destrozado no podían causar más que un gran dolor en el corazón de la Madre.
                En algún momento, Jesús abrió los ojos, casi cegados por la sangre que le caía de las heridas provocadas por la corona de espinas. Abrió los ojos y la vio allí, a sus pies. Una mueca de sonrisa iluminó su rostro destrozado. Una chispa de vida, de alegría incluso, asomó a sus ojos de moribundo. Y, sobre todo, una palabra salió de sus labios.
                “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”. El Evangelio no nos dice más, pero con eso es más que suficiente. Nuestro Señor, que sabía que su Madre no faltaría a la cita, tenía especial empeño en concluir su tarea: la de establecer con los hombres una fraternidad completa. Ya nos había hecho hijos del Padre, y nos había enseñado a llamar a Dios “Padre nuestro”. Pero eso sólo afectaba a la mitad de la fraternidad, la del padre común. Faltaba la otra mitad, la concerniente a la Madre. Y esa mitad tenía que cumplirse antes de que él se marchara definitivamente. O se hacía allí, junto a la cruz, o no se haría nunca. Por eso, en medio del dolor físico que debía sentir, de la confusión mental que inevitablemente tenía pues apenas le llegaba ya riego sanguíneo a la cabeza y sus pulmones no se llenaban de aire, él tuvo energía para expresar ese penúltimo deseo, esa última orden: Mujer, ese muchacho que representa a todos mis seguidores es, desde ahora, tu hijo. Juan, tú, como representante de todos, debes tratarla como a tu madre. Muy grande tenía que ser el empeño de Cristo en establecer esa relación entre María y nosotros para acordarse de ello en ese momento dificilísimo. Muy grande tenía que ser lo que se jugaba con esa maternidad, para que el Señor lo hubiera tenido presente hasta en ese instante, en el cual lo único que cabía esperar de él era expresiones de dolor y de abandono.
                Pero si eso es lo que deseó Jesús, debemos preguntarnos cómo recibió la Virgen ese extraño mandato. Naturalmente que Nuestra Señora quería a Juan. También quería a los otros apóstoles, incluido Judas el traidor. Pero éstos no se habían portado lo que se dice bien con su Hijo en aquellas últimas horas. A pesar de sus bravuconerías -por ejemplo las promesas de Pedro de que aunque los demás le abandonasen él no lo haría-, todos habían huido llenos de miedo y también habían entrado en crisis con respecto a la mesianidad de Jesucristo.
                María, que había vencido el muro del odio de los enemigos de Jesús, no tenía ningún inconveniente en amar a los apóstoles, por cobardes y traidores que éstos fueran. Para ella no suponía ningún esfuerzo perdonar a esos muchachos con los que, por otro lado, había tenido una estrecha relación. Pero de ahí a tratarles como a hijos. Más aún, aceptar que ellos eran los sustitutos de su hijo, eso era demasiado pedir para una pobre mujer de pueblo que estaba asistiendo, destrozada, a la tortura y muerte del único fruto de sus entrañas.
                Tenemos que ver las cosas así, porque así fue como sucedieron, para valorar como se merece el enorme esfuerzo, el gigantesco acto de amor, que tuvo que hacer Nuestra Señora para obedecer a Jesús. Porque, y ella lo sabía, no se trataba sólo de querer a Juan, a Pedro o a Santiago, sino de querer a todos, incluidos los más terribles pecadores, los más encarnizados enemigos de Cristo. Y de quererlos no de cualquier manera, sino de quererlos como sólo una madre sabe querer. ¿Podría ella convertirse en mediadora, en intercesora, en madre de los asesinos de Jesús? ¿Podría en su corazón humano caber tanta generosidad? ¿Podríamos nosotros esperar encontrar en sus ojos misericordia cuando nos acercamos a ella siendo, como somos, pecadores, es decir enemigos de su Hijo, culpables de la muerte de su Hijo? ¿Nos damos cuenta de que, cada vez que hacemos un pecado, no sólo ofendemos a Jesús sino que le hacemos daño a ella, a la misma que quizá a continuación elevaremos nuestras súplicas para pedirle ayuda?
                Es impresionante que Jesús le pidiera eso a su Madre. Revela el inmenso amor de Cristo hacia nosotros, su gran preocupación por nuestra salvación y por nuestro bien. Pero es más impresionante aún que María aceptara y que fuera capaz de cumplirlo no sólo entonces sino hasta ahora, no sólo con aquellos apóstoles acobardados sino también con nosotros, pecadores entre los pecadores, que disfrutamos inmerecidamente de su maternidad.
 
Propósito: Agradecer a Dios la maternidad de María, que nos la haya entregado también como Madre nuestra, a pesar de ser los culpables de que su Hijo tuviera que morir.
 
 
 
                Segunda semana
 
Saciar la sed de Dios.
 
                Apenas había terminado Cristo de expresar aquel mandato-ruego a su Madre, por el cual ésta se convertía en madre de los discípulos, madre de todos los que quieran acogerse a su protección incluidos los pecadores, el Señor expresó una necesidad más prosaica. Se había desangrado tanto que no podía más y suplicó que le dieran de beber. “Tengo sed”, dijo. Inmediatamente, un soldado, piadoso, se acercó y con una lanza le acercó a la boca una esponja empapada en vinagre; no era precisamente agua cristalina, pero dicen los expertos que servía más que ésta para aliviar la sed espantosa que debió sentir Nuestro Señor, casi desangrado como ya estaba.
                Un poco más tarde, cansados los soldados de tener que hacer guardia allí, cuenta el Evangelio que se fueron acercando a los tres crucificados y que a dos de ellos les rompieron las piernas. No se trataba de una medida de crueldad gratuita, por muy dolorosa y terrible que fuera. Buscaban acabar con su vida lo antes posible. En el caso de Cristo, estaba ya tan cercano a la muerte que no le sometieron a ese espantoso suplicio, sino que le clavaron una lanza en el costado. El Evangelio añade que de él salió sangre mezclada con agua. La Iglesia ha interpretado siempre esta unión de esos dos líquidos como un símbolo: la sangre es la aportación de Cristo a la redención y el agua la aportación de los hombres. La sangre es la práctica totalidad, mientras que el agua, casi testimonial, nos ayuda a sentirnos también útiles, por más que sepamos que la redención se la debemos, gratuita e inmerecidamente, al Señor, al Salvador.
                Todo eso lo vio María. ¿Es capaz alguien de imaginar la medida de su sufrimiento? ¿Qué sucedería con cualquier madre que viera morir en esas condiciones a su hijo, que le oyera pedir agua mientras se desangra y viera que le dan vinagre, que viera ir hacia él a un soldado para romperle las piernas como había hecho ya con sus compañeros y que luego, como el que hace un favor, se conformara con clavarle la lanza en el costado?
                ¡Qué inmenso dolor, qué gran suplicio el que tuvo que soportar María al pie de la cruz! Pero, ¿por qué estaba allí? ¿por qué no se encontraba lejos, en Betania, rezando? Se podría haber ahorrado todas aquellas escenas, todo aquel sufrimiento añadido. ¿Por qué, pues, no salir corriendo?
                Y, sin embargo, ¿cabe imaginar siquiera que María pudiera estar en otro sitio, en aquel momento, que al pie de la cruz? Sólo la posibilidad de que su Hijo abriera los ojos y la viera, sólo la posibilidad de que su presencia allí pudiera llevarle algo de consuelo, merecía la pena y justificaba el sufrimiento terrible que significaba para la Virgen presenciar lo que estaban haciendo con Jesús.
                Ella no quería ir a otro sitio, y no porque la gustara sufrir, sino porque deseaba amar. Su sitio era aquel, al pie de la cruz, para poner su hombro bajo el peso que destrozaba la espalda del ser amado y aliviar, aunque fuera sólo levemente, el enorme sufrimiento que Cristo padecía.
                Por lo demás, aquel grito de Jesús con el que expresaba su sed, era también una petición de otro tipo de bebida. “Tengo sed”, está escrito en las humildes capillas de los hogares de la Madre Teresa. “Tengo sed”, que significa que el Señor está siempre sediento de nuestro amor, de nuestro corazón, de nuestra fidelidad. Y María, antes incluso que el soldado le acercara el vinagre a la boca, le dio de beber con su presencia. Jesús tenía sed de consuelo y ella estaba allí para dárselo, por grande que fuera el precio que debía pagar por ello. Jesús tenía sed de compañía -como había expresado horas antes en el huerto de los olivos- y la Madre no estaba dispuesta a quedarse dormida como hicieron los apóstoles mientras su Hijo moría, solo y crucificado, rodeado únicamente de enemigos aulladores.
                Y, por si fuera poco, alguien debía recoger el agua mezclada con la sangre que salía de su costado. Ella, que no había podido disfrutar de la Eucaristía, sí que estaba allí para ser compañera en el martirio. Ella estaba presente donde hacía falta, no para mandar sino para servir, no para ser la primera en los honores sino para ser la primera en el amor.
 
Propósito: Agradecer a Dios que María, en nombre de la Humanidad, estuviera donde debía estar y cuando debía estar.
 
 
 
                Tercera semana
 
Madre del Hijo muerto.
 
                María, la luchadora, la madre que está al lado de su Hijo hasta el final, la que aguanta el tipo sin llorar -como he visto a tantas hacer ante sus hijos enfermos- para no aumentar el sufrimiento del ser querido. María, la madre inmaculada que venció al Maligno porque éste no sabía que debía enfrentarse con la fuerza más poderosa de la creación, la de la maternidad. María, la criatura que sostuvo a su creador, llegó un momento en que tuvo que asumir que todo se había acabado. Llegó un momento en que comprendió que la lucha ya no tenía sentido, porque, sencillamente, el Hijo había muerto.
                Ella le vio morir. Asistió hasta el final al espantoso espectáculo de su tortura y de su agonía. Allí estuvo, de pie, como una roca firme e inexpugnable, para ofrecerle el último u el único consuelo que el cielo había permitido que tuviera el redentor del mundo. Pero, al final, también aquello pasó. Al final, sus ojos vieron a Jesús retorcerse por última vez, apoyarse por última vez en los clavos de los pies para llenar, por última vez, sus pulmones de aire. Caer, por última vez, el peso de su cuerpo sobre los clavos que le sujetaban al palo horizontal de la cruz. Le vio morir. Le oyó morir. Y tuvo la seguridad de que todo había terminado, de que el más hermoso de los hijos de los hombres, el fruto de sus entrañas, ya no tenía vida, ya no era de este mundo.
                Había llegado, pues, la hora del desahogo. Ahora sí podía dar rienda suelta a su dolor. Ahora podía llorar, gritar y hasta maldecir. Ahora su Hijo no la veía. Ahora ya no importaba que ella dejara a las olas del odio que rompieran los diques que les habían impedido anegar su corazón. Ahora todo había terminado y había llegado la hora de la desesperación y de la locura.
                Y, sin embargo, no fue así, no ocurrió nada de eso. María, la madre del Hijo muerto, supo que no había terminado su tarea, que todavía no podía descansar, que aún debía seguir luchando contra el mal, a favor de Dios, a favor de su Hijo.
                Lo supo, en primer lugar, porque ella creía en la promesa hecha por Jesús de que al tercer día iba a resucitar. Posiblemente era la única que creía en eso, pero sin duda estaba convencida no sólo de que su Hijo no la engañaba sino de que Dios tenía el poder suficiente como para lograrlo. Pero es que, además, ella era consciente de que su Hijo había muerto por algo, había dado la vida por una causa y que, si ella, renunciaba a defender esa causa se convertía, de algún modo, en partícipe del crimen que habían cometido contra su Hijo.
                María al pie de la cruz, que acaba de ver morir a Jesús, no es la mujer desesperada que se deja caer al suelo y llora desconsolada. Es, sigue siendo, la madre que está dispuesta a luchar por su criatura y por lo que esa criatura había luchado. Ella, como si fuera una heroína en una batalla, se acerca al hijo amado y toma de sus manos muertas la bandera caía por el suelo. Esa bandera, por la que el hijo había dado la vida, es más que nunca su propia bandera. No va a consentir que su hijo haya muerto en vano. La alza de nuevo, más sagrada ahora que antes pues está bañada por la sangre del que ha dado la vida por ella. La alza, la enarbola y, aunque esté sola, aunque nadie crea en la causa por la que ha muerto su hijo, aunque nadie crea que la victoria final esté de parte de Jesús, ella sí lo hace.
                María, la madre del hijo muerto, la madre del Dios muerto, la madre del redentor derrotado, es, más que nunca, la creyente, la que sigue luchando, la que está llena de esperanza, la que no deja que el dolor ciegue su corazón al amor.
                Pidámosle a ella que nos ayude en esos momentos difíciles de la vida en los cuales tenemos la impresión de que todo está perdido, de que ya no vale la pena seguir luchando. Pidámosle a ella que nos transmita su fuerza, su coraje, su fe, su amor. Que aunque todos nos digan que el cristianismo no tiene futuro, que los jóvenes ya no creen, que el mundo se ha vuelto indiferente, nosotros seamos capaces de mantener viva nuestra fe, de luchar por ella, de intentar transmitirla como el que es consciente de que ser depositario del mayor de los tesoros de que ha gozado la humanidad.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la esperanza de María, que estuvo segura de que su Hijo iba a resucitar y de ahí sacó fuerzas para no desesperarse.
 
 
 
                Cuarta semana
 
María Desolada.
 
                Cuando voy al Vaticano siempre hago mi primera parada dentro de San Pedro ante la imagen de la Virgen de Miguel Ángel, conocida como “la Pietá”. Apenas cruzar el umbral, a la derecha, como dando la bienvenida al peregrino y recordándole que aquel edificio majestuoso se edificó sobre la fe en el amor de un Dios que murió para salvar a los hombres y sobre la fe en el amor de una mujer, Madre de Dios, que no abandonó a su Hijo en la lucha por la redención.
                Miguel Ángel consiguió, con esa escultura, no sólo la perfección en su trabajo de dominar la piedra, sino, sobre todo, expresar un cúmulo de sentimientos que sin duda la Virgen llevaría dentro y que quedan reflejados maravillosamente en el mármol blanco de que está hecha la estatua. La juventud de María, casi de la edad del Hijo que sostiene, muerto, sobre sus rodillas, es evidentemente irreal. Pero es, a la vez, auténtica, pues representa a una maternidad que no envejece nunca, pues nunca, hasta el momento de su muerte, las madres dejan de serlo de sus hijos, por mayores que sean ellas y ellos. Luego está, entre tantos detalles que se pueden destacar de esta impresionante escultura, el gesto de la mano de la Virgen, suspendido en el aire, como preguntándole al cielo el por qué ha ocurrido todo, prolongando en silencio la pregunta que el Hijo hizo poco antes de morir. “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Por último, el hecho mismo de que sean las rodillas de María las que sirvan de trono al Hijo muerto. A esas rodillas se subió Jesús cuando era un niño para jugar con su mamá, para, desde allí, ver el mundo. En esas rodillas debió apoyar su cabeza más de una vez, cuando de adolescente se preguntaba cuándo llegaría la hora de dejar la paz de Nazaret para lanzarse a los caminos del mundo. Nunca, ni de vivo ni de muerto, tuvo el Hijo de Dios un trono más noble, más valioso. Ni el oro ni las piedras preciosas pueden compararse a las rodillas de una madre. De hecho, cuando todo falló, sólo la madre siguió ahí, ofreciéndole al Hijo el don de su amor gratuito, un amor que no espera nada a cambio porque encuentra en el mismo amor el pago merecido.
                María Desolada, María que acoge en sus brazos al Hijo muerto, al Hijo descendido de la Cruz ya cadáver. María que ya no tiene, aparentemente, nada por lo que luchar y que recibe, después de tantos años de esfuerzo y de sacrificio, un destrozo humano, un cuerpo torturado, una bandera desgarrada, una promesa aparentemente incumplida, un ideal fracasado. María del Descendimiento, María del sepulcro, María de las últimas horas del Calvario, que lleva consigo la nada de la muerte, la impotencia de no haber podido ayudar al ser más querido, la sensación de inutilidad y de fracaso más absoluta.
                ¡María, cómo te pareces ahí, al pie de la Cruz y con tu Hijo muerto en los brazos, a todas esas madres de la historia, del pasado, del presente y del futuro, que han visto morir a sus criaturas sin poder evitarlo! ¡Cómo te pareces a las madres que tienen un hijo en la droga y no logran que salga de ella! ¡Cómo me recuerdas a las que he conocido con un hijo enfermo de sida! ¡Y a esas otras que ven que sus hijos fracasan en los matrimonios, que están en el paro, que son alcohólicos, que han perdido la fe!
                Y me pregunto, ¿cómo no sentir a María próxima, cercana, como uno de los nuestros, cuando su experiencia ha sido la misma que la nuestra, cuando ella ha conocido más que nadie el dolor, el abandono, la desesperación, la impotencia, el fracaso?. María Desolada, María del Descendimiento, tú que sabes lo que es sufrir, tú que has probado el amargo sabor de la derrota y de la desesperación, ayúdanos a ser como tú, a no rendirnos, a seguir luchando, a creer que, a pesar del testimonio elocuente del fracaso, todavía es posible la victoria.
                Porque María Desolada fue, sobre todo, eso: la victoria del amor por encima de la lógica de la razón. Cuando el cuerpo muerto del Hijo gritaba que ya no había esperanza, ella no tiró la toalla de la fe ni del amor. Acogió aquellos despojos, les dio el amor que necesitaban y siguió creyendo en la palabra de su Hijo, en la promesa de su Hijo. Ella, la Desolada, era más que nunca la creyente, la esperanzada, la triunfadora.
 
Propósito: Agradecerle a Dios por el ejemplo que nos ha dejado la Virgen y que nos es tan importante cuando nos parece que ya no hay remedio para nuestros problemas.
 
 
 
                Quinta semana
 
María Corredentora.
 
                El título de “Corredentora”, aplicado a la Virgen María, es aceptado por entusiasmo por la mayoría, pero visto con recelo por algunos teólogos. Piensan éstos que al afirmar esa cualidad de Nuestra Señora le estamos restando algo a Dios, le estamos privando a Jesucristo de su unicidad en la labor redentora. Sólo él es el redentor del mundo, dicen con razón, y ningún hombre merece la gracia de la redención, que se recibe no en función de las buenas obras sino por el amor generoso e inmerecido del Padre.
                Sin embargo, también es cierto que la teología católica, desde los inicios a nuestros días, pasando por el Concilio de Trento, nos enseña que el hombre no es un mero sujeto pasivo, inmerecedor de la redención e incapaz de colaborar con Cristo en algo. Nosotros no creemos en el destino, como si todo estuviera ya escrito y el hombre no pudiera hacer nada para modificarlo. No creemos en un tipo de predestinación que parece más el juego de un Dios caprichoso que el de un Dios lleno de amor. Nuestra fe en Dios no está reñida con una cierta fe en las capacidades humanas. O, dicho de otro modo, nuestra visión del hombre, nuestra antropología, no es tan pesimista que pensemos que éste, después del pecado original, es absolutamente incapaz de hacer algo bueno y meritorio, es absolutamente incapaz de colaborar con la gracia de Dios y de añadir algo, por pequeño que sea, a la obra redentora de Cristo.
                Porque creemos en esto es, precisamente, por lo que creemos y defendemos el valor del sufrimiento y del sacrificio. Es por eso por lo que creemos en la comunión de los santos y también en la intercesión de los santos y de la Virgen, por no hablar de la fe en la eficacia de la oración, por ejemplo. Cuando, como sacerdote, me acerco a un anciano o a un enfermo, no tengo la impresión de acercarme a un inútil que sólo puede recibir y que nada puede dar. Por el contrario, creo -y por eso se lo digo- que él puede colaborar con el Señor en la redención del mundo, que él -aceptando su dolor y ofreciéndoselo al Señor, uniéndolo al dolor del Señor en la cruz que se renueva cada día en el sacrificio eucarístico- puede acelerar la hora de la salvación del mundo.
                Dicho de otro modo, Cristo nos regala la salvación, pero nosotros podemos aceptarla o rechazarla, y esa decisión nuestra la expresamos a través de nuestras buenas obras, a través de nuestra colaboración con Cristo mediante el amor y mediante la aceptación y ofrecimiento del sufrimiento.
                Pues bien, María al pie de la Cruz, se nos muestra más que nunca como la “corredentora”. Su dolor era tan grande que, si no fuera porque cualitativamente era distinto ya que ella era humana y su Hijo era también divino, se podría decir que ella sufría tanto o incluso más que Jesús. Su dolor es como el de tantas madres y tantos padres que se cambiarían gustosos por el hijo para sufrir en su lugar, para luchar por él, para vencer incluso por él. Pero, al margen de comparaciones sobre el tamaño del dolor, lo cierto es que María representa a toda esa muchedumbre inmensa -quizá a toda la humanidad- que sufre y que no sabe qué hacer con ese sufrimiento.
                ¿Sirve para algo sufrir? ¿No debe ser evitado el sufrimiento, como algo inútil, a toda costa? El sufrimiento, así nos lo enseña la Iglesia, no es bueno por sí mismo y tenemos derecho a intentar evitarlo si con ello no incumplimos algún deber, si con ello no hacemos daño a otro. Pero todos sabemos que hay muchos problemas que ni solucionan los médicos ni se arreglan con dinero. Cuando estés en esa situación, cuando estés, como Cristo, crucificado y te sientas abandonado de los hombres y hasta de Dios, piensa en Jesús y únete a él. Dile: “Señor, te ofrezco esto por amor a ti, por amor a los hombres. Tú, en la cruz, creíste en el amor de Dios y tu fe y tu sacrificio nos salvaron. Tú eres el único redentor, pero yo estoy contento de poder unir mi dolor al tuyo, mi sacrificio al tuyo, y de poder colaborar, aunque sólo un poquito, con tu obra salvadora”.
                Piensa en Jesús, piensa en María, la que estaba al pie de la cruz sufriendo con el Hijo y por el Hijo. Piensa en ellos y no te sientas inútil. No hagas caso a los que dicen que sólo los fuertes, los ricos, los jóvenes, los guapos, los afortunados son felices, son útiles, son importantes. Cristo no era nada de eso en la Cruz y sólo entonces fue el más útil, sólo entonces fue el Salvador del mundo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que la Virgen sea nuestra abogada y que nos enseñe que podemos ofrecer nuestros sufrimientos por aquellos a los que amamos.






La Virgen María. XXX Diciembre de 2011
Jesús dijo que para ser fiel en lo mucho había que haber sido antes fiel en lo poco. El entrenamiento en el deporte es imprescindible para vencer en la competición, e igual pasa en la vida espiritual. María, consciente o inconscientemente, se había estado entrenando toda su vida para la gran hora final, aquella en la que había de ver a su divino Hijo colgado de la Cruz. Llegó la hora y su fe, su esperanza, su amor y su humildad fueron puestos a prueba de una manera definitiva.
                Primera semana
 
María de la Fe.
 
                Por fin, el Hijo amado fue despegado del lado de su Madre y, empujado por los soldados, siguió avanzando a trompicones hasta el Calvario. La calle de la agonía, la vida dolorosa, no es larga, así que el trayecto que le faltaba por recorrer no podía ser demasiado.
                María, sin embargo, quedó irremediablemente atrás. La multitud, curiosa u hostil, cerraba el cortejo y enseguida quitó de la vista de la Virgen a su Hijo. Cuando ésta se hubo repuesto, ya un mar de cabezas le impedían verle. Apoyada en Juan, se dirigió entonces detrás de la comitiva, con el ánimo de estar lo más cerca posible de Jesús, especialmente cuando le llegara el momento final. Ella sabía que él la iba a necesitar precisamente entonces, y no quería defraudarle.
                Aquel retraso tuvo el efecto beneficioso para ella de impedirle ver la dura escena del enclavado. Su llegada al Calvario, después de muchos empujones para abrirse paso entre la gente coincidió con el ascenso de Cristo al palo vertical que los romanos mantenían siempre clavado en un agujero a propósito hecho en la blanca roca caliza del calvario. El reo, en este caso Jesús, sólo era clavado en el travesaño horizontal que luego un soldado, subido a una escalera, se encargaba de sujetar al vertical para, más tarde, clavar los pies del condenado a éste.
                Así pues, María, pudo ver, de repente, a su divino Hijo alzado por unas poleas hasta la altura del palo vertical y luego sujetado a éste. Le vio alzado sobre la cruz, tal y como Jesús había profetizado cuando afirmó: “Cuando sea levantado en algo, atraeré a todos a mí”.
                No sabemos si por la cabeza de María pasaron en aquel momento aquellas palabras. No sabemos si su dolor era tan grande que le impedía pensar y que sólo podía actuar con la sabiduría de sus instintos de Madre, con la experiencia de su corazón inmaculado. Pero si su razón no hubiera estado obnuvilada por el dolor, ése hubiera sido un buen momento para recordar la frase que días antes había pronunciado su Hijo. “Cuando sea levantado en alto atraeré a todos a mí”.
                Era una profecía y casi parecía un sarcasmo. ¿A quién estaba atrayendo aquel deshecho humano que era clavado a un madero para recibir la muerte de los malhechores? Si era por ella, ciertamente no necesitaba de ningún testimonio como ese para sentirse atraída por su Hijo. Su amor no precisaba de demostraciones tan radicales como la que estaba dando Jesús dejándose crucificar. Y en cuanto a los demás, sólo le quedaba, de todo aquel grupo numerosísimo de apóstoles, discípulos y seguidores, a un puñado de mujeres y a aquel buen muchacho, Juan, que estaba allí a su lado. Los demás, los que rodeaban el calvario, o eran curiosos o eran enemigos, pero ninguno daba muestras -sino más bien al contrario- de sentirse atraídos por Cristo.
                Todo parecía indicar, pues, que Jesús se había equivocado. Todo parecía indicar que había fracasado rotundamente y que no sólo no había conseguido conmover el corazón de los hombres sino que éstos se burlaban de su generosidad y confundían amor con debilidad, entrega con derrota.
Había llegado, por lo tanto, el momento sublime. Había llegado el momento de la fe.
                María lo sintió así. Sintió en su interior -lo mismo que estaba sintiendo su Hijo- la duda. Experimentó, quizá por primera vez, el aliento seductor del Maligno. Éste le invitaba a dudar de Dios, a negar no su existencia pero sí su interés por los hombres, su amor. “¿Cómo puedes creer que te quiere o que quiere a tu Hijo? -le decía-. ¿Cómo puede alguien pensar que está seguro poniéndose de su parte si, como ves, en la hora difícil te deja solo? -añadía-. Reniega de él, maldícele, dile que no es fiel, dile que no es amor. Ya que no puedes salvar a tu Hijo, al menos tómate cumplida venganza del culpable de que muera en estas condiciones”.
                ¿Qué hizo María? ¿Dudó, maldijo, renegó, escupió al cielo?. Por el contrario, la Madre Inmaculada cerró los ojos, apretó los puños y luego le dijo al Señor, en voz alta: “Te quiero. Creo en ti. Aquí y ahora, más que nunca, proclamo que tú eres amor. No necesito ver para creer. No necesito que todo me sea fácil y salga según mis deseos para estar segura de ti y de tu amor. Creo, Señor. Creo en tu amor”.
                Estoy seguro de que estas palabras atravesaron los gritos e insultos de los enemigos de Cristo y llegaron a sus oídos. Estoy seguro de que le produjeron más alivio que el vinagre que le dio el soldado. Porque allí, junto al Hijo que aceptaba voluntariamente el sacrificio, estaba su Madre que, como él, aceptaba también su propio sacrificio. Ambos, crucificados, cada uno en un tipo de cruz distinta, se convertían en modelo para nosotros cuando le decían a Dios: “Tengo fe, creo en ti, creo en tu amor, te quiero”.
 
Propósito: Agradecer a Dios la fe de María, que no dudó del amor providente de Dios ni siquiera en el momento en que vio a su Hijo crucificado.
 
 
 
                Segunda semana
 
La memoria de María.
 
                El Evangelio nos cuenta que, en plena angustia del huerto de los olivos, cuando el Señor sudaba sangre y no encontraba a su lado ningún apoyo pues sus amigos dormían, un ángel vino en su ayuda para consolarle y hacerle un poco más fácil la tarea de apurar el cáliz de la amargura.
                Estoy seguro de que allí, junto al calvario, también un ángel vino en ayuda de la Virgen para ayudarle, también a ella, a llevar su cruz, a decir su sí, a proclamar su fe en el amor de Dios.
                Pero ese ángel fue un ángel especial. No se llamaba Gabriel, ni Miguel, ni Rafael, ni ninguno de los otros ángeles con nombre propio conocidos. Su nombre era extraño, singular. Se llamaba “memoria”. El ángel de la memoria acudió, por encargo divino, al lado de la Santísima Virgen para ayudarle a pasar el momento difícil, heroico, de aceptar sin perder la fe la muerte de su Hijo.
                ¿Cómo trabajó el ángel de la memoria? Hizo lo que mejor sabe hacer. Con un delicado soplo de sus finos labios, introdujo en el corazón palpitante de María una oleada de recuerdos. Nuestra Señor vio, de repente, uno detrás de otro, desfilar los momentos pasados, desde aquel primero en que Gabriel le había pedido permiso para quedar embarazada de Cristo, hasta aquellos otros en que sostenía en sus brazos de joven madre a la criatura recién nacida, en que jugaba con el pequeño Jesús en las orillas del Nilo en Alejandría, en que iba con su marido y su hijo camino de Nazaret, en que pasaban los años placenteros de la vida oculta viendo crecer a su criatura y viendo como se hacía un hombre del cual todas las madres se sentirían orgullosas. María, por el auxilio del ángel de la memoria, recordó las palabras de Jesús, tan llenas de sabiduría; recordó sus milagros, empezando por el de Caná y siguiendo por todos aquellos que ella había visto o que unos y otros le habían contado. Recordó cómo muchas mujeres acudían a ella a besarle las manos por el mero hecho de ser la Madre del Mesías, por el maravilloso hecho de que un hijo había sido resucitado, otro liberado del Maligno, otro sanado de su lepra.
                María cerró los ojos y se dejó mecer en los brazos del dulce ángel de la memoria. Recordó, recordó, recordó y luego, cuando de nuevo volvió al momento presente y su mirada se posó en el estremecedor espectáculo del Hijo colgando del madero, era otra. Era más fuerte. Estaba más dispuesta a seguir luchando hasta el final, a librar la batalla contra el Maligno al lado de su Hijo, pasara lo que pasara.
                Porque, además de recordar, María escuchó en su corazón una frase que más tarde haría suya San Pablo en una de sus cartas: “Sed fieles a los momentos de luz”. Sed fieles a los momentos en que fuisteis iluminados. Sed fieles a los buenos momentos. Y María, que no era una inmadura sino una auténtica mujer, sabía que en la vida no se le pueden estar pidiendo a Dios continuamente caramelos. Al contrario, cuando éstos vienen hay que agradecerlos y conservarlos. Conservarlos para los momentos de oscuridad, para los momentos en que el paladar está tan amargo que ya no se sabe si alguna vez probó otro sabor diferente del de la hiel y las lágrimas.
                Sed fieles a los momentos de luz. ¡Si viviéramos esto! ¡Si fuéramos capaces de tener esto presente precisamente cuando más lo necesitamos, cuando estamos sufriendo, cuando nos ha llegado la hora de la oscuridad y la prueba!.
                María sí supo ejecutar esta fidelidad. Auxiliada por el ángel de la memoria, se apoyó en sus recuerdos para confirmar su fe en el amor de Dios, para reafirmar su certeza de que, más allá de las nubes negras, seguía existiendo el sol. Y gracias a eso venció. De lo contrario, si su memoria hubiera fallado o si hubiera contestado al ángel que el pasado ya no existía y que ella quería recibir en cada momento presente pruebas y más pruebas de ese amor divino, entonces su ánimo hubiera flaqueado y, quizá, el Maligno se habría salido con la suya y la Virgen se hubiera alejado de Dios. Aquello, afortunadamente, no sucedió. María recordó. María creyó. María venció.
 
Propósito: Agradecer a Dios el ejemplo que nos dio la Virgen, cuando recordó los momentos de luz y se apoyó en ellos mientras estaba soportando los peores momentos de sufrimiento.
 
 
 
                Tercera semana
 
La esperanza de María.
 
                María de la Fe, María de la Memoria. Pero, ¿sólo eso?. No, porque la fe –ayudada por la memoria- no puede terminar en sí misma, no puede acabar en ella. La fe es siempre puerta de otras dos virtudes: la esperanza y el amor.
                Por la fe, María encajó el terrible golpe de ver a su Hijo en aquel camino del calvario que sólo podía tener un final, la muerte. Por la fe, María no se hundió bajo el peso del dolor provocado por la crucifixión de su Hijo. Por la fe, incluso, Nuestra Señora no dudó del amor de Dios y fue capaz no sólo de resistir su dolor sino de convertirse en apoyo para Jesús, la criatura que socorre a su Creador, la discípula que auxilia a su maestro, la redimida que presta ayuda a su redentor.
Pero, ¿nada más?. No. La fe, como he dicho antes, dio paso a las otras dos grandes virtudes cristianas, la esperanza y el amor.
                ¿Qué es la esperanza? ¿en qué consiste? ¿se diferencia en algo de la fe?. La verdad es que ambas, fe y esperanza, están tan unidas que corren el riesgo de confundirse, de no distinguirse una de otra. Si por la fe creemos en algo que no podemos demostrar –lo cual no significa creer en algo que es irracional, que es increíble, sino en algo que se escapa a las leyes de la razón y que por lo tanto no se puede demostrar ni su veracidad ni su falsedad-, por la esperanza disfrutamos de algo que todavía no tenemos. La esperanza nos sitúa en una realidad que pertenece al futuro pero que ya empezamos a gozar en el presente debido a la certeza de que será nuestra más pronto o más tarde. La esperanza, por lo tanto, es la virtud que atenúa la soledad, que alivia la amargura, que hace más llevadera cualquier carga, pues te anuncia que todo pasa y que sólo Dios es el único que permanece y, con él, todo bien, toda bondad, todo amor.
                ¿Cuál fue la esperanza de María? ¿En qué consistió? ¿Cómo se revistió ella de esa virtud y qué efectos tuvo para su alma dolorida?
                Por la esperanza, la Virgen pudo soportar la prueba de ver a su Hijo morir porque consideró que ya había pasado por el trance de la muerte y que estaba en sus brazos, de nuevo vivo, de nuevo lleno de alegría, ahora sí triunfador invencible. Por la esperanza, la Virgen supo que cada salivazo en la cara de Jesús, cada gota de sangre que manaba de su frente, de sus manos, de su costado, se convertiría en oraciones fervorosas de millones de discípulos que creerían en su Hijo a lo largo de la historia. Cada bofetón de los sayones se tornaría en un piropo, cada insulto en una alabanza. La esperanza daba a la Virgen certezas y esas certezas hacían posible que ella soportara la crueldad de la tortura de ver matar a su único Hijo, el inocente cordero.
                María de la esperanza, modelo nuestro, ven a auxiliarnos en nuestras horas más oscuras. Sé tú la luz que rompe las tinieblas del dolor. Sé tú el rayo de sol que traspasa las nubes negras de la tormenta. Que podamos ser como tú, que podamos creer como tú, que podamos tener tu misma esperanza. Sólo así seremos capaces de soportar las duras cruces de la vida, la pérdida de los seres queridos, las traiciones, los desengaños, las enfermedades, la soledad, los fracasos. Tú, María de la Esperanza, eres para nosotros la voz que rompe el silencio de Dios, el modelo que nos enseña qué hay que hacer cuando ese silencio es tan fuerte que rompe y taladra nuestros oídos.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la esperanza de María, que estuvo segura de que su Hijo iba a resucitar y de ahí sacó fuerzas para no desesperarse.
 
 
 
                Cuarta semana
 
El perdón de María.
 
                La Madre de la Fe, la Madre de la Esperanza, no tuvo mucho tiempo que perder. No pudo entretenerse demasiado en contemplarse a sí misma, en mirar su propio dolor. Una vez que le hubo dicho su “sí” a Dios, una vez que se hubo revestido de la armadura de la esperanza, sus ojos se abrieron de nuevo a la dura realidad que tenía delante. Vieron y amaron. Vieron y vencieron.
                Lo primero que vio la Virgen, posiblemente antes de lograr llegar hasta los pies de su Hijo, fue un muro de odio hecho con cuerpos humanos. La muchedumbre que rodeaba el calvario, que había ido cerrando el estrecho pasillo formado por la comitiva de los soldados que conducían a Jesús, no era una multitud cualquiera. Era, en la mayoría de sus miembros, una masa entregada de lleno a la pasión del odio. Como en esas imágenes que de vez en cuando salpican de sangre las pantallas de nuestros televisores, en las que se ven a grupos enloquecidos cebarse en el cuerpo de una víctima caída por tierra, golpearle con las culatas de los fusiles o con los pies, arrojarle piedras o dispararle balas, así percibió María el odio desatado entre los que se interponían entre ella y su Hijo.
                La Virgen, la Inmaculada, la que nunca había probado el sabor del pecado, la que no conocía el odio, se vio sumergida en él. No la conocían, probablemente, pero aún así la herían. Los insultos que escuchaba, las amenazas, las risas de triunfo al ver al enemigo caído, los gritos pidiendo que le hicieran el mayor daño posible y que se ensañaran con él, todo eso era para ella no sólo una herida sino también algo insólito, nuevo, atroz, dañino. Tan dañino que pugnaba por abrirse paso en su alma y contaminarla por dentro. La provocaba, la solicitaba, la pedía que respondiera con odio al odio, que maldijera a esa muchedumbre asesina, que clamara al cielo pidiendo venganza. El odio no sólo rodeaba a la Virgen y la separaba de su Hijo, sino que intentaba entrar dentro de ella para hacerla suya, para arrastrarla al abismo del pecado y convertirla en una más, en una menos.
                María, asaltada por el odio en la falda del calvario. María que, en su debilidad provocada por la mayor herida, apenas tiene fuerzas hacer otra cosa más que recogerse y ayudar a su Hijo, y, sin embargo, se ve ahora tentada como nunca, solicitada por el Maligno como jamás lo había sido. Porque, ¿qué momento había mejor que aquel para exigir venganza, para pedir que se aplicara aquella vieja ley del talión que demanda ojo por ojo y diente por diente?
                Y, sin embargo, Nuestra Señora no cedió, la Virgen no sucumbió. Ella, llena de fe y protegida por el escudo inviolable de la esperanza, entró de lleno y como nunca en el reino de la caridad y del amor. El odio la tentaba y lo venció amando. El Maligno quería hacerla suya susurrando a su oído palabras de venganza y ella le arrojó de su lado con peticiones de perdón elevadas al Padre y dirigidas a los asesinos de su Hijo. Quizá, antes incluso que su amado Jesús dijera aquello de “perdónales que no saben lo que hacen”, ella ya lo había pronunciado en su interior, para poder así cruzar, incólume, impoluta, inmaculada, la barrera de odio que cercaba a su Hijo, que amenazaba con acabar no sólo con él sino también con ella.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que la Virgen fuera capaz de perdonarnos a nosotros, los que habíamos sido responsables de la muerte de su Hijo.






La Virgen María. XXIX Noviembre de 2011
Cristo fue el principal protagonista de su propia muerte. Pero no fue el único. Podríamos decir que hubo una “pasión de Cristo” según el Padre, en la medida en que el Padre sufrió con el Hijo mientras este sufría. Hubo otra “pasión” según el Espíritu Santo y, por supuesto, hubo una “pasión” según la Madre, según la Santísima Virgen. En éste y en los siguientes capítulos voy a intentar entrar en las entrañas, en el corazón, en lo íntimo de una mujer que no sólo pierde un hijo, que no sólo ve cómo matan a su hijo, sino que pierde y ve cómo matan a su Dios. El misterio es tan abismal que sólo con la contemplación mística podemos asomarnos a él para intuir algo, aunque sea poco, de lo que María vivió, de cómo sufrió, de cómo creyó y de cómo amó.
                Primera semana
 
Ausencia y presencia en la Última Cena.
 
La Pasión de Cristo tuvo un prólogo solemne, el que celebramos en la tarde del Jueves Santo, la Última Cena. En ella proclamó el mandamiento nuevo, nos dejó el regalo de la Eucaristía y además instituyó el sacerdocio.
Con toda probabilidad, María estaba junto a Jesús en el momento en que éste marchó hacia Jerusalén, desde casa de Lázaro en Betania, para celebrar aquel ágape singular con sus apóstoles. Si Nuestra Señora no hubiera estado cerca de su Hijo, ¿cómo habría podido llegar, desde Nazaret o Caná hasta Jerusalén para estar, el viernes por la tarde, junto a la Cruz?.
Así, pues, María estaba junto a Jesús cuando le vio partir hacia Jerusalén, para recorrer los escasos kilómetros que le separaban del cumplimiento definitivo de su misión, del Calvario. Ella no estaba a solas con él. En la casa de Lázaro se encontraban al menos sus dos hermanas y también, posiblemente, algunas de las otras mujeres que acompañaban al Maestro y de las que hablan los Evangelios, especialmente Magdalena.
¿Sintió María algún tipo de desprecio por el hecho de que Jesús no la llevara con él en la tarde del jueves santo? ¿Tuvo, ella o Magdalena, algún arrebato feminista que les condujera a reivindicar una especie de cuota femenina en aquel selecto grupo de escogidos?
Nada de todo eso hubo ni en el corazón de María ni en el de las otras mujeres que allí se encontraban. Era algo completamente impensable para ellas, dada su cultura. Pero es que, además, en aquella casa también había hombres; por ejemplo, Lázaro, el anfitrión. Tampoco ellos se dirigieron al Maestro pidiéndole que les dejara acompañarle a ese gran acto que iba a tener lugar en Jerusalén. Y no sólo porque no supieran lo que iba a suceder, sino porque ellos -como buenos creyentes judíos- aceptaban la omnipotencia de Dios, su omnisciencia, y estaban decididos a ser siervos de Dios y no sus señores; estaban decididos a cumplir órdenes, no a darlas. Aceptaban, por eso y de buen grado, todo lo que Jesús decía y quería; respetaban sus decisiones, las comprendieran o no; daban por supuesto que no tenían derecho a nada y que todo lo que se les diera era gratuito.
El sacerdocio, desde este punto de vista, no es un derecho, sino un don. Un don que Dios da a quien él desea y que, como regalo que es, no se puede exigir. Así lo entendió María y así lo aceptó.
Pero, por otro lado, la Santísima Virgen no estuvo ausente del todo de aquella última y sagrada cena. Aunque físicamente no se encontraba allí, sí lo estaba espiritualmente. Su sacerdocio era de otro tipo. Era el llamado “sacerdocio común de los fieles”, al que se accede por el bautismo. Ella, como cualquier bautizado, consagra al Señor no el pan y el vino sino su trabajo cotidiano, su amor y sus sufrimientos. Es ese amor, ofrecido conscientemente al Señor, el que le permite disfrutar de la presencia de su Hijo y ejercer otro tipo de sacerdocio. No hay que olvidar que el mismo Jesús que dijo “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”, había dicho antes: “Donde dos o tres están unidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y a ella, a María, no le importaba acceder a ningún tipo de poder, sino que sólo le importaba amar y servir. Por eso, cuando no la llamaron para ir a la última cena no le dio importancia, ni se la hubiera dado de haber sabido lo que iba a tener lugar. Se hubiera enfadado muchísimo, eso sí, si no le hubieran permitido amar a su Hijo, si no hubiera podido tener acceso a su presencia eucarística, si no hubiera podido participar de ese sacerdocio común por el cual ella podía hacer presente a Jesús si estaba unida, en el nombre de su Hijo y por amor a su Hijo, con el resto de sus discípulos.
Ausencia de María y de las mujeres, por lo tanto, en el acto de institución del sacerdocio. Misterio que no entendemos pero que aceptamos, recordando que los regalos no se reivindican porque no son derechos. Pero presencia de María, verdadero modelo de presencia, en ese otro sacerdocio: el del amor, el del servicio, el que hace posible que exista esa otra materia prima que no es pan y vino sino que es caridad y sobre la cual el Señor se hace presente en medio de los suyos. María se hubiera molestado si no la hubieran dejado servir, pero no se ha enfadado nunca porque no la dejen mandar.
 
Propósito: Agradecer a Dios la humildad de María, a la que sólo la importaba de verdad servir a su Hijo y que por eso es la mejor de sus discípulos y la que tiene toda la autoridad aunque no tenga poder.
 
 
 
Segunda semana
 
La despedida.
 
Como se ha dicho, María estaba junto a Jesús cuando éste marchó hacia Jerusalén para celebrar la cena de Pascua, su Última Cena. Quiero detenerme un poco en la que fue, sin duda, su despedida.
Estoy convencido, aunque los Evangelios no hablen de ello, de que entre Madre e Hijo hubo palabras de explicación. La sintonía espiritual entre ellos era de tal calibre que era impensable que Jesús se marchara para llevar a cabo la obra de su vida sin decirle una palabra a su Madre, sin asegurarle que después de tres días iba a resucitar, sin darle un último beso, un último adiós.
¡Qué tremenda debió ser aquella despedida!. Hubiera o no palabras explícitas por parte del Maestro, la Madre lo sabía todo, pues lo que él no le hubiera dicho lo intuía ella. Ella sabía, por lo tanto, que aquella era la última vez que le veía vivo, sano, fuerte, hermoso. Sabía que era la última vez que podía pasar su mano por sus cabellos negros. Sabía que era la última vez que podía poner sus labios en su cara aún viva y palpitante. Sabía que era la última vez que podía ver su sonrisa, oír su voz con aquel tono alegre tan característico, sentir esa vitalidad que emanaba de él y que hacía que desaparecieran todos los miedos tan solo con estar a su lado.
María de la última vez, mujer y madre que vio a su Hijo adorado partir hacia el calvario, hacia el matadero como un cordero inocente. María que contempló, desde la casa de Lázaro, cómo su muchacho se iba alejando entre los olivos para subir la cuesta que separaba Betania de Jerusalén, anticipo de esa otra cuesta, la del calvario, que habría de subir al día siguiente, el viernes santo.
¿Cómo no sentir a esa mujer, a esa madre, cercana? ¿Cómo no van a identificarse con ella todos los que tienen que despedirse de la vida o de alguien al que le ha llegado la hora de dejar la vida? Ella, María, resume en sí todas las penas y sufrimientos de los seres humanos, especialmente de esos que podríamos llamar “vicarios”, porque los tenemos y padecemos en la medida en que los tienen y padecen nuestros seres queridos. Sufrimientos que quisiéramos suprimir y no podemos. Dolores que quisiéramos poner en nuestras espaldas para aliviar las suyas sin que eso sea posible.
Pero no se trata sólo de contemplar a María y de dejarnos llevar de la emoción del momento. Se trata de admirarla y, a la vez, de imitarla. Imitar a María que supo estar en su sitio. Imitar a María que fue tan fuerte, tan dueña de sí misma, que no le hizo una escena a su Hijo cuando se marchó. Y no por falta de ganas. Seguro que tuvo en la boca el grito desgarrado. Seguro que sus manos pugnaban por asir la túnica de Jesús e impedirle que dejara Betania. Seguro que su cabeza le sugería mil razones que dar a su Hijo para que demorara la partida, para que renunciara a ella definitivamente.
Y, sin embargo, no lo hizo. Sus labios no se abrieron para disuadir a Jesús de que no subiera a la cruz. Sus manos no agarraron, posesivamente, su cuerpo. Sus ojos no derramaron lágrimas más fuertes que las cuerdas y las cadenas.
Quizá tampoco le dijo: vete. Quizá tampoco le animó a marchar como si fuera a dar un paseo campestre, una gira de domingo. Posiblemente le escuchó en silencio, le acarició dejando que sus dedos disfrutaran por última vez con el roce de su piel. Posiblemente se limitó a besarle en la frente y en las mejillas. Posiblemente sólo le dijo una frase: estoy contigo; pase lo que pase, creeré en ti y creeré en tu Padre. Te quiero. No dudes de mi amor, lo mismo que yo no dudaré de ti. Te quiero. Puedes contar conmigo para lo que sea.
Porque María era, no lo olvidemos, además de mujer y madre, Santa María. Ella era la elegida por Dios no sólo para dar a luz a su Hijo, sino para acompañarle a la cruz, para sostenerle en la prueba, para ser su único punto de apoyo cuando todo, incluso lo divino, tenía que esconderse.
Santa María de la despedida, mujer fuerte, madre admirable. Ayúdanos a aceptar también nosotros la voluntad de Dios, sobre todo cuando no entendemos esa voluntad, cuando nos parece que el Señor nos ha dejado solos, cuando el sol se ha ido y sólo tú, como la luz que brilla en las tinieblas, sigues dando esperanza a nuestra vida.
 
Propósito: Agradecer a Dios la fortaleza de María, su entereza, su generosidad a la hora de separarse de su Hijo. Si hubiera llorado, se lo hubiera hecho más difícil a Él. Imitarla nosotros también en eso
 
 
 
Tercera semana
 
La noticia.
 
En la vida nos dan continuamente noticias. De hecho vivimos en la era de la comunicación y cada día nos desayunamos con desgracias y alegrías que proceden de los lugares más diversos del planeta. Pero hay noticias que transforman nuestra vida, que cambian nuestra realidad de tal forma que se puede hablar de un antes y un después. Son noticias trascendentales, generalmente ligadas a acontecimientos dolorosos, pero también a veces a alegrías como el nacimiento de un hijo, por ejemplo.
Pensando en María, en aquella situación en que se encontraba, en Betania, acogida a la hospitalidad de Lázaro y sus hermanas, podemos imaginarla pasando en oración la noche del Jueves Santo. Su intuición de Madre, además de las palabras entre misteriosas y claras que le había dicho su Hijo al despedirse de ella, le hacían comprender que el momento definitivo estaba muy cerca, que podía ser en aquel mismo momento. Estoy seguro de que su relación espiritual con Jesús le hizo seguir paso a paso los grandes acontecimientos de aquella noche santa y terrible: la Eucaristía, la traición de Judas, el prendimiento, los malos tratos en la cárcel de Caifás. Estoy seguro de que ni siquiera se acostó aquella noche, porque ella sí supo acompañar a su Hijo con la oración mientras los apóstoles, tan bravucones, tan masculinos, dormían.
Por eso la noticia, que posiblemente llevó a Betania el joven y asustado Juan, no la pilló desprevenida. Fue, en verdad, una noticia que introdujo un antes y un después en su vida. Pero fue algo que ella sabía que, quizá, había sabido siempre, que había intuido desde aquella profecía de Simón y Ana precisamente cuando llevaron al Templo al recién nacido Jesús.
Ella sabía que su Hijo no había venido para ser un Mesías glorioso, un Mesías triunfador, un Mesías militar. Ella sabía que su Hijo tenía que pagar el precio del rescate y que eso suponía, inevitablemente, el dolor y la desgracia. Lo que no sabía era ni el cuándo ni el cómo. Aquella noticia que le llevaba Juan se lo decía. A la vez que le confirmaba esas intuiciones, le comunicaba que el momento había llegado. El momento para el que él, Jesús, se había estado preparando treinta y tres años. El momento para el cual ella, María, había sido elegida no sólo como madre que un día dió a luz a un ser humano sino como madre que sostiene en la prueba al Hijo querido.
Por eso la reacción de María no fue la que cabía esperar en una madre cualquiera a la que le comunican que a su Hijo le han detenido y que tiene muy pocas posibilidades de escapar con vida. Mientras en aquella casa todos se pusieron nerviosos y las lágrimas, los gritos, los aullidos casi se mezclaban con las carreras y los improperios, ella se recogió un momento en su interior y volvió a decirle al Padre lo que le dijo la primera vez, ante el ángel: “Soy tu esclava. Aquí estoy para hacer tu voluntad”.
María de la mala noticia. María de la desgracia. María que es una más de tantas madres y padres a los que les comunican que su hijo ha muerto en un accidente de tráfico, que se va a divorciar, que se ha quedado en el paro, que se droga, que tiene sida, que tiene, de una forma o de otra, la vida rota. María, que no llora, ni maldice, ni tan siquiera pregunta. María, que se recoge en oración y no pierde el tiempo en disquisiciones filosóficas -tan masculinas como el miedo-, sino que pide ayuda a Dios para que llene sus manos y su corazón de fuerza con que poder socorrer a su Hijo.
Sí, aquella noche terrible y magnífica del Jueves Santo, en la casa de Lázaro hubo varias sorpresas. Una fue la noticia que llevó Juan, de que habían detenido a Cristo en el huerto de los olivos. Otra fue ver el espectáculo de María, de la Madre, que en lugar de desesperarse se disponía a actuar: con la oración, con la presencia, con la fe, con la esperanza.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la fe de María, verdadero ejemplo para nosotros, que ante una terrible noticia no se hunde, sino que se abandona en el Señor, confiando plenamente en Él.
 
 
 
Cuarta semana
 
La Vía Dolorosa.
 
A Nuestro Señor le mataron un viernes a primera hora de la tarde. Pero entre su apresamiento y su muerte transcurrieron muchas horas. Muchas horas de idas y venidas entre la casa de Caifás y el Pretorio de Pilatos, y entre éste y la casa de Herodes. Como un títere, como uno de tantos hombres que han sido despojados injustamente de sus derechos, era llevado de un lado a otro, maltratado, injuriado, torturado y, al fin, asesinado.
Posiblemente María no vio todo aquello. Posiblemente no estuvo ni siquiera en la plaza del Pretorio, cuando enseñaron a su Hijo a la curiosidad pública, desfigurado ya por los latigazos de los romanos y con la corona de espinas arrancándole a jirones la piel de la cabeza. Posiblemente Juan logró convencerla de que estuviera en Betania, rezando, mientras se intentaba un último y vano esfuerzo para conseguir la libertad del que estaba condenado antes ya de ser sometido a juicio.
Pero la tradición nos dice que donde sí vio María a su Hijo fue en el camino de la cruz. Allí, en la vía dolorosa, se produjo el encuentro. Entonces como hoy, esa calle es la del comercio, la del ruido, la de los gritos, el caos y el mundo. Los soldados romanos debieron abrirse paso a golpes entre la multitud para conducir a su prisionero hasta el calvario. Quizá temían que un golpe de mano de sus discípulos les robara la preciada presa. Jesús, por otro lado, estaba tan malherido que no podía soportar ni tan siquiera el peso del madero. Tuvieron que echar mano de uno de los curiosos que contemplaba el espectáculo, Simón de Cirene, para que le ayudara a llevar el travesaño en el que le clavarían. Y no por misericordia hacia el reo, sino para que no muriera antes de tiempo. También sabemos que, entre caída y caída, una mujer llamada Verónica, rompió las barreras de seguridad que rodeaban a Cristo y logró acercar a su divino rostro un paño limpio para procurarle un fugaz consuelo.
Pues bien, todo eso posiblemente lo vio María. Allí debía estar ella, en un rincón de esa angosta callejuela, protegida por Juan, camuflada entre un puesto de verduras y uno de especias, contemplando como pasaba a su lado el fruto de sus entrañas. Allí debía estar, viendo como algunos extraños le ayudaban mientras que los amigos habían huido. Allí debía estar, más muerta que viva y, a la vez, llena de la vida suficiente como para ofrecerle a su Hijo el apoyo que éste necesitaba.
“No desesperes, Madre. Pase lo que pase, no dudes del amor de Dios ni de mí”, debió decirle Jesús cuando se despidió de ella, la tarde anterior en Betania. Esas palabras sonaban todavía en sus oídos y a ellas se aferraba con la fuerza del náufrago que agarra un madero en medio de la tormenta. “No desesperaré”, se decía. “No debo llorar”, añadía. “Él no debe verme hundida. Tengo que apoyarle”, repetía en su interior mientras le veía venir de lejos.
De repente, quizá cuando estaban a menos de un metro de distancia, sus miradas se cruzaron. Jesús, que ahorraba esfuerzos y fuerzas para resistir el embite final, que no miraba a su alrededor y se movía, agotado, con la vista en el suelo, debió comprender que ella estaba allí, a su lado. Levantó la vista y se encontró con ella. ¿Qué leyeron, uno en el otro, sus ojos? ¿Qué mensaje transmitieron esas miradas?. Sin duda que Jesús sufría por ella. Sin duda que ella le dijo a su Hijo, más con el gesto que con la palabra: “¡Animo, estoy contigo, no estás solo”.
Luego Jesús siguió adelante. Quizá le dieron un empellón los soldados para obligarle a caminar. Quizá la Madre había hecho un intento por acercarse que fue reprimido con violencia. Él siguió hacia su destino. Ella se quedó con el suyo. Él subió a la Cruz. Ella subió a su cruz. Para él la cruz era el madero, la tortura, la muerte por asfixia. Para ella la cruz era ver morir al Hijo sin desesperar, sin llorar, sin gritar, para ofrecerle el último punto de apoyo, el único punto de apoyo que Dios había permitido que tuviera, en aquella tarde terrible, el Salvador del mundo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que María fuera capaz de seguir sosteniendo a su Hijo cuando le volvió a ver, ya torturado, camino de la Cruz, en lugar de dejarse llevar por su dolor.






La Virgen María. XXVIII Octubre de 2011
Hasta ahora hemos estado meditando sobre la figura de María desde su nacimiento hasta que su hijo, Jesús, decidió que había llegado la hora de emprender su última etapa, la que le conduciría a la Cruz. Vamos, en los próximos meses, a dirigir nuestra mirada hacia la Virgen pero viéndola como una madre que se queda sola en casa –ya era viuda-, mientras su hijo se va a hacer lo que tiene que hacer y, al hacerlo, pone en peligro su vida. María, desde la retaguardia, supo sostener a Jesús, unirse a Él con un dolor compartido en la distancia, y ser para nosotros un modelo.
                Primera semana
 
Madre generosa.
 
Llegó, por fin, el momento de que Jesús se fuera de casa. ¿Lo había intuido María? ¿Se lo había dicho a ella el corazón de madre mucho antes de que su Hijo le dijera nada? Posiblemente, porque si existe un sexto sentido, ese se guarda, sin duda, en el corazón de las madres. Es más difícil asegurar que la Virgen sabía, con exactitud, el día y la hora en que eso ocurriría.
Quizá lo intuyó cuando Jesús le comunicó que debía acudir al lado de su primo Juan, el Bautista. Partió de Nazaret con algunos de sus primos y, si no había cambios, debían reunirse a medio camino entre el lago de Galilea y Nazaret, en casa de un amigo de la familia que celebraba la boda de uno de sus hijos. En Caná de Galilea.
El caso es que María, tal y como estaba previsto, se dirigió a Caná para acompañar a sus amigos en aquel momento tan importante para ellos. Allí, también según lo previsto, apareció Jesús. Lo que nadie esperaba es que, además de ir acompañado por sus primos, el Señor estuviera rodeado por unos amigos desconocidos que en realidad le trataban más como a un maestro que como a un compañero.
María ya no tuvo dudas. Algo había pasado en el lago. Lo leyó en la cara de Jesús. Lo comprendió al ver el respeto con que aquellos muchachos desconocidos -Andrés, Juan, Santiago- trataban a su hijo. Hasta sus mismos primos -Santiago el de Alfeo y Judas el de Tadeo- parecían mirarle de otra manera. Se puso, entonces, en lo mejor y, a la vez, en lo peor. Es decir, comprendió que el momento de la separación había llegado. Y se alegró, como es natural, pues ella era la primera que no quería que su Hijo renunciara a cumplir los planes por los que había venido al mundo. Pero, a la vez, sintió la inevitable congoja al comprender que se iba a marchar de su lado y que ya no podría disfrutar de él a todas horas como había sucedido hasta entonces. ¿Qué madre hubiera sentido otra cosa?.
Sin embargo, probablemente, la Virgen no sabía que ella debía ser precisamente la que le diera a su Hijo la señal de salida. Claro que si lo hubiera sabido lo hubiera hecho igual, pues ella lo único que deseaba era hacer la voluntad de Dios y que esa voluntad la hicieran también los demás.
Como es sabido, en Caná -quizá incluso por el exceso de invitados- faltó el vino durante la boda. Era una cosa de relativa importancia y Jesús seguro que se había encontrado durante su vida con problemas más graves y no había hecho ningún milagro. Total, lo más que podía pasar es que las fiestas, sin vino, terminaran antes y que los novios anduvieran en lenguas de la gente como pobretones o como poco previsores. No era agradable, pero tampoco era cosa de que se hundiera el mundo.
Así que, posiblemente, Jesús no hubiera movido un dedo para resolver el problema. Pero allí estaba su madre. Es posible que ella se diera cuenta antes que él, pues para eso era una mujer. En todo caso, la actitud de ella demuestra que estaba segura de que su Hijo podía hacer milagros, lo cual significa que se los había visto hacer a menudo. Lo que quizá ignoraba es que aquel hecho portentoso debía ser el punto de partida de la vida pública de Jesús y, como consecuencia, de la separación de su lado y de su aproximación a la muerte redentora. Estoy seguro, no obstante, de que si lo hubiera sabido habría obrado del mismo modo.
Porque, y esa es la lección de las bodas de Caná, María no era de esas madres que son como gallinas cluecas, que quieren tener siempre a sus pollitos bajo las alas. No era una madre posesiva. No era una mujer dominante que desea que el otro viva sólo para ella y que niega al hijo su propia existencia y hasta su libertad y personalidad.
María en Caná se nos muestra como lo que era, una mujer generosa. Una mujer decidida a compartir el mayor tesoro que tenía: su propio Hijo. Aunque eso supusiera, de alguna manera, perderlo. Estoy seguro de que si María hubiera tenido una revelación que le indicara que el milagro del vino en Caná era el principio del fin y que, como consecuencia, empezaba a descontarse el tiempo que faltaba para que Nuestro Señor fuera crucificado, de igual modo habría llamado a su Hijo y le habría dicho, mostrando los cántaros vacíos, “no les queda vino”. Y luego, a continuación, habría vuelto a llamar a los criados para decirles que fueran a ver a Jesús e hicieran lo que él les mandara.
 
Propósito: Agradecer a Dios la generosidad de María, cortando las amarras que unían a su Hijo con el hogar familiar y poniéndole en el camino de la evangelización y de la Cruz.
 
 
 
Segunda semana
 
Virgen poderosa
 
El milagro de las bodas de Caná, además de hablarnos de la intuición de María -que se da cuenta antes que Jesús de la existencia de problemas, pues para algo era mujer- y de su gran generosidad, pues acepta compartir el mayor de sus tesoros, su Hijo, en lugar de quedárselo sólo para ella, nos habla con toda claridad del papel que María ocupaba en la vida de Cristo.
María, con delicadeza, sin imposiciones, sin voces, sin exigencias, con esa humildad que es virtud y que es sabiduría femenina, se limita a exponer a su Hijo la existencia de un problema. Ni siquiera le pide que lo resuelva. Sólo le dice lo que ocurre: “No les queda vino”. Claro que Jesús, que conoce lo suficiente a su Madre, sabe perfectamente lo que eso significa. Sabe, porque sin duda no era la primera vez que ocurría, que esa descripción del problema es una forma delicada de pedirle que lo resuelva. Por eso, el Señor, posiblemente sonriendo y mirando a sus jóvenes y recién incorporados discípulos, contestó a su Madre diciéndole: “Mujer, ¿y a mí qué?. Todavía no ha llegado mi hora”.
¿De qué hora se trataba? No podía ser otra que la de la vida pública. Jesús se muestra, con esa respuesta, como alguien que desea retrasar, aunque sólo sea por unos instantes, el momento difícil de dejar el agradable hogar familiar para emprender la dura vida de adulto. Y María, la Madre, la sabia, la Inmaculada, se nos muestra como aquella que conoce el corazón del Hijo y que le anima a que dé un paso adelante, hacia el cumplimiento de sus obligaciones. No puede haber, pues, una escena más familiar, más corriente, que ésta.
De hecho, la Virgen, demostrando que conoce perfectamente a su Hijo y que está en una sintonía tal con él que hace que todos sus deseos sean cumplidos por Jesús, no le dice nada más. Se retira silenciosa, pero no derrotada. Va directa al mayordomo y le ordena que acuda al lado de Jesús. “Haced lo que él os diga”, manda al jefe de los criados, pronunciando una frase que es todo un programa de vida para el cristiano y también todo un símbolo de cuál es el papel que la Virgen ocupará en la historia de la salvación: interceder por los hombres y ordenar a estos que obedezcan a su Hijo.
El mayordomo, como es sabido, obedeció a María, posiblemente sin saber muy bien de qué se trataba y qué es lo que Jesús debía mandarle. No hay que olvidar que estamos ante el primer milagro público y que, por lo tanto, nadie tenía idea hasta entonces de la capacidad taumatúrgica de Cristo. Obedeciendo -es decir a ciegas pero lleno de confianza en aquella que se lo mandaba, la Virgen- el criado acudió a Jesús y llenó los cántaros con agua para después sacar su contenido y comprobar que era el mejor vino que nunca había probado en su vida. ¿Qué debió pensar mientras ponía el agua en los recipientes? ¿No se sintió un tonto, llevando a cabo una acción a todas luces inútil? Sin embargo, algo debía tener la Virgen ya en aquel entonces, cuando aún nadie conocía su poder, para que aquel hombre la hiciese caso y, por obediencia a ella, secundase las órdenes de aquel muchacho galileo, el Hijo de María. Porque, hasta entonces, Jesús era sólo eso: el Hijo de María. Desde entonces ella pasó a ser la Madre de Jesús. Pero fue ella la que posibilitó ese cambio, la que le dio a él el protagonismo, la que hizo que un hombre obedeciese por primera vez a su Hijo y, como consecuencia, se produjese el primer milagro.
Ahí está, pues, el poder de María. En su gran capacidad para tocar el corazón de los hombres y hacer que éstos, por duros que sean, se conmuevan y ablanden, se acerquen a Dios, se conviertan y, por consiguiente y gracias a la acción de su Hijo, se salven. Porque, no hay que olvidarlo, los milagros los hace Jesús, pero en muchos casos quien lleva a los hombres hasta Cristo, quien les mueve a dirigirse al Señor y a pedirles el milagro, es la Virgen.
Recuerdo un caso que me contaron unas monjas de clausura. Habían tenido obras en el monasterio y el capataz de los albañiles era de todo menos educado. Las monjas lo sufrían con paciencia y rezaban por él. Un día entró en un almacén, donde guardaban unas imágenes. Entre ellas había, en el suelo, una de la Virgen conocida como la Milagrosa, con sus manos extendidas y su mirada llena de ternura. La superiora me lo contaba todavía con los ojos llenos de emoción. Aquel hombre duro, acostumbrado a andar en las obras y con un lenguaje de antiguo carretero, se quedó mirando la imagen durante unos minutos, en silencio. A su lado, la monja no sabía qué hacer, porque comprendía que algo estaba pasando en al corazón de aquel tosco gañán de pueblo. Al cabo, él se dio media vuelta y salió sin decir nada. Pero desde aquel día su comportamiento cambió. La superiora me decía que no sabía si el cambio había sido definitivo y para con todos, pero sí, desde luego, para con ellas. Había sido, una vez más, María. Ella, en silencio, con sus manos abiertas y sus ojos dulces, fue capaz de convertir un corazón de piedra en uno de carne. Ese es y será siempre su poder.
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos haya dejado a María como Madre que intercede por nosotros y que pone al servicio de los pecadores y de los que sufren su poder.
 
 
 
Tercera semana
 
Modelo de confianza.
 
María puso a Jesús en el camino de la realización de su labor cuando le pidió que hiciese el milagro de Caná. Con ello, el Maestro llamó la atención de los demás y, según el Evangelio, “creció la fe de sus discípulos en él”.          
Es sabido que, a continuación, Jesús empezó lo que se llama “la vida pública”. El Señor recorrió durante más o menos tres años todo Israel e incluso hizo algún viaje fuera de sus fronteras. Predicó, hizo milagros, se enfrentó con los poderes establecidos y, al final, cuando le llegó su hora, subió al calvario, murió y resucitó.
Pero, ¿y María?. Ella me recuerda a la madre paciente que aguarda en casa, sin tener noticias del Hijo, y que se consume de impaciencia temiendo lo peor. Y no es que María dudara en ningún momento ni del apoyo divino con que contaba Jesús ni de la rectitud de sus intenciones o de sus obras, sino que, forzosamente, la falta de comunicación entre ambos debía poner a prueba los nervios de la Virgen, como muchos hijos ponen hoy a prueba los de sus madres, aunque por otros motivos.
En esos tres años de vida pública, María fue “la retaguardia de Cristo”, su apoyo silencioso a distancia. Fue su oración silenciosa que se alzaba hasta el cielo suplicando ayuda para aquel que era, por otro lado, la fuente de toda ayuda. Fue la mujer viuda que, con la marcha del Hijo, veía aumentar su soledad y que hacía de ella un instrumento de apoyo al Hijo ausente, ofreciéndole a Dios su dolor y colaborando así con la misión redentora de Cristo.
Sin embargo, en esos tres años, seguro que hubo más de un momento en que esta labor de “retaguardia” debió ser un poco más difícil. Como es sabido, Jesús no se ahorró enemigos. No es que él fuera un temerario, un insensato, un provocador, pero desde luego no era un político, un componedor que buscaba el consenso a cualquier precio. Jesús quería la paz, pero no estaba dispuesto a pagar por ella lo que fuera. Así, llamó “camada de víboras” a los santurrones fariseos, mientras que a sus rivales saduceos les calificaba de “sepulcros blanqueados”. Tenía para todos y nadie que no estuviera a bien con Dios escapaba a sus críticas. Los únicos que no recibían sus fustigamientos eran los pobres, los sencillos, los abandonados, los “heridos de la vida”, a los cuales en muchas ocasiones los hacía quedar por delante de aquellos otros que llevaban escrito en la frente el título de “santo oficial del reino”.
Ese Jesús era un signo de contradicción. Sus enemigos brincaban de odio cada vez que curaba a alguien y oían los elogios que le dirigía el pueblo. Tramaban conspiraciones, juraban venganzas, acechaban sus pasos para acabar con él. Por eso no es extraño que, más bien pronto que tarde, las noticias de las aventuras de Jesús llegaran a la montanara Nazaret. Me imagino a alguna vecina haciéndose la encontradiza con María en la fuente y diciéndole que había oído que a su Hijo le perseguían por alterar el orden público, o que los sacerdotes habían dicho de su Jesús que era un blasfemo. Otras llegarían corriendo a llamar a la puerta de su casa, incluso de noche, para comentarle que se habían enterado de que le habían tendido una emboscada y que, quién sabe, quizá había caído en ella. No faltarían, sin duda, las que le dirían que se hablaba de que andaba en compañía de una famosa prostituta de Magdala y de que entre sus discípulos se encontraban incluso los malditos publicanos.
En fin, allí, sola, en aquel Nazaret cada vez más hostil, María libró su propia lucha contra el mal, su propia lucha a favor de la redención como colaboradora de su Hijo. Y la libró practicando una virtud de la que nosotros estamos necesitados: la de la confianza. Porque eso fue lo que la Virgen hizo una y otra vez cuando le contaban cosas, a veces contradictorias y en no pocas ocasiones malas acerca de Cristo: tener confianza en él. ¿Es que no le conocía ella de sobra?, pues entonces que dijeran aquellas arpías lo que quisieran, que ella sabía que todo lo que su Hijo hiciera estaba bien hecho y que, sin la menor duda, lo que la contaban era fruto de la envidia o del equívoco.
¿No podríamos imitar nosotros a María en eso? ¿No podríamos darle, por lo menos a algunas personas, un voto de confianza? ¿Tienen que estar demostrándonos siempre su honradez, su cariño, su sinceridad? A veces destruimos los más nobles sentimientos precisamente porque, por no creer en ellos, terminamos por cansar y decepcionar a los que los tienen. Nos merecemos el título de “condenados por desconfiados”. No fue así María, ciertamente. Su Hijo siempre contó con su apoyo, más allá de los rumores, más allá de las apariencias, porque más allá de todo estaba el amor que ella, su Madre, le tenía.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de María, su “fiat” repetido tantos días y tantas noches, cuando no tenía noticias de su Hijo o cuando se enteraba de que le perseguían.
 
 
 
Cuarta semana
 
Virgen de las Angustias.
 
Los tres años de la vida pública de Cristo debieron ser tres años muy difíciles para la Virgen. Tres años de preparación para la separación definitiva, tres años de colaboración anticipada con la redención que Cristo nos ganaría muriendo por nosotros en la Cruz. La soledad de María, la incomprensión creciente por parte de los vecinos de Nazaret, la falta de noticias o la llegada de malas y distorsionadas noticias, tenían el corazón de María al borde del precipicio de la angustia y del miedo. ¿Qué sería de su Hijo por esos caminos? ¿Cómo se defendería de tantos enemigos como le acechaban, él, que eran tan inocente y que no conocía doblez? ¿Sería verdad que andaba en malas compañías y que prefería la amistad de las prostitutas y los publicanos a la de las gentes de bien como los fariseos y sacerdotes?
Si la Iglesia dice que las monjas y monjes de clausura, con su vida escondida en Cristo, son las raíces de las que beben, por la comunión de los santos, los que estamos en la primera línea de la evangelización y los misioneros, entonces María fue exactamente eso durante los tres años que vivió escondida en Nazaret mientras su Hijo predicaba la buena nueva por todo Israel. Ella era la contemplativa que todos los días se recogía en oración y se exponía, como un pararrayos, ante el Señor para desviar hacia sí los problemas que pudieran venirle al Hijo.
Yo creo que por eso las madres, y también los padres, se sienten tan cerca de la Santísima Virgen. ¡Cuántas veces he escuchado a madres y a padres decir que le piden a Dios que les dé a ellos una enfermedad que padece el hijo, o que sean ellos los que lleven la cruz que a su muchacho o a su muchacha les aflige! Y es que el amor de María, el amor de una madre, no ha desaparecido afortunadamente de la faz de la tierra y vive en el corazón de muchos hombres y mujeres hacia sus criaturas.
María, por lo tanto, angustiada. María que, en la soledad de Nazaret, sin noticias o con noticias tergiversadas, sufría en silencio, sin poder hacer nada, sin poder salir corriendo en busca de su Hijo para saber la verdad, para comprobar que estaba bien, para tocarle, para abrazarle, para besarle. Pero también, María, que sufría anticipadamente, cuando todavía él no sufría, y que ofrecía a Dios su sufrimiento para aliviar el peso del que recaía en los hombros de su Hijo. Porque esta segunda parte es la que no podemos olvidar.
Ella, la solitaria de Nazaret, la sin noticias, la que experimentaba cada mañana en su corazón aquellas espadas de que le había hablado el anciano Simeón cuando llevó a su niño recién nacido al Templo, ella no es sólo un modelo de dolor, un modelo de pasividad. Es, ante todo, un modelo de amor. María, en la soledad de Nazaret, era cualquier cosa menos una mujer pasiva. No se mesaba los cabellos, no recorría las calles de su aldea llorando, no acudía a la sinagoga para clamar contra el cielo, no andaba buscando hombros en los que apoyarse para explicar a todos lo mal que lo pasaba y lo injusto que eran con ella tanto Dios como su Hijo. María, en la soledad de Nazaret, fue siempre la mujer creyente, la mujer fuerte, la mujer que sabía que su dolor era una moneda valiosa que podía utilizar para ayudar a su Hijo en su tarea redentora. Ella no desperdició ni una sola de sus lágrimas, y no porque no llegaran a caer nunca de sus ojos, sino porque se las ofrecía al Altísimo para que ayudara a su Hijo y para que perdonara los pecados de los hombres.
¿Somos nosotros así o, por el contrario, cuando tenemos un problema nos parece que Dios nos ha abandonado y clamamos contra el cielo acusándole de estar ciego y sordo ante nuestras súplicas? Porque María, de la que con razón se ha dicho que no había dolor como su dolor, es modelo no sólo de sufrimiento sino de cómo llevar ese sufrimiento. Quizá lo que nos falta a nosotros, lo que sí tenía María de sobra, es más fe. Fe en la comunión de los santos. Fe en que ni un solo cabello de nuestra cabeza cae por casualidad. Fe en que podemos colaborar en la obra redentora de Cristo aceptando lo que Dios -misteriosamente- nos envía y uniendo nuestro sufrimiento al de Jesús en el calvario.
Lo que nos pasa a nosotros, que no le sucedía a María, es que creemos que sólo vale el fuerte, el poderoso, el rico. Creemos que el enfermo no sirve para nada, como no sirve el pobre, ni el niño ni el anciano. Y Dios, y María, ven las cosas de otro modo. Por eso ella, en su soledad de Nazaret, no se desesperó. Sufría, y sufría muchísimo, pero sabía que ese sufrimiento era una moneda valiosísima, un instrumento poderoso con el cual podía ayudar a su Hijo. Ella, trabajando a distancia, y él recorriendo los caminos llenos de polvo y de peligros, salvaban el mundo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que María, durante la vida pública de Jesús, fuera corredentora con Él. Su sufrimiento a distancia no era inútil. Sostenía a su Hijo y le ayudaba a seguir.
 
 
 
Quinta semana
 
La prisionera de Nazaret.
 
No me cabe duda de que uno de los momentos más difíciles para la Virgen, durante aquellos tres años que duró la vida pública de Jesús y, por lo tanto, la separación entre Madre e Hijo, tuvo lugar cuando Jesús visitó su pueblo, Nazaret.
El Evangelio cuenta lo ocurrido con cierto lujo de detalles, señal de lo importante y significativo que fue. No sólo por el hecho de que se tratara de la primera vez que querían matar a Jesús, sino porque ese intento tenía lugar nada menos que en el pueblo donde había vivido prácticamente toda su vida.
Hay que reconocer que el Señor, que ya tenía una cierta fama de hacedor de milagros y que se presentó en su aldea rodeado de discípulos, fue poco diplomático con sus vecinos. ¿Qué trabajo le habría costado hacer algún milagro en Nazaret? ¿Es que no había por allí cojos, ciegos o paralíticos? Y, sin embargo, ante toda la comunidad reunida y expectante, dijo aquello de que no tenían fe suficiente y que por eso no podía hacer nada.
Sus vecinos se pusieron como fieras y le arrastraron hasta la cima de la colina con la idea de despeñarle y acabar con su vida. Sorprendentemente, él logró librarse y se marchó de allí para siempre.
Pero, ¿y María? Seguro que estaba en la sinagoga cuando Jesús habló. Lo vio todo, lo mismo el inicio del tumulto que la marcha montaña arriba o que la huida precipitada de su Hijo. ¿Qué sintió su corazón de Madre ante todo aquello? ¿Qué deseó hacer cuando vio a sus vecinos agarrar a su muchacho, zarandearle, insultarle e incluso intentar matarle? ¿No quiso tirarse a su cuello para defender al fruto de sus entrañas? ¿No sintió el deseo de hablar con Jesús y, como hizo en Caná, convencerle para que hiciera un milagro que les dejara satisfechos?
Una vez más nos encontramos con el misterio y con el silencio. Un silencio que sólo nos permite imaginar. Ahora bien, de lo que sí podemos estar seguros es de que la Virgen sufrió mucho y de que, en parte comprendiendo a Jesús y en parte fiándose de él, estuvo siempre a su lado. También podemos estar seguros de que no hizo ningún gesto violento; ni su boca ni sus manos fueron canales del odio, y esto por un sencillo motivo: ese sentimiento no tenía cabida en ella; era una paloma sin hiel, que no conocía el mal; era, anticipo de su Hijo, cordera mansa que aceptaba algo aún más duro que ser llevada al matadero: que llevaran a ese lugar a su criatura.
Pero, posiblemente, lo peor vino luego, cuando Jesús se fue. Posiblemente apenas si tuvieron tiempo de despedirse. Todo debió ser precipitado, airado, rápido. Quizá un abrazo y un beso al vuelo, mientras se escurrían por las callejuelas Jesús y sus amigos. Quizá una promesa: “tendrás noticias mías, no tengas miedo”. Sea como sea, allí quedó ella, sola y, lo que es peor, en tierra hostil.
Porque desde entonces Nazaret ya no fue el mismo. Si hasta ese momento en el pueblo había muchos que estaban contra Jesús, desde ahora lo estuvo toda la población, con la escasa excepción de sus familiares, que, por otro lado, fueron pasándose paulatinamente al grupo de los enemigos del Maestro.
María se quedó sola en Nazaret, en tierra extraña, prisionera, secuestrada como una rehén por los enemigos de su Hijo. ¡Qué difícil debió resultarle la vida desde entonces! ¡Cuántas ocasiones tuvo, a partir de ese momento, para ofrecer a Dios su dolor en colaboración con la misión redentora de Cristo!.
Sin embargo, el odio no logró hacer mella en su fortaleza. Ni siquiera el ver a todos aquellos, hasta hace poco caras amigables ahora convertidas en furibundas; o aquellos otros, a los que ella y Jesús tantas veces habrían hecho favores, olvidándolo todo y negándola el saludo cuando la veían en la fuente o en el mercadillo. Ni siquiera la oleada de ingratitud y de rencor que se lanzaba sobre su corazón virgen e inmaculado, pudo vencerla. Derrotó al odio con amor e hizo lo que después San Pablo dijo que había hecho su Hijo: donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Donde había odio puso amor, aunque no tenía esperanza de encontrar nunca, a cambio, nada de amor.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de María, que supo resistir todas las presiones, incluidas las familiares, por ser fiel a Dios, a su divino Hijo.






La Virgen María. XXVII Junio de 2011
Cuando pensamos en la etapa de Nazaret siempre nos imaginamos a María y a Jesús haciendo su vida normal. Pero es que algunos aspectos de esa vida normal no fueron tan “normales”. Por ejemplo, en esos años María perdió a sus padres –y Jesús a sus abuelos-, enviudó y seguramente su niño se le puso enfermo. Además, en esa etapa tuvo lugar el episodio de la pérdida de Jesús en el Templo de Jerusalén, auténtica y típica escena de conflicto generacional. María nos ofrece un ejemplo de comportamiento para cada caso.
                Primera semana
 
María, hija de padres ancianos.
 
Durante la etapa de Nazaret, salpicando con imprevistos y amarguras la tranquila vida cotidiana, fueron ocurriendo cosas que turbaban la vida de la Sagrada Familia. Por ejemplo, la muerte de Joaquín, primero, y luego de Ana, los padres de la Virgen.
María debió vivir esos momentos como cualquier creyente en la vida futura: con esperanza. Pero también como cualquier persona que pierde a un padre o a una madre: con dolor. La esperanza no suprimía el dolor, a la vez que lo situaba en su puesto justo, sin dejar que, como un caballo desbocado, arrastrase al corazón humano a la desesperación.
Antes de eso, no obstante, seguro que pasó un largo tiempo durante el cual las fuerzas de los padres de la Virgen fueron mermando. Ana, la abuela de Jesús, tan unida a su hija, tan solícita con ella y probablemente también tan activa y capaz, fue apagándose poco a poco. Lo mismo le pasaría a Joaquín, el padre de María. Es cierto que en aquella época, debido al retraso de la medicina, la gente vivía menos años. Pero también es cierto que abundaban las personas ancianas y que éstas solían llevar, los últimos años de su vida, un deterioro paulatino, en medio de no pocos sufrimientos, debido precisamente a los escasos recursos médicos de que se disponía.
Pero si no había medicinas y calmantes, había otra cosa que, si bien no las sustituía, sí paliaba su carencia. Había mucho amor, especialmente por parte de María, la hija, y también por parte de José, el yerno, y de Jesús, el nieto.
Esta es, por lo tanto, una escena de la vida de la Virgen en la que nos conviene pararnos para verla más de cerca y aprender de lo que Nuestra Señora hizo. Porque no me la imagino dejando a su padre anciano y enfermo al cuidado únicamente de su madre, también achacosa. Ni me la imagino dejándoles a ambos al cuidado de terceras personas siempre que ella pudiera hacer esa misma tarea. Claro que en aquella época no existían las residencias de ancianos ni los asilos. Pero es que, además y por lo menos en el caso de la Virgen, el sentido de familia era tan fuerte que resultaba impensable que una hija no atendiera a sus padres, tanto más cuanto más ellos la necesitaran. Y, como digo, no sólo la hija sino también el resto de la familia: el yerno y el nieto.
Vemos, pues, a María al pie de la cama de su padre anciano y moribundo y, más tarde, al lado de su buena madre. La vemos cogiéndoles pacientemente las manos, llevando a su boca algún caldo para que tomasen un poco de alimento, o poniendo en su frente paños húmedos y frescos con los que aliviar la fiebre que les consumía. Vemos a María centrándose en ayudar a sus padres, sin preocuparse de sí misma, de su “autorrealización”, de sus planes. Porque para ella el único plan que importaba era el de hacer la voluntad de Dios y no había otra voluntad mayor en aquel momento que la de cumplir el cuarto mandamiento de la ley divina que obliga a amar al padre y a la madre.
Si, a continuación, fijamos nuestra mirada en lo que sucede ahora, podemos notar el fuerte contraste. Esta sociedad, muchísimo más rica y más capacitada para vencer el dolor, es sin embargo más pobre en ternura y en espíritu de sacrificio. Podemos hacer el bien y, sin embargo, hacemos más el mal que nunca. Podemos, con nuestra técnica, aliviar al que sufre, a pesar de lo cual cada vez son más los hijos que abandonan a sus propios padres en asilos y residencias, no tomándose la molestia ni de ir a verles una vez por semana. Basta con darse una vuelta, a ser posible de forma fija y con seriedad, por esos centros atendidos tan magníficamente por las monjas para darse cuenta del gran número de páginas de dolor escritas en el corazón de los viejecitos que en ellos viven. Muchos han tenido hijos y todavía los tienen. Lo mismo que tienen nietos. Pero pasan los días sin que nadie vaya a visitarles, mientras que tienen que ser otros, extraños a su familia pero movidos por el amor a Cristo, los que ocupen el lugar que deberían llenar los de su sangre.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de María que cuidó de sus padres, en una época en que tantos ancianos están olvidados de los suyos.
 
 
 
Segunda semana
 
María, madre del niño enfermo.
 
La vida de la Sagrada Familia en Nazaret debió ser muy distinta a la de una familia corriente de nuestros días. Pero, a la vez, debió ser muy parecida. Por ejemplo, algo que sin duda no faltó fue la preocupación por la salud del pequeño Jesús, como en cualquier hogar.
Estoy seguro de que en más de una ocasión Jesús tuvo una indigestión, tuvo fiebre o presentó problemas ligados a los dientes que le salían o a su crecimiento. ¿Qué harían José y María ante esas situaciones, nuevas al principio y luego ya más habituales? ¿Temieron en algún momento por la vida de su chiquitín, habida cuenta de la alta mortalidad infantil que existía en aquella época?
Conozco a muchas madres con hijos pequeños. Buena parte de ellas cuidan y atienden a su primer hijo, por lo cual todo les resulta nuevo y no saben bien qué tienen que hacer. Afortunadamente, en nuestra época, al menos en España, hay un buen sistema sanitario, aunque eso no significa que no se comentan errores. Sin embargo, a veces la ciencia no da más de sí. A veces el peligro es tan grande que los padres se sienten invadidos por el terror de que la muerte esté rondando a su criatura.
Recuerdo un caso de hace años que me conmovió. Se trataba de una adolescente que acababa de morir. Se llamaba Alexia. La leucemia había terminado con su vida, después de una larga y agotadora lucha para intentar curarla. No conocí a la pequeña Alexia que, por lo que me contaron, está ya en el cielo. Pero sí conocí a su madre. Puedo decir que nunca había encontrado en nadie tanta fe. Aquella señora me sorprendió y me admiró. Dolida, naturalmente, por la muerte de su hija, no se explayaba en reproches hacia el cielo, reclamando a Dios la vida de su pequeña y acusándole de injusto por habérsela llevado. Su fe le hacía estar segura de la existencia de la vida más allá de la muerte y, por lo tanto, eliminaba el pesar acerca de cuál sería el destino de su hija. En cuanto al dolor de no tenerla ya consigo, de no poder disfrutar de su compañía, aquella mamá ejemplar decía que en lugar de reprochar a Dios por no tenerla, le daba gracias por haberla tenido. “¿Qué derecho tenía yo -me vino a decir- a disfrutar de Alexia todos los años que estuve a su lado. Aquello fue un regalo y cuando se me quitó el regalo no me quejé sino que di gracias por el tiempo que pude gozarlo”.
Pues bien, me imagino a María diciendo algo parecido ante la cuna de su niño enfermo, o ante su camita cuando ya era un poco más mayor. Jesús quizá ardía de fiebre y los remedios caseros de las vecinas, la medicina tradicional hecha de hierbas y pociones, no parecían dar resultado. Muchos niños morían en situaciones así. Hasta es posible que alguna amiga, con más buena intención que acierto, pusiera la mano en el hombro de la Virgen y la susurrara al oído: “No te preocupes, ya tendrás otro”. ¡Cómo si fuera posible que un hijo ocupara el lugar de otro y cómo si fuera posible que alguien ocupara el lugar del Hijo de Dios!.
Me imagino a María sufriendo y rezando -por desgracia para ella no podía rezar esa maravillosa y consoladora oración que es el Rosario, por desgracia para ella no tenía una Virgen María a la que acogerse en momentos así como nosotros tenemos-. Me la imagino pasando la noche en vela, dejando que las lágrimas corriesen mansamente por sus ojos y con el sólido apoyo de su marido, sentado a su lado y rezando también él a Yahvé Todopoderoso.
Estoy seguro de que en ese momento la oración de María debió ser parecida a la de la madre de Alexia: “Señor, hágase tu voluntad. No comprendo cómo es posible que te lo quieras llevar después de haberle hecho nacer, sin haberle dado tiempo para que pudiera llevar a cabo esa misión de Mesías que me dijiste que debía realizar. No comprendo tus planes. Pero los acepto. Te digo lo mismo que le dije al ángel cuando me anunció su concepción: Yo soy tu esclava y sólo deseo hacer tu voluntad. Que tus planes se cumplan en mí y también en él. Porque él es más tuyo que mío y si tú quieres que muera es porque eso es lo mejor para él, para mí y para todos. Señor, creo en ti, creo en tu amor y acepto como fruto de ese amor todo lo que venga de tu mano. Sólo te pido que me des fuerza para aceptar este dolor y que a él no le hagas sufrir. Por lo demás, muchas gracias por haber podido disfrutar de él estos años. Yo no era quién para merecer este regalo y por lo tanto no tengo nada que reprocharte si dentro de poco el regalo me falta”.
Podíamos aprender esa actitud de María. Con los niños enfermos, con los hijos con problemas, lo mismo que con cualquier amigo o familiar al que le haya llegado la hora de la muerte. “Hágase en mí y en él según tu palabra -debemos decirle a Dios-. Gracias por el tiempo que pude estar a su lado”.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de María, que ante las situaciones que nos angustian porque no podemos resolverlas y afectan a los nuestros, supo confiar en Dios ciegamente.
 
 
 
Tercera semana
 
María, madre de adolescente.
 
Uno de los pocos hechos ocurridos en Nazaret durante los largos años llamados de la “vida oculta”, es aquel que supuso un grave disgusto para la Virgen y para San José, el de la pérdida del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén.
La Sagrada Familia, como buenos creyentes en Yahvé, había viajado a la capital de Israel durante las fiestas para visitar el Templo y alabar allí al Señor, tal y como mandaba la ley judía. No era la primera vez que lo hacían y la novedad de aquella ocasión era que Jesús daba cada vez más muestras de interés por todo lo relacionado con el Templo, hacía preguntas que nadie le sabía contestar y se mostraba inquieto y deseoso de llegar a la casa de Dios. Una vez allí, el muchacho logró escaparse de la tutela de sus padres y familiares, quizá debido a que los hombres debían estar separados de las mujeres y él tenía una edad que le permitía ir con unos o con otros indistintamente. El caso es que, cuando llegó la hora de regresar a Galilea, María pensó que estaba con José y éste pensó lo mismo pero con respecto a su esposa. La caravana se puso en marcha y cuando había transcurrido ya una jornada de marcha, antes de caer la noche, descubrieron que el pequeño Jesús se había quedado en Jerusalén.
El niño perdido. Parece el título de una novela romántica o de un drama. Sin embargo, fue una realidad. Una realidad que angustió el corazón de la Santísima Virgen y también el de San José. Inquietos, regresaron lo antes posible a la ciudad y, después de buscar entre los familiares y conocidos que tenían en la ciudad, por fin se dirigieron al Templo. Allí le encontraron, como si no hubiera pasado nada, hablando de Dios y de las cosas de Dios con un grupo de eruditos en la ley, a los que el Evangelio denomina “doctores”, “sabios”, “maestros”. Jesús, aun siendo un adolescente, ya daba muestras de poseer la plenitud de la sabiduría. Una sabiduría que era infinitamente más lúcida que todas las de los hombres.
Lo más hermoso de la escena, tal y como la cuenta el Evangelio, es el encuentro entre la madre y el hijo. José, discretamente, deja hacer a su mujer, quizá para suavizar las cosas o quizá porque no se sentía con autoridad suficiente para llamar la atención al Mesías. Pero María es su madre y en esa regañina -delicada pero firme- la vemos ejerciendo como tal. No le importaba a ella que aquel muchacho fuera el Hijo de Dios, el Mesías y todos los demás títulos que el pueblo de Israel había reservado para el que debía ser su libertador. Ahora era su pequeño, su hijo, y les había dado un disgusto de muerte. Por eso se encara con él y le interroga sobre su comportamiento.
Jesús, con calma, explica a su Madre que tenía otras cosas que hacer y posiblemente también le debió decir que se le había pasado la hora y que cuando se dio cuenta ya era tarde así que esperó a que vinieran a buscarle. Pero, sobre todo, le da una lección. A ella, a la que hasta ese momento había sido su maestra, Jesús empieza a tratarla como discípula: “Tengo que atender las cosas de mi Padre”. El Evangelio, siempre parco en expresiones, se limita a decir que María, estupefacta y sorprendida, guardó esa respuesta como un tesoro y se dedicó a reflexionar sobre ella, pues representaba, antes que nada, que el niño había dejado de ser niño y que estaba llamando a Dios, al Todopoderoso e Innombrable Yahvé, nada menos que “Padre”. Claro que el Evangelio añade que Jesús se volvió a Nazaret con su familia y que allí siguió bajo su autoridad. Aquello había sido un incidente, no una rebelión; un anticipo de lo que tendría lugar años después, para que María se fuera acostumbrando y tuviera tiempo para prepararse.
¿Cuál es la enseñanza? Quizá, entre todas, ésta: que los padres no pueden aspirar a ocupar el lugar de Dios en el corazón de los hijos. Aunque hoy los tiempos no van por ese camino, todavía se encuentran casos en los cuales los padres, más que acompañantes y guías, pretenden convertirse en dictadores. Esto sobre todo sucede con la vocación religiosa. Si un hijo dice que quiere ser médico o ingeniero, no sucede nada, por lo general. Si dice que quiere ser sacerdote o hacerse monja, entonces en no pocas familias se arma un drama. Y eso no sólo en familias alejadas de la práctica religiosa, sino también en otras que son incluso muy practicantes.
Aprendamos a dejar que el otro, aunque sea el propio hijo, tenga su propia vida, su propia libertad. Claro que tenemos que ayudarle con nuestros consejos y con nuestro testimonio. Mientras es menor de edad, además, tenemos el derecho y el deber de conducirle por el camino que consideramos más adecuado, aunque podamos equivocarnos. Pero, a la vez, debemos aprender a descubrir cuál es su propia personalidad, debemos ayudar a que ésta se forme. En cambio, con frecuencia, lo que muchos padres quieren es que los hijos sean una mera prolongación suya, que hagan lo que ellos no han podido hacer, que tengan lo que ellos no han podido tener. No es extraño que, con esta mala educación, se produzcan desde las rebeldías hasta los fracasos más sonoros.
En cuanto a María, su sorpresa, su dolor, nos puede ayudar no sólo a respetar la legítima libertad de los hijos, sino también a sentirnos identificados con ella cuando esos hijos, por culpa nuestra o por culpa suya, han emprendido caminos equivocados y están, de verdad, perdidos, y no precisamente en el Templo.
 
Propósito: Agradecer a Dios el ejemplo de María y de José en su relación con el adolescente Jesús: el respeto y la autoridad mezclados por igual y aderezados con amor
 
 
 
Cuarta semana
 
María, viuda.
 
El Evangelio no nos dice nada acerca del momento en que debió morir San José. Sólo sabemos que cuando Jesús inició su vida pública, más o menos a la edad de treinta años, su padre adoptivo había fallecido. Por lo tanto, fue en algún momento a lo largo de los años en que Jesús vivió en Nazaret que José pudo descansar en el seno del Padre y gozar de los premios prometidos por Dios a quien, como él, fue calificado como un “varón justo”.
De la muerte de José se deduce, por consiguiente, que la Santísima Virgen desde ese instante quedó viuda. Viuda y acompañada durante una temporada por su único hijo. Viuda, después, que debió aprender a vivir en soledad cuando a Jesús le llegó la hora de dejar el hogar y empezar a cumplir la misión para la cual había venido al mundo.
La muerte de José tuvo que ser muy dura para la Virgen. Algunos, piadosamente, han querido ver en el padre adoptivo de Jesús a un venerable anciano que no despertaba en el corazón de María más que una filial ternura. No me atrevo a decir que ese planteamiento es erróneo, porque, simplemente, no hay datos que indiquen cómo fueron en realidad las cosas. De todos modos, prefiero pensar que los dos esposos se quisieron con un amor auténtico y que ese amor, por ser el que dos creyentes se tenían entre sí, incluyó el respeto a la decisión de consagración que la Virgen había hecho y que, probablemente, José también asumió.
María y José, una pareja singular, ciertamente, pero no tanto como para no tener entre ellos un fuerte lazo de amor. Lo que pasa es que hoy, tan acostumbrados como estamos por las películas a que a los cinco minutos de que un chico conoce a una chica ya están los dos en la cama, nos resulta muy difícil aceptar que las cosas hayan podido ser de otra manera alguna vez a lo largo de la multisecular historia del ser humano. En realidad, para convencernos de que lo normal no es lo de ahora, basta con que preguntemos a cualquiera que peine canas y nos dirá que, efectivamente y no hace mucho, lo de la castidad no era una originalidad ni una rareza, como es hoy, sino que era lo más normal y lo que la mayoría practicaba.
María debió sufrir mucho con la muerte de José. Había sido para ella, siempre, una persona buena y leal, un amigo, un confidente, un apoyo. María, forzosamente, debió echarle mucho de menos. Aunque tenía la certeza de que la muerte no era el final y que, lo mismo que había sucedido antes con sus padres, su marido iba a disfrutar de la compañía de Dios en el cielo, no por eso dejó de sentir su ausencia. Tanto más cuanto se acercaban los momentos en que debían empezar a ocurrir las cosas que se habían estado preparando desde el nacimiento de Jesús y ella se iba a encontrar sola para afrontarlas. ¡Qué enorme apoyo hubiera representado para la Virgen tener a su lado a José cuando Jesús se marchó de casa y no digamos cuando empezaron a llegar noticias contradictorias sobre su actividad!
¡Cómo se parece esta mujer viuda, fuerte y frágil a la vez, a tantas y tantas de nuestros días!. Conozco varios casos en los que ellas -a veces ellos- tienen que afrontar la difícil papeleta de la educación de los hijos sin tener el apoyo del marido. Se ven forzadas a hacer de madre y de padre. Y, para colmo, si fracasan en esa tarea educativa, se sienten tentadas de responsabilizarse por ello, como si no se dieran los mismos fracasos en familias donde los hijos han contado con la presencia de los dos progenitores.
María, que pasó por todas las etapas de un ser humano, es, en su viudedad, un punto de apoyo, una referencia, una fuente de consuelo, para los que tienen que vivir la última etapa de su vida en soledad. En una soledad que a veces está mitigada por la compañía de los hijos o de los nietos, pero que en otras ocasiones no cuenta ni siquiera con esos apoyos, y no porque no existan sino porque se han olvidado de aquella que tanto hizo por ellos.
 
Propósito: Agradecer a Dios por la disponibilidad de las personas que han enviudado y que son tan útiles para la propia familia y para la Iglesia, y no dejarlas solas.






La Virgen María. XXVI Mayo de 2011
La etapa de Belén se cierra con una tragedia: la matanza de los inocentes; siempre es igual: cuando el hombre se aleja de Dios se convierte en un asesino para su hermano. Pero luego, tras el exilio en Egipto, llegó la hora de la calma. ¿Quizá demasiada calma? ¿Fue necesario que el Hijo de Dios tuviera que pasar casi 30 años haciendo de carpintero? Los planes de Dios son distintos de los nuestros y el valor de las cosas, a sus ojos, no se mide por el éxito mundano sino por el amor que se pone al hacerlas. Eso es lo que nos enseñan los largos años de vida normal de Jesús y de María en Nazaret.
                Primera semana
 
La matanza de los inocentes.
 
Para terminar las meditaciones en torno a la etapa de la vida de Jesús y de María que pasaron como emigrantes y exiliados en Egipto, quiero referirme a la causa de aquel viaje, de aquel destierro.
La Sagrada Familia podría haber emprendido el camino de Africa por motivos económicos, como tantos habrían hecho antes que ellos y tantos harían después. Sin embargo, no fue esa la causa que les llevó a Egipto. Se trataba de algo más terrible, más brutal y, por desgracia, también muy común. Es sabido, porque eso sí nos lo cuentas los Evangelios, que Herodes, al saber de la existencia de Jesús, decidió no correr riesgos y, por si acaso las antiguas profecías eran ciertas, ordenó matar no sólo al recién nacido sino a todos los bebés de la comarca. Fue una medida brutal, propia sólo de un hombre déspota y cruel, en consonancia con una época que todavía no había sido dulcificada por la ternura del cristianismo.
Es sabido también que José, advertido por un ángel del peligro que acechaba a su familia, logró poner a todos a salvo y así fue como comenzó la experiencia de Egipto.
José, María y Jesús, son, por lo tanto, modelos extraordinarios y próximos de todos aquellos que se han visto forzados a abandonar su patria por los tiranos de cualquier signo, por los déspotas de todos los momentos de la historia. A la Sagrada Familia, pues, pueden acudir en busca de comprensión y apoyo los que se encuentran en situaciones parecidas o tienen algún familiar o algún amigo en ese trance.
Pero la lección de esa etapa de la vida de Jesús, José y María, no acaba ahí. Porque lo que ocurrió cuando ellos lograron huir, y que les hubiera afectado si no lo hubieran hecho, fue la terrible matanza de los inocentes. ¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? Por desgracia, mucho más de lo que nos gusta oír. Los datos oficiales de la ONU hablan de 45 millones de abortos al año. Dicho así, y acostumbrados como estamos a las grandes cifras, puede resultar hasta indiferente. Pero si se profundiza se comprende el horror de la situación que ese dato representa. Cuarenta y cinco millones de madres cada año deciden matar a su hijo; no están, la mayoría de ellas, obligadas por ningún gobierno despótico y cruel, como aquellas vecinas de Belén que vieron, a su pesar, cómo Herodes asesinaba a sus criaturas. Es cierto que en no pocos casos muchas de esas mujeres se encuentran en una situación difícil y que la sociedad hipócrita les anima y facilita el aborto para resolver, mediante la cultura de la muerte, lo que de otro modo tendrían que afrontar desde la solidaridad. Todo eso es cierto, pero también lo es el hecho en sí: millones de madres cada año entregan a sus criaturas a la muerte.
Julián Marías ha calificado la aceptación social del aborto que se ha producido en nuestros días como el más grave drama moral que ha conocido nuestro siglo. Es, desde un punto de vista al menos, peor incluso que lo de Hitler o lo de Stalin, pues aquí son las propias madres las que deciden acabar con sus hijos.
Matanza de los inocentes, por lo tanto. Más terrible incluso que la de antaño, por ser los propios padres los protagonistas y por ir refrendada por el beneplácito de una buena parte de la sociedad y de las leyes.
Pero, ¿qué podemos hacer?. Creo que debemos, también en esto, imitar a María. Claro que no podemos luchar contra la voluntad de unas mujeres amparadas por las leyes y que llevan a su hijo dentro de sí. Pero sí podemos fomentar las ayudas para que esas mujeres sean de verdad libres, pues muchas de ellas recurren al aborto porque se encuentran solas, porque su situación económica es muy grave, porque sus maridos o sus compañeros no las apoyan. Condenar el aborto sin ofrecer ayuda a las mujeres que están en situación crítica es una verdadera hipocresía. Defendamos, pues, la vida con obras y no sólo con palabras. Como hicieron José y María.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que con su Divina Providencia nos salva de los peligros y pedirle que nos ayude a identificar su voz para no dejarnos confundir ni engañar por la voz del enemigo.
 
 
 
Segunda semana
 
Nazaret: la santidad de la vida normal.
 
Cuando la Sagrada Familia regresó de Egipto, enterado ya San José de que el peligro que representaba Herodes había pasado con la muerte del tirano, decidieron regresar a su pueblo, a Nazaret. Sin duda que sólo las circunstancias había retrasado aquella vuelta, pues tanto María como José no habían dejado de soñar con el terruño y, al menos en el caso de la Santísima Virgen, con el reencuentro con sus padres, Ana y Joaquín.
“¡Por fin en casa!”, debieron pensar los esposos cuando divisaron la colina en la que se alza el pueblo. ¡Qué ganas tenían de volver a ver las callejuelas de su aldea, de beber de nuevo el agua de aquella fuente que sigue manando en su falda, de escuchar las risas de los amigos y hasta de oler el perfume de las flores que, por ser del terruño, parece que siempre son las más fragantes de toda la creación.
Sin duda que la familia de ambos les dio un recibimiento caluroso. Joaquín y Ana, especialmente. Los dos abuelos, enterados como estaban del secreto que se escondía en Jesús, debieron mirar y remirar a su nieto que, por aquel entonces, ya sería un niño de cuatro o cinco años. Un hermoso niño, además. Tan parecido a su madre que más de uno en la aldea bromearía, sin tener idea de que ponía el dedo en la llaga, diciéndole a José que su hijo no había sacado nada de él.
Pero los primeros encuentros terminaron por pasar, lo mismo que pasó la novedad de ocupar por primera vez su casa de familia -¡por fin solos!, debieron exclamar, como cualquier pareja de recién casados-. El paisaje, las voces y hasta el delicioso aroma del romero y del tomillo, del espliego y la lavanda, se volvieron más normales, menos soñados, más vulgares.
Y entonces vino lo inesperado y, quizá por eso, lo difícil. Porque lo que ocurrió fue exactamente algo con lo que ellos, posiblemente, no contaban. Lo que ocurrió fue que no ocurrió nada.
¿Estaba preparada María, estaba preparado José, para que en Nazaret no sucediese nada especial, nada angelical, nada sobrenatural, si es que se puede decir que vivir con el Hijo de Dios no era ya de por si la más elevada expresión de sobrenaturalidad?. No sabemos lo que ellos sabían. Y no cabe duda de que, al menos durante un tiempo, debieron dar gracias a Dios porque la vida transcurriera por el camino de la normalidad, de la rutina casi. Después de tantas fatigas y sobresaltos, un poco de vida gris se agradecía.
Pero cuando empezaron a pasar los años, ¿no le entró a María la duda de si de verdad su niño era el Mesías? ¿Y a José, no le parecería raro que aquella criatura -por lo demás maravillosa- no estuviera haciendo cosas especiales, como si de un Sansón o de un David se tratara?. No hay que olvidar que tanto José como María eran judíos, buenos judíos. Ellos, como el resto de su pueblo, tenía una noción muy clara de lo que debía ser y hacer el Mesías. ¿Y podía ser un Mesías, un salvador, un libertador, una criatura como Jesús, buenísima eso sí, pero tan normal, tan corriente, que casi parecía un hijo de vecino de cualquier hogar decente de Israel?
Esa fue la prueba inesperada que la Sagrada Familia debió afrontar en Nazaret. Una prueba que se fue desgranando con el transcurrir de los días y que fue adoptando manifestaciones diferentes, con algunas excepciones de “anormalidad” como la pérdida de Jesús en el Templo.
Pero también esa prueba la superaron. Y, al hacerlo, aprendieron la lección que siglos antes había aprendido el profeta Elías: Dios no siempre habla en la tormenta, en medio de truenos y relámpagos. A Dios le encanta, por el contrario, hablar a través de la brisa suave, mediante el color bermellón de una mansa puesta de sol de otoño o con el perfume que sueltan las flores para atraer hacia ellas a las abejas.
Aprendamos también nosotros la lección de la normalidad. Lección que nos indica que para ser santos no hace falta irse muy lejos. Ni tan siquiera para ser mártires. Basta la propia casa. Basta el propio trabajo. Basta la propia ciudad. Basta con hacer las cosas de cada día por Dios, conscientemente por Dios. Y ya él se encarga de ir metiendo en nuestra vida, como si fueran pasas en un bizcocho, las sorpresas que la vuelven interesante e incluso hasta demasiado entretenida.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo dado pro la Sagrada Familia en Nazaret: se puede ser santo sin salir de casa, sin hacer cosas grandes. Basta con amar y eso está al alcance de todos.
 
 
 
Tercera semana
 
María, ama de casa.
 
He hablado de normalidad, de rutina incluso, para describir cómo fue la vida en Nazaret durante tantos y tantos años. Y he dicho que para que ese tipo de vida fuese un trampolín para la santificación y no para la amargura o la frustración, es imprescindible la humildad. Pero no he dicho en qué consistió la rutina de María, qué fue lo que ella tuvo que hacer cada día, durante tantos días.
No es difícil de descubrir. Hay, incluso, un término para designar su tarea. Lo mismo que etiquetamos a alguien que arregla grifos con el nombre de “fontanero”, o al que construye casas con el de “albañil” o con el de “arquitecto”, así llamamos a una persona que hace lo que hizo María con el título de “ama de casa”.
“Ama”, en español, significa “dueña”, significa “señora”. “Ama” es la que ejerce el dominio, la propiedad, el mando. No cabe duda de que cuando el idioma, depurado por el paso de siglos y siglos de sabiduría y experiencia, ha acuñado ese término para designar a las mujeres que trabajan en su hogar, es por algo. Pocas veces el pueblo se equivoca y creo que en esta ocasión no lo hace.
Pero lo que no dice la fórmula, lo que no refleja el título, es que ese señorío, esa dominación, se hace desde el servicio, desde la entrega más absoluta. El ama de casa no tiene días libres. Cuando todos descansan, ella trabaja más. No conoce horarios, pues con frecuencia es la primera que se levanta y la última que se acuesta. No tiene, para colmo, ni sueldo ni seguridad social. Y, en no pocos casos, si su matrimonio se rompe, tiene que ver cómo la contentan con una pequeña pensión, cuando quizá renunció a ejercer una profesión brillante para consagrarse al cuidado de la familia y de los hijos.
El ama de casa, en la mayoría de los casos, ejerce, efectivamente un señorío. Pero es más parecido al de Jesús que al de los grandes de la tierra. Aquel Jesús que, en la noche del Jueves Santo, se ciño la toalla y se puso a lavarles los pies a los discípulos, para llamar su atención y darles un ejemplo.
Así es el ama de casa. Así fue María. Con la compra, con la colada, con el trapo del polvo, con la rueca, con la aguja y el dedal, con el ir y venir a la fuente, con las visitas a las amigas enfermas o a los parientes ancianos, así llenaba su día. Cuidaba de su hijo y de su marido. Cuidaba de ella misma, de su alma, dedicando tiempo cada día a la oración y no dejando que el trabajo consumiera todas sus horas. Así se le pasó la vida, casi toda la vida. Veía crecer a su hijo, veía envejecer y enfermar a su marido. Vio como morían sus padres y como moría José. Vio partir a su muchacho -hecho ya un hombre- y todo eso sin dejar ni un solo día de poner la olla al fuego, remendar una túnica gastada o hacer sus oraciones de la mañana y de la noche.
¡Qué ejemplo el de María!. ¡La sede de la sabiduría, la Reina de los Reyes, la Señora de los milagros, atizando el fuego para que cocieran las legumbres y preocupada por conseguir que el dinero llegara a fin de mes!.
Nadie como ella, por lo tanto, para enseñarnos a ser santos utilizando como material lo más corriente, lo más normal, lo más vulgar incluso.
Pero hay otra cosa típica del ama de casa. Y es que cuando vas de visita a su hogar, se esfuerzan en agradar, en sacar al invitado lo mejor que tienen. No por presumir -o al menos no siempre por ese motivo-, sino por amar.
Recuerdo mi primera vez en Nazaret, en la basílica de la Anunciación. Sentí su voz y ella me decía: “Bienvenido, estás en mi casa”. Después, como un ama de casa amable y solícita, me invitaba a pedir lo que quisiera, pues deseaba corresponder a lo que yo había podido hacer -aunque siempre menos de lo debido- a favor de los pobres y los necesitados. Y me lo concedió. Y no sólo a mí.
Aprendamos esa cualidad de María: no sólo la de transformar en grandes las cosas más pequeñas por el amor que ponemos, sino la de agradecer al que nos ha ayudado en algo. Seamos agradecidos. Seamos amables. Seamos corteses. Que la gente comprenda que, además de tener fe, tenemos también virtudes humanas: la de la gratitud, la de la amabilidad, la de los detalles.
 
Propósito: Agradecer a Dios que hemos tenido una madre en la tierra que se ha sacrificado por nosotros, a veces sin que lo valoráramos lo suficiente y sin que le diéramos las gracias.
 
 
 
Cuarta semana
 
María, educadora.
 
Una de las tareas principales de María, casi a la altura de la de engendrar y dar a luz a Jesús, fue educarle. De hecho, tanto la maternidad como la paternidad no se pueden limitar al hecho físico de poner en el mundo a una nueva criatura. Cuidar de él, alimentarle y, sobre todo, educarle, son características que van incluidas en el concepto de maternidad o de paternidad y que, si no se dan, están incluso penalizadas por las leyes.
María, desde luego, no necesitó ninguna presión legal o policial para ser una buena madre, una madre completa. No sólo se limitó a dejar que el Espíritu Santo descendiera sobre ella y, nueve meses después, apareciera en el mundo el niño Jesús. Su maternidad supuso, como para la mayoría de las madres, entrega, dedicación, sacrificio. Todo eso al servicio de las dos dimensiones que tiene la persona: la material y la espiritual.
Pero, ¿se imaginan lo delicado que debió ser la tarea de educar a Jesús? Si ya resulta difícil educar, mucho más complejo debió ser ejercer esa misión sobre el mismísimo Hijo de Dios. ¿Podía una criatura enseñarle algo a su Creador? ¿Podía la discípula dar clases al Maestro?. Pues bien, esa fue la misión de María, que ella, como madre, tuvo el deber de afrontar y que sin duda desarrolló magníficamente.
¿Qué cualidades empleó María para llevar a cabo esa tarea?. Dando por supuesto que Jesús era una maravilla de niño y que, desde ese punto de vista, no debió resultar difícil, sin embargo era necesario colaborar con la gracia de Dios para que, como hombre, su formación fuera completa. Naturalmente que Jesús nunca se negó a ir al colegio, ni desobedeció a su madre, ni se pegó con sus amigos o sus primos. Naturalmente que él no hacía sufrir a José y a María metiéndose en líos, llegando tarde a casa o dejando de cumplir con sus deberes en el hogar. Sin embargo, y a pesar de eso, un niño siempre es un niño. Y un adolescente siempre es alguien que atraviesa una crisis de identidad. Por lo tanto, si Jesús era un auténtico ser humano, lo mismo que no podemos pensar que no comía o no dormía, tampoco debemos pensar que no jugaba, que no lloraba, que no tenía una manera de ser, un carácter, una personalidad. O eso o terminamos por hacer de él una especie de robot sin sentimientos, en el fondo alguien que no es verdaderamente humano.
María tuvo que aprender a educar a esa maravillosa criatura que tenía como Hijo, envidia de todas sus vecinas por su bondad, pero que no dejaba de pasar por las situaciones críticas que atraviesa todo ser humano a lo largo de su vida.
Seguramente que para educar a Jesús la Virgen usó los dos mejores métodos de que disponen todos los buenos educadores: la amabilidad y la firmeza. Marcelino Champagnat, Juan Bosco, Juan Bautista de La Salle o José de Calasanz, entre otros grandes pedagogos cristianos, han destacado siempre esas dos cualidades como dos herramientas indispensables para pulir las buenas cualidades de sus alumnos y hacer de ellos auténticos hombres.
Podemos, pues, imitar a María en esas dos virtudes humanas que ella sin duda utilizó, especialmente si sobre nosotros cae alguna responsabilidad educativa, ya sea en el trabajo profesional o en el hogar, con hijos o nietos.
Con amabilidad tendremos que ser capaces de decir todas las cosas, por fuertes que sean. En cambio y por desgracia, con frecuencia expresamos nuestras opiniones, nuestros consejos o nuestras órdenes, dando gritos. Claro que eso suele suceder porque nos han puesto extraordinariamente nerviosos, pero también es verdad que con malas maneras no vamos a conseguir que nos entiendan y, con frecuencia, ni siquiera que nos obedezcan.
Amabilidad, por lo tanto, como primera regla educativa. Y después firmeza. Porque si hoy decimos una cosa y mañana otra, si cedemos ante una carantoña o ante un chantaje afectivo, entonces las personas a las que tenemos que educar nos habrán cogido la medida y harán de nosotros lo que quieran. Ya nunca nos harán caso, ni siquiera si gritamos, porque saben por experiencia que cuando se nos pase el enfado, con un simple gesto de cariño, habrán comprado nuestro perdón y conseguirán lo que quieren.
Y no se piensen que hay menos amor cuando hay firmeza. No se trata, naturalmente, de hacer llorar, como dice el viejo refrán, pero sí de ser justos en nuestras decisiones y de mantenerlas. Siempre, eso sí, con la mejor de las sonrisas y lo más lejos posible de los gritos y los enfados.
 
Propósito: Aprender a educar, como hizo María, uniendo la firmeza con la amabilidad. Y confiando siempre en Dios, aprendiendo a poner a los hijos en las manos de Dios.
 
 
 
Quinta semana
 
María, vecina.
 
La normalidad de la vida de Nazaret lo era en todos los sentidos. Por lo tanto, ni María ni José vivían apartados de los demás, en una especie de chalet adosado con altos muros, setos impenetrables de arizónicas y autosuficiencia alimenticia. Hay que visitar las ruinas de su casa y de las casas de alrededor, en Nazaret, para darse cuenta de que la vida en aquella aldea transcurría en una interrelación muy estrecha. De hecho, las familias no eran como hoy. Precisamente por eso el término “primo hermano” no existía y se les designaba con la misma palabra “hermano” que se empleaba para denominar a los hijos del mismo padre y de la misma madre. Esa es, entre otras, una de las causas de que en el Evangelio se hable de los “hermanos de Jesús” refiriéndose a sus parientes más próximos, sus primos.
Pero esa estrecha relación, típica de la época y de las pequeñas poblaciones, no lo era sólo para con los familiares que vivían más o menos cerca, sino para con todos. Nos podemos imaginar así a María como un ama de casa más en Nazaret, relacionándose con el resto de las mujeres de la aldea. Lo mismo que podemos pensar en José como un hombre más que tenía sus relaciones sociales con los otros varones de Nazaret.
¿Cómo fue esa relación? Quizá a alguno le pueda parecer poco importante conocer la respuesta a esta pregunta. Yo creo, por el contrario, que tiene un gran interés. Y eso porque estoy intentando presentar a María como modelo para la vida cotidiana y no sólo para determinados momentos de la vida, muy trascendentales pero también muy escasos.
¿Fue María una buena vecina? ¿Entró en los cotilleos que, indudablemente, se tejían en el lavadero común o junto a la fuente? ¿Cómo reaccionó ante las críticas que, din duda, alguna vez la debieron hacer, quizá porque era muy paciente con su hijo y no le pegaba como hacían otras madres?. En definitiva, ¿qué podemos decir del comportamiento de la Virgen en este aspecto tan corriente, tan cotidiano, para que nos fijemos en ella como modelo?
Una vez más, nos encontramos con el silencio del Evangelio, cuando posiblemente habrán sucedido en aquellos largos años de Nazaret tantas y tantas anécdotas que nos resultarían enormemente significativas.
Pero no creo equivocarme mucho si digo que las relaciones de vecindad de María debieron estar marcadas por la caridad. Una caridad que era solicitud ante los problemas y también prudencia. Una caridad que se daba no sólo al que estaba presente, sino también al ausente y que, por eso, impedía hablar mal del que no se encontraba allí para defenderse. Una caridad, por último, que quizá la llevó en alguna ocasión a llamar la atención a alguien, pero a hacerlo en privado, evitando todo comentario hiriente en público.
No me imagino a María participando en un corro de comadres que despellejan a otra mujer a sus espaldas. No me la imagino transmitiendo chismes, ni yendo a decir a alguien eso tan típico -y tan dañino- de “he oído que dicen de ti”. Su hablar debió de ser, como después enseñó Jesús, “sí, sí y no, no”. Es decir, recto y llano, sin tapujos pero a la vez sin mordacidad ni esa insolencia que lleva a algunos a presumir de que ellos le cantan las verdades al lucero del alba.
Recuerdo a propósito de esto un consejo que San Francisco de Asís daba a sus religiosos, y que quizá se lo enseñó a él Nuestra Señora de los Ángeles, en la Porciúncula. “No digáis en ausencia de un hermano -pedía el santo de Asís a sus frailes- nada que no podáis decir delante de él con caridad”.
Apliquémonos ese consejo a nuestras relaciones con los vecinos, con los compañeros de trabajo e incluso con los miembros de la institución religiosa a la que pertenecemos. No vayamos con chismes de un lado a otro. No caigamos no ya en la calumnia, sino ni siquiera en la maledicencia. Y pensemos que si a nosotros nos hicieran lo mismo que hacemos nosotros a los demás, nos harían mucho daño.
 
Propósito: No siempre es fácil ser buen vecino o tener buenos vecinos. María fue también en eso un modelo: la paciencia, la amabilidad, el perdón. Con esas bases logró llevarse bien con sus vecinos incluso en un pueblo pequeño.






La Virgen María. XXV Abril de 2011
Meditar sobre María en plena Cuaresma y Semana Santa y hacerlo fijándonos en las últimas escenas de Belén, como la adoración de los Magos, puede resultar difícil. Sin embargo, es bueno seguir el orden establecido para poder hacer un recorrido sistemático sobre la vida de la Santísima Virgen y extraer así todas sus enseñanzas.
                Primera semana
 
La adoración de los Reyes Magos.
 
Si los pastores son en Belén la presencia del pueblo, de los sencillos, de esos “heridas de la vida” que al fin y al cabo somos todos, los Magos de Oriente, los “Reyes Magos” como los hemos bautizado en España, son los representantes simbólicos del mundo de la cultura, del pensamiento y, también, ¿por qué no?, del poder, de la política, del dinero.
La sucesión de los hechos, tal y como nos la presenta el Evangelio, no sólo responde a lo que ocurrió sino que tiene, además, un extraordinario simbolismo. Fue así, sin duda, porque también ahora es así. Ahora, como entonces, como siempre, los primeros en enterarse de lo que pasa no son, como cabría esperar, los más “informados”, los más cultos, los más listos. Los sencillos tienen el don de descubrir la verdad antes que los poderosos, porque éstos creen que nada es importante hasta que no es grande, cuando en realidad todo lo grande empezó siendo un día pequeño y ya entonces era igual de importante. Por eso, treinta y algún año después de Belén, Jesús le dio gracias a su Padre “porque había ocultado esas cosas a los sabios y entendidos y se las había revelado a la gente sencilla”.
Los pastores, los sencillos, los “heridos de la vida” se enteraron, pues, antes que los sabios y los ricos. Pero, aunque con retraso, también estos terminaron por acudir a la cueva de Belén. Y ahí estaban los magos como representantes y portavoces de los auténticos sabios. 
No nos debe ni extrañar ni molestar que tan distinguidos personajes fueran a rendir pleitesía al Rey de reyes. Al fin y al cabo, Jesús había venido para todos y, por otro lado, también entre los poderosos hay bondad y dolor, como en las más humildes chabolas, aunque tengan pan y lujos con que mitigar sus penas. Además, hubiera sido terrible para la causa del Redentor, que sólo los sencillos e iletrados se hubieran interesado por ella. Al final, hasta estos mismos se habrían visto tentados para irse. No, la sabiduría no podía quedar indiferente ante la plenitud de la Verdad, que era Jesús y, a través de los Magos, acudió a Belén a postrarse ante el Mesías, reconocer su superioridad y adorarle.
Los Magos son, por lo tanto, los representantes de todos aquellos que están a la búsqueda de la verdad, de aquellos que piensan, de aquellos que se hacen preguntas y quieren saber el por qué de las cosas. No son muchos en nuestra época, como tampoco lo eran entonces. La mayoría siempre se ha dejado anonadar por las angustias y problemas del presente, o por las pequeñas parcelas de placer que se pueden lograr y con las que se distrae y se entretiene el tedio. Otros, afortunadamente, aunque sean una minoría, se levantan sobre el horizonte gris de los que no piensan en nada más que en consumir –o en sobrevivir- y se preguntan por la naturaleza de las cosas, por las causas de las mismas, por la verdad. De entre estos, no pocos terminan por descubrir que la casualidad es una respuesta demasiado simplista y que detrás de todo este mundo misterioso y bello tiene que estar la mano de un Creador, de un Dios. Si de ahí pasan a la fe en el Dios de Jesucristo y en el Jesucristo Hijo de Dios, entonces, como les pasó a aquellos Magos, han alcanzado la plenitud de la revelación, la plenitud de la sabiduría.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que también haya tocado el corazón de los hombres de ciencia y de pensamiento, de aquellos que buscan la verdad, y no tener miedo a encontrarla en Él.
 
 
 
Segunda semana
 
Reina de los ángeles.
 
Hemos hablado de los protagonistas de lo que ocurrió en Belén, desde la Sagrada Familia hasta los pastores y los reyes. Falta, sin embargo, uno, o mejor, varios. Son los ángeles.
Ellos, con nombre propio –como el arcángel Gabriel, que interviene en la anunciación- o de modo general y anónimo, están presentes en todo el proceso. Sin ellos, de hecho, las cosas podían haber sido todavía más difíciles.
Los ángeles actúan, desde Nazaret a Belén, como mensajeros. Suelen trabajar de noche –a José, dos veces; a los pastores, una-, quizá porque por la noche se acallan otros ruidos y otras voces y los hombres podemos escuchar con mayor nitidez nuestra conciencia.
Los ángeles facilitan la aceptación de José del sorprendente embarazo de su novia. Los ángeles pusieron tras la pista del Mesías a los que guardaban sus ovejas; los ángeles avisaron a los Magos de las aviesas intenciones de Herodes y también –quizá en la misma noche, noche de trabajo extra- le dijeron a José que cogiera al Niño y a su Madre y los pusiera a salvo huyendo a Egipto.
Los ángeles, sin embargo, y a pesar de sus excelentes servicios, no han tenido buena prensa en los últimos tiempos. Incluso ha habido sesudos teólogos que han negado su existencia y han dicho que se trataba de reliquias heredadas y asumidas de otras tradiciones religiosas y culturales, como la persa.
Los hombres somos así de ingenuos. Nos da por decir que Dios no existe, o que no existen los ángeles, y nos quedamos tan tranquilos. Es como si con nuestra opinión las cosas fuesen o dejasen de ser, empezasen a existir o desaparecieran para siempre.
Menos mal que a los ángeles les han salido, en los últimos años, algunos amigos, sorprendentes amigos en ciertos casos. Curiosamente, es entre éstos, generalmente alejados de la Iglesia oficial, donde más se les tiene en cuenta.
Pero, en fin, con apoyo mayoritario o sin él, con el permiso de los teólogos o sin su bendición, los ángeles existen. Y no sólo existen, sino que trabajan intensamente, haciendo hoy más horas extras que nunca para decir a los hombres, a su conciencia dormida, lo que Dios quiere y espera de ellos.
¿Cuál debió ser la relación de María con los ángeles? ¿Hablaba con ellos a todas horas, los veía en apariciones súbitas, la ayudaban en las faenas de casa, la consolaban en los momentos de más incertidumbre? Es éste uno más de los muchos misterios que existen en los primeros pasos de la vida de Jesús y, por lo tanto, en los de María.
Sin embargo, creo yo que las cosas debieron circular por los caminos de la naturalidad. Una naturalidad que hacía que las apariciones de ángeles no fueran cosas de todos los días, pero que tampoco fueran inexistentes. En cambio, de lo que sí estoy convencido es que Nuestra Señora tenía más de una conversación diaria con ellos. No sé si estaba enterada de la existencia del ángel de la guarda, pero no me sorprendería que así fuera. Quizá, incluso, practicaba aquella costumbre que tenía Juan XXIII, el cual, como ustedes saben, cuando tenía que hablar con alguien difícil -y no olviden que era diplomático y que eso le ocurría con frecuencia- antes de entrevistarse con él le pedía a su ángel custodio que se pusiera de acuerdo con el ángel de la guarda de la otra persona para facilitar la entrevista. El “Papa bueno” decía que este truco le solía funcionar y que muchos enrevesados asuntos diplomáticos se solucionaron así.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que haya hecho a María Reina de los ángeles e intentar ser nosotros como ellos y estar venerándola continuamente, a la vez que los escuchamos y aprendemos de ellos.
 
 
 
Tercera semana
 
Virgen emigrante.
 
La etapa de Belén termina, como sabemos, bruscamente. Las amenazas al Niño, y a los propios padres, eran serias. Herodes, el sangriento tirano, no se toma a la ligera las profecías que anuncian la llegada de un rey para Israel y decide, por si acaso, acabar con todo posible rival. Dios, que deja a los hombres su libertad pero que se reserva la última palabra, hace saber a José, otra vez a través de un ángel, la gravedad de la situación. Resuelto como era, sin perder un minuto, José comunica la noticia a su esposa y deciden huir para salvar su vida y la de su Hijo. En poco tiempo, probablemente aquel mismo día o como mucho al día siguiente, sin despedirse de nadie para no dar pistas y para no implicar a sus amigos, la Sagrada Familia emprendió el camino del destierro, de la emigración.
¿Cómo no ver en esta singular pareja, que lleva a su pequeñín en los brazos y que huye con lo puesto, a un modelo, a un paradigma, de tantos y tantos que por motivos diversos tienen que salir de su patria? Unos lo harán –lo han hecho- para buscar fuera un trabajo que no encuentran en su tierra. Otros se ven obligados a partir para no sufrir represalias por motivos políticos o religiosos. Los hay que marchan voluntariamente, mientras que otros son expulsados a la fuerza de su hogar, como las recientes oleadas de refugiados que fueron arrojados de Kosovo, de Chechenia, de tantos y tantos lugares donde el dolor se convierte en el único alimento del hombre y las lágrimas su principal bebida. Y si para algunos de estos emigrantes, el país donde acuden se muestra amistoso, para la mayoría es no sólo hostil sino a veces incluso cruel e injusto, explotador e inhumano.
José, Jesús y María, camino de Egipto, huyendo quizá de noche y escondiéndose de día, son un anticipo de tantos y tantos que han tenido que buscar fuera de su casa lo que se les negaba en ella. Nadie, pues, como ellos para comprender a los emigrantes, a los trabajadores temporeros o, incluso, a aquellos otros que, sin abandonar definitivamente su patria, tienen que pasar largas temporadas lejos de los suyos, en alta mar pescando o en países lejanos como trabajadores de grandes compañías que les envían allí a expandir su mercado.
Cuando estemos en una situación así, o tengamos a alguien próximo en semejante estado, acudamos a María, la peregrina, la emigrante, la amenazada. Pidámosle a ella, tan experta en conocer todas nuestras angustias, por aquellos que las sufren. Y, si no tenemos necesidad de pedir por ningún emigrante o alejado que pertenezca a nuestra familia, no olvidemos el ejemplo de la Sagrada Familia a la hora de tratar a los que, procedentes de otros países, se encuentran entre nosotros. En ese marroquí llegado en una patera, en ese iberoamericano que trabaja de albañil o de jardinero, en ese rumano que vende clínex en un semáforo, en esa muchacha filipina que sirve en una casa, hay un reflejo de María. Si la amamos, tratémosles a ellos, que viven en una situación como la que ella vivió, con la dignidad de seres humanos a que tienen derecho.
 
Propósito: Agradecer a Dios que una vez más se nos muestra como pobre entre los pobres, como aquel que no tenía ni donde reclinar su cabeza.
 
 
 
Cuarta semana
 
Mujer exiliada.
 
En el capítulo anterior vimos a María como mujer emigrante. Naturalmente, esa experiencia no la hizo ella sola, sino que junto a ella estaban su marido, José, y su hijo, Jesús, aunque éste último era apenas un bebé cuando tuvieron que dejar su patria, Israel, para encontrar refugio en Egipto.
Pero la marcha de la Sagrada Familia a Egipto no fue un viaje en busca de trabajo, ni una emigración forzada por la sequía y la hambruna consiguiente, como en tantas ocasiones se ha producido a lo largo de la historia. Con todo lo difícil, y hasta dramático, que tienen estos desplazamientos, no dejan de ser, de alguna manera, naturales.
Peor, mucho peor, es ese tipo de emigración que tiene como causa el pecado de los hombres, la intransigencia, la violencia. Me refiero a las emigraciones y exilios masivos, o a aquellos otros que conocen los que tienen que marcharse de su patria por haberse atrevido a defender las causas de la libertad, la justicia, los derechos humanos.
No es que María, y con ella José, fuera una especie de activista anticipada, una sufragista que recorría las calles de Belén haciendo reivindicaciones y alterando el orden público. Nada más ajeno no sólo a su manera de ser sino también a su época. Y, sin embargo, María y José, que aparentemente eran de lo más normal y no se metían con nadie, resultaban peligrosos, enormemente peligrosos y revolucionarios. Tanto que todo un rey temible por su poder y su crueldad, ordenó acabar con un número grande de sus súbditos con tal de darles muerte a ellos, bueno especialmente al Hijo de ellos, al pequeño e inocente Jesús.
María, y con ella José y Jesús, conocieron, pues, un tipo determinado de destierro. Un destierro forzado, un destierro en el que el miedo ponía alas a sus pies mientras abandonaban su patria y recorrían, quizá de noche, los caminos de polvo y piedras que surcaban la península del Sinaí y, atravesando el desierto, les conducían hacia el Egipto protector. Curiosamente, de aquel Egipto, antaño explotador cruel, había salido el pueblo de Israel en busca de su tierra prometida, guiado por el nuevo Mesías. Ahora ese mismo país, regado por su fértil Nilo, abría sus brazos para acoger y proteger al nuevo Mesías, que no era perseguido por ninguna fuerza extranjera sino que era buscado, para asesinarle, por el máximo representante de su pueblo, el rey Herodes. Caprichos de la historia o, mejor, lecciones que nos indican que no se puede poner la confianza, de manera absoluta, en nadie más que en Dios, pues ni siquiera la raza, la patria o la cultura son valores que no puedan ser manipulados y transformados para convertirse de aliados en enemigos del hombre.
Pero volvamos a la Virgen. La vemos camino del destierro, exiliada, perseguida, amenazada, con su bebé en los brazos, protegiéndole del calor, del polvo, de los insectos, tanto como de los caballos galopantes del tirano que, ¿quién sabe?, quizá había salido tras ellos para darles alcance y acabar con su vida.
¿Qué debió pensar ella? ¿Qué debió sentir la noche de la huida, o cuando el miedo se apretaba en su garganta al oír cómo se acercaba algún soldado, o cuando la fatiga y los inconvenientes del camino ponían en peligro la vida de su Hijo? ¿Tenía odio, o al menos deseo de venganza? ¿Ardía su corazón de ganas de una legítima justicia que acabara con la vida del cruel tirano?.
Me viene a la memoria la escena de esos mártires, tantos por desgracia, de la guerra civil española. Esos mártires, muchos de ellos jóvenes seminaristas, que, a punto de morir, repetían palabras de amor y perdón. Me vienen esos ejemplos a la memoria porque estoy seguro de que Herodes no sólo no consiguió hacer daño al cuerpo de María sino que tampoco logró manchar su alma. Ella, la Purísima, la Inmaculada, venció al enemigo no sólo huyendo a Egipto sino impidiendo que el odio anidara en su corazón.
Por eso, cuando a nosotros, perseguidos hoy por ser cristianos, ridiculizados con tanta frecuencia, tomados por tontos porque nos negamos a entrar en el juego de la corrupción o porque defendemos valores como el derecho a la vida del no nacido o del anciano enfermo. Cuando a nosotros nos tomen el pelo o incluso nos perjudiquen, pensemos en María. Que nuestros enemigos no nos venzan y, para ello, que no consigan que respondamos al odio con odio, al mal con mal. Seamos, como nuestra Madre, más fuertes que ellos y venzamos al odio con amor, al mal con bien, a la cultura de la muerte con la cultura de la vida.
 
Propósito: La huida a Egipto salvó la vida a Jesús, pero nos enseña a no ceder en nuestras convicciones. Agradezcámosle a Dios su firmeza y pidámosle ayuda para hacer nosotros lo mismo.






La Virgen María. XXIV Marzo de 2011
En este mes de marzo seguiremos meditando sobre lo sucedido en Belén, aunque no esté en sintonía con el tiempo litúrgico, para poder continuar con orden con lo sucedido en la vida de Cristo desde la perspectiva de la imitación de la Santísima Virgen María.
                Primera semana
 
El Dios débil.
 
Belén no es solamente una expresión visible, palpable, de la humildad de Dios. Lo es también, y sobre todo, de la debilidad de Dios. Debilidad puesta de manifiesto en la fragilidad de un niño recién nacido que no tenía otros defensores más que una joven mujer de pueblo y un buen hombre que incluso no era su padre. Ni siquiera tenía las comodidades mínimas, o las condiciones de higiene que cualquiera pensaría imprescindibles para que la criatura fuera, como decimos hoy en día, “viable”. Los brazos de María eran su única fortaleza. La custodia de José, su ejército.
Pero, ¿cómo es posible hablar de debilidad cuando nos referimos a Dios? ¿No es acaso él, precisamente, el Omnipotente? ¿Puede acaso imaginarse incluso que Dios necesite al ser humano para algo referido a él mismo? No es de extrañar, a la vista de este planteamiento, que la pretensión de Cristo de ser Hijo de Dios, Dios hecho hombre, resultara para los creyentes judíos un escándalo y una blasfemia. “Y sin embargo, se mueve”, habría que decir, emulando a Galileo, cuando le rebatían que la tierra no podía girar en torno al sol. “Y sin embargo es verdad”, hay que afirmar, refiriéndonos a la debilidad de Cristo. Es verdad, efectivamente, y basta con verle a él, en brazos de su joven y bella Madre, acogido a la pobre protección de una cuadra de ganado, calentado por el aliento de un buey y una mula. Dios es débil, hay que constatar al ver el “cuadro” de Belén. Tan débil es, que no ha sido capaz de conseguir ni un sitio digno donde nacer, ni un mínimo de garantías de seguridad.
Y ante esta constatación es necesario preguntarse el por qué. La causa no puede ser, evidentemente, una debilidad ontológica, ligada a su propia naturaleza, pues de lo contrario Dios ya no sería Dios. Si el que es Todopoderoso asume la debilidad, se somete a ella, con todos sus riesgos y consecuencias, no es porque no pueda ser o hacer otra cosa, sino por otro motivo. ¿Cuál puede ser ese motivo, esa misteriosa causa que condujo a todo un Dios a nacer hombre y a hacerlo en una cuadra de ovejas? San Pablo lo dirá con claridad y belleza, cuando nos recuerde que el Señor, voluntariamente, “asumió la condición de esclavo” para hacerse uno con todos, especialmente con aquellos que llevan en su cuerpo o en su espíritu las huellas del dolor.
Pero, ¿sólo por eso se comportó así Dios?. Quiero creer que no. Saint Exupery, en su “Principito” nos enseña que el acto más sublime de amor es pedir ayuda; sólo el que se deja ayudar permite al otro hacerle suyo, pues sólo así le permite convertirse, de alguna manera, en su creador y él en su obra. Sólo cuando se pide un favor a un amigo se le demuestra a ese amigo que hay confianza suficiente en la relación entre ambos.
Dios, con su debilidad, lo que hizo fue dejarse ayudar, dejarse querer, dejarse “crear”. A nosotros, que todo se lo debemos, nos dio la extraordinaria oportunidad de hacer algo por él, de devolverle una minucia del infinito amor que de él habíamos recibido. Así fue como se produjo un maravilloso intercambio: el débil ayuda al fuerte, que, por amor, se ha hecho débil para que aquel que todo lo ha recibido de él se sienta útil al poderle devolver algo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que en su humildad llegara al extremo de la debilidad, mostrándose ante nosotros como alguien que nos necesita, para que pudiéramos hacer algo por Él.
 
 
 
Segunda semana
 
La presentación del Niño Jesús en el Templo.
 
Según la tradición judía, que, sin duda, María y José respetaron escrupulosamente, el recién nacido debía ser presentado en el Templo en el plazo de una semana. Presentado y rescatado, pues en aquel caso se trataba del hijo primogénito y, por lo tanto, los padres debía hacer una ofrenda al Templo, pues según la ley los primogénitos eran del Señor, a no ser que se rescataran con un donativo. El que estaba vigente para la gente sencilla, como eran los padres de Cristo, era una tórtola o dos pichones.
Además, y siempre según la misma tradición, la madre debía también purificarse. Para los judíos de la época, el parto –y quizá hasta la misma concepción- tenía algo de sucio, de impuro. Por eso la mujer debía someterse a unos ritos de purificación después de haber dado a luz. Si en el caso de cualquier mujer esa exigencia era, generalmente, ridícula, en el de María no había lugar ni para la más pequeña duda. No obstante, lo mismo que había ocurrido cuando obedecieron la orden del lejano emperador romano y viajaron de Nazaret a Belén para empadronarse, ahora se dispusieron a acudir al Templo de Jerusalén a rescatar al Hijo de Dios del servicio a Dios con el pago de una tórtola y a purificar a la que era Inmaculada.
Hay una lección en todo esto. Una lección que se repite continuamente, la de la humildad. Y una nueva, la de la paciencia. Y es que nosotros, tan acostumbrados a excitarnos e irritarnos en cuanto notamos que algo menoscaba nuestro orgullo, debemos aprender mucho de aquella Sagrada y Paciente Familia. No sé qué sabían ellos acerca de su propia naturaleza, pero sin duda sí sabían que Jesús, como Mesías, no tenía por qué pagar tributo al Templo de su Padre, ni ser rescatado del servicio debido a Dios. ¿Por qué, entonces, se comportaron así? ¿Por qué aceptar una ley que no iba con ellos?
San Pablo dará, años más tarde, la respuesta cuando critique a algunos de los cristianos que él había bautizado que estén perdiendo el tiempo y creando complicaciones innecesarias a base de dar vueltas a las cosas simples para hacerlas difíciles. Ni José ni María tenían tiempo ni ganas de crear conflictos inútiles. Si no hubieran cumplido con lo establecido por la ley, sin duda que más de uno se lo hubiera reprochado y eso habría supuesto tantos quebraderos de cabeza que no merecía la pena pagar ese precio por ejecutar algo tan sencillo como una visita de oración al Templo –lo cual es siempre grato para un creyente- y la ofrenda de una tórtola.
Tenemos que aprender de ellos, por lo tanto, a tener humildad y saber pasar por ciertas cosas –no por otras- cuando vemos que el bien que vamos a conseguir es mayor que el sacrificio que nos cuesta aceptar esa prueba. También debemos aprender a tener la paciencia de Dios: no todo se puede resolver aquí y ahora. Dios es el único Señor de la historia y a cada uno de nosotros sólo nos compete la responsabilidad de cambiar lo que está a nuestra mano, lo que está a nuestro alcance. Claro que estas dos cosas pueden leerse en clave de pasividad, de inercia, de cobardía. No fue así para la Sagrada Familia, sino que ellos ya tenían tantos problemas que no podían eludir -el hostigamiento de Herodes, por ejemplo- que no tenían ni tiempo ni ganas de crearse nuevas complicaciones.
Vive el presente, no seas indiferente ante los problemas que puedas resolver. Pero tampoco te agobies creyendo que eres una especie de “superman” que puedes resolverlo todo, porque eso sólo serviría para que agotaras tus fuerzas, probablemente en vano.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la humildad de María, que no perdió la paz cuando perdió a su hijo y que le habló con calma, con autoridad y a la vez con respeto.
 
 
 
Tercera semana
 
Las profecías de Ana y Simeón.
La visita de José y María al Templo de Jerusalén para llevar a cabo la presentación del Niño Jesús y la purificación ritual de su Madre tuvo dos ingredientes inesperados.
Cuenta el Evangelio que dos ancianos, dotados del don de la profecía, se acercaron a la Sagrada Familia y, al ver al pequeño Jesús, exclamaron en alabanzas y también en advertencias.
Simeón, pues así es como se llamaba el anciano, entonó una especie de cántico conocido como “nunc dimitis”. “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.
La exclamación de aquel buen anciano, recogida en la liturgia de las horas en la oración nocturna o de Completas, ha sido vista siempre por la Iglesia como el canto del cisne del Antiguo Testamento. Simeón, en su vejez, representa lo que está a punto de terminar. Es el guardián fiel, que ha aguantado a pie firme todo tipo de calamidades para mantenerse leal a su Señor. Ahora, cuando la hora final llega, no puede menos de alegrarse y retirarse con la satisfacción del deber cumplido. Además, Simeón es consciente de que otros muchos antes que él han soñado con ver aquel momento y por eso se siente afortunado, pues sin tener más méritos que los que le precedieron sí ha podido ver y tocar al Mesías anhelado, al que los Patriarcas y Profetas anunciaron y por el que tanto sufrieron.
Pero el anciano profeta no se limitó sólo a proferir alabanzas y a dar gloria a Dios por haber visto y tocado a su enviado. Dijo algo más: proclamó una extraña y solemne profecía que anunciaba tanto el fin dramático de Cristo como el dolor que inevitablemente desgarraría el corazón de su Madre. Desde entonces, la espada de dolor no ha dejado de atravesar el pecho de la Virgen, bien por la angustia que le produjo la suerte de su Hijo, bien por los sufrimientos que nosotros, sus otros hijos, le proporcionamos. En cuanto a Ana, sus palabras de elogio hacia el Niño corroboraban las pronunciadas por el buen Simeón.
¿Qué debió de sentir María ante todo aquello? Sin duda que tres sentimientos se mezclaron en su alma: alegría por las magníficas cosas que dijeron Simeón y Ana, preocupación y dolor por la profecía de Simeón y, sobre todo, estupor ante el misterio que envolvía el futuro de su Hijo y que sólo en momentos como aquel se desvelaba ligeramente.
“Una espada de dolor te traspasará el alma”. Esto lo oyó con inevitable temor, la Inmaculada. Y, sin duda, le volvió a decir “sí” al Creador. Como nueve meses antes ante el ángel, como cuando llegaron a Belén y no había sitio en la posada. Su “fiat”, su “sí”, fue de nuevo pronunciado por aquellos labios purísimos, dando así, una vez más, el visto bueno a la obra de la Redención.
La diferencia, a su favor, era que ahora no tenía una promesa –en la que creyó, ciertamente, cuando le fue anunciada- sino una realidad: la realidad de un niño, débil y fuerte a la vez, necesitado y sin embargo capaz de trasmitir la mayor de las energías. ¿Cómo iba ella a abandonar a su criatura? Ni todos los anuncios de dolor, de torturas, de persecuciones, la hubieran forzado a dejar al pequeño Jesús allí, en el Templo, y salir corriendo para evitar los peligros. ¡Eso es una madre!, hay que exclamar ante este gesto de María. Porque, efectivamente, allí, cuando le dicen con toda claridad que lo que le espera es el dolor, ella responde con firmeza y valentía que el verdadero dolor es estar separada de su Hijo, no serle útil, no serle fiel. El verdadero dolor, la verdadera espada que corta y mata, es el pecado. Y esa espada jamás rozó ni el cuerpo ni el alma de la Virgen.
 
Propósito: Agradecer a Dios el ejemplo de María, con su entereza ante la profecía de Simeón, y su confianza en que si iban a venir días malos Dios le ayudaría a sobrellevarlos.
 
 
 
Cuarta semana
 
La visita de los pastores.
 
De toda la escena de la Natividad, no cabe duda de que los pastores son los “extras” más cualificados. También están los Reyes Magos, pero éstos no sólo vinieron después sino que es más difícil, para la mayoría, identificarse con ellos.
Los pastores, en cambio, están al alcance de la mano de cualquiera, de la mayoría. Y no porque su profesión sea hoy practicada por muchos, sino porque son gente de pueblo, hijos de vecino como cualquier otro. Y, sobre todo, sobre todo, porque es un consuelo para todos que alguien tan pobre como un pastor de hace dos mil años pueda serle útil al Rey de reyes, al Señor de señores.
¿Qué hubiera ocurrido en Belén sin los pastores? Sin duda que la Sagrada Familia habría salido adelante, pero posiblemente eso se hubiera producido a base de echar los ángeles horas extras. En Belén, no hay que olvidarlo, había un cierto nivel de comodidades y, por lo que dice el texto evangélico, José tenía posibilidades económicas para garantizar un mínimo de confort a su familia. Nadie de aquel grupo de acomodados quiso molestarse en acoger a los recién llegados. La solución de entonces, como la de ahora, fue la de intentar suprimir a la nueva vida que viene molestando. Los ricos, entonces como ahora, no se suelen mostrar muy proclives a complicarse la vida para ayudar a nadie.
En cambio, los pobres sí. Y ahí es donde aparecen los pastores. Cuando el ángel les anunció lo que había sucedido, no gruñeron ni se quejaron por el hecho de que tuvieran que ponerse en camino por la noche, dejando quizá desprotegido su rebaño. No le dieron largas al ángel, poniendo como excusa que ellos eran pobres y que debía ir a llamar a la puerta de los ricos. Por el contrario, contentos de poder ser útiles al Mesías, se acercaron a la cueva de Belén, para llevar lo que tenían. No era plata, ni oro, ni armas, ni influencias. Eran los regalos de los pobres, de los que ellos tenían que privarse para poder compartirlos: queso, leche, alguna prenda de abrigo, quizá unas aceitunas y una bota del buen vino de la tierra.
Los pastores, los pobres, nosotros. Estamos siempre allí, presentes en Belén, felices de poder dar lo que nos permite nuestra pobreza. Y a buen seguro que damos más que otros, porque no hace más el que más puede, sino el que más quiere.
Esa es, precisamente, la lección que se desprende de esta postal navideña, la que nos muestra a los humildes protegiendo con gran esfuerzo al que era el dueño de todo y tapando así las faltas de aquellos otros, los poderosos, a los que no les habría supuesto prácticamente nada darle al Niño Dios lo que necesitaba. ¿Estamos nosotros dispuestos a compartir, no dando de lo que sobra sino en función de lo que el otro necesita? ¿O, por el contrario, diremos al que viene a pedir: vuelva usted mañana, no me moleste, no me importune con sus sufrimientos ni con sus necesidades? ¿Queremos ser pastores que llevan lo poco que tienen ante el Dios mendigo y necesitado o acomodados señorones que cierran la puerta a Cristo sin importarles su desvalimiento?
 
Propósito: Agradecerle a Dios que aceptara la pobre limosna de los pobres, la compañía de los pobres, la amistad y la fe de los pobres, porque esos pobres somos nosotros.






La Virgen María. XXIII Febrero de 2011
En este mes de febrero vamos a meditar sobre la llegada de la Santísima Virgen y San José a Belén, con la sorpresa de que la aldea estaba llena porque muchos habían ido antes que ellos por el mismo motivo. La reacción de María ante el imprevisto es todo un ejemplo. Meditaremos también sobre el nacimiento del Hijo de Dios en la cueva de Belén.
                Primera semana
 
Obediencia a la ley.
 
María y José no debían llevar mucho tiempo casados cuando llegó a Nazaret la orden de que todos los israelitas debían acudir a empadronarse a su ciudad natal. Había sido ésta una decisión del mismísimo Augusto, el poderoso emperador romano. Pretendía, con ello, no sólo conocer cuántos habitantes tenía su Imperio, sino también saber qué tipo de impuestos podía cobrarles o de quienes podían echar mano para que entrasen a formar parte de las legiones romanas. Augusto no tenía ni idea, cuando dictó el edicto, de que, con él iba a poner en apuros a una pareja de recién casados, obligándoles a llevar a cabo un fatigoso viaje. No le hubiera importado lo más mínimo, de haberlo sabido. Pero quizá sí se habría puesto nervioso si hubiera estado informado de quién era el que llevaba la Virgen en su vientre. Ignorante de todo, pensando sólo en sus propios intereses o en los intereses de su Imperio, Augusto dictó una orden que sus súbditos, entre ellos los del pequeño y levantisco Israel, no tuvieron más remedio que cumplir.
Cabe suponer que para José y María, estando ella como estaba de adelantada en el embarazo, supuso un serio contratiempo tener que viajar hacia el sur, un poco más allá de Jerusalén, a Belén. José era de la descendencia de David y eso le obligaba a acudir a empadronarse a ese lugar, acompañado por su mujer. Probablemente no entendieron el por qué de aquella orden que les suponía no sólo molestias sino incluso riesgo real para María y para su bebé. Sin embargo, obedecieron. Sin saberlo, Augusto había actuado de acuerdo con el plan de Dios, pues tenían que cumplirse las viejas profecías que hacían nacer al Mesías precisamente en la ciudad de David, Belén. Sin saberlo, José y María, con su obediencia, habían, una vez más, acertado y habían cumplido lo que Dios quería, aunque en esta ocasión la orden viniera de un pagano que era, para colmo, conquistador de su pueblo.
Cuando, años más tarde, San Pablo exhorte a los primeros cristianos a ser buenos ciudadanos y a obedecer a las legítimas autoridades, lo estará haciendo no sólo como una medida prudente sino también como una lección que se desprende del comportamiento de la Sagrada Familia y, por lo tanto, de los orígenes del cristianismo.
José y María se nos presentan, en ese pasaje del viaje a Belén, como un modelo de obediencia a las leyes comunes. Pero habría que preguntarse, ¿a todas las leyes?. Esta es una pregunta crucial, pues tanto entonces como ahora ha habido leyes inicuas o, al menos, leyes que permiten y dan por válidos comportamientos inicuos. Los mismos cristianos que se manifestaban dispuestos a obedecer al emperador romano, se enfrentaron a él y aceptaron el martirio cuando se les obligó a adorarle como a un dios. Esto, en nuestra época, tiene una importancia decisiva, pues para muchos el que una cosa esté permitida –por ejemplo el aborto- es sinónimo de que es buena. El cristiano tiene que aprender a discernir y tiene que ser capaz de darle a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Ser un buen ciudadano no significa aceptarlo todo ni plegarse a las leyes de las mayorías cuando esas mayorías van en contra de la propia conciencia.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de la Virgen y San José de obedecer a la ley civil. La resistencia a la ley sólo se justifica cuando ésta es inicua y va contra la conciencia.
 
 
 
Segunda semana
 
El Dios rechazado.
 
“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Es San Juan quien lo dice en su prólogo. Y eso lo empezó a experimentar Cristo no sólo en su hora final, la de la Cruz, sino en su mismo nacimiento. El Evangelio, con esa parquedad austera del cronista que no entra en detalles pero que dice todo con las menores palabras posibles, nos informa de que, tras el incómodo viaje de Nazaret a Belén, en un estado avanzado del embarazo de María, la pareja se encontró con que el pueblo de David estaba lleno de gente, debido a que habían sido muchos los que, como ellos, se habían visto forzados a acudir allí a empadronarse. No había sitio para ellos en ninguna parte. Al final, ante la gravedad de la situación, no tuvieron más remedio que refugiarse en un lugar totalmente impropio, no sólo para una muchacha que estaba a punto de dar a luz, sino para cualquier ser humano. Las cuevas que acogieron a José y a María eran, simplemente, establos naturales donde los lugareños encerraban a sus rebaños de ovejas. El olor debía ser nauseabundo, fruto de la gran cantidad de suciedad que allí llevaba años acumulándose.
En aquel lugar, adecentado como pudo por José y por María, se vio forzado a nacer el Hijo de Dios. No podía haber lección más importante que el Señor pudiera darnos en esa primera aparición de su Hijo en el mundo de los hombres. Él, que pudo haber elegido el palacio de Augusto en la colina del Palatino, o la casa de Herodes en Jerusalén, él vino al mundo en unas condiciones de miseria tal que ningún miserable las podría envidiar para él.
Pero si ese es el gesto de humildad, de encarnación, de abajamiento de todo un Dios, cabe preguntarse de quién era la responsabilidad. ¿Es que, de verdad, no había ni un hueco libre en Belén? ¿Si José hubiera sido un rico potentado en lugar de un pobre carpintero de provincias, no se le habría hecho sitio aunque hubiera sido en un hogar particular? El problema que plantea la pobreza del nacimiento de Jesús en la cueva de Belén es el eterno problema de la riqueza que coexiste con la pobreza. Mientras que para unos la solución es que los pobres no existan, a base de acabar con ellos, para otros, para los seguidores del que nació pobre, la pobreza desaparecerá cuando se ponga en común la mucha y mal repartida riqueza que existe. Esto, por otro lado, nos sitúa también delante de nuestras responsabilidades con los que llaman a nuestra puerta, a nuestra bien surtida mesa, extendiendo sus manos vacías y pidiendo ayuda. Podemos decirles, como le respondieron a Jesús, que se busquen un lugar con los animales, que vivan como animales en lugar de cómo seres humanos. O podemos, como el Señor espera de nosotros, abrirles nuestro corazón y compartir con ellos lo poco o mucho que tengamos.
Y si esa es la primera lección que podemos sacar de ver aquel cuadro de Belén, la segunda nos lleva a fijarnos en María. ¡Qué difícil debió resultarle aceptar aquella situación! ¡Qué difícil debió ser para ella conjugar la fe en el amor de Dios con la inevitable sensación de abandono y de soledad que no pudo dejar de sentir! ¿Dónde estaba el Dios que interviene en la historia en el momento en que el Hijo de Dios no podía encontrar ni un lugar digno para nacer? ¿Sería aquel, de verdad, el Hijo de Dios cuando su Padre se mostraba, aparentemente, tan indiferente a su suerte?
Fijémonos, pues, una vez más en la fe de María. Una fe ciega en el amor de Dios. Una fe ciega en que Dios, aunque las apariencias digan lo contrario, no abandona nunca a su pueblo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la humildad de María, que no perdió la fe en Dios ni la paz interior cuando vio que no había sitio para que pudiera nacer su Hijo, el Hijo de Dios.
 
 
 
Tercera semana
 
Virgen de la esperanza.
 
Nuestro pueblo le ha puesto una especie de mote a la Virgen en ese momento previo al parto, cuando el embarazo era ya inminente y ella no sabía cómo sería el fruto de Dios encarnado en una mujer. María de la O, le decimos a la Virgen cuando la vemos embarazada a punto de dar a luz. El nombre procede de las exclamaciones gozosas de la liturgia, que empezaban siempre con una exaltación a Nuestra Señora. En realidad, a María, en esa hora difícil, tensa, expectante, deberíamos llamarla Virgen de la Esperanza. De una esperanza diferente, desde luego, a la que tendrá cuando llegue la hora final, treinta y tres años después, y ella se encuentre entre los brazos a su Hijo muerto.
Pero eso ella no lo sabía en aquellas horas previas al parto, con la cueva de Belén ya algo adecentada y con la pobreza transformada en dignidad a base de amor y de esfuerzo.
¿Qué esperaba María en aquel momento? ¿Creía ella que el que iba a nacer iba a triunfar sobre todos hasta convertirse en un rey poderoso que habitaba en palacios y tenía cientos de sirvientes? ¿Esperaba ella convertirse en una influyente “Reina Madre” que estuviera por encima de los más importantes ministros y consejeros?. Nunca, ni siquiera en el momento de la concepción, cuando María no tenía datos sobre el futuro comportamiento de Dios para con ello y para con su Hijo, pensó María en hacer un negocio con aquel embarazo. Pero, si en algún instante lo hubiese pensado, motivos sobrados había tenido desde entonces para abandonar esas ideas. El Dios que dejaba a su Hijo nacer en una cuadra de ganado, no debía estar muy dispuesto a mover un dedo para que se convirtiera en el poderoso caudillo que esperaban los judíos con el título de “Mesías”.
La esperanza de María no estaba, pues, puesta en las joyas que podría lucir cuando su Hijo triunfase, o en el prestigio que tendría, o en lo que podría presumir de hijo célebre delante de las amigas. Tampoco soñaba Nuestra Señora con tener por Hijo a un “adonis”, a una criatura perfecta, guapísima, inteligente, brillante. María, en aquel momento decisivo, cuando todavía no había podido ver cómo sería su pequeñín, sólo esperaba una cosa: tenerle entre los brazos, fuera como fuera. Le quería antes de que naciera y le quería como sólo puede querer una madre: tal y como era. Le quería sin saber si sería rico o pobre, guapo o fe, listo o tonto. Naturalmente que fue guapísimo –salió a ella- y muy listo y todo lo demás. No podía ser de otro modo, pero, aunque lo hubiera sido, aunque hubiera tenido un defecto físico o psíquico, para María su Hijo era su Hijo y nada podía haber más valioso en su vida.
Cómo se nos presenta María, en esos días inmediatos al parto como la gran señora de la vida, de toda vida. En nuestro tiempo, tan selectivo, tan inclinado a valorar sólo que superar unos niveles de belleza, de riqueza, de cultura, la Virgen de la esperanza, Santa María de la O, nos invita a defender la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, sin hacer distinción, sin dejarnos llevar por las modas, por las comodidades, por esa difundida concepción de que los hijos se tienen para “realizarse como padres”, en lugar de para hacer felices a criaturas que, sin ti, no existirían.
 
Propósito: Agradecer a Dios el ejemplo de María en los días de dificultad previos al parto. Un ejemplo de esperanza, de abandono en Dios, de confianza en que cumpliría sus promesas.
 
 
 
Cuarta semana
 
La humildad de Dios.
 
San Pablo, cuando tuvo que explicar a los paganos que convertía el significado del nacimiento del Hijo de Dios, no encontró otro término mejor que el de humildad. “Renunció a su categoría de Dios y tomó la condición de esclavo”, dirá el maestro de los gentiles para hacer comprender a sus asombrados oyentes lo espectacular de la encarnación y de aquel nacimiento. Esto, que para nosotros es una idea tan conocida que ya no nos damos cuenta de su grandeza, te golpea fuertemente en el corazón cuando se visita Belén. En realidad toda Tierra Santa es el reino de una palabra: “aquí”. Lo mismo si visitas Nazaret que si te hincas de rodillas ante las piedras que Jesús regó con su sangre en la agonía del huerto o que si subes al Calvario, lo mismo en Belén que en Jerusalén, en Tiberiades o en Betania, la palabra “aquí” resuena con un poder tan grande en tu corazón que pocos logran resistirla.
Y de todos los sitios donde la piedra grita, uno de los más fuertes es, sin duda, Belén. “Aquí –te dices a ti mismo mientras oras en el cuchitril donde él nació-, aquí salió del cálido vientre de su Madre, sin romper su virginidad, para empezar a descontar minutos y avanzar hacia la muerte redentora. Aquí, en esta cueva que entonces sería todavía más húmeda y fría, es donde vio por primera vez la luz, que debió ser de algún candil o de alguna antorcha humeante. Aquí su Madre le dio de mamar la primera vez y aquí le lavó, le acunó, le durmió protegiéndole sólo con la fuerza poderosa y débil de sus brazos de mujer”.
Hay que ir a Tierra Santa. Hay que ir a Belén. El cristiano necesita dejarse educar, dejarse instruir por las viejas enseñanzas de las piedras, de los árboles, del lago, del desierto, de las callejuelas de Jerusalén, de la belleza de los templos que custodian los franciscanos. Hay que ir a Belén y aprender, tocando con tus manos estupefactas, lo que significó la humildad de Dios. Allí, en medio de aquella pobreza, de aquella desolación, de aquella cueva de ganado, allí nació el Hijo de Dios. Tanto amó Dios al mundo que no sólo envió a su único Hijo para redimir al mundo, para subir a la cruz, para derramar su sangre por los seres humanos, sino que quiso que todo hombre, por pobre que sea, por doliente y herido que esté, sienta a ese Dios cercano, próximo, igual. No nació rodeado de mármoles sino de piedra oscura y húmeda; no le recibieron los mejores perfumes del mítico Oriente, sino los del ganado que le daba calor; no tuvo sedas para cubrirse sino alguna zamarra vieja de pastor. En lo único que podemos envidiarle, y esto compensa todas sus carencias, es en los brazos de su Madre. No hubo cuna mejor, ropa mejor, mármol mejor.
Que la humildad de Dios, que la lección de la cueva de Belén, nos conmueva y nos convierta. Que podamos decirle, como María, con María: no tengo oro ni plata que darte, pero mi corazón es tuyo, mi vida es tuya y es tuyo hasta el último aliento de mi ser.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que se hiciera hombre, que aceptara las limitaciones de ser hombre, para demostrarnos su amor, para enaltecer la naturaleza humana. Como le agradeció María.






La Virgen María. XXII Enero de 2011
Empezamos el nuevo año como despedimos el anterior: de la mano de María. Vamos a fijarnos en este mes de enero, sobre todo, en las enseñanzas que nos deja el Magníficat. Veremos a María asumiendo riesgos para hacer una obra de caridad y, sobre todo, podremos entrar en lo más íntimo de su alma y contemplar la catedral de humildad que se aloja allí, al oírla proclamar que Dios es el que hace todas las maravillas.
                Primera semana
 
El riesgo de amar.
 
La siguiente etapa de la vida de la Virgen que quiero comentar es la relacionada con su visita a Ein Karem. Allí vivía su prima Isabel. El arcángel Gabriel, a la vez que solicitaba el permiso de María para que se produjese la encarnación del Hijo de Dios, le informaba de que Isabel estaba en estado, a pesar de su edad avanzada, y de que era estéril.
No sabemos cuánto tardó María en percatarse del alcance de la noticia de lo ocurrido con su prima, conmocionada como debía estar con su propia situación y con el trance de dar a conocer a sus padres y a su novio su propio y milagroso embarazo. Lo que sí sabemos es que, no muchos días después, María se puso en camino hacia el sur, hacia Ein Karem, para estar al lado de Isabel.
Todo lo que podamos decir sobre las motivaciones de la Virgen al hacer ese viaje cae en el terreno de la especulación más o menos piadosa. Lo que sí es cierto es que se trataba de un riesgo y de un riesgo no pequeño. Hay que tener en cuenta el clima de inseguridad de la época, pues Israel era una colonia romana en la que no faltaban los atentados contra los legionarios, los robos y los asaltos a los viajantes. María debió viajar, seguramente, en una caravana, pero, aún así, el riesgo existía. Existía, además, otro riesgo para ella como futura madre. Aunque el embarazo fuera tan reciente, debido al extraordinario tesoro que custodiaba en su vientre, lo más aconsejable hubiera sido que pasara los nueve meses restantes entre algodones, mimada y atendida al máximo con el fin de que la criatura que se formaba en sus entrañas no corriera ningún tipo de peligro. No fue eso lo que hizo. Por el contrario, pocas semanas después de la encarnación la vemos en Ein Karem, a varios días de jornada de su hogar en Nazaret, en la casa de su prima. Tal riesgo sólo podía correrse por alguna causa lo suficientemente seria que lo justificase.
Si María se hubiese quedado con Isabel hasta después de dar a luz, podríamos pensar que lo que hizo fue una huida de Nazaret para no dar qué hablar. Pero el hecho de que, mucho antes del parto, la volvamos a ver de regreso en su pueblo, excluye esa hipótesis. Sólo queda, pues, una causa: la caridad.
María fue a Ein Karem por amor. Enterada de que su prima, de edad avanzada, se enfrentaba al trance de dar a luz a su primer hijo, no quiso que le faltara la ayuda de alguien próximo, de alguien que pudiera servirle de confidente y de consuelo. La relación entre ambas familias debía ser muy estrecha para que ese viaje se llevara a cabo, lo cual parece justificado con el anuncio del arcángel Gabriel, el cual habla a María de una persona muy conocida para ella, no de alguien con quien no tiene contacto desde hace años.
Isabel y Ana, las dos familias, debían ser, pues, muy allegadas. Esa amistad justificaría y haría necesaria la visita de María a su prima. No obstante, el riesgo permanecía inalterable, al margen de las motivaciones que hubiera para llevar a cabo el viaje.
Vemos, pues, a María dándonos el primer ejemplo de caridad después de habérnoslo dado de confianza en Dios, de fe en que lo que el Señor había prometido se cumpliría. Si ante el arcángel ella se mostraba como la esclava del Señor que estaba dispuesta a correr los riesgos que hicieran falta para hacer lo que Dios le pedía, ahora la vemos ejecutando esa promesa, llevándola a la práctica. Por amor a Dios, aceptó la encarnación; por amor a Dios hizo un largo, pesado y peligroso viaje para ayudar a una anciana que estaba a punto de tener su primer hijo.
No podía tener Jesús mejor educadora. Cuando el Señor, años después, se juegue la vida para curar a un enfermo en sábado, o cuando provoque las iras de los bienpensantes al evitar que una mujer fuera apedreada por adulterio, no estará haciendo otra cosa más que llevar a cabo los ejemplos que su Madre le dio desde su misma concepción, cuando todavía era un pequeño embrión en su cálido vientre.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo dejado por la Santísima Virgen, que no dudó en correr riesgos para llevar a cabo un acto de caridad. E imitarla.
 
 
 
Segunda semana
 
Proclama mi alma.
 
María, como hemos visto, fue a Ein Karem a llevar a cabo un acto de caridad. En la caridad, en el amor, siempre hay riesgo y ese riesgo lo quiso correr Nuestra Señora consciente y deliberadamente. No es que ella fuera una temeraria, una imprudente, sino que, sabiendo lo que quería Dios de ella, se ponía en manos del Todopoderoso y no dudaba en ejecutar sus planes. El riesgo de amar está presente, por lo tanto, en todas las acciones de María y así fue como ella se convirtió en educadora de su divino Hijo desde el instante mismo de su concepción.
Pero, ¿qué hizo cuando llegó a la casa de su prima Isabel?. El Evangelio no nos describe los detalles del servicio que María prestó a su pariente y amiga. Posiblemente la Virgen, joven como era, no tuvo la tarea de poner orden entre las criadas de la casa. Echaría una mano, sin duda, en la cocina o incluso en los trabajos de la casa y hasta del campo. Sobre todo, María haría el papel de confidente, de consoladora, de amiga de su prima. Para eso había ido, para estar a su lado, para rezar junto a ella y por ella, para cogerle la mano en las largas horas de angustia que debieron preceder al parto de aquella mujer madura y hasta entonces estéril, que se jugaba quizá la vida con aquel primer alumbramiento.
Es en este papel en el que nos la describe el evangelista Lucas cuando narra el encuentro entre las dos amigas. Isabel, sorprendida por la visita de su prima, a la que no había comunicado su embarazo, saluda a María y la llama bienaventurada, mostrándose así ella informada de lo que está ocurriendo en el seno de la recién llegada. La Virgen, por su parte, no oculta la realidad, ni, con una falsa humildad, echa tierra sobre el milagro que custodian sus entrañas. Por el contrario, lo que hace es poner de manifiesto que, efectivamente, lo sucedido es magnífico, pero que no se debe a ella sino al Señor, al Altísimo, al Todopoderoso.
Es el momento del Magníficat, quizá la oración más hermosa de toda la Biblia después del Padrenuestro. “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, dice María, para añadir, más adelante, que “Dios ha mirado la humildad de su esclava”. Las maravillas, los milagros, ocurren –viene a decir Nuestra Señora-, pero no son obra nuestra, sino de Dios.
Esta es una lección que no debemos olvidar. A veces creemos que la humildad consiste en ocultar la realidad, en falsearla, en decir que lo que está bien está sólo regular. Esa es, en realidad, una falsa humildad. Si a los que, ante un merecido elogio, se echan tierra a sí mismos se les criticara a continuación, veríamos cómo, en la mayor parte de los casos, se revuelven contra las críticas, mostrando así que su humildad era ficticia, una mera pose dedicada a recabar nuevos e insistentes elogios. María no le dice a su prima, ante las alabanzas de ésta, algo así: “No exageres, no es para tanto. Al fin y al cabo, el hecho de que yo vaya a ser la Madre del Hijo de Dios no tiene tanta importancia”. Hubiera sido blasfemo y estúpido. María, la verdaderamente humilde, deja constancia de que el acontecimiento es maravilloso, pero que no es ella la autora, sino Dios.
Hagamos nosotros lo mismo. Si nos elogian por algo bueno que hemos hecho –desde una buena comida a una obra de arte, desde un trabajo profesional bien realizado a unas excelentes notas conseguidas en los exámenes- no ocultemos la realidad. Hagamos como María y digamos que si no hubiera sido por Dios, por los dones naturales que él nos ha dado o por la fuerza de voluntad que ha representado su gracia, no habríamos sido capaces de conseguirlo. No estaremos entonces lejos de la verdad, no estaremos lejos de la humildad. Y estaremos dejando claro, para todos, que a donde hay que mirar no es al pincel con que se ha pintado el magnífico y elogiado cuadro, sino hacia el artista que lo pintó, Dios.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la humildad de María, que tenía muy claro quién era ella y quién era Dios. Y si ella, la Inmaculada, no se atribuía nada, mucho menos debemos hacerlo nosotros.
 
 
 
Tercera semana
 
Derriba del trono a los poderosos.
 
El Magníficat no termina con el enunciado inicial, el que veíamos en el capítulo anterior, dedicado a dejar claro, por parte de la Virgen y ante su prima, que, si bien las maravillas existen, es Dios el que las realiza. Más adelante, en esa oración magnífica, Nuestra Señora, llena del don de profecía, afirma lo siguiente:
“El -refiriéndose a Dios- hace proezas con su brazo. Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.
No parece la Virgen, al proclamar ese mensaje, una jovencita ñoña, de espiritualidad de cuello torcido, mojigata y cursi como algunos quieren presentar. Por el contrario, una vez más, se nos muestra como la mujer fuerte, decidida, valiente, enamorada de Dios pero también preocupada por la suerte de los hombres. La que dice que los soberbios van a ser derribados y que los pobres se verán enaltecidos, la que advierte que los ricos se irán con las manos vacías mientras que los que pasan hambre se verán saciados, es la mujer más revolucionaria de la historia. Con años de anticipación, llevando en su seno al Salvador del mundo, la Virgen pronunció palabras muy parecidas a las que, después, diría su Hijo en aquel incomparable sermón del monte, donde enunció su mensaje ético resumido en las llamadas “bienaventuranzas”.
No nos engañemos, pues, ni con respecto a la Virgen ni con respecto a lo que nos espera por parte de Dios. Nuestra Señora, llena de amor y de misericordia, no puede dar otro mensaje distinto del que dio su Hijo. Y si éste advierte que el día del Juicio será terrible para los que han visto a sus hermanos pasar hambre y han pasado de largo ante ellos sin ayudarles, lo mismo hace la Virgen. Con cariño, con el cariño de una madre que es a la vez educadora, insiste en recordarnos que si vamos por el mundo sembrando egoísmos no podremos esperar ni de Dios ni de los hombres otra cosa más que tempestades.
Aconsejo, pues, meditar despacio esta oración del Magníficat. Leer con calma cada una de sus frases. Darse cuenta de que fueron pronunciadas y escritas hace dos mil años, cuando no había democracia ni se hablaba todavía de los derechos humanos. En aquella época lejana, la época en la que la esclavitud era algo normal, lo mismo que eran frecuentes los sacrificios humanos a los dioses, una mujer, María, la Inmaculada, llevando a su divino Hijo en su vientre, proclamó el mensaje más revolucionario de todos los tiempos: Dios no es indiferente a la suerte de los que sufren, de las víctimas, de los que pasan hambre. Dios es el Señor de la Misericordia pero también lo es de la Justicia. Los que se han enriquecido a costa de los demás, los que han reído mientras otros lloraban, los que han vivido bien porque hacían vivir mal a otros, serán juzgados por el mismo Dios que sufrió mientras sus hijos eran maltratados, humillados, perseguidos.
¿Qué tenemos que hacer? Pedirle a María que nos dé luz y fuerza. Luz para discernir hasta qué punto tenemos que llegar en nuestra entrega a los necesitados, habida cuenta de que los problemas del mundo son enormes y nuestras obligaciones -que también son voluntad de Dios- nos impiden dedicarnos por entero a consolar al que sufre. Que nos dé, pues, luz para discernir, y, sobre todo, que nos dé un corazón capaz de amar. Si cada uno de nosotros hiciera simplemente lo que puede, si diera la limosna que puede dar, si visitara a los enfermos que puede visitar, si consolara sólo a aquellos que buenamente puede consolar, no cabe duda de que habría muchísimo menos dolor, menos lágrimas, menos hambre, menos soledad. En cambio, nos excusamos en nuestras ocupaciones, en nuestros gastos siempre crecientes, en nuestra falta de tiempo, cuando lo que nos falta es ganas de amar, ganas de ayudar, capacidad de sacrificio.
 
Propósito: Confiar en Dios, sabiendo que no abandona a sus hijos y no hacer nada que vaya contra su voluntad, como hizo María.
 
 
 
Cuarta semana
 
De vuelta a casa.
 
Cuando todo terminó en casa de Zacarías y de Isabel, es decir, después de que hubiera nacido Juan y de que su padre, Zacarías, hubiera recobrada el habla que había perdido a causa de su poca fe, el Evangelio nos dice que María se volvió a su casa.
El regreso a Nazaret no sólo tenía, si cabe, más peligros que el viaje de ida desde su pueblo a Ein Karem, pues María estaba más adelantada en su embarazo y era por eso más frágil. Es que, además, no podía dejar de pesar en el ánimo de la jovencita cómo sería su entrada en el pueblo. Cualquiera que viva o haya vivido en una localidad pequeña sabe hasta qué punto se suele ser cruel con los comentarios y con los cotilleos. Personas en otros aspectos buenísimas, no suelen evitar convertirse en fustigadores de todo aquel que hace algo no digo ya malo sino que, simplemente, se sale de lo normal. El “qué dirán” alcanza en los pueblos la fuerza de ley, de una ley no escrita pero más inexorable que aquellas cuyo cumplimiento está protegido por la policía. No me cabe la menor duda de que María fue víctima de esas lenguas que, en nuestro país, llamamos, con humor, de “doble filo”. ¡Cuántas cosas debieron decir de ella, la Inmaculada, aquellas comadres de Nazaret cuando la vieron aparecer con la señal del embarazo en su cuerpo y todavía soltera! ¡Cómo disfrutarían ellas, y ellos, acostumbrados a revolcarse en el pecado al poder echar algo de lodo en la limpia figura de la que había tenido, sin duda, la mejor fama de todo el pueblo!. ¡Cuánto debieron sufrir también Joaquín y Ana, los padres de la Virgen, y hasta el mismísimo José, su novio!
La primera lección que nos da, pues, este pasaje de la vida de la Virgen es la necesidad de no juzgar, o al menos de no hacerlo basándonos sólo en las apariencias. Hay que conocer todos los detalles de un caso para poder emitir un juicio certero. Y, como eso suele ser difícil, el Evangelio nos recomienda que dejemos esa tarea para Dios, el único Juez, el único que penetra en lo escondido de la conciencia humana y sabe de verdad lo que ha ocurrido.
Naturalmente, estas críticas y seguramente las pullas que debió soportar, no le hicieron a María retroceder. Y aquí viene la segunda lección: la Virgen se nos muestra como una mujer entera, madura, que tiene sus objetivos, sus principios, y que no los modifica en función de lo que diga la gente, de la presión del entorno. Eso, en una época como la nuestra, la convierte en un modelo excepcional. ¡Cuántas muchachas embarazadas deciden abortar simplemente para no tener que enfrentarse con el mal trago de decírselo a sus padres, a sus amigas o en el trabajo! Ante los problemas –que en el caso de la mayoría ellas mismas se han buscado-, echan mano de lo que el Papa llama la “cultura de la muerte”; resuelven las dificultades por la vía fácil y degradante de matar al que molesta, aunque el que molesta sea un ser tan inocente como un bebé y aunque el que molesta sea su propio hijo. Nada de eso hizo la Virgen. Plantó cara a los cotilleos, se los ofreció a Dios como si fueran el mejor regalo que podía darle al que era lo más importante en su vida, y siguió adelante. Sus padres y el mismo José –después de la revelación hecha por el ángel- la apoyaron, pero si así no hubiera sido, ella habría hecho su pequeña maleta y se habría marchado de aquel pueblo de chismosos antes que entregar a la muerte al fruto de sus entrañas.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el valor que tuvo la Virgen para afrontar las críticas y aún el riesgo de morir apedreada por ser la Madre de Dios. Intentar no herir nosotros con nuestras críticas a nadie.
 
 
 
Quinta semana
 
Boda con José.
 
Si en el capítulo anterior hemos visto a María afrontando las críticas de los bienpensantes de su pueblo, el paso siguiente es ver su relación con José. El Evangelio nos dice de él dos cosas. Primera, que estaba desposado con la Virgen pero que, según la costumbre judía, aún no habían empezado a vivir juntos, es decir que sólo había tenido lugar la primera parte de la boda, lo que hoy llamaríamos el “compromiso”. En segundo lugar nos dice que José era un hombre justo, un hombre bueno; esa bondad no le llevó a aceptar a la Virgen con la criatura que llevaba en su vientre, pero sí a planear repudiarla en secreto a fin de que ella no fuera castigada con la pena reservada a las adúlteras, la lapidación.
Hasta aquí el lado humano de las cosas. Según esto, que era el mejor de los casos posibles, María habría terminado como madre soltera, posiblemente fuera de Nazaret, protegida tan sólo por sus padres y con la difícil misión -sobre todo en aquella época- de sacar adelante a su hijo sin la ayuda de su marido. Pero Dios no podía dejar que los acontecimientos siguieran ese curso. “Para Dios no hay nada imposible”, le había dicho el arcángel Gabriel a María en el momento de la anunciación. Y en función de ese poder omnipotente, José recibió la revelación de lo que había ocurrido y no dudó, como dice el Evangelio, en “aceptar a María en su casa”.
No sé si hubo o no muchas explicaciones entre los dos, entre José y María. Me imagino que, una vez que José lo supo todo, debió pedirle disculpas a su prometida por haber dudado de ella y haber necesitado la aparición de un ángel para creer en su versión. Claro que también puede suceder que María no le hubiera contado nada y hubiera preferido guardar la reserva sobre lo sucedido, en parte porque su explicación era, desde el punto de vista humano, totalmente increíble, y en parte porque estaba decidida a confiar en Dios y a dejar que fuera él quien resolvía las cosas.
El caso es que los dos, María y José, llegaron a un acuerdo tan hermoso como difícil: casarse y, a la vez, mantenerse en la más completa castidad. Sobre esto hay, naturalmente, muchas tradiciones. Para algunos, José era tan anciano que no representaba ningún problema para él cumplir el voto de castidad. Para otros, aunque era joven, había decidido, ya antes de desposarse con María, vivir la castidad dentro del matrimonio y se sorprendió gratamente cuando se enteró de que su joven esposa deseaba hacer lo mismo. Lo que ocurrió en realidad pertenece al misterio y a esa intimidad entre dos personas que debe permanecer en lo escondido. En cambio sí que es importante saber que tanto María como José convivieron como esposos y que, a la vez, no mantuvieron ningún tipo de relación. Fuera esto consecuencia de una opción personal de ambos, o fuera debido a que él aceptó lo que su mujer le pedía, la realidad es que aquel fue un matrimonio lleno de amor, más grande cuanto más difícil pudo ser mantener esa castidad durante los años que duró su convivencia.
En este pasaje de la boda entre María y José y de su posterior vida en común, no es sólo la Virgen la que se nos presenta como maestra y modelo. También él, José, es un ejemplo para nosotros. Un ejemplo de docilidad a la voluntad de Dios, pues fue capaz de cambiar sus planes iniciales para hacer lo que el Señor le pedía sin reclamar más explicaciones ni alegar derechos. Creo que, en parte, es por esto por lo que la Iglesia le ha propuesto como patrono de las vocaciones sacerdotales. No sólo fue el custodio del primer sacerdote, Jesús, sino que él mismo es modelo de alguien que cambia su plan de vida cuando Dios le pide que lo haga, que es precisamente lo que os ocurre a los que, en nuestra adolescencia o juventud, hemos sentido la llamada de Dios y hemos experimentado la dificultad de hacer algo que, hasta entonces, no teníamos previsto.
José es modelo también de hombre que cree en la palabra de su esposa y que rechaza ese vicio nefasto que se llama “celos”. No sólo no tuvo celos del Espíritu Santo, sino que trató a Jesús, que no era carne de su carne, con mayor cariño y dedicación que si hubiera sido fruto de su relación con María. Como cada vez hay más casos de parejas formadas por cónyuges que aportan hijos de anteriores matrimonios, algunas de ellas formadas tras una viudedad o una anulación matrimonial y otras fruto de un divorcio, José puede ser modelo de amor a un hijo que no era suyo y al que Dios le pedía que consagrara su vida y que, por él, renunciara incluso a su propia descendencia.
 
Propósito: Agradecerle a Dios por San José, sin el cual todo hubiera sido muchísimo más difícil para María y para Jesús, y rezarle a él con frecuencia pues es el patrono de la Iglesia.






La Virgen María. XXI Diciembre de 2010
Coincidiendo con el mes de diciembre, mes especialmente de María porque nos recuerda con el adviento la preparación del nacimiento de Jesús y, a partir del día 24, nos hace fijar la mirada en el Niño sostenido por los brazos de la Madre, vamos a meditar sobre los primeros pasos de María como cristiana. Hasta la Encarnación era una mujer judía que, fiel a su tradición religiosa, no dudó en responder afirmativamente a la petición de Dios. Pero desde el momento en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad tomó carne en su vientre, ella se convirtió en la primera discípula del Hijo amado, en la primera cristiana. Desde el seno Jesús empezó a enseñarle lo que más tarde nos mostró a nosotros y que conocemos como la plenitud e la Revelación. Mientras ella le cuidaba a Él, Él cuidaba de ella.
Primera semana
 
Madre de Dios.
 
Dejada atrás ya la etapa inicial de la vida de la Virgen María, nos la encontramos, tal y como nos enseña la tradición, como una jovencita desposada con un hombre justo llamado José, con el que todavía no había convivido. Esta joven galilea recibe, una noche de primavera, una visita inesperada que tendrá consecuencias insólitas y gigantescas no sólo para ella y su pueblo sino para toda la humanidad. Es la visita de un ángel, de un arcángel mejor: Gabriel, que, como mensajero de Dios, comunica a María que ha sido elegida por Dios para ser Madre del Mesías y pide de ella el permiso necesario para que la encarnación se produzca. María, después de preguntar por la forma, debido a que el fin no justifica los medios, da su sí y la sobra del Espíritu Santo la cubrió dejándola embarazada del Redentor.
Voy a dedicar varios capítulos a analizar con un poco de detalle este acontecimiento tan extraño y tan decisivo. Y la primera cosa en la que quiero detenerme es en el hecho mismo, en lo que ocurrió después de aquel sí de María. “El Verbo se hizo carne”, dirá San Juan en el prólogo de su Evangelio explicando escueta y magníficamente lo sucedido. El Verbo, la Palabra, el Mensaje, la Gracia, se hizo carne, se hizo realidad concreta y tangible, se hizo humanidad, se hizo sacramento. Y eso ocurrió no en una plaza abierta a los vientos del mundo, en un ágora de debate, en un parlamento de políticos ilustres o en los arcanos sótanos donde los poderosos acumulan sus fortunas. Ese acontecimiento, el más grande e importante de la historia de la Humanidad, tuvo lugar en el vientre de una mujercita, de una joven muchacha galilea que tenía poco patrimonio económico y cultural y que sólo contaba en su cuenta corriente con un caudal de santidad inagotable.
Siglos después, los cristianos, acuciados por las herejías, se reunieron en Éfeso y discernieron que verdaderamente el hijo de María era de naturaleza divina y que, por lo tanto, a ella se le debe llamar con toda propiedad “Madre de Dios”. En aquel momento elevaron a la categoría de dogma algo que, hasta entonces la mayoría de ellos había asumido del modo más natural y que sólo algunos de esos que se especializan en complicar las cosas sencillas se había atrevido a negar. María, la que dio el “sí” al arcángel Gabriel para que sirviera de intermediario y se lo comunicara a Yahvé Todopoderoso, María era, desde ese instante, la Madre de Dios, precisamente por haber aceptado ser Madre del Hijo de Dios, del Hijo del hombre, de Jesús de Nazaret.
Es, pues, desde el momento de la concepción que empieza la maternidad de María. Ella no se convirtió en Madre cuando dio a luz en la cueva de Belén, sino cuando quedó embarazada de Jesús en la aldea de Nazaret. Y conviene recordarlo y celebrarlo así, más que nunca en una época como la nuestra, en que el no nacido, el “nasciturus” como se le llama técnicamente, se ha convertido en un ser sin derechos, desprotegido totalmente en una sociedad consumista y secularizada como es la nuestra.
Nosotros los creyentes en Cristo –y la ciencia nos da la razón- afirmamos que la maternidad no empieza con el dar a luz, sino con la concepción, pues el nuevo ser lo es ya desde el primer instante, sin necesidad a que pasen cuatro, seis o nueve meses desde que fue concebido en el seno de su madre. Varias veces he tenido la ocasión de estar al lado de mujeres que, espontánea y naturalmente, han abortado. No experimentaron la pérdida del feto como la de un pedazo de su propia carne, como una especie de adelgazamiento súbito o la expulsión de un quiste. Todas ellas sentían que lo que había muerto en su vientre, sin culpa de ellas, era un ser diferente a ellas mismas, era una nueva criatura. Y todas ellas –con más o menos intensidad- experimentaban el dolor por esa pérdida, aunque ese dolor fuera menos que si hubieran llegado a ver viva a la criatura que albergaban en su seno.
Por lo tanto, en este primer capítulo dedicado a contemplar el hecho de la encarnación del Hijo de Dios en la Virgen María, lo fundamental que quiero destacar es que la maternidad no empieza con el parto sino con la concepción. María fue Madre de Jesús, Madre de Dios, en Nazaret y no en Belén, desde el “sí” al ángel y no desde que abrazó al pequeño Jesús en la humilde cuna que José construyó para su hijo adoptivo en la cueva belemnita.
¿Qué podemos pedirle a María al contemplarla como Madre de Dios? En primer lugar deberíamos pedirle por todas las mujeres que se encuentran en su misma situación, que acaban de concebir a un hijo y que tienen por delante nueve meses de embarazo más o menos difícil. Debemos pedirle especialmente por aquellas que ven ese embarazo como una carga y que, abandonadas en muchas ocasiones por una sociedad hipócrita y machista, se ven solicitadas por la tentación del aborto. Y, como no se trata sólo de pedir, hagamos ante María, contemplada con el bello nombre de Madre de Dios, la promesa de estar siempre a favor de la vida. No sólo con gestos, firmas o protestas, sino sobre todo con acciones eficaces, con obras de solidaridad dirigidas especialmente hacia aquellas mujeres que, por sentirse solas, corren el grave riesgo de cometer el mayor de los errores que puede cometer una mujer: matar a su propio hijo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios por haber tenido unos padres que nos permitieron nacer y ofrecer a las mujeres embarazadas con problemas nuestra ayuda.
 
 
Segunda semana
 
Amor inmediato.
 
La respuesta de la Virgen al arcángel Gabriel que vimos hace dos semanas no estaba completa. Voluntariamente he omitido la segunda parte de la frase pronunciada por María. Nuestra Señora no sólo dijo: “He aquí la esclava del Señor”. Añadió: “Hágase en mí según tu palabra”. E, inmediatamente, el Espíritu Santo cubrió con su sombra a María y Cristo tomó carne en su vientre.
Conviene detenerse en este punto porque es de suma utilidad como modelo de com­por­ta­miento. Y es que nosotros, con frecuencia, nos manifestamos dispuestos a hacer lo que Dios quiera en nuestras vidas. Se lo decimos al Señor una y otra vez y hasta se lo decimos con sinceridad. Pero, eso sí, le decimos también que no se precipite, que se tome su tiempo, que vuelva mañana. Hacemos como dicen que hacía San Agustín, cuando en sus años juveniles de abundante desenfreno rezaba al Dios de su madre, Mónica, y le pedía continencia. “Dame la castidad, Señor –decía-, pero no ahora”.
Me recuerda esta situación a aquel soneto en el que el ángel llama a la puerta del corazón del hombre y éste, hablando con Jesús, afirma: “¡Cuántas veces, hermosura soberana/ mañana le abriremos, respondía/ para lo mismo responder mañana”.
No creo que el infierno esté lleno sólo de personas que han hecho el mal. Posiblemente la mayoría de sus moradores están allí, sobre todo, por no haber hecho el bien, por no haber hecho lo que podían hacer. Han vivido la vida dejando pasar el momento, dando largas, poniendo excusas. Y, mientras tanto, otros han permanecido sufriendo sin que nadie les ayudara.
¿Se imaginan que María le hubiese dicho al ángel: “De acuerdo, estoy dispuesta a hacer lo que Dios me pide, pero no he terminado mis estudios. Mejor, querido arcángel Gabriel, vuelve dentro de unos años”. Claro que eso era imposible porque en aquella época las mujeres no iban a la Universidad. Pero sí podía haberle contestado: “Mira, San Gabriel, le vas a decir a Yahvé que lo que él quiera. Sólo que no ahora. Es un lío, compréndeme. Estoy desposada con José y no he tenido relaciones con él. Quizá si esperamos a casarnos y luego, dentro de unos años, yo me quedo embarazada él no tendrá forma de saber que el hijo no es suyo. Así que, vuélvete al cielo y regresa cuando yo ya tenga un par de criaturas por lo menos”. Esa, sin duda, hubiera sido una respuesta sensata, sensata a los ojos del mundo, claro. Porque también podía haber dado la respuesta que dan tantos jóvenes de hoy cuando Dios les pide que se consagren a él en la vida religiosa o en el sacerdocio: “Ya me convertiré de mayor, cuando sea anciano. Ahora, y durante muchos años, quiero vivir la vida, quiero disfrutar a tope, quiero gozar de todo lo que los sentidos me puedan proporcionar”. “Ángel, vuelve mañana”, le decimos, en definitiva, al mensajero de Dios una y otra vez.
Pero María no hizo eso. No respondió, como si fuera una burócrata asalariada, el “vuelva usted mañana”. Dijo “aquí estoy, preparada y dispuesta. Como un soldado listo para lanzarse a la batalla. Hágase en mí según tu palabra, Señor. Y que se haga según tu voluntad desde ahora”.
“Ahora”. Esta debería ser la voz de mando que suena en los oídos de los que amamos a Dios, a la Virgen, a la Iglesia. No “mañana”, sino “ahora”. “Carpe diem”, decían los sabios latinos. “Vive el presente”, no dejes para mañana el bien que puedas hacer hoy. No dejes que siga llorando el que está solo. No dejes que muera de hambre el que lleva días sin comer. Si no lo puedes hacer, no lo hagas. Pero si puedes, vence la pereza y hazlo ahora.
 
Propósito: Decirle sí a Dios y decírselo enseguida, sin esperar a mañana. Como hizo María.
 
 
Tercera semana
 
Alégrate María.
 
Creo que todos hemos hecho la experiencia de lo bien que se siente uno después de haberlo pasado mal, una vez, claro está, que los problemas se han resuelto satisfactoriamente. Es como cuando se aprueba un examen difícil, que costó grandes esfuerzos preparar. O como cuando se consigue llevar a cabo un trabajo que implicaba un gran reto profesional. En términos deportivos, es algo así como coronar una empinada e inaccesible cima, ganar un campeonato o, simplemente, superarse a uno mismo logrando establecer marcas hasta poco antes impensables.
Pues bien, algo así debió sentir María cuando las cosas se fueron resolviendo, pasito a pasito, del mejor modo posible. La fe en Dios, la certeza de que el Señor, que la había metido en aquel lío, no la dejaría sola, la empujaba y sostenía. Pero no la ahorraba sufrimientos ni angustias, lo mismo que a su divino Hijo, cuando le llegó el momento de la cruz, no le fueron ahorrados los sufrimientos de los clavos o de los insultos de los fariseos.
María tuvo que pasar por el bochorno y el mal rato de hablar con su padre, con su madre, con José su novio, con sus amigas, con las vecinas, con los vecinos. Desfiló ante la mirada irónica y escéptica de unos y de otros, que la contemplaban, con su vientre hinchado, como a aquella “mosquita muerta que se había quedado embarazada antes de casarse”. Más de uno diría, con crueldad, al verla trajinar por las calles de Nazaret: “No te fíes de las aguas mansas”, pues de ella, y todos lo sabían, jamás se había podido decir un reproche ni una queja.
Todo eso, y mucho más que no nos podemos ni imaginar, lo tuvo que soportar María. Por eso no debemos extrañarnos que sintiera una intensa alegría a medida que se iban resolviendo las cosas. Claro que todavía le faltaban nuevos e inesperados problemas por afrontar, como la llegada a Belén y la imposibilidad de encontrar un alojamiento digno, pero, de momento, los graves problemas del inicio de su aventura encontraban paulatinamente solución.
Tenía, pues, motivos la Virgen para experimentar la veracidad de las palabras con que el arcángel Gabriel había empezado su saludo, la noche de la encarnación: ¡Alégrate, María!. Alégrate, efectivamente, porque cuando dijiste tu “sí” a Dios tomaste la opción acertada. ¡Qué tristeza, qué tremendo error habría sido rechazar a Cristo sólo por no tener complicaciones! No sólo el mundo se hubiera quedado sin Redentor, sino que ella se habría quedado sin el incomparable placer de tener entre sus brazos al Hijo de Dios.
Me recuerda esta etapa de la vida de la Virgen a un viejo salmo, que conviene recordar y rezar de vez en cuando: “Al ir iba llorando, llevando la semilla”, para añadir “al volver vuelve cantando, llevando las gavillas”. Y es que, en la vida, conviene saber sembrar, saber esperar, saber creer, saber arriesgar. Los que quieren el fruto inmediato, antes incluso de haber hecho nada para merecerlo, no lo disfrutan nunca. Los que, en cambio, son capaces de tener ideales y sacrificarse por ellos, aunque los resultados tarden en llegar, e incluso aunque no sean el cien por cien de los previstos, disfrutan enormemente con el éxito cosechado.
La imitación de María, contemplándola como la mujer que disfruta de un éxito que no le ha sido fácil conseguir, nos debe llevar a ser como ella a la hora de fiarnos de Dios. Merece la pena apostar nuestra vida en la causa del Señor. Es posible que tengamos que vivir más de un susto, más de una prueba. Es posible, incluso, que pasemos toda la vida sin recoger ni un solo fruto. Pero, no lo olvidemos, para nosotros el tiempo no es una medida sólo mundana; existe la otra vida y allí disfrutaremos del premio que les espera a los que han creído en el amor, como María, y a los que, como ella, han sido capaces de arriesgar para hacer la voluntad de Dios, para amar, para sacrificarse por los demás, para servir.
 
Propósito: Hacer la voluntad de Dios puede ser difícil, pero siempre es motivo de paz interior, de profunda alegría. Imitemos a María y escuchemos, como ella, la voz del ángel que nos invita a ser felices.
 
 
Cuarta semana
 
Mujer embarazada.
 
Es imposible que nos hagamos a la idea, debido a las grandes diferencias existentes entre nuestra sociedad y la que conoció María, de lo difícil que debió resultarle a la Virgen dar el “sí” al Señor. Difícil y arriesgado. Porque no se trataba de una opción espiritual, como la que, según la tradición, había efectuado cuando, de adolescente, decidió consagrarse al Señor. Un embarazo, incluso aquel embarazo, en el que no hubo intervención de varón, no podía ocultarse. Después de los primeros meses, era visible para todos, empezando por sus padres, el hinchamiento de su estómago.
¿Cómo contarle al buen Joaquín, que sin duda estaba orgulloso de su hija, que el niño que llevaba en su seno no era fruto de unas relaciones prematrimoniales con José, ni tampoco con ningún otro hombre? ¿Cómo decirle a Ana, su madre, con la que tenía tanta confianza, que aquello era milagroso y que era fruto del Espíritu Santo? ¿Cómo –en fin- decírselo a las amigas, a las vecinas y, especialmente, al novio, a José?. No hay que olvidar, además, que María, por estar ya desposada con José, tenía obligaciones de fidelidad para con él, por lo cual éste podía exigir incluso su muerte debido a que el niño que ella llevaba en su vientre no era suyo. Además, si a nosotros nos resulta familiar oír hablar del Espíritu Santo y escuchar la historia de la concepción virginal de María, para aquellas gentes eso era no sólo raro sino incluso escandaloso, totalmente blasfemo. Un buen judío –y todos ellos lo eran- no podía ni siquiera nombrar a Dios. Era un pecado gravísimo dibujarle o intentar esculpirle. ¿Cómo podían, pues, aceptar que Dios se hiciese hombre y que tomase carne en el seno de una muchacha galilea sin otra cualidad más que la de su absoluta santidad? Se mire por donde se mire, bien desde el punto de vista racionalista bien desde el de la religión judía, la historia de María era increíble y ella lo sabía. Lo sabía, hay que añadir, desde el primer momento, desde el instante mismo en que el ángel se lo propuso. Lo sabía antes de decir su “sí” a Dios y, por lo tanto, ese “sí” fue pronunciado conscientemente, sabiendo bien el gigantesco lío en que se introduciría al decirlo.
Claro que María, como buena judía, sabía también otra cosa, la cual el ángel se encargó de recordar: “Para Dios nada hay imposible”. Y ella decidió fiarse de Dios. “Es imposible –debió pensar- que el Todopoderoso emprenda esta aventura para luego dejar que al bebé que llevo en las entrañas y a mí misma nos maten apedreados en una plaza de Nazaret. Por muy fea que se ponga la situación, algo ocurrirá, aunque sea en el último minuto, que nos saque del apuro”.
María sabía todo eso: las dificultades y la decisión de Dios de actuar en la historia. Pero esto último, que sólo tiene un nombre, el de la fe, no la restaba miedo, ni incertidumbre, ni ganas de dejarlo todo y decirle a Dios que se buscara otra, quizá una mujer casada a la cual le fuera fácil camuflar el hijo como debido a su esposo, o una jovencita de una familia poderosa que respaldara con dinero o incluso ejércitos la pretensión mesiánica del bebé. María fue, por lo tanto, una mujer llena de fe. Esa fe lo era, ante todo, en el poder de Dios, pero también en la decisión de Dios de no abandonar a sus criaturas.
Y es precisamente ahí donde podemos imitar a María, en una época tan difícil para los no nacidos como la nuestra. Con las facilidades que hay para la anticoncepción y para el aborto, con la opinión pública apoyando ambos métodos mayoritariamente, cuesta mucho decidirse a tener un hijo o aceptarlo si viene cuando no se le esperaba. Es tan fácil matar, tan cómodo, tan bien visto, que casi resulta ofensivo no hacerlo. El caso de la adolescente escocesa a la que, previa petición, la Iglesia ayudó para que tuviera su bebé, nos lo demuestra. Las duras críticas que ha recibido la jerarquía católica por ayudar a esa muchacha a tener el hijo que quería, confirman que hoy en día, en determinadas circunstancias, el que no aborta corre el riesgo de ser considerado peligroso para la humanidad.
Por eso creo que la contemplación de María como mujer embarazada, mujer valiente que acepta el hijo que le es ofrecido y que corre todos los riesgos del mundo antes que renunciar a él, es un buen modelo para una sociedad que no acepta el concepto “sacrificio” y que por eso no acepta ya ni la paternidad ni la maternidad.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la valentía de María al aceptar correr los riesgos de ser la Madre de Jesús. E imitarla.






La Virgen María. XX Noviembre de 2010
Seguimos meditando en este mes de noviembre sobre los primeros años de la Virgen María, antes de la aparición del ángel Gabriel. Aprovechamos algunas de las advocaciones con que las letanías nos enseñan a dirigirnos a ella para darnos cuenta de cómo María resumió todas las virtudes de su pueblo, el judío, el pueblo elegido del que debía nacer el Mesías.
             Primera semana
 
Arca de la Alianza.
 
En las Letanías decimos que María es el “Arca de la Alianza”. “Arca de la Nueva Alianza”, deberíamos decir mejor, pues fue en su vientre donde se gestó esa nueva alianza que Dios quiso hacer con los hombres cuando decidió enviar a su Hijo, Jesucristo, para redimir a los hombres.
El antiguo Arca de la Alianza, era un baúl de maderas nobles, protegido por dos ángeles también de madera o quizá de oro. Sin embargo, no era el arte o el precio de los materiales lo que hacían valioso al Arca. Los israelitas lo custodiaban con esmero porque en su interior se conservaban las tablas de la ley que Yahvé entregó a Moisés en el Sinaí.
El Arca era, por lo tanto, el objeto más sagrado del pueblo judío, pues contenía el documento, escrito en piedra, que testificaba la alianza entre Dios y su pueblo. Un documento, una alianza, que establecía obligaciones para las dos partes firmantes del mismo. El pueblo tenía que cumplir los mandamientos de la ley y, a cambio, Yahvé protegería al pueblo de sus muchos enemigos, los vecinos que querían conquistarle, las malas cosechas o las enfermedades.
Las tablas de la ley eran, por así decirlo, un documento notarial. Eran, además, la prueba de que Dios había intervenido en la historia y que, por lo tanto, los israelitas no estaban hablando de mitos, como los pueblos vecinos, sino de cosas reales y tangibles. Tan tangibles como las plagas contra el Egipto esclavizador, como el maná del desierto o como el agua que salía de la roca para saciar la sed del pueblo.
¿Qué sentido tiene decir que María es el “Arca de la nueva Alianza”. En primer lugar hay que destacar la nobleza de los materiales. Si el primer arca era valiosa por sí misma, por haber estado confeccionada con roble, con nogal, con ébano o con cualquier otra madera costosa, más valiosa era la segunda, constituida por una persona viva, por un ser humano, por la Inmaculada, por María. Y si el primer arca era un tesoro preciadísimo por el hecho de contener en él las tablas de la ley, más valor tenía la segunda, que llevó en su vientre, custodió, alimentó, dio carne y afecto, no a un documento escrito en piedra sino al autor mismo del documento. María no protegió, durante su embarazo, a un acta notarial, sino que llevó en su seno al mismísimo Hijo de Dios, el cual, más que ninguna otra prueba, era la manifestación explícita y definitiva de que Dios se interesaba por su pueblo, de que Dios se introducía en la historia de los hombres para salvar a los hombres.
Por eso me gustan algunas antiguas imágenes de María que la representaban como una mujer embarazada y en cuyo vientre se había hecho un hueco para introducir el Santísimo. Estas imágenes-sagrario son una auténtica lección de Teología. Ella, la joven virgen es, a la vez, protectora del tesoro mayor que han podido contemplar los tiempos: el Hijo de Dios hecho hombre. Y lo protege no con herrajes, con cadenas, con gruesas tablas de la mejor madera o con espesos muros del más duro forjado. Lo protege con la frágil pared de la piel humana, con la poderosa fuerza del amor de una madre.
Pidámosle a María, cuando la contemplamos como “Arca de la Alianza”, que seamos también nosotros capaces de convertirnos en portadores de Dios. En dignos portadores de Dios. Que los que nos vean, los que saben que somos cristianos y saben, quizá, que vamos a misa y comulgamos, no tengan la impresión de que somos tabernáculos corrompidos sino dignos templos del Señor, dignos templos del Espíritu Santo.
Y luego pensemos que en nosotros, como en María, no se guardan tablas de piedra, sino una nueva ley, una nueva alianza, la del amor, la de la caridad. No debemos pues aspirar sólo a los mínimos, a cumplir los mandamientos de Moisés, sino a los máximos, los mandamientos de la ley cristiana, de las bienaventuranzas..
 
Propósito: Agradecer a Dios que Nuestra Madre se haya convertido en el Sagrario más precioso porque contuvo no una tabla de piedra sino al propio Dios. E imitarla.
 
 
 
Segunda semana
 
Reina de los Patriarcas.
 
En esta etapa inicial de meditación sobre la vida de la Virgen quiero detenerme en un aspecto de su naturaleza que contemplamos al rezar las letanías. A María la llamamos, cuando hacemos esa hermosa oración, “Reina de los Patriarcas”. Nos estamos refiriendo, al hacerlo, a aquellos grandes hombres que están en los orígenes del pueblo de Israel y, por lo tanto, en los orígenes de nuestra propia experiencia religiosa, pues no hay que olvidar que Cristo construye su Iglesia como plenitud de la Revelación, no como inicio de la misma, es decir que Cristo no empezó de cero sino que completó la obra iniciada muchos siglos antes por el Padre, el Espíritu Santo y él mismo.
Con el término “patriarca” designamos a hombres como Abraham, Isaac y Jacob. Estos tres pilares iniciales del pueblo de Israel (nombre, por cierto, dado por Dios a Jacob, de cuyos doce hijos derivan las doce tribus) tienen una característica común: la fe. Por fe, Abraham dejó su tierra, en Ur de los Caldeos, y emprendió una larga marcha de peregrinación hacia un país desconocido que, el hasta entonces Dios desconocido para él, Yahvé, le había prometido. La fe fue el principal alimento de Abraham no sólo durante su largo peregrinaje, sino también ante el incumplimiento por parte de Dios de una de las promesas que le había hecho: la numerosa descendencia. Como se sabe, Abraham había envejecido y no tenía otro hijo más que Agar, el concebido por su esclava, ya que Sara, su mujer, no había podido darle ninguno. Sin embargo, Abraham seguía manteniendo la fe, seguía creyendo que la promesa de Dios –la tierra y la prole numerosa- se cumpliría. Es por esa fe, una fe que seguía en pie cuando ya no había motivos humanos para mantenerla, por lo que Abraham es considerado “padre de todos los creyentes” y, como tal, es un modelo válido también para nosotros, los cristianos.
¡Cuántas veces en la vida nosotros nos encontramos atravesando dificultades! ¡Cuántas veces experimentamos el silencio de Dios! ¡Cuántas veces hemos pedido, con lágrimas en los ojos incluso, que el Señor viniera en nuestro auxilio y el cielo ha permanecido sordo a nuestras súplicas!. Enfermedades, muertes, rupturas familiares, paro, pecados y tantas y tantas otras causas de sufrimientos como fatigan a los hombres, son motivos para dudar. Motivos que se convierten en grietas que amenazan con derribar el edificio de nuestra fe, que nos invitan a decir aquello que la mujer de Job aconsejaba a su marido –“Maldice a Dios y muérete”- mientras éste seguía insistiendo –en medio de su desgracia- que Dios era bueno y que ayudaba a los buenos.
Los patriarcas, aquellos gigantes que estuvieron en los inicios de la formación del pueblo de Dios, son, para todos los creyentes, un modelo de fe en medio de las contrariedades y las dificultades.
¿Y María? ¿Por qué se dice de la Virgen que es la Reina de todos ellos?. Sin duda que por un solo motivo: porque ella es maestra en la fe, maestra en la perseverancia, maestra en la fidelidad. Ella es la roca que no tiembla por mucho que se mueven los cimientos de la tierra. Ella es la que no admite dudas, aunque la realidad le grite una y otra vez que los motivos humanos para creer han desaparecido. Si a María, especialmente en su desolación al pie de la Cruz, se le aplican aquellas palabras del Antiguo Testamento: “Miradme, no hay dolor como mi dolor”, con más motivo se le deben aplicar estas otras: “Miradme, no hay fe como mi fe”. Esa misma Virgen desolada, golpeada con la prueba del Hijo asesinado y con la más terrible aún del silencio del Dios que lo permitía, es la Virgen fuerte, la Virgen que sigue creyendo que, a pesar de lo que ven sus ojos, Dios sigue estando detrás de las más espesas nubes, sigue siendo amor, sigue escuchando y atendiendo las súplicas de sus hijos. Con razón se dice de ella, por lo tanto, que es la “Reina de los Patriarcas”. Es la Reina de todos los que pasan momentos difíciles y dudan del amor de Dios. Y si de Abraham se puede afirmar que es “padre de los que tienen fe”, sin duda que podemos decir de María que es la “Madre de todos los creyentes”, la Madre de los que quieren ver y no ven, necesitan oír y no oyen. Una Madre que ha pasado por las mismas pruebas que sus hijos, que ha perseverado en la fe cuando ésta era más oscura y desnuda y que ahora puede ayudar a los que repiten esas mismas experiencias mostrándose ante ellos como la que ha vencido porque ha perseverado, la que ha tenido razón porque no se ha dejado llevar de las primeras impresiones por fuertes y duraderas que fueran éstas.
 
Propósito: Agradecer a Dios la fe que tuvo María y su confianza a toda prueba. Sin ellas no habría resistido tantas dificultades. Y, una vez más, intentar imitarla.
 
 
 
Tercera semana
 
Reina de los Profetas.
 
De María no sólo decimos que es la “Reina de los Patriarcas”, sino que nos referimos a ella dándole otro apelativo ligado a otro grupo de grandes personajes del Antiguo Testamento, los Profetas.
Los Profetas, en contraposición a los Patriarcas, no fueron pocos, sino muchos. Su presencia en el pueblo de Israel no está ligada a los inicios, como aquellos, sino que se extienden casi por toda la historia de ese pueblo y por toda su geografía. Pertenecientes a las clases sociales más variadas, con cultura y formación muy dispar, a todos ellos hay que considerarlos, ante todo, no como adivinos o anunciadores de lo que ocurrirá en el futuro, sino como enviados del Señor que tienen la misión de transmitir un mensaje al pueblo de Dios.
Ese mensaje no siempre era de calamidades, pues no faltan los profetas y las profecías que anuncian al pueblo la inminente llegada de una época de paz y de prosperidad, especialmente cuando Israel se encontraba postrada por las calamidades de la guerra, de las pestes o del hambre.
Pero, en general, los profetas, anuncien desgracias o anuncien venturas, lo que hacen es señalar hacia el cielo. El pueblo de Israel, por muy elegido que fuera, era un pueblo de hombres y mujeres de carne y hueso, sometido a las tentaciones y que incurría en el pecado. El pecado era tanto individual como colectivo y eso les conducía a separarse del Altísimo, a adorar otros dioses, a hacer cosas que disgustaban a Dios y les hacían daño a ellos mismos. Cuando eso ocurría, Dios le pedía a algún amigo suyo que hiciera el favor de hablar en su nombre a aquel pueblo de dura cerviz, con el fin de evitarles las desgracias que les esperaban si seguían por el camino erróneo en el que se habían metido. Naturalmente que, como a nadie le gusta que le corrijan, la mayor parte de las veces los profetas no eran bien recibidos y no pocos de ellos terminaron su vida trágicamente. A ello aludirá Jesús cuando reprocha a Jerusalén haber sido la tumba de tantos de los enviados por su Padre.
Profecía no es, por lo tanto, adivinanza, sino advertencia o, mejor aún, recuerdo. El profeta recuerda al hombre sus obligaciones para con Dios y le recuerda también que sólo al lado de Dios va a encontrar la felicidad que busca.
En nuestro tiempo no hay muchos profetas, pero tampoco faltan. Personalmente creo que Juan Pablo II es, además de Papa, un gran profeta, pues a pesar de las críticas que le hacen insiste en hablar a los hombres y decirles que por el camino del consumismo y de la relajación no se llega al puerto de la felicidad sino al de la autodestrucción. Claro que no es el único. Profeta fue la Madre de Teresa de Calcuta, que se irguió ante los ojos de los hombres como una mujer valiente que señalaba, con sus obras, el error de considerar valioso sólo lo útil, lo joven, lo poderoso. Y no sólo ellos. Son profetas tantos misioneros, tantos obispos, tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que, con su comportamiento y también con sus palabras, invitan a los hombres a mirar al Cielo y a no vivir como animales, contemplando sólo la perspectiva de la tierra.
¿Por qué María es “Reina de los Profetas”? Porque nadie como ella hace esa función de dirigir nuestra mirada hacia arriba. Mira a tu Dios, mira a tu Creador, mira a tu Padre –nos dice continuamente-. Sé fiel a tus promesas, cumple con tus obligaciones, no adores a otros dioses –añade-. No creas que el dinero, por sí solo, te va a dar la felicidad. No hagas sacrificios ni ofrendas en el altar del poder, ni en el del placer ligado al sexo. No eches tu incienso ante las estatuas de los poderosos de la tierra o ante la de la moda y del qué dirán. No te dejes seducir por los cantos de sirena que te invitan a creer que no existe nada detrás de la muerte o que, hagas lo que hagas dará igual, pues todo el mundo se salva.
Esa es María, “Reina de los Profetas”, la que, por amor a nosotros, nos está invitando continuamente a que elevemos nuestra mirada a lo alto, al amor de Dios, al cielo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que, a través de María, sigue advirtiéndonos, como los profetas del Antiguo Testamento, para que no nos desviemos del camino de la salvación.
 
 
 
Cuarta semana
 
La esclava del Señor.
 
Con el capítulo anterior comencé el tema de la encarnación del Señor en el seno de María Virgen. Si allí insistí en que la maternidad no comienza con el parto, sino con la concepción, pues el embrión es ya alguien digno de derechos y de protección, en esta ocasión quiero detenerme a comentar la respuesta de la Virgen al arcángel Gabriel: “He aquí la esclava del Señor”.
Lo primero que hay que constatar es que María no era una esclava. No eran muy abundantes los esclavos entre los israelitas y la mayoría de los que lo eran habían llegado a esa situación a causa de las deudas. No era ese el caso de María ni de sus padres. Nuestra Señora era, por lo tanto, una mujer libre. Y, como buena judía, era muy celosa de esa libertad. Sin embargo, también como buena judía, era consciente de que Yahvé era el Señor del Universo y, por lo tanto, era merecedor de la obediencia más absoluta por parte de todas sus criaturas. Por eso, lo que se rechazaba en relación con cualquier hombre -la esclavitud-, se podía aceptar en relación con Dios. Eso sí, con una aceptación personal, libre, voluntaria, no mediante una imposición externa que te cercenara tu capacidad de decisión.
Pero lo más curioso de la situación es que María, perfectamente dispuesta para aceptar esa esclavitud hacia Dios que, desde su nacimiento, ya vivía espiritualmente, no expresó su conformidad con los planes divinos inmediatamente. Antes de hacerlo, hizo una muy significativa pregunta. Como se recordará, María había preguntado la forma, el modo en que iba a tener lugar el embarazo, dado que ella era virgen y no había tenido relación con ningún hombre, ni siquiera con su prometido, José.
Vemos, pues, a María totalmente decidida a hacer la voluntad de Dios, hasta el punto de darse a sí misma el extraño apelativo de “esclava”. Sin embargo, la vemos también interesada en averiguar el modo en que tendrá que realizarse esa esclavitud. He aquí una lección básica, fundamental, de Teología Moral cristiana. Cuando muchos años después la Iglesia formule uno de sus principios éticos más importantes: “El fin no justifica los medios”, no hará otra cosa más que mirar a María y aprender esa lección de ella.
Porque el fin -la encarnación del Hijo de Dios, la llegada del Redentor a la tierra- podía ser extraordinario, pero si los medios -imagínense que María hubiera debido quedarse embarazada mediante una violación- no eran correctos, compatibles con la dignidad de Nuestra Señora y con su vocación de consagrada, ella hubiera debido decir que no.
¿De verdad tendría María que haber rechazado la oferta del ángel si los medios no hubieran sido compatibles con la ética cristiana?. Estamos ante uno de los problemas más clásicos -y frecuentes- de la Teología Moral. Y la respuesta a esta pregunta sólo puede ser una: no hay fin, por excelso que sea, que justifique el uso de medios malos. O esto, o de lo contrario se abre la puerta a la justificación de cualquier cosa amparándose en que los resultados serán buenísimos para el individuo o para la humanidad. Se justificará el terrorismo en nombre de no sé qué intereses para la patria, o se justificarán los “gulags” que usaron los soviéticos en nombre de la lucha de clases y la liberación de los oprimidos.
Además, María tenía el deber de dudar del ángel. ¿Y si hubiera sido un emisario del demonio, camuflado como enviado del Señor? La pista para discernir entre una cosa u otra la daba precisamente la respuesta a la pregunta por los medios. Dios nunca usa malos caminos para llegar a ningún buen puerto. El Todopoderoso sabe encontrar no sólo fines buenos sino también medios buenos para conseguir esos fines. María, con la clásica intuición y sabiduría femenina, puso exactamente el dedo en la llaga. Si los medios eran buenos es que Dios estaba detrás y, entonces, no había por qué temer. Allí estaba ella, voluntaria esclava del Señor desde que tuvo uso de razón, para que Dios dispusiera de ella como más le gustara. Si, por el contrario, los medios eran malos, es que aquel ángel de luz no era enviado de Dios y había que rechazarle a él y a su oferta.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo que nos dio María que, siendo libre, se hizo esclava. No de los hombres sino de Dios.






La Virgen María. XIX Octubre de 2010
El mes pasado terminábamos nuestra meditación sobre la Virgen fijándonos en ella como niña que era educada rectamente por sus padres. Más adelante, en este mismo curso, la veremos como educadora de su hijo. En este mes, en cambio, nos vamos a fijar en sus primeros pasos como adolescente y como joven.
                Primera semana
 
Elección personal de Dios.
 
La mejor educación y el mejor ejemplo no son suficientes para que se produzca, en el joven, de forma necesaria e inevitable, la amistad con Dios. Por eso no es justo achacar a los padres, de forma automática como si fuera una ley inexorable, el alejamiento de Dios por parte de los hijos. Claro que, en el caso de María, Joaquín y Ana contaban a su favor con el hecho de que aquella deliciosa jovencita era ni más ni menos que la Inmaculada, la que no había conocido nunca la mancha del pecado.
Sin embargo, ese privilegio que le había sido otorgado a María en vistas a que de ella tomaría carne el redentor del mundo, no la facilitaba las cosas hasta el punto de que la privara de toda opción, de todo mérito. María no era un “robot”, una máquina despersonalizada incapaz de hacer el mal y para la cual sólo cupiera la posibilidad de hacer el bien. Los primeros cristianos lo entendieron esto muy bien y por eso compararon a María con Eva, la primera mujer. También Eva había sido engendrada –no concebida- sin pecado original y esa exención no sólo no la libró de cometer pecados personales sino que fue ella la que cometió el primero de todos, el que nos fue luego transmitido a los demás.
Por lo tanto, en la vida de María, en el desarrollo físico y psíquico de aquella jovencita nacida en Jerusalén y criada en la aldea galilea de Nazaret, hubo un momento en que sus ojos se abrieron a la realidad de Dios de forma especialmente consciente. Los había tenido abiertos siempre, tanto por la gracia del Señor que la llenaba como por los ejemplos recibidos de su familia. Sin embargo, a su tiempo, María se hizo especialmente consciente de quién era Dios y de quién era ella. San Agustín, pocos siglos más tarde, escribirá en sus “Confesiones” una súplica dirigida al Señor: “Que yo te conozca Dios mío y que yo me conozca”. Eso le debió suceder a María a una edad muchísimo más temprana que al santo de Hipona. María empezó a conocerse, a saber quién era ella, y, sobre todo, a saber quién era Dios.
Y entonces se produjo el enamoramiento. Este enamoramiento entre el Creador y la criatura no era inevitable, aunque, debido a las virtudes que adornaban a la futura Madre de Dios, era de lo más probable. El caso es que se produjo y, como consecuencia, aquella muchachita galilea hizo del Señor su primer y definitivo amor. “Te quiero”, le diría, probablemente, mientras paseaba por algún retirado camino de los que rodeaban Nazaret. O quizá se lo diría en casa, en lo íntimo de su habitación. Seguro que repetiría palabras de amor a su Amado, más tiernas que las del Cantar de los Cantares, mientras ayudaba a su madre en las cosas de la casa, o mientras bajaba a por agua a la fuente que manaba en la falda de la colina sobre la que se asentaba su pueblo. Claro que aquellas declaraciones de amor entre la adolescente y el Todopoderoso no estarían exentas de muestras de respeto, pues en ese respeto, como buena judía, había sido educada la Virgen por sus padres. Pero, sin faltar al respeto, el amor se imponía, iba creciendo y todo lo llenaba de luz y de color.
Es en esta etapa en la que la tradición sitúa la decisión de María de consagrarse al Señor en virginidad perpetua. Es una tradición respetable, aunque no se tengan textos bíblicos que la sostengan. En todo caso, no debió decirles nada a sus padres, pues de lo contrario éstos jamás la hubieran comprometido con José. Claro que, para otros, la boda con José se pactó precisamente a sabiendas de ese voto de virginidad que María habría hecho, bien porque José hubiera hecho otro del mismo tipo o bien porque se tratara de alguien tan anciano que no pudiera poner en peligro la consagración de la joven nazarena.
Sea como sea, con voto o sin él, María, a una edad muy temprana, descubrió, personalmente, quién era Dios y decidió entregarse a él en cuerpo y alma, por entero. Si en siglo XIII un hombre como San Francisco de Asís pudo decirle al Señor: “Mi Dios y mi todo”, siendo pecador como era, cuánto más se lo debió decir aquella doncella galilea que no había conocido ni tan siquiera la huella del pecado original.
Así fue con María. ¿Y con nosotros? ¿qué debemos hacer?. Lo primero es fijarnos en aquellos que están en la edad de abrir los ojos a su propia realidad y a la realidad que les rodea, incluida la realidad divina. Hay que ayudarles a que descubran a Dios y a que le descubran como el Sumo Bien, el Amor de los Amores. Para ello pueden ser útiles, por ejemplo, las lecturas. En una edad en la que se buscan modelos de identificación, es lamentable que sólo se disponga para elegir entre cantantes que suelen ser aficionados a las drogas o la vida relajada, futbolistas que se cotizan por miles de millones o actores y actrices con más o menos “glamour” y más o menos divorcios y escándalos en su historial.
En cuanto a los que ya no somos adolescentes, ver a María y contemplarla como aquella que hace de Dios lo más importante de su vida y que lo hace voluntariamente y no por mera rutina o aceptación de la presión social o familiar, nos debe llevar a preguntarnos por nuestra propia realidad. ¿De verdad podemos decir, con Santa Teresa, “sólo Dios basta”? ¿Podemos hacer nuestra la expresión de San Pablo: “para mí la vida es Cristo y una ganancia morir”?. María descubrió quién era Dios y quedó prendada y enamorada de él. Hagamos nosotros lo mismo. Que también para nosotros, una vez que le hemos conocido, ya no haya otro sol que compita con él en el firmamento de nuestra alma, otro tesoro que le sustituya, otro amor que le destrone del primer lugar en nuestro corazón.
 
Propósito: Agradecer a Dios la fidelidad de María desde el primer momento de su vida, en cuanto empezó a tener conciencia de su identidad. E imitarla.
 
 
 
Segunda semana
 
Descubrimiento de la amistad.
 
Es posible que nunca nos hallamos interesado por determinados detalles acerca de la vida de María. No me refiero a qué comía o a cómo vestía, sino a otros datos de mayor importancia. Por ejemplo, ¿tuvo la Virgen amigas y amigos? ¿cómo eran sus juegos? ¿qué hacía en su tiempo libre? ¿la tuvo que regañar alguna vez su madre, Santa Ana, por llegar tarde a casa?.
Estas y otras cuestiones semejantes podrán parecerle a alguno fruto de una curiosidad irrelevante. No estoy de acuerdo con quien así piense. Para mí, y confío que para la mayoría de los católicos, María no es sólo alguien a quien pedir ayuda en momentos de apuro, sino también alguien de quien aprender, alguien que representa un modelo de comportamiento que merece ser imitado y, para ello, tiene que ser conocido. El hecho de que sepamos tan pocas cosas acerca de la vida de la Virgen -y no muchas más sobre la llamada “vida oculta” del mismo Jesús- deja en la oscuridad aspectos importantísimos de la vida, aspectos cotidianos que a todos nos afectan.
Sin embargo, aunque no podamos acceder a ningún dato revelado sobre estos temas, sí podemos deducir algo sobre ellos, basándonos en los datos que conocemos. Por ejemplo, podemos afirmar que Jesús debió tener amigos en Nazaret, a tenor de la facilidad que tenía para captar simpatías entre gentes desconocidas. Y si eso le sucedió al Hijo, no menos debió ocurrirle a la Madre, de la cual aprendería él tantas cosas de índole humano.
Por lo tanto, no creo que sea exagerado afirmar que María fue una muchachita sociable, capaz de ser fiel a sus amigos y capaz también de compartir con ellos las inquietudes personales. Este punto de la amistad, relacionado con el de los valores humanos de que hemos hablado antes, es fundamental para poseer una imagen completa de Nuestra Señora que nos ayude a imitarla mejor y a quererla más. No es lo mismo tener como modelo a una persona huraña que a una persona capaz de sonreír y de escuchar. No es igual imitar a alguien que es capaz de arriesgar para ayudar a un amigo que a alguien que sólo piensa en la utilidad que le puede aportar una relación. De hecho, como veremos más adelante, cuando María, una jovencita, se pone en camino para ayudar a su anciana prima que se ha quedado embarazada, está haciendo algo que es normal para ella: acudir al lado de quien necesita su ayuda sin fijarse en los beneficios o perjuicios que esa acción pueda reportarle.
Pero la amistad, por hermosa que sea, tiene siempre dos caras. La amistad puede llegar a ser incluso negativa cuando se absolutiza, cuando el afecto al otro se pone en el primer lugar de la vida, por encima del afecto debido a Dios. Por eso, María como modelo de amistad es alguien que nos enseña a tener todas las cosas en su punto justo. Yo me imagino a la Virgen hablando con las amigas en la hermosa fuente que mana en la falda de la colina de Nazaret. Me la imagino jugando con las niñas de su edad y, hasta cierta edad, según la costumbre judía, también con los niños. Me la imagino consolando a una muchachita, compañera de juegos, por un disgusto con sus padres. En cambio, no me imagino a María desobedeciendo a Joaquín y a Ana, ni faltando a sus obligaciones para prolongar el tiempo de estancia en la calle; ni, mucho menos, dedicándose en aquella fuente a la que iría con frecuencia a buscar el agua para el hogar a criticar a unos y a otros. Y todo eso, como digo, por un motivo: María tenía en el primer lugar de su corazón a Dios. En ese mismo corazón cabían muchas cosas y muchas personas, pero el primer puesto estaba reservado para el amor de su vida, para el Señor. Y esa “reserva” era la que le servía para que todos los demás afectos y amores estuvieran bien ordenados, cada uno en su sitio, sin hacer daño a los demás a base de querer ocupar un puesto que no era el suyo.
¿Cómo imitar a María en su forma de concebir la amistad?. Yo aconsejaría tres cosas. Primero: tener amigos, muchos amigos. No hay que hacer caso de esos que opinan que Dios es celoso de los afectos humanos. Dios no tiene miedo a rivales y el problema no suele venir por amar mucho, sino más bien por amar poco o por amar mal. Por lo tanto, imitar a María en esta faceta de su vida nos debe llevar a ser una persona que sabe relacionarse con los demás y que sabe tener amigos, amigos en abundancia.
En segundo lugar, habría que practicar no una amistad cualquiera, sino una buena amistad. Me refiero a que no es amistad aquella que está teñida de cálculo, de interés. Eso puede ser otra cosa, legítima quizá, y debería llamarse “negocio” o “inversión”, pero no amistad. El amigo es alguien a quien se quiere por él mismo y no por lo que se vaya a sacar de él. Por eso, el segundo consejo consiste en convertirse en un buen amigo de nuestros amigos, en alguien en quien ellos pueden confiar, en alguien que no está a su lado sólo cuando hay negocio por medio.
Por último, la imitación a María nos llevaría al ejercicio de una prudencia que nos ayudara a darle a la amistad su puesto exacto, ni más ni menos. Si alguien está más con los amigos que con su mujer, su marido o sus hijos, entonces esa amistad, de por sí buena, se convierte en perjudicial. Si por estar con los amigos no se va al trabajo o no se estudia, entonces la amistad es dañina. En cambio, cuando se tiene a Dios en el primer lugar de la vida, todo ocupa su sitio. Hay tiempo para estar con los amigos y también con la familia. Hay tiempo para cumplir con los deberes profesionales y también para estar con alguien al que se aprecia.
En definitiva, en esto como en todo, María es nuestro modelo. Basta con decirle que nos enseñe a ser amigos de todos, de cuantos más mejor, pero que nos ayude sobre todo a tratar al Señor como al mejor amigo, como al primer amigo, como al más importante de los amores que ocupan un lugar en nuestro corazón.
 
Propósito: Agradecer a Dios que la Virgen María fue normal, que tuvo amigos y amigas, que jugó como una niña normal, porque también en la amistad, como entre los pucheros, está el Señor.
 
 
 
Tercera semana
 
Rechazo del pecado.
 
Son muchas las voces que se alzan para advertir del riesgo que supone una de las características más típicas de nuestra época: la desaparición de la frontera entre el bien y el mal, debido al efecto demoledor del relativismo moral. Son cada vez más, y no sólo sacerdotes o teólogos, los que señalan esa desaparición como altamente nociva para la persona y para la sociedad. Es positivo que estas voces de alarma existan, por más que a veces parezca que predican en el desierto. Y es que, efectivamente, en nuestro mundo da la sensación de que ha desaparecido el concepto de pecado; todo da igual, todo tiene el mismo valor, todo está cubierto con la pátina gris del relativismo y de la mediocridad. Así vemos que hay personas que se escandalizan –con razón- por la matanza de las focas o de las ballenas, pero que defienden el aborto o la eutanasia. Recientemente, incluso, ha tenido lugar un hecho representativo de esta mentalidad; la policía de Canadá detuvo a un centenar de inmigrantes ilegales chinos, que llevaban consigo un perro; enterada la opinión pública de que les iban a deportar a todos, fueron numerosas las peticiones de que expulsaran a las personas pero que se diera “asilo” al perro.
El bien y el mal carecen, por lo tanto, de una frontera precisa. Algunos podrán pensar que eso es bueno pues, si todos se salvan según su conciencia, lo mejor es no saber que lo que se hace es malo y así no se peca. Según este argumento, se salvarán con más facilidad los que no conozcan a Dios que los que sí le conozcan y, también según este argumento, en el cielo podremos ver a Stalin, Hitler y Mao, entre otros grandes criminales de la historia, junto a la Madre Teresa de Calcuta o a San Francisco de Asís. El cardenal Ratzinger ha señalado el absurdo que encierra ese planteamiento y lo ha comparado con el dolor físico; el dolor, dice el purpurado alemán, es una realidad molesta, pero, de por sí, tiene un objetivo bueno: indicar que algo va mal en el organismo; es como una señal de alarma que, al encenderse, nos invita a fijarnos con más detenimiento en la parte del cuerpo afectada. Sin el dolor, podríamos abrasarnos inconscientemente o sería demasiado tarde para aplicar una terapia adecuada a numerosas enfermedades. Pues bien, constata Ratzinger, la conciencia ejerce ese mismo papel; sin conciencia, podemos estar haciendo sufrir a mucha gente e incluso a nosotros mismos sin darnos cuenta de ello; sin conciencia, no tenemos posibilidad alguna de saber qué hacemos mal y, por lo tanto, es imposible mejorar, progresar, curarse de las enfermedades del espíritu.
¿Y todo esto qué tiene que ver con María?. Muchísimo, puesto que, aunque ella fue concebida sin pecado original, vio a su alrededor los rastros atroces del pecado y, lo mismo que Cristo en el desierto, lo más probable es que también ella supiera del dulce y venenoso sabor de las tentaciones. María, como después haría su divino Hijo, eligió no pecar. María optó por la vía de la santidad y lo hizo conscientemente, sabiendo bien lo que hacía. Lo hizo por amor a Dios, pero lo hizo también porque era consciente de que lo que Dios le pide al hombre –en este caso a ella- es por el bien del hombre. Dios no busca nuestro fastidio, ni que no disfrutemos de los goces de la vida. Dios busca nuestra felicidad y, como consecuencia, la conciencia es una gran aliada para saber discernir qué nos conviene y qué nos hace daño, qué nos hará disfrutar verdaderamente de la vida y qué, por el contrario, nos la amargará a la larga e incluso a la corta.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que hizo a María capaz de fiarse de Él y de seguir sus enseñanzas y la de sus mayores, para aprender a distinguir el bien del mal y a elegir el bien y rechazar el pecado.
 
 
 
Cuarta semana
 
Virginidad ofrecida.
 
Según la tradición, María le ofreció a Dios su virginidad cuando tuvo la edad para discernir qué significaba eso y cuando supo cuál era su vocación: vivir totalmente para Dios. La Virginidad de María se ha convertido, precisamente por eso, en una seña de identidad tan importante para la Madre de Dios que, incluso, se la denomina a veces sólo con ese título: “la Virgen”, sin necesidad de que vaya seguido por su nombre propio, María.
Y es que hablar de María y de hablar de Virginidad es la misma cosa, por más que también se pueda decir lo mismo de Nuestra Señora y de la Maternidad. María, siempre Virgen y también, desde el parto, siempre Madre, se ve representada por esas dos características de una manera tal que casi agotan su personalidad.
Pero si la maternidad es un concepto en crisis en nuestra época, muchísimo más lo es la virginidad. Para la mayoría de los jóvenes es algo sin sentido y, de hecho, son pocos los que la conservan hasta el matrimonio. No faltan muchachos y muchachas cristianos que tienen que soportar burlas más o menos soeces por parte de sus amigos o de su “pareja” cuando se niegan a participar en actos contra el sexto mandamiento. Claro que, las consecuencias de esa permisividad, no suelen ser aireadas por los medios de comunicación; la escasa importancia que se da a la continencia antes del matrimonio lleva a muchos a no dársela tampoco después de él, con lo que las infidelidades están a la orden del día. Eso y la poca capacidad para aguantar el más pequeño problema de convivencia hace que, en nuestro país, el 40 por 100 de los matrimonios terminen en fracaso, mientras que en otros sitios esa cifra llega ya al 60 por 100.
Pero, ¿por qué fue Virgen María? ¿por qué hay hombres y mujeres que optan por ese camino tan extraño a los ojos del mundo?. Lo primero que hay que decir es que también en la época de Nuestra Señora la virginidad no estaba de moda. Aunque no era, en absoluto, una sociedad permisiva como es la nuestra, la mayoría de las jovencitas de Israel soñaba con casarse y tener una descendencia numerosa. Mientras que en otras religiones existían templos atendidos por mujeres consagradas –las vestales en Roma, por ejemplo-, eso era muy extraño entre los judíos y, como mucho, se daban casos así entre viudas jóvenes. María, pues, fue contra corriente –lo mismo que hoy hacen los que se consagran a Dios- cuando eligió un tipo de vida que no estaba de moda. Y si lo hizo así no fue, en absoluto, por ningún tipo de “esnobismo”, sino porque deseaba estar en una comunión tan íntima con el Señor que no quería que ningún afecto se interpusiera entre ambos. No es que ese estado de vida –el de la virginidad- fuera de por sí mejor que el del matrimonio, pero para ella ese era el único camino en el que podía expresarle al Señor el amor que sentía por él y en el que ella misma podía encontrar la felicidad.
Este mismo motivo es el que sigue animando a cuantos, en el sacerdocio o en la vida consagrada, dejan todo para ser completamente de Dios. No optan por el celibato porque consideren pecaminoso o de segunda categoría el matrimonio. Lo hacen porque necesitan darse por entero al Señor, imitar a Cristo y a María en su virginidad y porque, de este modo, están más disponibles para servir a Dios en el trabajo de la evangelización y en el servicio a los pobres.
El mundo, por desgracia, no los entiende. Y, en realidad, es extraño que eso ocurra, porque sí entiende –y aplaude- que una persona renuncie a casarse con el fin de dedicar su vida a la investigación médica, a una causa política o a la participación en instituciones humanitarias. En cambio no se entiende que Dios, que merece ser amado con todo el corazón, suscite una pasión tan grande en algunos seres humanos que éstos sean capaces, por amor a él, de dejarlo todo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que María eligiera la virginidad desde su adolescencia, pues así se preparó para la encarnación, no sólo con el alma sino también con el cuerpo.
 
 
 
Quinta semana
 
Torre de David.
 
En las letanías, decimos de María que es “fuerte como la torre de David”. Con esta exclamación estamos expresando no sólo la certeza de que la Virgen es como una torre amurallada, fuerte e inexpugnable ante los asaltos de los enemigos. Decimos también que esa torre es la de David, es decir la heredera de aquellas tradiciones que representaban lo mejor del pueblo de Israel.
Una vez más, por lo tanto, nos encontramos ante la raíz judía de Nuestra Señora. Una raíz de la que ni ella ni nosotros debemos avergonzarnos. El pueblo de Israel, cuya historia no empieza con David sino con Abraham, era, no hay que olvidarlo, el pueblo elegido. Una nación especialmente preparada para cumplir una misión histórica: la de servir de cuna al Mesías redentor y la de ir recibiendo progresivamente la revelación del Dios que se mostraba a sí mismo a los hombres. David, en esa historia de salvación, fue un hito importante. Su fidelidad al Señor le llevó a ser proclamado Rey y, a pesar de sus pecados, se convirtió en la raíz de la cual descendería, andando el tiempo, el propio Jesucristo.
El apelativo “torre” tiene, además y por sí mismo, un significado de altura y no sólo de fortaleza. Unido al concepto davídico, nos dice que María es lo más alto, lo más noble, lo más representativo de aquel pueblo elegido, el de Israel. María, puerta del Nuevo Testamento pues con su Hijo empieza la nueva alianza entre Dios y los hombres, es la plenitud y perfección del Antiguo Testamento. Lo mejor de lo viejo deja paso a lo nuevo, en una transición sin rupturas, en una continuidad que, como el propio Cristo quiso dejar claro, no representaba destrucción sino cumplimiento.
¿Qué nos puede enseñar todo esto a nosotros? Algo muy de moda, pero, a la vez, mal entendido. Me refiero al aprecio a la propia cultura, a las propias tradiciones. Hoy se habla mucho, en la teología católica, de “inculturación”. Con este término se quiere significar la necesidad de que la fe se introduzca dentro de la cultura de cada pueblo, de cada nación, de cada continente. No puede ser igual –se dice- la celebración de la fe en África que en Norteamérica, en las islas del Pacífico que en las metrópolis secularizadas de Occidente. Tienen razón los que esto dicen, aunque a veces lleguen a extremos inaceptables. La fe tiene que asumir, en cada caso, aspectos propios y típicos de cada cultura, pero, a la vez, la fe debe purificar la cultura y despojarla de aquello que no es según el plan de Dios y que, por lo tanto, no beneficia a los hombres. Si la cultura -como ocurrió al llegar los españoles a América- aceptaba los sacrificios humanos, eso es incompatible con nuestra fe. Si acepta la poligamia o la compra-venta de mujeres como esposas –como sigue sucediendo en África- eso también es incompatible con nuestra fe. Si –como pasa ahora en Occidente- ve bien el aborto y la eutanasia, eso no puede ser aceptado por los cristianos.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, a la “Torre de David”, a aquella que fue lo mejor de su raza, de su religión y de su cultura, que nos ayude a amar lo nuestro, las costumbres y tradiciones, las singularidades de cada uno de nuestros pueblos. Pero pidámosle que nos ayude a poner en el primer lugar lo que debe estar en el primer lugar: no nuestra cultura sino Dios, no la forma humana de ver las cosas sino la forma divina de entenderlas y practicarlas.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que María fuera fiel a las raíces de su pueblo e intentar nosotros hacer lo mismo, recordando las raíces cristianas de nuestra patria.






La Virgen María. XVIII Septiembre de 2010
Por tercer año consecutivo vamos a meditar sobre la Virgen María, como modelo de vida y en especial como modelo de agradecimiento. En el primer año nos detuvimos en ver qué decía el Magisterio de la Iglesia sobre ella (los dogmas marianos), que decía el pueblo de Dios (las letanías) y que decía ella misma (las apariciones). Al año siguiente –el curso pasado- hemos meditado sobre algunas virtudes que fueron especialmente practicadas por la Santísima Virgen, aunque ella es modelo de todas las virtudes. Este curso –y los dos siguientes, si Dios quiere- vamos a intentar adentrarnos en el misterio de su vida, para verla como un ejemplo a seguir cuando a nosotros nos toque, de algún modo, pasar por las pruebas que ella tuvo que pasar. Este año lo dedicaremos a la primera etapa de su vida, la que va desde su nacimiento hasta el inicio de la vida pública de Jesús. Como siempre, mes a mes iremos desgranando algunos puntos de esa vida para tomarlos como referencia en nuestra meditación y en nuestro comportamiento.
                Primera semana
 
María, criatura de Dios.
 
La plenitud de la Revelación que representa el Nuevo Testamento ha hecho olvidar a algunos, especialmente en nuestros días, todo lo anterior. Es como si se pretendiera volver a la antigua herejía que consideraba despreciable y caduco el trabajo llevado a cabo por Dios durante cientos de años en el pueblo de Israel. Para éstos, subyugados por el maravilloso rostro de Dios que Cristo nos muestra, ya no tendría sentido hablar de otra característica de la divinidad que no fuera la de Padre. Dios, vienen a decir, es Padre y con eso basta. De un plumazo suprimen los tesoros de luz con que el propio Dios iluminó la realidad divina, con tanta paciencia como esfuerzo a través de los patriarcas y los profetas.
Una de esas características divinas proscritas es la de Creador. Hay muchas más, pero conviene empezar por rescatar del olvido precisamente ésta. Y conviene hacerlo porque fue con ella con lo que empezó todo. Lo primero que un creyente cristiano –y no sólo cristiano sino también judío y musulmán- debe decir de Dios es que es el Creador. No es un artesano caprichoso que ensaya nuevas formas jugando con el barro dócil que le ofrece la evolución de las especies. Es alguien que ama al ser creado –la naturaleza entera y no sólo el hombre- antes de crearlo, lo mismo que un pintor ama su obra cuando la tiene en la cabeza y aún no ha logrado plasmarla en el lienzo, lo mismo que un escritor ama su libro antes de ponerse a escribirlo. Dios es, por lo tanto y antes que ninguna otra cosa, Creador. De ahí nacerán sus derechos sobre lo que ha creado y también, digámoslo, sus obligaciones. Suprimir, o minusvalorar, el concepto de Dios-Creador, deja demasiado a solas el concepto de Dios-Padre. Tan a solas que, forzosamente y casi sin pensarlo, se empieza a decir que todos los seres creados, especialmente los hombres, son “hijos de Dios”. La consecuencia inmediata es que se devalúa el sacramento del bautismo y la consiguiente pertenencia a la Iglesia. Vemos así como, de una omisión aparentemente insignificante y bienintencionada, se derivan consecuencias perniciosas y enseñanzas equivocadas.
Dios es Creador de todos, pero no es Padre de todos. Es Jesús, su único Hijo, quien nos da la oportunidad de ser “hijos en el Hijo”, de ser “hijos adoptivos del Padre”. La oportunidad se la brinda a todos, pero sólo la aceptan los que creen en su divinidad, en su mensaje, y como consecuencia se bautizan y empiezan a llamarse y a ser cristianos.
Sin embargo, todos los hombres, al margen de sus creencias o increencias, tienen a Dios como creador y son, por consiguiente, “criaturas de Dios”. En español, la palabra “criatura” tiene, entre otras acepciones, una habla de ternura, de una ternura procedente de aquel con quien la “criatura” tiene dependencia. Ser “criatura de Dios” es, por lo tanto, un hermoso título que nos asegura la protección por parte del “Dios de las criaturas”.
¿Qué puede tener esto que ver con la Virgen María?. Mucho, muchísimo. El hecho de que ella, aún no estando bautizada, hubiera recibido el fruto de la redención desde su misma concepción, no la exime de ser “criatura” de Dios, como cualquier otro ser humano. Como tal, María se supo siempre “dependiente” del Dios-Creador en el que creía, al que amaba y al que, no lo olvidemos, respetaba y obedecía. María, criatura de Dios, se sabía protegida por Dios, pero también se sabía obligada a obedecer a ese Dios y a aceptar que no todo lo que ocurriera en su vida podía entenderlo. Es decir, se sabía inmersa necesariamente en el misterio de Dios. Eso le permitía conciliar su fe en la intervención de Dios en la historia humana –típica del judaísmo- con la realidad dolorosa que, como a todo ser humano, le afectaba personalmente o veía a su alrededor.
Pero hay algo más en este concepto de criatura aplicado a María que una simple reflexión acerca de la necesidad de aceptar los misterios de la vida y de obedecer al Creador. Si Dios ha hecho al hombre, tal y como enseña la Biblia, la obra de Dios ha de ser, forzosamente, una obra buena. Claro que el pecado la corrompió, produciéndose así tantos desequilibrios y sufrimientos. Pero eso no afectaba a María, en la cual el pecado no había introducido nunca ni mancha ni desorden. María, criatura de Dios, era hermosa por ser obra del Creador y por ser una obra no contaminada por el pecado. La más hermosa desde Eva, la nueva Eva incluso.
¿Y qué tiene que ver eso con nosotros, que sí conocemos las consecuencias del pecado, tanto del original como del personal?. A imitación de María podemos reflexionar sobre, al menos, cuatro aspectos ligados a este primer título con que designamos a Nuestra Señora: Aceptación del hecho de que no todos los planes de Dios podemos entenderlos, debido a que Él es el Creador y nosotros las criaturas; obediencia al que nos ha sacado de la nada, dándonos todo lo que somos; respeto a la obra creada por Dios, tanto a la representada por la naturaleza como a los seres humanos incluidos los enfermos y débiles; aceptación de la propia realidad, como obra de Dios, al menos en aquello que no procede de la intervención dañina del hombre. Estos cuatro puntos son esenciales para establecer los principios de una correcta relación con Dios. De todos ellos, quizá el cuarto sea el más urgente. Hoy, debido a la publicidad que exalta unos modelos físicos y morales que la mayoría no pueden o no quieren imitar, muchos se consideran desgraciados porque no pueden ser altos, guapos, rubios, delgados y ricos. Habría que enseñarles a quererse a sí mismos, a querer la obra que Dios ha hecho en ellos, a comprender que Dios les ama y que les ama como son. Creer en ese amor de Dios es el punto de partida para vivir en paz e incluso para poder cambiar. Creer en el amor de Dios es poseer el punto de apoyo necesario para poder mover el mundo, empezando por el propio mundo.
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos haya creado, aunque nos parezca que lo que somos o lo que tenemos no es perfecto. Si nos fijamos sólo en lo que nos falta nunca podremos ser felices.
 
 
 
Segunda semana
 
Inmaculada.
 
Decir de María que fue concebida sin pecado original, llamarla Inmaculada, es hoy algo normal. Lo extraño, lo pecaminoso incluso, sería decir lo contrario. Sin embargo, en la historia de la Iglesia, hasta la proclamación del dogma relacionado con este asunto, no sólo eran los clásicos enemigos de la Virgen los que negaban este atributo mariano, sino que lo rechazaban también fervorosos devotos de María e incluso santos.
¿Por qué?. ¿Cómo es posible que un defensor de la Virgen como San Bernardo negara que ésta había sido concebida sin pecado original? ¿O que un sabio como Santo Tomás dijera que había sido después de la concepción, aunque antes del nacimiento de Jesús, que Dios había redimido a la futura madre de su Hijo?.
La explicación a estas aparentes contradicciones está en una frase de San Pablo, con la cual el apóstol de los gentiles quiere insistir en el carácter redentor de Cristo para toda la Humanidad. “Todos pecaron”, dice el apóstol, lo cual significa que no hubo excepciones en la comisión de pecados, bien sean éstos de carácter personal, bien sea el que a todos nos mancha como descendientes de Adán. Si Cristo era redentor de todos, nadie podía quedar a salvo de esa redención: Nadie, ni siquiera María. Por ello, también la Madre de Dios debería haber sufrido el pecado original, para así poder ser salvada y redimida por la sangre de su Hijo.
En contra de estas deducciones se elevaba el grito del corazón de la mayoría de los fieles. No entendían mucho de teología, pero amaban a la Virgen e intuían que la bondad de María era tan grande que no era posible que ningún pecado hubiera podido contaminar su hermosura. Además, otros teólogos, singularmente los de la escuela franciscana, argüían a favor del dogma de la Inmaculada diciendo que Cristo no había podido tomar carne de una carne contaminada, por lo cual aquella en la cual se encarnó el Señor debería estar totalmente exenta de pecado.
La solución vino gracias a los argumentos del franciscano Duns Scoto. Este aportó luz al problema utilizando un silogismo típicamente escolástico: Dios podía hacer el milagro de preservar a María del pecado original, pues para Dios nada hay imposible. Dios quería hacer ese milagro, por amor a María y por amor a su propio Hijo, para que él naciera en un seno incontaminado. Por lo tanto, Dios hizo el milagro y llevó a cabo una excepción con María preservándola del pecado original.
Duns Scoto fue más allá en su argumentación a favor del privilegio mariano. Recordó que hay dos formas de curar a alguien de una enfermedad. Una de ellas consiste en darle las medicinas que le salven, una vez que ya está enfermo. La otra, más eficaz, consiste en evitar que el posible enfermo la contraiga. El teólogo franciscano deshacía las objeciones de los que veían en María la huella del primer pecado diciendo que, efectivamente, también para ella su divino Hijo había sido redentor y salvador. La diferencia entre María y los demás es que a ella la salvó con una medicina “preventiva”, mientras que a los demás nos salvó después de estar manchados no sólo con el pecado original sino también con nuestros pecados personales.
Así, resuelto el aspecto teológico del problema, se llegó a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María, en 1854, acogido con gran alegría por la práctica totalidad del pueblo fiel. Pero, ¿por qué esa alegría, semejante, por otro lado, a la que embargó a los cristianos del siglo IV cuando María fue proclamada Madre de Dios?. La gente estaba contenta, ante todo, porque de su Madre amada se decía algo bueno, porque se ensalzaba a aquella a la que tantos favores le debían. Pero estaban contentos, también, porque intuían que si María era Inmaculada, “Purísima” como dice el argot popular, a ellos les iba a tocar algo de ese ensalzamiento por ser hijos de semejante Madre. Recuerdo una meditación de Chiara Lubich a este respecto. En ella, la fundadora de los focolarinos narra una conversación mantenida por ella con la Virgen. Chiara veía a María tan alta, tan excelsa, que se sentía incapaz de imitar a quien era proclamada Inmaculada y Madre de Dios. La Virgen venía en su ayuda y le prometía una especie de “inmaculatización” que se podía conseguir mediante el amor a ella y la práctica de los sacramentos. Así lo ha sentido el pueblo siempre, sin necesidad de grandes disquisiciones teológicas: si María es Inmaculada, Purísima, amarla, tenerla por modelo, nos hace más fácil el camino de la pureza, la lucha contra el pecado. La bondad del modelo repercute favorablemente sobre los que intentan imitarle.
Ama a María, por lo tanto. Venérala como Inmaculada, como limpia de todo pecado. Pero no te limites a proclamar dogmas y a ensalzar sus virtudes. Intenta ser como ella. Que el amor de ella por ti y tu amor por ella te “inmaculatice”, te proteja como un impermeable de la lluvia de pecados que caen sobre ti o que están dentro de ti. Si la amas querrás ser como ella. Si quieres ser como ella, lucharás contra el pecado, el que tú cometas y el que cometen los demás.
 
Propósito: Agradecer a Dios por haber dado a la Humanidad una nueva oportunidad con la concepción inmaculada de María y pedirle que nos haga parecernos lo más posible a ella.
 
 
 
Tercera semana
 
Natividad de María.
 
Santa Ana, nueve meses después de quedar embarazada, dio a luz a una niña a la que pusieron el nombre judío de Miriam –María-, en recuerdo de la hermana de Moisés. Según la tradición, Joaquín y su esposa vivían en Jerusalén en ese momento y allí es donde tuvo lugar el parto, en la actual Basílica de Santa Ana.
Son muchos los pintores que se han dedicado a reflejar ese momento y no faltan, por eso, magníficas obras de arte dedicadas a la Natividad de María, lo cual es prueba del interés del pueblo por el acontecimiento y de la devoción que suscita. No han faltado tampoco los escritores que dedicaron prosas y poesías a recordar este momento. Valga, como ejemplo, este soneto de Salvador Rueda:
 
   “Todas las primaveras se juntaron
para hacer el rocío de su lloro,
y dieron a su voz timbre sonoro
las arpas de los cielos que cantaron.
  
   Su tez de oscuras rosas aclamaron
todos los mares en inmenso coro,
y en dos huecos de cálices de oro
sus dos senos de luz se modelaron.
 
   Para encender sus ojos brotó el día;
hebras dio el sol para tramar su cuna,
y su pelo tejió noche sombría.
 
   Se alzó su imagen blanca cual ninguna:
y creando el anda, la poesía,
surgió la sombra de su ser, la luna.
 
La Iglesia tiene una fiesta litúrgica para conmemorar el evento, el 8 de septiembre, y son muchos los pueblos que han elegido ese día para celebrar la advocación con que en ese lugar se festeja a María. Todo esto no debe parecernos extraño, pues esta fecha es, en realidad, la del nacimiento de la Santísima Virgen, la del día en que, naciendo ella, empezó a asomar por el horizonte el panorama espléndido de nuestra liberación. Por eso los amigos de María, sus devotos, entonan en esta ocasión una especie de “cumpleaños feliz” dirigido a aquella a la que tanto quieren.
Se trata, por lo tanto, de felicitarse por el nacimiento de la Madre de nuestro Salvador, pero también de felicitarla a ella. Y de hacerlo como se suelen hacer estas cosas entre los hombres: con un bonito regalo. Conviene preparar su fiesta con la misma delicadeza y cuidado con que se preparan las de los cumpleaños de nuestros más queridos amigos. Con tiempo suficiente se va pensando en qué regalo le gustaría más, qué es lo que necesita o qué le causaría una sorpresa mayor. Claro que a la Virgen no le vamos a ofrecer chocolates o prendas de vestir, pero sí podemos llevar unas flores ante su altar, por ejemplo. Sin embargo, los regalos más apreciados por María, aquellos que de verdad le hacen ilusión, son los regalos que contribuyen a la misión histórica de la Virgen: pisar la cabeza de la serpiente, vencer el mal a fuerza de bien. ¿Quiéres hacerle un regalo a María?: Haz una obra buena, da una limosna a una persona necesitada, perdona una injuria, defiende a alguien tratado injustamente, pon paz donde hay discordia, acompaña a un solitario, consuela a quien llora. ¿Quieres felicitar a María en su cumpleaños, quieres, de verdad, que ella tenga en ese día un recuerdo grato procedente de ti?: Reza el Rosario, haz un rato de oración ante el Santísimo, háblale de Dios a alguien que no le conoce.
Hay, por lo tanto, dos tipos de obras de caridad que agradan a Nuestra Madre y que, en un día como el de su nacimiento, podemos practicar especialmente: las obras de caridad materiales y las espirituales. Si las practicas, descubrirás que la Virgen usa con sus amigos siempre la misma táctica: todo lo que se haga por ella, redunda en beneficio de quien lo hace. Y es que ella no se deja vencer en generosidad. Las limosnas hechas en su nombre se convierten en ganancias incluso materiales para el que las da, lo mismo que se sale con una profunda alegría en el alma cuando se ha estado visitando a un enfermo o consolando a una persona triste.
 
Propósito: Agradecerle a Dios por la existencia de María. Gracias a ella, pudo nacer Jesús y pudo dar comienzo la obra de la redención del hombre.
 
 
 
Cuarta semana
 
María, niña.
 
El siguiente paso en la vida de María debió de ser el de su educación, a cargo, principalmente, de sus padres, pero en la que intervinieron también otras personas.
El pueblo judío era –y es- un pueblo muy culto. Hoy eso quizá llame menos la atención, pero en aquella época esa característica suya les hacía sobresalir extraordinariamente sobre el entorno. No es que en las demás culturas no hubiera escuelas, sino que entre los judíos la formación era obligatoria para todos, al menos para todos los varones.
La educación empezaba en el hogar y era eminentemente religiosa. Niños y niñas tenían que aprender la historia de las relaciones de Yahvé con el pueblo de Israel. Los padres y los abuelos educaban a los niños desde muy pequeños en la necesidad de observar las leyes divinas. Esa observancia estaba basada en el concepto de alianza y en el concepto de imitación y representatividad. Por el primer concepto, el pueblo debía cumplir los mandamientos dados por Yahvé a Moisés en el Sinaí si quería que el Todopoderoso les protegiera de las tribus vecinas, de las enfermedades o les diera buenas cosechas. El concepto de imitación y el de representatividad, invitaba al pueblo a ser consciente de que, dado que él era “el pueblo elegido” debía comportarse como tal si no quería dejar en mal lugar a Dios. Como Dios es santo, su pueblo también debe ser santo.
Cuando llegaban a cierta edad, los niños –generalmente no las niñas- acudían a la escuela que mantenía abierta cada sinagoga, a la que llamaban “la casa del libro”. Después se pasaba a otra escuela superior, también dependiente de la sinagoga, “la casa del estudio”. La mayor parte de la instrucción se daba oralmente y había muchas reglas nemotécnicas para que los niños aprendieran de memoria lo más importante de la Palabra de Dios y de los mandamientos.
Gracias a este sistema, escrupulosamente observado por todos, era raro el niño judío que no sabía leer y escribir. De hecho, su mayoría de edad –que ocurría en torno a los doce años- consistía en una fiesta que se celebraba en parte en la sinagoga y en la que el jovencito debía leer un texto de las Escrituras. Por desgracia, las niñas no recibían la misma formación y entre ellas sí que abundaban las analfabetas.
En el caso de María, debido a que era hija única y que sus padres eran gente de cultura, lo más probable es que supiera, ella también, leer y escribir, aunque eso se lo hubieran tenido que enseñar en su propio hogar. Lo que, con toda seguridad, no le faltó fue la debida instrucción religiosa. Su madre, Ana, y su padre, Joaquín, se esmeraron en educar a su hija en los preceptos judíos, tanto como en todas aquellas artes que una muchacha judía debía dominar: tejer con la rueca, cocinar, saber utilizar las plantas para extraer de ellas desde productos para lavar o teñir la ropa hasta medicinas caseras. Si de Jesús se dijo que iba creciendo “en edad, sabiduría y gracia”, lo mismo se pudo decir de la niña María. Y eso gracias a la dedicación de sus padres.
Contemplar esta etapa, relativamente larga y tranquila, de la vida de la Virgen nos debe llevar a meditar acerca de la educación que reciben los niños y los jóvenes actualmente. El trabajo de los padres, necesario para sacar a la familia adelante tanto como para la realización personal de ambos, trae consigo, con frecuencia, una menor dedicación a los hijos. Cuando se llega a casa, después de una jornada agotadora y de, cada vez con más frecuencia, largos atascos de tráfico, resulta árduo despojarte de tu cansancio para tomar la lección a uno o interesarte por las notas del otro. Quizá por eso muchos padres se desentienden de este asunto y lo delegan en los colegios y en la televisión. Ésta última se está convirtiendo, cada vez más, en una “tutora” de los niños, pues los pequeños son “enchufados” a ella con el fin de que estén distraídos y no den guerra. Y si eso lo podemos decir de la educación en conocimientos técnicos, mucho más se puede afirmar de la formación en valores y en sentimientos religiosos. En este campo hay una gran despreocupación por parte de una mayoría abrumadora de padres. Todavía el inglés, la informática o las matemáticas les motivan algo, pero les resulta indiferentes si el niño está incorporando principios éticos a medida que va creciendo. Cuando lleguen las consecuencias –los suspensos en comportamiento- será demasiado tarde para querer enderezar un árbol al que se dejó crecer a su aire, frecuentemente torcido.
Ver a María niña, educada religiosamente en su casa por sus padres, nos debe llevar a preocuparnos por la educación de los nuestros, especialmente de aquellos que dependen directamente de nosotros. Es una responsabilidad tan grande que podemos estar seguros de que Dios nos pedirá cuenta de ella de forma muy especial cuando nos presentemos ante él al final de la vida. Aunque, por lo general, no habrá que esperar tanto para ser juzgados sobre este asunto, pues la vida misma se convertirá en un juez temible y poco misericordioso. Los padres serán juzgados sin piedad por la realidad, que les pasará factura en forma de malas contestaciones por sus hijos adolescentes que no han sido educados en la obediencia y el respeto debido a los mayores, o en falta de cuidados cuando lleguen a ancianos por hijos a los que no educaron en el espíritu de sacrificio.
 
Propósito: Agradecerle a Dios por la educación que hemos recibido de nuestros padres e intentar educar correctamente a nuestros hijos.






La Virgen María. XVII Junio de 2010
Terminamos, en este mes de junio, el ciclo de meditaciones dedicado a reflexionar sobre las virtudes, teniendo a la Santísima Virgen como modelo. Lo hacemos con una virtud que es, para los Franciscanos de María, el eje central de su espiritualidad: la virtud del agradecimiento. La gratitud se podría considerar tanto como un motivo que anima al cumplimiento de las demás virtudes como un estilo de vida que llena de detalles de amor todo lo que hacemos. Lo veremos desde ambas perspectivas en este mes, no sólo para saber más sino para intentar ponerlo en práctica.
                Primera semana
 
¿Qué es la virtud del agradecimiento?.
 
El agradecimiento es la respuesta que el hombre normal, el hombre de bien, da a un favor recibido. O, dicho de otra manera, es la respuesta que un hombre normal debería dar ante los favores que recibe para ser un auténtico hombre de bien. Pero si esto se puede decir del agradecimiento, al referirnos a él como virtud debemos añadir que, como en el resto de las virtudes, sólo se puede considerar tal cuando se convierte en un hábito, al cual se ha llegado a partir del esfuerzo y secundando la gracia de Dios. Por lo tanto, una persona puede ser puntualmente agradecida, porque en un determinado momento haga un acto de agradecimiento; pero para que sea virtuosamente agradecida lo tiene que ser siempre o, al menos, lo debe ser prácticamente en todas las ocasiones, de tal manera que la gratitud forme parte de su naturaleza. Hay personas que nacen con ese don o que les cuesta poco adquirirlo, pero para la inmensa mayoría la virtud del agradecimiento sólo se adquiere después de mucho esfuerzo, tenacidad y respuesta a la gracia de Dios. De hecho, la mayoría de los pensadores, de uno u otro signo, han considerado que es la virtud que con menos frecuencia se presenta en los seres humanos. Stalin decía que era un “defecto de los perros”, y con ello quería decir que agradecer no era una virtud sino una tara y que, en cualquier caso, no se encontraba en los hombres. Para Aristóteles, “el agradecimiento envejece rápidamente” y para el poeta irlandés Thomas Moore “los hombres suelen, si reciben un mal escribirlo sobre el mármol; si un bien, en el polvo”. Otros, como Chesterton, se han preguntado el por qué de esta dificultad para ser agradecidos: “Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?”. Y otros aún han llegado a la conclusión de que en realidad todo se debe a que tenemos muy mala memoria para recordar lo bueno y una memoria casi infinita para lo malo, por lo cual han considerado que “el agradecimiento es la memoria del corazón” (J.B. Massieu).
El agradecimiento es, por lo tanto, un valor que necesita un gran esfuerzo de perseverancia para convertirse en virtud. Además, y en tanto que virtud, es una actitud del alma que se transforma en obras coherentes con ella; quizá esta actitud se podría confundir con un sentimiento, pero el concepto “sentimiento” es tan voluble que difícilmente se casa con el de virtud, puesto que ésta requiere perseverancia –dado que es un hábito-, mientras que lo que se basa en el sentimiento suele estar sujeto a altibajos; por eso es mejor hablar de una actitud, la cual, eso sí, debe conducir a las obras. En tanto que actitud, requiere formación, meditación, profundización en las motivaciones. En tanto que fuente de obras hay que saber cómo expresar en actos concretos el agradecimiento que se “siente” o que se es consciente de que se “debe sentir”. A ambas cuestiones se contesta con los dos puntos siguientes: “¿Por qué agradecer?” y “¿Cómo agradecer?”. Pero antes de pasar a ellos, dirijamos la mirada a María como modelo perfecto de todas las virtudes y, por lo tanto, también del agradecimiento.
Ante todo, la vemos como una persona “estable”. La Virgen no era alguien que un día se “comía los santos” llena de piedad y al día siguiente estaba en crisis de fe; no era alguien que estaba con Dios cuando todo iba bien y se alejaba de Él cuando aparecían los problemas. El agradecimiento de María se debía a su buena memoria, a esa “memoria del corazón”, que le permitía tener siempre ante la mirada del alma todo lo que Dios había hecho por ella; este fue el secreto de su estabilidad, sobre todo en los momentos heroicos que le tocó vivir, como, por ejemplo, cuando mataron a su Divino Hijo ante sus propios ojos. En segundo lugar, vemos a María como una persona de fe y llena de humildad; por la fe, creía que sólo Dios es Dios y, por lo tanto, ella no lo era, lo cual la situaba, como criatura, en un plano inferior y eso significaba que no podía entender del todo los planes divinos; su humildad la llevaba a aceptar todo eso con naturalidad, sin rebelarse contra el Señor como hizo el demonio, el cual, lleno de soberbia, quiso ser igual a Dios; la humildad de María consistía, pues, en aceptarse a sí misma con criatura, en hacerlo gozosamente y en no hacerse un problema con ello; ambas cosas, la fe y la humildad posibilitaban su agradecimiento. En tercer lugar, la Virgen tenía claro el concepto del deber, el cual hoy se ha perdido en gran parte; ella sabía que tenía obligaciones para con Dios y que una de esas obligaciones era la de agradecerle al Señor por todo lo que de Él había recibido; no sólo tenía que cumplir los mandamientos y principios morales, sino que tenía que amar al Dios que le había amado y eso sólo se podía hacer desde un corazón agradecido. Todo esto convirtió a María en una “eucaristía” viva, en una acción de gracias permanente; no fue una persona que daba gracias, sino que se convirtió en una acción de gracias; ella no fue “sacerdotisa”, en el sentido sacramental del término, pero hizo de su cuerpo, de su alma, de su vida, una consagración a Dios, una “eucaristía”, dejándole al Señor que la transformara en un canto de agradecimiento continuo.
 
Propósito: Agradecer a Dios que ha puesto a María como modelo de cómo debemos relacionarnos con el propio Dios. Imitar a María en su estabilidad, su fe, su humildad y su sentido del deber.
 
 
 
Segunda semana
 
¿Por qué estar agradecidos?
 
Para agradecer son imprescindibles, ante todo, las motivaciones. Lo normal es que, al fijarnos en ellas, nos detengamos en las que son de orden material. Así, la mayoría, cuando quiere citar los motivos por los que debemos darle gracias a Dios hablan de la salud, del dinero, de la casa, del trabajo, de la comida, del descanso, de la familia o de los amigos; estos son, ciertamente, motivos de agradecimiento muy importantes, pero ¿cómo decirle a una persona que no tiene trabajo, o dinero, o salud, o familia que debe agradecer? ¿cómo decírselo, incluso, al que no los ha tenido nunca? En el fondo, incluso las personas más espirituales, pueden estar contagiadas del materialismo ambiental y eso les impide elevar su mirada hacia lo realmente importante. Por eso, lo primero que debemos agradecer es aquello que todos tenemos y que no pasa nunca: el amor misericordioso que Dios nos tiene. ¡Y son tantas las manifestaciones de ese amor! La mirada, pues, debe detenerse en la contemplación del amor de Dios. Dios nos ama, Dios me ama, debemos decirnos continuamente. Y debemos aprender a detallar, a enumerar, a identificar las muchas cosas que prueban ese amor de Dios; por ejemplo, el que nos haya creado, el que se haya hecho hombre por nosotros, el que nos haya dejado su divino mensaje y su ejemplo, el que haya muerto para redimirnos, el que haya resucitado; es un motivo de agradecimiento a Dios el que se haya quedado en la Eucaristía, el que nos haya dejado la Iglesia como su Cuerpo Místico, el que nos dé el sacramento de la penitencia, o el del sacerdocio, o el del matrimonio y los demás sacramentos; debemos agradecerle con toda el alma que nos haya hecho hijos adoptivos suyos, que nos haya hecho hijos de María, que nos haya dejado a los santos como modelos y como protectores. Y después, por supuesto, todo lo demás: la familia, los amigos, la salud.... Pero si algo o todo esto fallara, incluso si no lo hubiéramos tenido nunca, siempre deberemos agradecer por el hecho de que haya nacido, muerto y resucitado por nosotros, abriéndonos por su misericordia las puertas del Cielo.
Si nos fijamos en los motivos de agradecimiento que tuvo la Virgen María, vemos que fueron los mismos que los que tenemos nosotros, excepto uno al que luego me referiré. Sin embargo, cuando nos quejamos porque algo va mal y nos parece que es Dios quien está en deuda con nosotros y no al revés, haremos bien en mirarle a ella y contemplarla al pie de la Cruz. ¿Tenía motivos para agradecer aquella madre que veía matar a su hijo? ¿No se podría decir que, al menos en aquel caso, un ser humano, María, podía presentar una queja formal ante Dios acusándole de no haber cumplido lo que le prometió, pues le había anunciado que su Hijo sería el Mesías y allí estaba, muriendo como un criminal? Pero María no hizo eso. No sabemos lo que pasó por su alma inmaculada, pero posiblemente incluso en aquel momento también hubo una acción de gracias. Quizá se preguntó si había merecido la pena todo, si no hubiera sido mejor que Cristo no hubiera nacido para tener que terminar así, si a ella le había compensado lo que había recibido con lo que estaba sufriendo. No sé si eso tuvo lugar por un momento en el alma y en el corazón de María, pero si así hubiera sido, estoy seguro de que pronto vinieron a su memoria los días en que acunó al niño Jesús en sus brazos y que el recuerdo de aquellos momentos dulces sirvieron para convencerla de que es mucho mejor amar, aunque luego se sufra, que no haber amado nunca. Ella, en aquel momento sobre todo, se convirtió en una auténtica eucaristía, puesto que unía su sacrificio al de Cristo crucificado y se entregaba con Él, como Él, por Él, como corredentora, por la salvación de los hombres.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que nos da el ejemplo de María que siempre supo los motivos que tenía para agradecerle a Dios por todo lo que había recibido, incluso cuando el sufrimiento podía ensombrecer la luz que desprendían esos motivos.
 
 
 
Tercera semana
 
¿Cómo agradecer?.
 
Cervantes decía que “el agradecimiento que sólo consiste en el deseo, es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras”. Tenía toda la razón el autor de “El Quijote”. El agradecimiento no es una cuestión sentimental, ni tan siquiera sólo una actitud, ni un gesto de cortesía y buena educación; el agradecimiento nace del corazón consciente de los motivos que tiene para agradecer pero se transforma en obras, sin las cuales ese agradecimiento no es tal e incluso puede convertirse en un sarcasmo, en una ofensa para el que recibe sólo palabras de gratitud cuando está esperando y necesitando ayuda. Las obras de agradecimiento, además, tienen que tener en cuenta ante todo el cumplimiento del deber de la justicia, para pasar después a lo que va más allá de esa virtud, que es donde en realidad se va a poner de manifiesto el agradecimiento. Ahora bien, esas obras de agradecimiento debemos catalogarlas en dos grupos: a Dios y al prójimo.
 
Agradecidos para con Dios. No podemos “hacerle favores a Dios”, pues él se lo merece todo y por mucho que le demos, es poco comparado con lo que se merece. Por eso, en el agradecimiento a Dios nunca se supera la virtud de la justicia. Sin embargo, sí podemos ir más allá de lo estrictamente mandado; por ejemplo, en la oración, en la participación en la Santa Misa, en la limosna para con la Iglesia, en la defensa de los derechos de Dios en una sociedad agresiva como la nuestra. Hacer algo para con Dios que no tenga como objetivo inmediato ni el cumplir una obligación ni el pedir, es una forma de expresar nuestra gratitud.
 
Agradecidos para con el prójimo. El agradecimiento para con el prójimo debe contemplar en primer lugar la virtud de la justicia; es decir, hacer ante todo lo que tenemos la obligación de hacer. En segundo lugar, tenemos que mostrar nuestro agradecimiento yendo más allá de lo que es nuestro estricto deber. Además, hay que tener en cuenta que el católico tiene como deber hacer todo el bien posible. En cuanto a las obras concretas, éstas son tan variadas como las necesidades que el hermano puede tener: ayuda económica, prestación de tiempo, perdón, orientación, oración, evangelización y, en definitiva, todas las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Estas obras de agradecimiento se deben practicar, en primer lugar, con aquellos con los que tenemos una deuda de gratitud, pero no sólo con ellos, puesto que si la deuda no se tuviera con el prójimo siempre se tiene con Dios y es por Dios por quien se tiene que hacer el bien, aunque el prójimo no se lo mereciera.
 
Propósito: Démosle gracias a Dios por el amor que él tuvo hacia nosotros, lleno de obras concretas, que no sólo experimentaron los que le conocieron sino que experimentamos cada día en nuestra vida.
 
 
 
Cuarta semana
 
¿Cuándo agradecer?.
 
Tenemos que dar gracias, a Dios y al prójimo, siempre y en todo momento. Pero, sobre todo, tenemos que mostrar nuestra gratitud cuando más se nos necesita, cuando más falta hacemos. Se dice que siempre hay alguien dispuesto a hacer un favor al vencedor. Pues bien, nosotros tenemos que estar siempre dispuestos a hacer un favor a un amigo, a cualquiera de las personas que antes han hecho algo por nosotros. Además de esto, hay que tener en cuenta que el agradecimiento no se debe aplicar sólo cuando se acaba de recibir el favor, como si el tiempo borrara la deuda; con mucha frecuencia, olvidamos lo que nos han ayudado por el mero hecho de que hace tiempo que ocurrió, aunque en su momento esa ayuda fuera grande e incluso decisiva; esto hay que tenerlo en cuenta sobre todo con los padres, con los cuales tenemos una deuda de gratitud que no se pagará nunca. Por último, es muy frecuente que se nos borre el recuerdo de lo que debemos ante la negativa por parte de la persona que en otra ocasión nos ayudó a seguir ayudándonos; al margen de si esa negativa se debe a que no quiere o a que no puede, el hecho de que nos haya ayudado en un momento dado es ya motivo para nuestra gratitud; el agradecido no sólo devuelve bien cuando acaba de recibir el bien, sino que también lo devuelve aunque a su última petición se le haya respondido con un “no”; de hecho, uno de los motivos más frecuentes para dejar de ayudar a alguien es la percepción de que esa persona se olvidará de ti cuando deje de sacar algo por estar a tu lado; en este caso, tan frecuente, es la ingratitud la que cierra la puerta a los favores; por desgracia, esto nos pasa sobre todo con Dios, pues olvidamos lo que de él hemos recibido en cuanto hay algo que nos va mal o en cuanto hay alguna petición que no es atendida como nosotros queremos.
 
Propósito: Démosle gracias a Dios por todo lo que nos ha dado y no dejemos de hacerlo porque en algún momento no nos dé lo que le pidamos. Hagamos igual con el prójimo. Imitemos a María, que siguió dando gracias cuando estaba al pie de la Cruz.






La Virgen María. XVI Mayo de 2010
En este mes de mayo, mes tradicionalmente dedicado a la Virgen María, nos vamos a fijar en nuestra Madre como modelo de cuatro virtudes que, si bien pueden ser consideradas como “menores” no dejan de tener una gran importancia: la justicia, la paz, la sinceridad y la paciencia. Terminaremos nuestro recorrido por la contemplación de María como modelo de virtudes el mes próximo, cuando la veamos como modelo de agradecimiento.
                Primera y segunda semana
La virtud de la justicia.
 
Hay varios tipos de justicia y, por lo tanto, varias definiciones. Desde la perspectiva de la virtud de la Justicia, consideraremos ésta como aquel o aquellos actos por los cuales se le da a cada uno lo suyo, lo que merece, lo que tiene derecho a recibir. La justicia, por lo tanto, es la virtud que nos lleva a respetar los derechos de los demás, mientras que –como ya hemos dicho- la caridad era la virtud que nos llevaba a ayudar a los demás aunque no tuvieran derecho a nuestra ayuda. La virtud de la justicia es otro de esos atributos que más caracterizan a Dios, pues decimos que Dios es justo; por eso, no deberíamos juzgar, pues sólo Dios es juez, pero si tenemos que hacerlo, hagámoslo con extraordinario cuidado, intentando juzgar los hechos y no las intenciones, pues lo íntimo del corazón sólo lo conoce la propia persona y Dios. La justicia es también una bienaventuranza: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados” y con ella Jesús nos exhortaba a trabajar por implantar la justicia en el mundo, comenzando por aquella que depende de nosotros mismos.
Justicia para con Dios. Al tratar de la caridad decíamos que esa virtud no podíamos practicarla para con Dios. Sucede todo lo contrario con la justicia. Dios debe ser el primero en recibir los frutos de esta virtud, hasta el punto de que cuando lo hacemos con Él –cuando somos justos para con Dios- nos resulta mucho más fácil ser justos para con el prójimo. Una forma de practicar la justicia para con Dios es mediante la virtud de la Religión, de la que ya hemos hablado. Dios tiene derecho a nuestro respeto, a nuestra obediencia, a nuestra adoración. Tiene derecho también a nuestro amor, pues su amor –manifestado con el don de la vida y con el de la redención- le ha ganado ese derecho, que va más allá del respeto y la obediencia. Nuestro amor a Dios se debe manifestar de muchas maneras, pero sobre todo de una: el agradecimiento. La gratitud –que se expresa de muchas formas y, sobre todo, en la eucaristía- debería ser la forma natural con que el cristiano se relaciona con Dios, la que engloba todo lo demás. Tenemos el deber de agradecer. Es, por eso, un error educar como se ha estado educando los últimos años, a base de suprimir el concepto de deber, para con Dios y para con el prójimo. Por el contrario, para que el prójimo pueda ver respetados sus derechos por nosotros, debemos asumir que tenemos deberes que cumplir para con él y que Dios es el garante de esos derechos. Por eso, con respecto a Dios, hay que enseñar que tenemos obligaciones para con el Señor, como la obligación de darle gracias participando en la eucaristía –la acción de gracias colectiva-. Ir a misa no es, pues, una cosa optativa sin importancia y que se puede sustituir por otros actos de culto, o algo que se hace si el sacerdote predica bien y te resulta agradable y provechosa la participación en ella; es una obligación, un deber, que tenemos para con un Dios que nos ha amado infinitamente y sin nosotros merecerlo; por supuesto que no es la única obligación que tenemos para con Él, pero esa también existe y no podemos dejar de cumplirla. Además, a la hora de hacerle justicia a Dios –de cumplir nuestros deberes para con Él- debemos hacerlo con normalidad, con naturalidad, sabiendo que todo eso que hacemos es lo mínimo que debemos hacer, lo justo; no le hacemos ningún favor a Dios yendo a misa, por ejemplo, sino que es un acto de la más elemental justicia y por eso no debemos sentirnos extraordinarios o experimentar que Dios tiene una deuda con nosotros por haberlo hecho, como si fuera Él quien tuviera que estarnos agradecidos. Hemos cumplido con nuestro deber y eso es todo.
Justicia para con el prójimo. La justicia para con el prójimo no es tan fácil de discernir como la justicia para con Dios. Afortunadamente, existen las leyes y los tribunales, que nos ayudan a saber dónde terminan nuestros derechos y empiezan nuestros deberes, y viceversa. En caso de duda, siempre se puede recurrir a ellos –cuando son honestos- a fin de que zanjen la cuestión. En todo caso, a nadie le está permitido tomarse la justicia por su mano, por mucha razón que crea tener. En el campo de la justicia para con el prójimo habría que distinguir entre la que merece el prójimo más próximo y la que merecen el resto.
El prójimo cercano. La familia y el entorno más próximo a nosotros –los amigos, compañeros de trabajo…-, deben ser los primeros –no los únicos- con los que practicamos la virtud de la justicia. No podemos, por ejemplo, practicar la caridad con un desconocido si, como consecuencia, somos injustos con nuestros familiares; así, sería un error hacer voluntariado en un asilo de ancianos mientras tenemos abandonados a nuestros propios padres, también ellos ancianos; del mismo modo, haríamos mal si nos pasáramos el mayor tiempo posible colaborando con la Iglesia mientras nuestros hijos no tienen la oportunidad de tenernos a su lado. El equilibrio, como ya hemos dicho al hablar de la caridad, es fundamental, pero teniendo en cuenta siempre que lo primero debe ser cumplir con los deberes de la justicia. Por otro lado, es muy frecuente encontrar personas que no se les cae de la boca la palabra justicia, que siempre están arreglando el mundo y dando consejos sobre cómo tendrían que hacerse las cosas, mientras que en lo que de ellos depende no hacen nada; así, se sienten bien porque teorizan sobre la justicia social o porque votan a un partido que teóricamente la defiende, pero no mueven un dedo para ayudar a sus padres o a su esposa en el hogar; habría que recordarles aquella frase que también empleó Jesucristo: “Médico, cúrate a ti mismo”.
El prójimo lejano. La justicia no sólo se debe practicar con los nuestros, sino también con los extraños. Por ejemplo, con aquellos que dependen de nosotros laboralmente, a los cuales hay que tratar al menos con arreglo a la ley y teniendo siempre en cuenta la frase del Señor: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. También está la justicia con la empresa en la que trabajamos, que tiene derecho a que seamos honestos y rindamos profesionalmente como corresponde. Otro ámbito donde practicar la justicia es con las instituciones públicas, pagando los impuestos debidos y cuidando aquellas cosas –parques, mobiliario urbano…- que son de todos. Un apartado especial merece el voto, que es una forma de ejercer la justicia, puesto que es una manera de colaborar con el bien común y de procurar, mediante él, que las cosas vayan mejor; a la hora de votar hay que tener en cuenta muchas cosas y eso hace que a veces resulte muy difícil decidir, pues ningún partido parece identificarse del todo con las enseñanzas evangélicas; eso nos debe llevar a escuchar lo que dicen los obispos antes de cada elección o lo que dice el Papa y, en todo caso, es mejor no votar o votar en blanco que apoyar a partidos que promueven leyes contrarias a la vida humana y a la familia. Otro apartado especial debe ir dirigido hacia la participación en instituciones que promueven la justicia, tales como los sindicatos, las asociaciones de vecinos y de padres de alumnos o algunas ONG; siempre es positiva la participación en algo que favorezca el bien común, pero teniendo cuidado no sea que se utilice la buena voluntad del católico que participa en una de esas instituciones, para dirigirla a favor de objetivos que van contra su conciencia; así, sorprende y escandaliza ver cómo instituciones católicas que nacieron con un buen fin, terminan por servir de coartada y de apoyo a campañas a favor del aborto, de la eutanasia o de quién sabe qué atentado contra la vida humana.
 
Propósito: Agradecer a Dios que ha puesto a María como modelo de cómo debemos relacionarnos con el propio Dios. Hacerle justicia a Dios, como hizo María, es fiarnos de Él y respetar sus derechos.
 
 
 
Tercera y cuarta semana
 
La virtud de la paz y la virtud de la paciencia.
 
La paz es un estado, una situación, un don de Dios. Se puede considerar también una virtud, en el sentido de que quien la practica está construyendo la paz, está pacificando. Cristo le dedicó también una bienaventuranza: “Dichos los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Él mismo es conocido como el “príncipe de la paz”, aunque no rehuyó la confrontación cuando se trataba de defender valores superiores, como demostró en tantas ocasiones. Por lo tanto, vemos que, en la práctica de Jesús y en la nuestra, no se puede separar la virtud de la paz de la de la justicia. La injusticia es una realidad en el mundo, a veces gravísima; nuestros sentimientos humanos y cristianos nos llevan a luchar contra ella, como ya se ha visto. Pero ¿cómo hacerlo? ¿es legítimo el recurso a la violencia para acabar con la injusticia? Sin embargo, Jesús no practicó la violencia; se comportaba como creía que debía hacerlo –por ejemplo, curando en sábado- aun sabiendo que eso provocaría la violencia contra Él, pero Él no la llevaba a cabo ni respondía con violencia a la violencia que recibía; el caso del desalojo de los mercaderes del Templo de Jerusalén es muy significativo, pues, en primer lugar, el Señor actúa de una forma tan drástica en defensa de los derechos divinos, lo cual no significa que no le importaran los humanos, sino que en el cumplimiento de los derechos de Dios está la base para que se cumplan los de los hombres; además, Jesús no golpea a los cambistas ni a los vendedores, sino que dirige su ira contra las cosas y los animales, espantándolos para que salgan del templo. En otra ocasión vemos aún con más claridad cómo Cristo rechazó el uso de la violencia: cuando le iban a detener en el huerto de los olivos y Pedro atacó con la espada a los sicarios de los sacerdotes. Por lo tanto, vemos que Cristo, a pesar de las graves situaciones de injusticia que contempló y que sufrió, nunca recurrió a la violencia para resolverlas. Fue pacífico y pacificador, sin que eso significara que se inhibía ante los problemas, que miraba hacia otro sitio para no ver ni oír a los que sufrían.
¿Cómo ser pacificadores? La virtud de la paz se puede practicar evitando todo aquello que conduce a la guerra, a la violencia; por ejemplo, no hablando mal del prójimo o no contándole al prójimo que otro ha hablado mal de él; una manera extraordinaria de construir la paz es intentando ser justo y que la sociedad sea justa, pues la injusticia es la principal fuente de la violencia; se construye la paz con el perdón, con la misericordia y también con la humildad; la paz está relacionada con la unidad, pues cuando se vive la máxima de “vale más lo menos perfecto en unidad que lo más perfecto en desunidad” –válida excepto para cosas esenciales-, entonces se están relativizando muchas cosas que, si se les diera mayor importancia, conducirían a la polémica. Hoy la mayor dificultad para la paz está, por un lado, en el terrorismo y, por otro, en las luchas a favor de la justicia utilizando la violencia llamada “revolucionaria”; ambas actuaciones tienen mucho en común, pues al margen de que sus reivindicaciones puedan ser muy distintas, parten de un principio: el fin justifica los medios; esto, para un católico, es inadmisible. Nunca podemos justificar el uso de la violencia para conseguir un fin material o social, pues la violencia genera una espiral de odio que termina por apoderarse de todo y engulle y destroza los mejores y más nobles ideales. Lo que ha sucedido en tantos países donde se ha aplicado, sirve para confirmarlo. Es verdad que la violencia está autorizada por la Iglesia en algunos casos –ver, en el Catecismo, lo concerniente a la legítima defensa y a la guerra justa-, aunque con muchas restricciones; pero en ningún otro caso se puede recurrir a ella, bien se etiquete con el nombre de “violencia revolucionaria” o se llame “violencia terrorista”. Si lo que se quiere es la justicia, hay que trabajar por implantarla con métodos pacíficos -por ejemplo, militando en partidos políticos coherentes con los valores éticos cristianos, o en sindicatos, o en ONG que defiendan esos principios-, como hizo Cristo y como han hecho muchos grandes hombres a lo largo de los siglos.
Paz y Paciencia. Construir la paz, trabajar por ella, trabajar con ella para instaurar el reino de justicia que Cristo quiso, requiere, inevitablemente, ejercitar otra virtud: la paciencia. Ésta es la virtud por la cual perseveramos sin desanimarnos en la consecución de un objetivo bueno. Está relacionada con la fe en el amor de Dios y con la esperanza en que nunca nos faltará la ayuda de Dios, Está relacionada, muy especialmente, con la fe en la Divina Providencia. Por la paciencia, seguimos rezando por la conversión de los nuestros, aunque los frutos parezcan inexistentes. Por la paciencia, seguimos dando el mejor ejemplo posible, aunque también nos parezca que eso no sirve para nada. Por la paciencia, continuamos ofreciendo nuestros sufrimientos al Señor, uniéndolos a los suyos en el sacrificio de la Misa, y pidiendo que sirvan para la conversión de nuestros seres queridos. Por la paciencia, seguimos luchando por un mundo más justo, más humano, más divino. La paciencia nos ayuda a darnos cuenta de que nosotros no somos Dios y, por lo tanto, que todo está en las manos del Señor y por eso debemos aceptar su tiempo, su ritmo, sus misterios, sus decisiones a veces incomprensibles; por la paciencia, unida a la fe en la Divina Misericordia, ponemos a los nuestros en el Corazón de Jesús y en el Corazón de María y esperamos con calma a que les llegue la hora de su conversión, hora que quizá nunca veremos en la tierra. Recuerdo una historia que contaba el escritor griego Kazantzakis: “Un hombre vio una crisálida de la que estaba a punto de salir la mariposa; tenía prisa y no quería perderse el espectáculo, que quizá tendría lugar varias horas después, así que tomó la crisálida en sus manos y comenzó a calentarla con su aliento, acelerando el proceso; efectivamente, a los pocos minutos, la mariposa rasgó la seda del capullo y comenzó a salir de su prisión; poco a poco, fue intentando desplegar sus preciosas alas llenas de colores; el hombre contempló entonces, horrorizado, que no se abrían del todo y que una de ellas quedaba hecha un pequeño bulto; entendió que, al haber acelerado el proceso, había impedido que la naturaleza terminara de hacer bien las cosas y así había hecho que naciera una mariposa deforme, condenada a muerte porque no podía volar”. Así nos pasa a nosotros muchas veces. No sabemos respetar el tiempo de Dios, nos ponemos nerviosos, dejamos de creer que el Señor es quien guía la historia hacia su plenitud y, como consecuencia, estropeamos el plan de Dios en lugar de colaborar en él. Tenemos que hacer bien nuestra parte –oración, sacrificio, trabajo-, pero sabiendo que sólo Dios es Dios y que nosotros, aunque nos cueste creerlo, no somos dioses.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que nos da el ejemplo maternal de María como modelo de paciencia y como Reina de la paz, como aquella que siembra siempre la unidad entre los hombres, pues todos son sus hijos.
 
 
 
Quinta semana
 
La virtud de la sinceridad.
 
La sinceridad o, dicho de una manera más propia, la veracidad, es la virtud por la que decimos la verdad, toda la verdad y –como se dice en los juicios- nada más que la verdad. Hemos hablado ya de ella al referirnos a las críticas, señalando dos pecados contra la sinceridad: la calumnia y la maledicencia. Además de lo dicho, habría que añadir que una forma de mentir es contar sólo una parte de la verdad o contar la verdad pero introducida en un contexto de mentira. También hay que tener en cuenta que la sinceridad no es excusa para decir todo lo que pensamos, como también se ha dicho ya al citar el consejo de San Francisco sobre cómo evitar las críticas; el hecho de que pensemos una cosa no implica que hagamos bien en decirla; por supuesto que no debemos decir lo contrario de lo que pensamos o de lo que sabemos que es verdad, pero a veces la caridad o la justicia nos llevarán a callar; sólo tendremos la obligación de hablar –y entonces deberemos hacerlo con sinceridad- cuando nuestro silencio pueda ser perjudicial para un inocente.
Relación de la sinceridad con la justicia y con la paz. Cristo dijo que la verdad nos haría libres, aunque se estaba refiriendo a Él mismo, que es “el camino, la verdad y la vida”. Efectivamente, la verdad nos conduce a la libertad, mientras que la mentira nos esclaviza. No en vano, al demonio se le conoce como el “señor de la mentira” y actúa de muchas maneras; por ejemplo, haciéndonos creer que si cometemos determinados pecados vamos a ser más felices, más libres, más realizados; otra forma típica de actuar es mediante la demagogia, que es la utilización de causas o argumentos buenos para, desenfocados y agigantados, justificar actos malos. Los políticos –no todos- suelen ser demagogos, pero no sólo no son todos iguales sino que hay partidos en los que la demagogia es su estado natural de comportamiento y eso debe servirnos para detectar la presencia del demonio en ellos y alejarnos no sólo de la militancia sino incluso de darles el voto. La veracidad –que es la que nos aproxima a la realidad de las cosas, es decir, a Dios, que es la verdad-, es un magnífico instrumento para trabajar por la justicia con las armas de la paz. En cambio, la mentira y su fruto la demagogia sólo sirven para ocultar la realidad, para engañar a la gente, para conducirla como borregos hacia el matadero. Es muy triste ver cómo tantos millones de personas, en América y en Europa, dan su voto a políticos corruptos y demagogos, que les engañan con causas aparentemente nobles y justas. Aunque la demagogia, como he dicho, está presente en todos los partidos –no en todos los políticos-, suele ser patrimonio de la izquierda, que utiliza los términos de la justicia y la paz como el pescador usa el cebo en los anzuelos para atrapar a los ingenuos peces.
 
Propósito: Démosle gracias a Dios porque tanto Él como María nos dicen la verdad y nos enseñan cómo decirla: con amor, por amor, desde el amor. Si callaran, en un relativismo venenoso, nos estarían engañando. Pero si hablaran sin misericordia nos destruirían. Imitémosles.






La Virgen María. XV Abril de 2010
La Virgen María es ofrecida ante nosotros por Dios como modelo de todas las virtudes y no sólo como abogada y madre nuestra. Hemos visto ya muchas de esas virtudes. En este mes de abril vamos a fijarnos en dos de ellas: la misericordia y la pureza. La primera de ellas, además, nos va a ayudar a entender mejor por qué Jesús, el Hijo de Dios e hijo de María, es la Divina Misericordia, cuya fiesta celebramos en el segundo domingo de Pascua.
                Primera y segunda semana
 
Misericordia.
 
La misericordia es una virtud por la cual nos acercamos íntimamente al Corazón de Jesús y al Corazón de María. Al practicarla nos parecemos a ellos, con la máxima semejanza que a seres humanos pecadores les es posible alcanzar. Además, la misericordia –el perdón- nos hacen gratos a los ojos de Dios, que ha prometido que el que perdone será perdonado y que la medida que usemos será la que usen con nosotros. Tiene que ser practicada, como el resto de las virtudes, con prudencia, para que no se convierta en un medio que permita al pecador abusar aún más de sus víctimas. Pero tiene que ser practicada con un corazón generoso, como los de Cristo y María. Veamos algunas formas de practicarla:
-                               Enseñanzas de Cristo. El Señor habló muchas veces del perdón y de la misericordia. Por ejemplo, al enseñarnos a orar, en el “Padre nuestro”: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. O cuando dijo que “el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia”. O cuando dijo: “La medida que uséis la usarán con vosotros”. O, al darnos a conocer las Bienaventuranzas: “Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”. También nos habló de ello mediante parábolas, como la del hombre que tenía una deuda grande y solicitó que se la aplazaran, pero él a su vez no quiso hacer lo mismo con uno que le debía mucho menos. En definitiva, todo parece indicar que Jesús sabía lo difícil que es perdonar y, para animarnos a hacerlo, pone ante nuestra mirada nuestros propios pecados, a fin de que consideremos la necesidad que tenemos de recibir el perdón y nos decidamos a darlo para poder recibirlo. Si, en nuestro trato con el prójimo, tuviéramos en cuenta nuestros propios defectos, seguramente seríamos más indulgentes y comprensivos.
-                               El ejemplo de Cristo. Todo en Cristo es misericordia. Él es la Divina Misericordia. Su encarnación fue un acto de misericordia que culminó con su muerte redentora. En ese último momento de su vida, además, nos dejó un ejemplo sublime, cuando desde la cruz se convirtió en abogado defensor de sus asesinos pidiendo al Padre que les perdonara porque “no saben lo que hacen”. Tuvo misericordia de la mujer adúltera, tanto como del pecador publicano, sin que eso significara que les alentara a seguir haciendo el mal (no debemos olvidar el “vete y no peques más”). Por misericordia hacia el que sufría hizo milagros, a veces complicándose mucho la vida por ello (por ejemplo, cuando curaba en sábado). Su divina misericordia, por último, quedó plasmada para siempre en un maravilloso sacramento, el de la penitencia, por el cual podemos recibir el perdón de los pecados. Y, por si fuera poco, instituyó las indulgencias, que nos libran incluso de las penas de purgatorio ligadas a los pecados cometidos y confesados. Un cristiano que quiera serlo, que quiera, por lo tanto, imitar a Cristo, tiene que vivir intensamente esta virtud.
-                               Misericordia hacia uno mismo. Los primeros que deben beneficiarse de nuestra misericordia somos nosotros mismos y la mejor manera de hacerlo es mediante el sacramento de la confesión. Ten misericordia, ten compasión de ti mismo y acude a recibir el perdón de Dios, su gracia redentora. Una vez hecho esto, debemos aprender a pasar la página del pasado, a dejar el pasado atrás, con nuestros pecados y con las heridas que los otros nos hayan podido hacer. Esto también es un acto de misericordia con uno mismo, que, por desgracia, muchos no hacen y, como consecuencia, se recrean y se torturan recordando morbosamente el mal que han cometido o lo mal que otros les han tratado. No significa, por supuesto –como hemos visto al hablar de la prudencia- que no debamos aprovechar lo ocurrido para extraer lecciones que nos ayuden a no repetir el mal o a defendernos del mal que nos puedan hacer; pero esas lecciones que da la vida no tienen nada que ver con la delectación enfermiza en los pecados cometidos o en el daño que nos han infringido.
-                               Ver lo positivo. Todo, excepto Dios y la Virgen María, tiene un aspecto positivo y uno negativo. Cualquier persona, por buena que sea, tiene defectos o, al menos, manera de ser. Hay algunos que se especializan en escudriñar los defectos, como el detective busca las pruebas más recónditas de un crimen, y cuando los encuentran, los airean como si mostraran un trofeo. No hagamos nosotros así. Por el contrario, sin cerrar los ojos a lo negativo que hay en el prójimo o en las cosas, esforcémonos por ver lo positivo. Esto forma parte esencial de nuestra espiritualidad y nos ayuda a ver la realidad de una manera más completa, pues lo malo suele saltar fácilmente a la vista, mientras que lo bueno o está más oculto o nos hemos acostumbrado a ello y por eso no lo vemos. Junto con este esfuerzo por ver lo positivo, intentemos también excusar todo lo excusable –no lo inexcusable-, tal y como enseñó San Pablo: “La caridad todo lo cree, todo lo espera, todo lo excusa, todo lo tolera”.
-                               Misericordia y críticas. Hemos hablado de las críticas en la virtud de la humildad, pero desde la perspectiva de los que las reciben. Ahora debemos hacerlo desde la perspectiva de los que las hacen. Conviene recordar algunas cosas de la más básica moral. En primer lugar, que cuando uno dice una cosa mala de alguien siendo mentira, comete el pecado de la calumnia, el cual es un pecado gravísimo si lo que se cuenta hace daño seriamente al calumniado. Es muy probable que jamás hayamos dicho una calumnia, pero también es probable que con frecuencia hayamos cometido otro pecado, sin ser del todo conscientes de ello; es el pecado de la maledicencia, que consiste en decir algo de alguien que, siendo verdad, no es necesario decir y tiene como consecuencia quitarle a esa persona el honor que tiene derecho a tener; también con la maledicencia se puede pecar gravemente, aunque lo que se diga del otro sea cierto. Por lo tanto, debemos cuidar muchísimo las críticas, recordando aquellas palabras del Señor: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. San Francisco, por su parte, nos enseña, en uno de sus “avisos espirituales”, que “no debemos decir por detrás nada de lo que no podamos decir por delante, con caridad”. En definitiva, la crítica es un pecado, a veces más grave que el propio crimen, pues quitarle a alguien el honor es peor que quitarle la vida. En cambio, lo hacemos con una gran ligereza, como si no tuviera importancia. Importancia que sí damos cuando somos nosotros los criticados.
-                              La limosna. La limosna de tiempo (voluntariado) o de dinero es una forma extraordinaria de practicar la misericordia. También está la limosna de la comprensión, de la compañía, de la escucha. En definitiva, siempre hay alguna circunstancia en la que podemos aplicar la limosna, incluso cuando aparentemente no tenemos nada para dar porque somos tan pobres como el que nos pide ayuda. Deberíamos marcarnos un porcentaje de limosna como meta, para intentar alcanzarlo sin agobiarnos; podría ser el diezmo, del que habló la Iglesia en otras épocas y que hoy ha sido dejado de lado, mientras que lo han “resucitado” con éxito las sectas; ¿por qué no reservar el diezmo de nuestro tiempo para la oración, la evangelización y el voluntariado? ¿por qué no dedicar el diezmo de lo que nos sobra al mes, tras vivir la austeridad, para la limosna a la Iglesia y a los pobres?
-                               La oración.El Señor nos pidió que rezáramos por nuestros enemigos y, cuando se hace, se experimenta enseguida un extraordinario alivio. Al rezar por los que nos han hecho daño, vencemos en nosotros el odio; quizá no podamos hacer otra cosa por ellos, pero con esto ya hemos comenzado a perdonarles y hemos dejado así abierta la puerta a posteriores ayudas. Además debemos rezar también por el resto, pues sería un error orar sólo por los enemigos y no hacerlo por los que nos han ayudado. Debemos rezar por todos y en primer lugar por aquellos hacia los que debemos estar agradecidos, así como por aquellos que pasan necesidades, nos hayan pedido o no nuestras oraciones. La oración es una gran limosna, pues no hay que olvidar –como ya se ha dicho- que nosotros no somos dioses y que sólo Dios es Dios; al rezar, por lo tanto, ponemos ante los ojos de aquel que tiene el poder, las necesidades de los hombres. Tampoco hay que olvidar que la petición no es la única forma de orar; por eso, junto a ella, debemos agradecer, en nuestro nombre y en el nombre de los nuestros; si vemos que otros no están agradeciéndole a Dios lo que Él les ha dado, hagámoslo nosotros en su lugar, suplamos con nuestra gratitud su ingratitud, especialmente cuando los que tan mal se comportan son de nuestra propia familia.
Propósito: Agradecer a Dios que ha puesto a María como Madre de Misericordia y acogernos a ella para que nos ayude a imitarla y para que nos consiga de Dios la misericordia que necesitamos.
 
 
 
Tercera y cuarta semana
 
Castidad y pureza.
 
La castidad es la virtud por la cual le damos a Dios el culto y el amor debido también con nuestro cuerpo y no sólo con nuestro espíritu o nuestro sentimiento. Para muchos, la diferencia entre pureza y castidad puede ser totalmente ficticia. Es posible que tengan razón. Sin embargo, considero la pureza como una virtud que afecta al alma, mientras que la castidad afecta esencialmente al cuerpo. Desde esta perspectiva, la pureza sería la virtud por la cual no somos egoístas en nuestras relaciones con los demás, no somos interesados ni manipuladores.
Hay distintas formas de vivir la castidad, pues no debe vivirla igual el casado que el soltero. Así, hay que distinguir entre una castidad prematrimonial y una matrimonial, o entre una castidad propia del casado y otra propia del que tiene un voto específico sobre ella. La Iglesia enseña con precisión lo que hay que hacer en cada caso y no hay nada que añadir ni rebajar a esas enseñanzas. Pero, para todos los casos, sirven tres normas muy básicas: evitar las ocasiones de pecar, controlar el propio cuerpo mediante la ascética que fortalece la voluntad y llevar una intensa vida espiritual. Evitar las ocasiones es básico, pues “el que evita la tentación evita el pecado” y ahí tenemos que hacer el mayor de los esfuerzos, si queremos vivir de verdad esta virtud. En cuanto al control del propio cuerpo mediante la ascética, es curioso ver cuántos sacrificios se hacen en aras de conseguir una estética aceptable y, en cambio, qué pocas cosas somos capaces de hacer para aumentar nuestra fuerza de voluntad, sin la cual no sólo no se puede vivir la castidad sino que tampoco se puede ser un buen profesional ni se puede controlar el carácter. Por último –aunque no en último lugar- está la vida espiritual: sin la gracia de Dios no podemos hacer nada bueno y, por lo tanto, no podemos ser castos, por lo cual necesitamos estar muy unidos al Señor, tanto más cuanto más difícil es en algunos momentos la práctica de la castidad; esta unión no consiste sólo en la oración o en la eucaristía frecuente, sino que incluye también y de modo muy especial el sacramento de la penitencia; la confesión es un aliado especialmente eficaz de la castidad y, sin llegar al escrúpulo, no debemos temer recurrir a ella cada vez que sea necesario, pues no sólo nos purifica del pecado cometido sino que nos da la fuerza para no volver a pecar; además, mediante la confesión nos reconocemos ante Dios y ante nosotros mismos tal y como somos, sin tapujos ni engaños, por lo cual crecemos extraordinariamente en otra virtud: la humildad.
En cuanto a la pureza, ésta debe ser vivida en la relación con Dios y en la relación con el prójimo. La relación del hombre con Dios es una relación muy especial, con muchos ingredientes. Uno de esos ingredientes es el interés y no es ilegítimo. Sin embargo, es tan poderoso que con frecuencia se convierte en el principal y a veces hasta en el único, de modo que para muchos creyentes –cristianos y no cristianos- la relación con Dios está basada en la petición. Otro ingrediente, también legítimo y también con frecuencia exagerado, es el miedo. Estos dos forman el grueso de las motivaciones religiosas desde la noche de los tiempos: el deseo de que Dios nos ayude en nuestros problemas en la tierra y que nos abra las puertas del cielo y el miedo a que nos castigue aquí y en el más allá. No me parece mal que el hombre sienta estas cosas con respecto a Dios; lo que me preocupa es que sean esos dos sentimientos los que predominen hasta el punto de llegar a ser casi los únicos. Esto es especialmente grave cuando le sucede a un cristiano, puesto que su relación con Dios debe estar marcada por el amor y no por el interés. Por eso creo que la pureza para con Dios por parte del hombre se consigue mediante la gratitud. Cuando es el agradecimiento –la virtud que debería ser típica de los Franciscanos de María- lo que predomina en la relación con el Señor, entonces todo está ordenado, colocado en su justo sitio y en la debida proporción; no hay dificultad en que uno que agradece también le pida a Dios ayuda, ni en que tenga un sano “temor de Dios”, puesto que estos dos ingredientes son instintivos y, por lo tanto, creados por el propio Dios. El que agradece no entra en crisis de fe cuando algo le va mal, cuando Dios está aparentemente sordo a sus súplicas, pues es consciente de que la deuda con Él es infinita y, aunque no entienda lo que sucede en ese momento, no duda del amor de Dios. El que agradece se ve sostenido por la esperanza, pues recuerda cómo en tantas otras circunstancias difíciles de su vida no le faltó la ayuda de Dios. El que agradece practica la caridad hacia el prójimo, pues está todo el día preguntándose qué puede hacer para amar a Dios y, cuando ve la oportunidad de hacerlo ayudando a una persona necesitada, se alegra de poder pagar en ese prójimo la deuda de gratitud que tiene con el Señor. La pureza es, pues, sinónimo de la gratitud. El que agradece busca sólo amar y, por ello, es puro; el que es puro no busca “hacer negocio” con Dios y, por eso, hace del agradecimiento la principal motivación de su relación con el Señor.
También en la relación con el prójimo juega un importante papel la gratitud a la hora de tener con él una relación pura, desinteresada, no egoísta. Aunque la deuda con el prójimo no sea comparable con la que tenemos con Dios, no por eso deja de ser grande, especialmente con algunas personas (los padres, los amigos…). El que no sabe agradecer, no sabe amar y lo más prudente que se puede hacer es mantenerse alejado de él para evitar que con su inmadurez, con su egoísmo, nos haga daño; un alejamiento que, naturalmente, viene mitigado por la virtud de la caridad, pero que da derecho a mantener una “distancia de seguridad” con ese tipo de personas que sólo se acercan a uno para ver qué pueden sacar de él, para utilizarles, para manipularles. La pureza con el prójimo supone, por supuesto, la castidad, pero va más allá de ella; implica acercarte a la otra persona sin egoísmo, sin intereses ilegítimos, sin doblez, sin deseos de manipulación, pensando en su bien y no en cómo vamos a servirnos de él para nuestro bien. Por ejemplo, un amor puro entre los novios llevaría a ambos a plantearse el matrimonio no para que el otro le haga feliz a uno, sino para poder pasar la vida haciéndole feliz al otro.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que nos haya dejado a María como modelo de castidad y de pureza. Ella, la Purísima, la concebida sin pecado, la que se mantuvo así toda la vida, es nuestra principal aliada en la lucha por vivir ambas virtudes y a ella debemos acudir sobre todo en los momentos de dificultad.






La Virgen María. XIV Marzo de 2010
Dice San Luís María Grignon de Monfort que Dios se fijó en María por su pureza, pero que se encarnó en ella por su humildad. La verdad es que siempre se ha asociado a María con la humildad, con esa humildad que consiste en andar en la verdad y que llevó a decir, en el Magníficat, que a través de ella se habían hecho cosas grandes, pero que el autor era Dios. Ahora bien, no sólo de esta manera vivió la Virgen la humildad. Fue humilde cuando aceptó, sin entender y sin pedir explicaciones, los planes de Dios –como el de que su Hijo tuviera que nacer en una cueva en Belén o morir en una cruz-; cuando hizo lo que Dios la pedía con la mayor naturalidad y sin darse importancia; cuando escuchaba -mientras acompañaba a su Hijo en la cruz- cómo le insultaban, sin revolverse llena de justa ira contra el coro de blasfemos. María nos enseña a recorrer, unidos a Dios y por Dios, ese margen tan amplio que hay entre el suelo de la justicia y el techo de amor y de honor que nos gustaría recibir; nos enseña a transitar por los caminos de la vida, desde la infancia a la ancianidad, en lo bueno sin engreírnos y en lo malo sin hundirnos. Nos enseña que si bien es necesaria la colaboración del hombre, es siempre el Señor el que hace las maravillas.
                Primera semana
 
Humildes ante Dios.
 
Santa Teresa decía que “humildad es andar en verdad”. Me gusta mucho esta definición y, parafraseándola, yo diría que es la virtud por la cual nos situamos correctamente, justamente, ante Dios y ante el prójimo. El ejercicio de la virtud de la humildad aplicada a nuestra relación con Dios nos lleva a asumir nuestro papel de criaturas, que tienen una deuda de obediencia y respeto hacia su Creador, y nuestro papel de hijos adoptivos, que tienen una deuda de amor, de agradecimiento, hacia su Padre. Por lo tanto, la primera consecuencia de la humildad es situarnos correctamente ante Dios como lo que Él es: nuestro Creador -nuestro Señor- y nuestro Padre; debemos decirnos cada día, varias veces: “yo no soy Dios”, para darnos cuenta de que sólo Dios es Dios y que nosotros no podemos resolver con nuestras fuerzas ni nuestros problemas, ni los problemas de los nuestros, ni los problemas del mundo. La segunda, es la de asumir que sin Dios –sin su gracia-no podemos hacer el bien ni rechazar el mal, por lo cual todo el bien que hacemos es fruto de la acción de la gracia en nosotros, aunque esta acción ha necesitado nuestra libre colaboración; sólo si somos capaces de vivir la humildad desde esta perspectiva podremos hacer obras grandes sin que ellas nos aplasten, nos envanezcan, nos llenen de soberbia.
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos ha amado primero, sin merecerlo y darnos cuenta de que nosotros no somos dioses, sino criaturas que han sido elevados a la categoría de hijos.
 
 
 
Segunda semana
 
Humildes ante el prójimo.
 
Situarnos correctamente ante Dios es, al menos en teoría, mucho más fácil que situarnos correctamente ante el prójimo. Dios es nuestro Señor y nuestro Padre, y eso lo aclara todo. Pero, ¿qué es el prójimo? ¿qué hacer cuando ese prójimo está invadiendo el campo de nuestros derechos, o al menos eso nos parece a nosotros? Si volvemos a la definición, vemos que ésta nos invita a situarnos “correcta y justamente” ante el prójimo. No se tratará, pues, de asumir un plano de inferioridad sistemática, como si –por ser cristianos y querer vivir esta virtud- fuéramos ciudadanos de segunda categoría que no tienen los mismos derechos que los demás y que tienen que aceptar sumisamente que los otros les pisoteen. Una concepción tal de la humildad no sólo llevaría a los cristianos a la marginación, sino que sería fuente de injusticia en la relación hombre-mujer, como por desgracia ha ocurrido tantas veces en el pasado, cuando se aconsejaba a la mujer que aguantara todo lo que hiciera su marido. Sin embargo, no es fácil el ejercicio de situarse “correcta y justamente” ante el prójimo, especialmente en determinadas circunstancias, pues se corre el riesgo de, por un lado, no aceptar ninguno de los problemas que provoca la convivencia, o, por otro, aceptarlos tanto que nos convirtamos en un esclavo sometido a un tirano. Un consejo sobre cómo buscar ese lugar “correcto y justo” puede ser éste: establecer unos mínimos por debajo de los cuales no se puede ir, ya que entra en juego la dignidad de la persona –por ejemplo, el rechazo a la violencia doméstica o el rechazo a situaciones laborales injustas- y considerar todo lo que está por encima de ese mínimo como ocasiones permitidas por Dios para vivir la humildad, a imitación suya, que “siendo Dios se despojó de su categoría divina y adoptó la condición de esclavo pasando por uno de tantos”, como dice San Pablo. Hay, pues, un margen entre lo que mereces o crees merecer y la injusticia; ese margen es el campo para vivir la humildad.
 
Propósito: Agradecer a Dios la oportunidad de imitarle en su humildad y de imitar a María, cuando nos veamos humillados por las injusticias, aunque so no significa pasar por todo.
 
 
 
Tercera semana
 
¿Cómo vivir la humildad?. I.
 
Como se ha dicho, no es fácil discernir cuándo tenemos que defender nuestros legítimos derechos y cuándo tenemos que unirnos al Señor aceptando situaciones que pueden parecernos humillantes. Pero, al margen de estos casos de duda, en los cuales quizá deberíamos recurrir a la dirección espiritual, hay varias formas de vivir la humildad. 1.- Cumplir con los propios deberes como algo normal. Uno de los problemas que hoy tenemos, debido al hundimiento de la ética social, es que el que cumple con su obligación puede parecer a los ojos de los demás –y por lo tanto ante sí mismo- como alguien extraordinario, casi heroico. Esto es falso y sólo sirve para distorsionar la realidad y llenar de soberbia a quien así se contempla a sí mismo. Tengo que tener siempre la perspectiva justa y no poder de vista que cuando cumplo con mi obligación –para con Dios, para con la familia, para con la empresa, para con la patria- no estoy haciendo nada extraordinario, sino que simplemente estoy cumpliendo con mi obligación y no merezco por ello que me pongan ninguna medalla. Que otros, incluso que muchos otros, no lo hagan no significa que lo que yo hago sea algo especial. Lo normal es cumplir con los propios deberes y no tengo que sentirme “grande” por ello. 2. Atribuir a Dios la parte principal del bien que hacemos. Cuando algo nos salga bien, tanto si es en el ejercicio de nuestras obligaciones como si es fruto de una acción extraordinaria, tengo –en mi interior, primero y, si hace falta, explícitamente después- que reconocer quién es el autor de ese bien: Dios. Somos los pinceles en manos del pintor, aunque ciertamente no somos objetos sino que colaboramos –o perjudicamos- la obra que el pintor quiere pintar con nosotros. 3. Pedir sin exigir. Pedir ayuda es un acto de humildad, aunque para algunos parece algo tan fácil –por lo frecuente- que quizá se haya convertido en un vicio. Sin embargo, pedir implica siempre humillarse, tanto si se pide ayuda a Dios como si se pide ayuda al prójimo. Por lo tanto, cuando uno necesita ayuda y no la pide, está cometiendo un acto de soberbia. Lo mismo sucede cuando, necesitándola, rechaza la que de buena voluntad le ofrecen. Ahora bien, con frecuencia sucede que no sabemos pedir, pues aunque la apariencia, la forma, sea la de petición, en realidad estamos exigiendo que nos den la ayuda que solicitamos. La diferencia entre pedir y exigir se pone de manifiesto tanto cuando nos ayudan como cuando no nos ayudan; el que pide, cuando recibe ayuda muestra su agradecimiento, mientras que el que exige considera que lo que le han dado se lo tenía ganado y merecido y, como mucho, se limita a una acción de gracias verbal, retórica; el que pide, cuando no recibe ayuda, no se enfada, pues es consciente de que no tiene derecho a lo que pide y por eso acepta que, por los motivos que sean, no se lo den, mientras que el que exige se enfada y a menudo actúa con odio y violencia contra el que no le ayudó. Esto nos sucede tanto con Dios –es una de las causas, ya vistas, de las crisis de fe- como con los hombres. La persona que no sabe pedir, que sólo sabe exigir, es insaciable, agotadora; hagas lo que hagas por ella, siempre estará descontenta, pues todo le sabrá a poco, ya que se considerará con derecho a mucho más; en cambio, si en algún momento no le puedes dar lo que pide, olvidará todo lo que ha recibido, por mucho que haya sido, y se volverá lleno de agresividad contra el que hasta ese momento le había estado ayudando. Por eso, el desagradecido tiende a quedarse sin amigos, a cerrar los oídos de aquellos que otras veces le han ayudado y que ahora huyen, temerosos y decepcionados, de él. 4. Aceptar las críticas. Lo normal es que cuando nos critican nos duele. A veces duele más, bien porque la crítica se está expresando con malos modos o nos llega en un mal momento, o bien porque nos parece injusta. Pero siempre duele. Aunque quizá lo peor es cuando la crítica nos llega indirectamente, a través de terceros, con el agravante de que no puedes ni defenderte de lo que la otra persona ha dicho de ti. En cualquier caso, siempre que se recibe una crítica se nos presenta una ocasión de vivir la humildad, a imitación de Cristo, que fue tantas veces y tan injustamente criticado. Lo mejor que se puede hacer es mantener la calma, permanecer unido al Señor, y escuchar con atención el eco que la crítica haya en nuestro propio interior –quizá pasado un primer momento de ira-. Es ese eco, esa voz de la conciencia, lo que nos va a indicar la parte de verdad que tenía la crítica que nos han hecho. A eso es a lo que hay que hacer caso y no dar más importancia al resto, dejándolo pasar. Recuerdo una frase del beato Juan XXIII, ya al final de su vida: “Me han tirado muchas piedras por el camino, pero no me he detenido a recogerlas para devolvérselas arrojándoselas yo a ellos”. Hay que saber pasar y dejar atrás las piedras que nos han arrojado, sin entretenerse con ellas, para poder avanzar más rápidamente, más ligeros, hacia el Señor.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que nos enseña, con su ejemplo y el de su Madre, la humildad e intentar practicarla en los cuatro puntos de esta semana.
 
 
 
Cuarta semana
 
¿Cómo vivir la humildad?. II.
 
5. Pedir perdón. Pedir perdón por el mal que hemos hecho es una forma especialmente útil y aconsejable de vivir la humildad. A veces será necesario pedir perdón explícitamente, mientras que en otros casos bastará con un gesto, con un detalle hacia la persona ofendida. A veces nos vendrán dudas sobre si debemos o no pedir perdón, pues no estaremos seguros de ser los culpables o, por lo menos, los principales culpables; si nos consideramos inocentes, es evidente que no debemos pedir perdón, ni siquiera para arreglar una situación tensa; pero si tenemos una parte, aunque sea pequeña, de culpa, debemos “amar el primero” y adelantarnos a solicitar que nos perdonen lo que hemos hecho mal; con frecuencia, cuando uno pide disculpas por el mal que ha hecho, el otro se anima a hacer lo propio y se recompone una relación que estaba rota, que ambas partes querían arreglar, pero que la soberbia de los dos les impedía dar el primer paso de solicitar la reconciliación. 6. Aceptar lo imprevisto y lo inevitable. Una forma de vivir la humildad es aceptar, sin ira, sin enfados contra Dios o los hombres, que nuestros planes no puedan llevarse a cabo tal y como los teníamos previstos. Es inevitable e imprescindible hacer planes, pero hay que saber sobrevolar un poco sobre ellos para que no se conviertan en una losa pesada que nos arrastra y nos amarga la vida. Los programas que uno hace están para intentar cumplirlos, pero sabiendo que muchas veces no van a poder llevarse a la práctica, debido a tantas circunstancias imprevistas e inevitables. Esta “cintura” espiritual nos la aporta la virtud de la humildad y está relacionada con la fe en la Divina Providencia, que vela por nosotros y hace que las cosas salgan con frecuencia mucho mejor de lo que nosotros habíamos pensado, precisamente porque no se ha cumplido lo que nosotros habíamos planeado. Ligado a esto está también la aceptación de ese tipo de cosas que son inevitables en la vida, como el envejecimiento –que se manifiesta de tantas maneras y que nos impone la ayuda externa a veces en cosas íntimas que nos hacen sentirnos vergonzosamente dependientes-, la enfermedad y la misma muerte; poco a poco van pasando las hojas del calendario y comprobamos que ya no vemos como veíamos, ni pesamos lo que pesábamos, ni nos agachamos como nos agachábamos, ni nos cunde el trabajo como nos cundía: va llegando la hora de la humildad y, con ella, la de la sabiduría, pues todo nos va indicando que sólo Dios es Dios y que nosotros somos, simplemente, seres humanos, frágiles y pasajeros; eso nos lleva a confiar en Dios más que en nuestras propias fuerzas y a aceptar con humildad que se quedan sin hacer tantos planes hermosos y que tantos otros que se han hecho no pasan de la mediocridad. 7. Aceptar que sólo Dios es Dios. Asumir que no somos dioses puede parece algo muy fácil, por lo obvio que es. Sin embargo, hoy muchísimos hombres se comportan como dioses o como “diosecillos”. Están endiosados por su triunfo en la vida, por su nivel económico o cultural, por su juventud, por su físico. O, por el contrario, están frustrados porque no han logrado esos niveles y se sienten amargados por ello. Pero no somos dioses y por lo tanto tenemos que aceptar que somos simplemente criaturas –ni más, ni tampoco menos-; somos seres frágiles, a los que un pequeño virus arrebata la vida o un diminuto derrame en una vena deja semiparalizados; no podemos resolver nuestros problemas ni, lo que es peor, los de los nuestros. Asumir esto nos debe llenar de una gran paz, nos debe reconciliar con nuestros límites –no con nuestros defectos, hasta el punto de dejar de luchar para que desparezcan- y, sobre todo, nos debe conducir a unirnos al Señor, en quien hemos puesto nuestra confianza, nuestra esperanza y en quien encontramos el descanso y el apoyo. Dios sí es Dios y sólo Él puede hacer que las cosas salgan bien, aunque muchas veces no entendamos cómo actúa la Divina Providencia, aunque no podamos ver con claridad cómo Dios escribe derecho con renglones torcidos.
 
Propósito: Darle gracias a Dios por enseñarnos que sólo Él es Dios y que nos perdona siempre, y procurar imitarle, aceptando los imprevistos.






La Virgen María. XIII Febrero de 2010
Terminamos, en este mes de febrero, con la meditación sobre la forma en que María vivió la virtud de la caridad, siempre desde la perspectiva del agradecimiento. Es importante conocerlo porque de este modo Nuestra Madre se convierte en el ejemplo que necesitamos para saber cómo comportarnos. Pero lo más importante es, por supuesto, practicarlo. Queremos amar a Jesús como le amó María y, también como María, queremos amar a nuestro prójimo, por amor a Jesús.
                Primera semana
 
Amar el primero.
 
Dios nos amó primero. Esta es la primera lección que debemos aprender, pues de lo contrario podemos caer en la tentación de la soberbia y pensar que somos nosotros los que hacemos algo por Dios y que es Él quien debe estarnos agradecido. La conciencia de la primacía de dios en el amor hace que, en la espiritualidad del agradecimiento, podamos conjugar la entrega total con la humildad. Por mucho que demos –incluso aunque llegáramos a dar la vida por Cristo con el martirio- siempre estaremos dando menos de lo que hemos recibido. La nuestra, pues, es una espiritualidad de respuesta y no de iniciativa. La iniciativa la tuvo Dios, creándonos y enviando a su Hijo para que nos redimiera. Ahora bien, si Dios nos amó primero, también nosotros debemos tomar la iniciativa en el amor, cuando vemos que alguien lo necesita, cuando nos encontramos con situaciones en las cuales no está claro quién tiene la responsabilidad de hacerlas cosas, o cuando se trata de dar el primer paso para recomponer una relación. Además, como para nosotros amar es una suerte y sabemos que el más afortunado es el que más ama, consideramos siempre la posibilidad de amar como un don y no como una “desgracia” o un “fastidio”.
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos ha amado primero, sin merecerlo y con tan elevada medida. Y hacer nosotros lo mismo, imitando a Jesús e imitando a María.
 
 
 
Segunda semana
 
Volver a empezar.
 
Jesús se mostró siempre como el que daba nuevas oportunidades a los que se habían extraviado en el camino del pecado. Nuestra imitación de Cristo pasa, pues, por este comportamiento. Lo primero que debemos hacer es darnos a nosotros mismos nuevas oportunidades; a veces somos muy duros con nosotros y nos parece que no tenemos remedio y que no merece la pena volver a intentarlo; eso lleva a algunos a alejarse de la confesión, pues consideran que no avanzan y que repiten siempre los mismos pecados; conviene tener en cuenta que los pecados ligados al carácter o los vicios son muy difíciles de desarraigar, pero que con esfuerzo y la gracia de Dios se puede suavizar si no cambiar la manera de ser. También hay que saber pasar la página con respecto al prójimo, pues a veces se recuerdan cosas que el otro hizo mal mucho tiempo atrás y se le juzga como si no fuera capaz de cambiar, cuando en realidad él, como nosotros, ha podido aprender de sus propios errores y ha podido modificar su comportamiento. Conviene tener prudencia, ciertamente, pero no tanta como para cerrar la puerta a la conversión propia o del otro.
 
Propósito: Agradecer a Dios la oportunidad de dejar atrás el pasado con la confesión, aprovechar esa oportunidad, y darle también al prójimo la posibilidad de que la aproveche.
 
 
 
Tercera semana
 
Perdonar y pedir perdón.
 
Ligado con lo anterior está el perdón. Tiene dos aspectos: el perdón que se da y el que se pide. Siempre hay que perdonar, primero porque nos lo manda el Señor, segundo, porque también nosotros necesitamos que nos perdonen y, tercero, porque la medida que usemos la usarán con nosotros. Ahora bien, ese perdón que debe salir inmediatamente de nuestro corazón, para que llegue al prójimo sea efectivo se ve sometido a unas condiciones; esas condiciones son las que enseña la Iglesia para que el perdón de Dios pueda llegar a nosotros: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Es decir, para que el prójimo pueda recibir el perdón que le hemos dado tiene que estar arrepentido sinceramente y tener el propósito de no volver a hacernos daño. Del mismo modo, nosotros debemos acudir con humildad a nuestro hermano cuando le hemos ofendido para pedirle perdón, pero con la intención de hacer todo lo posible para no volver a herirle. De lo contrario, el perdón se puede llegar a convertir en un instrumento para abusar de las personas buenas.
 
Propósito: Agradecerle a Dios su divina misericordia y no abusar de ella. Perdonar siempre a nuestro prójimo, aunque no nos pida perdón ni esté arrepentido. Pedir perdón cuando hemos herido a alguien.
 
 
 
Cuarta semana
 
Ponerse en el lugar del otro.
 
Cristo se puso en nuestro lugar haciéndose hombre. Fue en todo igual a nosotros menos en el pecado. Experimentó en carne propia el miedo, el dolor, la angustia, el abandono y también la alegría, la amistad, el amor de una madre y de un padre. Nosotros debemos, a imitación de Cristo, intentar ponernos en el lugar del prójimo para comprenderle, para saber de este modo lo que necesita, lo que le hace sufrir. En el fondo, se trata de aplicar aquello de “ama a tu prójimo como te gustaría que te amaran a ti”. Así podremos entender mejor los problemas ajenos y sin llegar a justificar algunas de sus actuaciones, podremos excusarlas en parte y, sobre todo, podremos darles la ayuda y el amor que esperan y al que tienen derecho.
 
Propósito: Darle gracias a Dios por haberse hecho hombre para experimentar en carne propia lo que gozan y sufren los hombres. Ponernos nosotros en el lugar del prójimo para entenderles y amarles mejor.






La Virgen María. XII Enero de 2010
Después de habernos fijado en la ética judía en el mes anterior –la ética de la Virgen en tanto que creyente del judaísmo- nos vamos a fijar en este mes y en el siguiente en todo lo que su Divino Hijo le enseñó sobre cómo comportarse para ser no sólo una buena creyente en Dios sino una hija de Dios. María, discípula de Jesús, se convierte de este modo en nuestra Maestra y nos enseña no sólo a respetar a Dios, sino sobre todo a amarle –a la Santísima Trinidad- como Dios tiene derecho a ser amado.
                Primera semana
 
Ética de máximos.
 
Como hemos visto el mes pasado, la ética judía podría definirse como una ética de mínimos, una ética regida por la obligación de no hacer el mal al prójimo. Por supuesto que en el judaísmo, como en las demás religiones, se exhortaba a los fieles a hacer el bien, pero no se les obligaba a ello. Los diez mandamientos son una prueba de ello. El judío, como hemos visto, tenía un elevado sentido del deber y de la justicia y se movía dentro de ambos conceptos. Si iba más allá, era porque quería, pero no se sentía obligado a ello por ninguna ley moral, de forma que si no lo hacía no le pesaba en la conciencia. Con la nueva definición de Dios –la Trinidad, que incluía la imagen de un Dios Padre y de un Dios Hijo que entregaba su vida por los hombres-, la relación entre el hombre y Dios no podía seguir siendo la misma. Ahora ya no se trataba, como en la vieja alianza, de medir cuánto era el mínimo que había que pagar para tener contento a Dios, sino de intentar dar el máximo posible como respuesta de amor a tanto amor recibido. Ante el amor de Dios, la “nueva alianza” obliga al cristiano a amar con todas sus fuerzas. No se tratará, pues, como antes, de invitar al creyente a que haga el bien sino de establecer la obligatoriedad de hacer ese bien, precisamente como respuesta al bien mayor recibido inmerecidamente de Dios.
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos ha marcado un elevado camino moral, pues a pesar de su dificultad eso nos ayuda a luchar por mejorar y a no quedarnos tranquilos sólo por no ser malos.
 
 
 
Segunda semana
 
Cristo, modelo.
 
Jesús es el que establece este nuevo tipo de ética de máximos y deja bien clara la obligatoriedad de hacer el bien posible. Con parábolas como la del “Buen samaritano” o con explicitaciones como el añadido de un nuevo mandamiento en la Última Cena, no deja lugar a dudas al respecto. Ahora bien, esta nueva ley moral que establece como pecado no hacer el bien, deja abiertos muchos interrogantes. ¿Hasta dónde hay que llegar en la limosna, por ejemplo? ¿Y en la entrega de nuestro tiempo para ayudar al prójimo? ¿Y en el perdón? ¿Y en la defensa de los derechos de los inocentes? Por eso, el Señor quiso ponerse a sí mismo como modelo cuando dijo: Amaos unos a otros como yo os he amado”. Cuando no sepas qué hacer, pregúntate: ¿Qué haría Jesús ahora? Nos resultará muy difícil imitarle, pero al menos sabremos cuál es el camino. Por otro lado, no hay que olvidar que Cristo sigue vivo en la Iglesia, que es su Cuerpo Místico; eso significa que también en la Iglesia hay modelos que podemos imitar y, así, tras habernos preguntado qué haría Jesús, podemos preguntarnos qué haría la Virgen, o San Francisco, o San Ignacio, o Santa Teresa o tantos y tantos santos que han amado a Dios de una manera ejemplar.
 
Propósito: Agradecer a Dios el modelo que nos ofrece Cristo y que nos ofrecen la Virgen y los santos, e intentar imitarlos.
 
 
 
Tercera semana
 
Motivación religiosa.
 
Si la ética judía podía resumirse en los diez mandamientos, quizá se podría hacer algo parecido con la ética cristiana. Podrían establecerse algunos puntos básicos para saber cómo comportarse imitando a Jesús y cumpliendo el mandamiento nuevo. Estos puntos podrían ser estos siete: motivación religiosa, amor con obras, amor a todos, amar el primero, volver a empezar, perdonar y pedir perdón y hacerse uno con el prójimo. Esta semana meditaremos sobre el primero. Es fundamental y, quizá, la clave de todos los demás, además de ser el principal instrumento para luchar contra la secularización. De hecho, porque este punto se ha suprimido de nuestra motivación, es por lo que la secularización se ha extendido tan rápidamente dentro de la Iglesia. Si no hacer el mal –la ética judía- ya era difícil, mucho más lo es hacer el bien (por ejemplo, perdonar o dedicar algo del escaso tiempo libre a estar junto a una persona necesitada). Por eso necesitamos muchas más motivaciones que los miembros de las otras religiones. En parte, esas motivaciones pueden proceder de los valores humanos, cuando éstos existen (la compasión hacia el que sufre, por ejemplo), pero, en primer lugar, estos valores humanos tienen sus limites y, en segundo lugar, en muchos casos o no existen o tienen un nivel muy bajo. La motivación religiosa es, siempre, un complemento y en muchas ocasiones la única fuerza capaz de mover al ser humano a hacer un bien muy difícil de hacer. El “por ti, Jesús, por agradecimiento a ti” es la palanca que necesitamos para cumplir el mandamiento nuevo, el punto de apoyo sin el cual caemos en el vacío. Pero para que ese “por ti” exista y tenga la suficiente fuerza, es necesario tener una intensa relación con Dios, es imprescindible la vida de oración.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que con su amor nos estimule tanto que nos dé la fuerza para hacer el bien en agradecimiento al amor recibido de Él.
 
 
 
Cuarta semana
 
Amar con obras.
 
Siempre se corre el riesgo de entender el amor como un sentimiento. Jesús nos puso en guardia ante este riesgo, cuando nos dijo “No el que dice Señor, señor, sino el que hace la voluntad de mi Padre, ese me ama”. La espiritualidad cae en el espiritualismo si no se ve acompañada de las buenas obras. La oración es imprescindible para las motivaciones, pero si las motivaciones son se traducen en acciones no sirven de nada. Por la fe –alimentada y expresada en la oración- somos católicos. Por la caridad –demostrada con obras- somos buenos católicos. De ahí la importancia de la “palabra de vida” semanal, del esfuerzo por aplicar a nuestra vida cotidiana las enseñanzas del Evangelio. Sin esta “dirección espiritual” constante, con mucha facilidad nos convertimos en teóricos de la caridad, en personas que quizá tengan las ideas muy claras y una excelente formación, pero cuya vida no es coherente con esas ideas. Al final, esas personas se convierten, con su mal ejemplo, en los enemigos de lo que predican y en no pocos casos terminan por cambiar hasta de pensamiento, pues se suele cumplir aquello de “si no vives como piensas, terminarás por pensar como vives”.
 
Propósito: Examinar nuestra conciencia para ver si estamos haciendo las cosas bien. Sobre todo, analizar si la “palabra de vida” la tenemos presente en nuestro comportamiento cotidiano.
 
 
 
Quinta semana
 
Amar a todos.
 
Cristo, nuestro modelo, nos dejó una enseñanza bien clara: Él vino para salvar a todos, para los justos tanto como para los pecadores, para los sanos lo mismo que para los enfermos. En realidad, todos somos pecadores y todos estamos enfermos. Todos necesitamos de la redención del Salvador. Este “todos” es una de las claves de la ética cristiana. No podemos dejar fuera de él a nadie. No podemos decir que no amamos a los que no son de nuestra raza, de nuestro país, de nuestra religión, de nuestro partido político o de nuestro club de fútbol. No podemos decir que queda fuera de nuestro afecto ni siquiera el enemigo, pues el Señor murió perdonando a los que le mataban. Ahora bien, esto no significa que debamos querer a todos por igual. Debemos querer a todos, pero con algunos tenemos unas obligaciones que cumplir que no nos atan con otros. Por ejemplo, debemos amar en primer lugar –no en único lugar- a la familia. Si tenemos que amar incluso a nuestros enemigos, ¿no tendríamos que hacerlo con más intensidad con aquellos que son nuestros amigos o con los muchos a los que les debemos ayuda? Si tenemos que ayudar a personas que son de otras religiones, por ejemplo, ¿no deberíamos empezar por ayudar a los que son de la nuestra? Es fundamental entender esto bien, pues de lo contrario no sólo estaremos cayendo en comportamientos absurdos sino que podremos incluso desalentar a los que nos quieren haciéndoles pensar que somos unos desagradecidos.
 
Propósito: Analizar si estamos amando a todos y si, dentro de ese amor, estamos cumpliendo nuestras obligaciones para con aquellos con los que tenemos una deuda de agradecimiento.






La Virgen María. XI Diciembre de 2009
María es un modelo de caridad como lo es de fe y de esperanza. Si comparamos su práctica de la virtud de la caridad con la de la fe, vemos que también aquí podemos distinguir dos niveles: aquel que tiene su origen en la religión judía y el que procede de las enseñanzas que recibió de su divino Hijo. María, como creyente judía, creía –como ya hemos visto- en un Dios único, creador y Todopoderoso, que había hecho una alianza con el pueblo elegido y que intervenía en la historia de los hombres con justicia y con misericordia. De esa fe se desprendía una ética que, en lo esencial, estaba recogida en los diez mandamientos de Moisés, aunque a éstos se le hubieran añadido después un gran número de prescripciones secundarias. En esta meditación vamos a fijarnos en la ética de la mujer judía, de aquella Virgen María que recibió al ángel Gabriel un 25 de marzo.
                Primera semana
El sentido del deber.
Antes que entrar en los contenidos de la ética judía que María, como buena creyente de su religión intentaba practicar, debemos fijarnos en una actitud previa, de la cual se originaban muchas cosas concretas y, sobre todo, una forma, un estilo de hacer dichas cosas. Esa actitud, ese sentimiento íntimo que embargaba a la Santísima Virgen se desprendía directamente de su fe. Si para ella Dios era el Creador y el Todopoderoso, lo lógico era que el ser humano –y por tanto ella misma- tuviera deberes para con Dios. El sentido del deber era innato en María, como lo era en su pueblo y como, en realidad, lo ha sido entre los cristianos hasta hace muy poco tiempo. María sabía que tenía deberes para con Dios y que, si los cumplía, no estaba haciendo nada extraordinario. Cumplir sus obligaciones era lo normal y nadie tenía que darle las gracias por ello Esos deberes para con Dios –por ejemplo la disponibilidad, la obediencia...-, iban seguidos de deberes para con el prójimo, de forma que si no se cumplían los segundos no se cumplían los primeros y, si no se cumplían los primeros, no se tardaría mucho en dejar de cumplir los segundos. La humildad estaba muy ligada a este sentido del deber, pues ni la Virgen ni los buenos judíos se sentían extraordinarios por hacer lo mandado; lo normal era hacerlo y si no lo hacían entonces estaban infringiendo la ley moral y ofendiendo a Dios.
Propósito: Agradecer a Dios porque María se nos muestra como un modelo de humildad a la hora de cumplir nuestras obligaciones. Tenemos deberes y no hacemos nada extraordinario al cumplirlos.
 
 
Segunda semana
 
Deberes no manipulables.
 
Los deberes que el judío sabía que debía cumplir eran de dos tipos: para con Dios y para con el prójimo. Se trataba de “mínimos” que tenía que llevar a cabo, pero esos “mínimos” no eran ni insignificantes ni manipulables. Es decir, tenía que vivir de acuerdo con unos principios éticos suficientes que en ningún caso podía modificar en función de sus intereses, lo mismo que no lo podía hacer ninguna autoridad política o religiosa. Dios era, en última instancia, el garante de que se cumplieran esos principios, de forma que si el creyente judío no lo hacía, al margen de las sanciones legales que pudieran recaer sobre Él, tenía que enfrentarse con Dios, al cual nada se le podía ocultar. Por lo tanto, aunque se pudiera engañar a los hombres o se pudiera corromper al juez o al legislador, Dios siempre estaba ahí, incorruptible, para defender el derecho de los débiles, de los inocentes. La moralidad de las acciones, pues, no era subjetiva. Los actos eran buenos o malos por sí mismos y no por lo que dijera la conciencia. Sólo Dios podía decidir qué era bueno y qué era malo.
 
Propósito: Agradecer a Dios que sea el defensor de los inocentes y que nos impida decidir por nosotros mismos la moralidad de los comportamientos.
 
 
 
Tercera semana
 
Deberes para con Dios.
 
Las obligaciones esenciales para con Dios estaban contenidas en los tres primeros mandamientos de la Ley de Moisés. El primero ordenaba no adorar a otros dioses o, lo que es lo mismo, no poner a nada ni a nadie en el primer lugar de la vida, pues ese lugar era sólo para Dios. El segundo, ordenaba no tomar el nombre de Dios en vano; eso significaba no sólo no jurar en falso o no blasfemar, sino también tratar con el debido respeto las cosas de Dios y las personas que lo representan. El tercero ordenaba santificar las fiestas religiosas (el sábado para los judíos) y esa santificación llevaba consigo la prohibición de trabajar y la obligación de dedicar un tiempo a la oración, a la acción social y a la vida de familia. Todos estos deberes la Iglesia nos reunió en una virtud que se llama la virtud de la Religión.
 
Propósito: Cumplir los deberes para con Dios y para poder hacerlo, empezar por analizar cuánto lo estamos haciendo o, lo que es lo mismo, fijarnos en si hacemos cosas mal inadvertidamente.
 
 
 
Cuarta semana
 
Deberes para con el prójimo.
 
El segundo bloque de mandamientos de la Ley de Moisés estaba dirigido a enseñar qué preceptos había que cumplir para no hacer daño al prójimo. Se trataba, en resumen, de no hacer el mal, de no hacerle al otro lo que a uno mismo no le gustaría que le hicieran. Defendían la familia (4º, 6º y 9º), la vida (5º), la propiedad (7º y 10º) y el honor (8º). Si no se cumplían estos deberes para con el prójimo, aunque se hicieran bien los que afectaban a Dios, éste no estaba contento. Del mismo modo, si se practicaban los mandamientos para con el prójimo, no era suficiente para agradar a Dios, pues también había que cumplir los tres que le afectaban a Él.
 
Propósito: Analizar si nuestro comportamiento hace daño al prójimo y, para ello, bastaría con preguntarnos si a nosotros nos gustaría que nos hicieran lo que nosotros hacemos.






La Virgen María. X Noviembre de 2009
Después de haber meditado sobre la fe de la Santísima Virgen, nos fijamos ahora en ella como modelo de esperanza. La esperanza es una virtud casi ignorada, que solemos practicar muy poco. Precisamente por eso es tan frecuente estar “desesperados”, que es un sinónimo de “desesperanzados”. María, sin embargo, supo “esperar contra toda esperanza”. No dejó de practicar esa virtud ni tan siquiera cuando todo parecía ya irremediablemente perdido, cuando tenía a su Hijo muerto sobre sus piernas, al bajarle de la Cruz. Pero porque esperó triunfó. Demos gracias a Dios por el ejemplo de Nuestra Madre e intentemos imitarla.
                Primera semana
 
La esperanza de María.
 
La Esperanza es la virtud por la cual disfrutamos de algo que no tenemos, en cierta forma como si ya lo tuviéramos, debido a la certeza de que lo vamos a tener. A diferencia de la Fe, que nos ayuda a creer y a confiar, y de la Caridad, que nos hace actuar, la Esperanza es una virtud que beneficia ante todo a quien la ejercita, pues se convierte en un extraordinario alivio, en una gran ayuda precisamente en los momentos en que más necesitamos esa ayuda. Podemos aplicar a esta virtud un viejo refrán español: “Hambre que espera hartura, no es hambre muy dura”; el hambre, ciertamente, persiste, pero la seguridad de que no tardará mucho en llegar la hora del banquete nos ayuda a soportarla.
La Virgen es modelo de esperanza porque ella vivió intensa y heroicamente esa virtud en muchos momentos de su vida y sobre todo en la hora de la muerte de Jesús; fue la esperanza en que se cumpliría lo que su Hijo había prometido –que resucitaría al tercer día- lo que la sostuvo en pie e incluso la permitió sostener a su propio Hijo mientras éste agonizaba en la Cruz; a ella podemos acudir siempre como un modelo de comportamiento cuando la situación se vuelva “desesperada”, y de ella podemos hablar a los que están atravesando esas situaciones, para que, fijándose en ella, la imiten y puedan encontrar una salida a su situación. Pero, además de nuestro modelo a la hora de vivir esta virtud, María es también fuente de esperanza para nosotros; siempre lo ha sido, por ser nuestra Madre, nuestra Abogada, nuestro Consuelo; cabe recordar aquel momento en que el indio Juan Diego, ante la Virgen de Guadalupe, le mostraba su aflicción y ella respondía: “No temas, aquí estoy yo que soy tu madre”. Tenemos Madre, tenemos esperanza. “Deo gratias”.
 
Propósito: Agradecer a Dios tanto el modelo que nos ofrece María a la hora de practicar la esperanza como el hecho mismo de que ella sea “esperanza nuestra”, debido a su intercesión por nosotros.
 
 
 
Segunda semana
 
Esperanza en la vida eterna.
 
Una vez que sabemos ya en qué consiste la virtud de la esperanza debemos preguntarnos en qué podemos esperar, cuál es el contenido de nuestra esperanza. Es muy importante aclarar esto bien para no sufrir desengaños dolorosos que se producirían si estuviéramos esperando algo que nadie nos ha prometido y que no va a llegar.
El Señor ha prometido esencialmente tres cosas, que son el contenido de la virtud de la esperanza. La primera de ellas es la vida eterna. Aunque nuestra intuición –como demuestra la historia del ser humano desde sus orígenes- nos dice que hay una vida después de la muerte, no sabemos nada sobre el tipo de vida que nos espera ni sobre qué condiciones hay que cumplir para disfrutar de ella. Es Cristo quien nos desvela estos misterios y nos asegura que será una vida de eterna felicidad porque estará basada en la unión con Dios, que es el Amor pleno. Es también Él quien nos ha prometido el regalo de la salvación, comprada al precio de su sangre derramada, si cuando llega la hora de nuestra muerte estamos en gracia de Dios, es decir, en unión y amistad con Él. Por la virtud de la Esperanza confiamos, por lo tanto, en que, por la misericordia divina, vamos a ser admitidos a la presencia de Dios tras nuestra muerte y en que allí nos encontraremos con nuestros seres queridos fallecidos antes que nosotros y que hayan muerto también en gracia de Dios.
 
Propósito: Agradecer a Dios la certeza de que la vida no termina con la muerte y que es su amor redentor quien nos ha abierto las puertas del cielo.
 
 
 
Tercera semana
 
Esperanza en la ayuda divina.
 
En segundo lugar, el Señor nos ha prometido su auxilio y apoyo en las luchas de la vida. Por esta promesa nosotros esperamos que en los momentos de dificultad el Señor esté a nuestro lado. El propio Cristo nos ha asegurado que esto es y será siempre así, pues fue Él quien dijo: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Pero el contenido de la promesa –lo que tenemos derecho a esperar- quizá no corresponde con lo que nosotros deseamos y por eso conviene leer bien la frase del Señor. Jesús no nos ha dicho: “Venid los que estáis sufriendo que yo, a golpe de milagro, os quitaré vuestro dolor”, Ha hablado de alivio, no de supresión del dolor, del problema. Y esta promesa, como hemos podido comprobar en un sin fin de ocasiones, Él la cumple siempre. Cuando se está con Cristo en medio del dolor, aunque éste permanece, siempre es más ligero, porque no se lleva a solas; de alguna manera, Él se hace presente en el dolor y éste se convierte en un instrumento de comunión con Él, lo cual le da otra dimensión y nos hace capaces de decir –siempre con su gracia-: “Estoy dispuesto a estar así, toda la vida si tú quieres, con tal de estar contigo”. Es entonces cuando se vence el dolor y cuando se prueba parte de la felicidad del cielo, pues aquello que nos entristece se convierte en la causa que nos alegra, pues a través de él nos unimos a Cristo. Se cumple así la segunda parte de la frase pronunciada por el Señor: “Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Antes de unirnos a Él, el dolor era “nuestro” dolor y nos estaba aplastando; desde el momento en que lo aceptamos por amor a Él, para estar con Él, ya no es nuestro dolor sino “su” dolor, pues Él ha puesto su hombro bajo nuestra cruz para llevarla juntos, dándonos así el alivio que nos había prometido..
 
Propósito: Agradecerle a Dios que esté siempre a nuestro lado y que sea nuestro consuelo y apoyo cuando más lo necesitamos. A la vez, dejarnos ayudar por Él, rezando más.
 
 
 
Cuarta semana
 
Esperanza en la Divina Misericordia.
 
El tercer elemento que integra la virtud de la esperanza, basado en la promesa del Señor, es el de su Misericordia. De hecho, Él mismo se presenta así, como la “Divina Misericordia” (apariciones a Santa Faustina). Dios ha prometido su perdón, su misericordia, a todo aquel que la pida y cuando la pida. No ha ligado su amor a nuestra santidad. Nos ama sin méritos por nuestra parte. Y este amor es un amor misericordioso, siempre dispuesto a perdonar, a darnos la mano para levantarnos, a ayudarnos a volver a empezar. De hecho, nosotros creemos con frecuencia que ya no merece la pena seguir luchando y que Dios está cansado de nosotros, de nuestras recaídas e incumplimientos; no es así, Cristo no se cansa nunca de esperar y está siempre dispuesto a socorrernos con tal de que nosotros admitamos nuestro pecado y nos dejemos salvar por Él. La certeza de que esto es así es lo que debe llevarnos a exclamar: “En ti confío”. No confiamos en nuestras fuerzas ni en nuestros méritos, sino en la infinita y divina misericordia.
 
Propósito: Agradecerle a Dios su infinita, inmerecida y divina misericordia. Acogernos a ella con la confesión y no abusar de ella confundiendo el amor de Dios con tontería.
 
 
 
Quinta semana
 
Los frutos de la esperanza.
 
Si la fe en el amor de Dios nos ayuda a sortear los baches de la vida sin hundirnos en ellos, proporcionándonos calma y también perseverancia, la virtud de la esperanza nos aporta, ante todo, alegría. “Que la esperanza os tenga alegres”, decía San Pablo; no se trata de una alegría ruidosa, de carcajada, sino de ese otro tipo de alegría íntima, serena, que nace de la certeza de que aquello que ahora nos aflige pasará. Otro fruto de la esperanza es la paz interior y también exterior; de hecho, cuando una persona no tiene esperanza se dice que está “desesperado”, lo cual va acompañado de síntomas como estado nervioso alterado y falta de percepción completa y justa de las cosas. La esperanza nos da consuelo, sobre todo cuando el motivo de nuestro sufrimiento es la muerte de un ser querido, pues nos aporta la certeza de que esa separación no es definitiva. La fe y la esperanza, tan unidas ambas porque las dos se basan en la confianza en Jesús, nos aportan fortaleza para hacer frente a las adversidades, muy especialmente a las que nos sitúan ante algo tan inevitable como la muerte. Por último, la esperanza nos ayuda a ver todo lo que sucede, incluidas las relaciones humanas, desde una perspectiva más amplia, una perspectiva que podríamos llamar “eterna”; cuando llega la muerte, con frecuencia se lleva tantas cosas que antes considerábamos importantes y en cambio permanecen y resaltan otras a las que quizá no dábamos tanta importancia, como la familia o la amistad; la esperanza, en la medida en que nos aporta la certeza de la vida eterna, nos da una visión más sabia, más auténtica, más completa sobre esta vida y nos ayuda a valorar aquello que tiene auténtico valor y a poner en segundo plano lo que es secundario..
 
Propósito: Agradecerle a Dios la alegría y la paz que nos proporciona la virtud de la esperanza. Recordar la enseñanza de Santa Teresa: “Nada te turbe....”.






La Virgen María. IX Octubre de 2009
María es un modelo de vida cristiana, porque nos enseña cómo amar mejor a Cristo. En ella, además, como hemos visto el mes pasado, se resume todo lo bueno del Antiguo Testamento y se inicia ya el Nuevo. Si nos fijamos en su fe, la vemos aceptando todo lo que una buena creyente judía asumía como verdadero con respecto a Dios. Pero también la vemos aceptando todo lo que, además, debe creer un seguidor de Cristo. Si tuviéramos que resumir esta segunda parte en algunos puntos diríamos que, con respecto a Dios, la fe de María, enriquecida por la revelación de su Hijo, le abrió a la paternidad de Dios, a la Santísima Trinidad y aumentó aún más en ella la confianza en el Señor y su fe en la Divina Misericordia.
                Primera semana
 
Dios es Padre.
 
Los cristianos solemos decir que nosotros creemos en el Amor de Dios o que sólo nosotros creemos en que Dios es Amor. Ciertamente este punto constituye uno de los elementos más esenciales y originales de nuestra fe y, posiblemente, formulado como lo hace San Juan esa totalmente original. Sin embargo, también el pueblo judío creía en el amor de Dios y lo manifestaba cuando decía que ese Dios era el Creador –por amor creó el mundo y creó al hombre-, que era el Señor –estaba por encima del poder del mal- o que era un Juez justo –para defender los derechos de los inocentes-. Por eso, aunque en el cristianismo la identificación de la naturaleza divina con el amor es más explícita, en realidad lo que deberíamos considerar plenamente original es el concepto de Dios como Padre. La paternidad de Dios, referida ante todo a Jesús como Hijo Único, de su misma naturaleza y dignidad, engendrado y no creado, se abre después a la paternidad hacia todos los que han sido hechos hijos adoptivos mediante el bautismo.
Dios es Padre o, mejor aún, Dios es mi padre. No soy su hijo único, pues tengo hermanos, pero el Señor tiene la capacidad de verme como si fuera único a la vez que ve al resto de sus hijos del mismo modo. Dios, pues, me ama no sólo con aquel amor que ya conocía, el amor del Creador hacia la criatura, el artista hacia la obra. Me ama con amor de Padre. Estoy seguro de que esta frase “Dios es mi Padre” debió estar en los labios de María una y otra vez, como el que paladea un maravilloso dulce, o como el que se aferra a un salvavidas cuando se está ahogando.
Esta fe en la paternidad divina no excluía el Señorío de Dios, no mermaba la dignidad del Todopoderoso ni le restaba nada a sus derechos. Al contrario, lo engrandecía todo. Desde la humildad, desde el saberse una criatura, la Virgen miraba agradecida a un Dios infinito que no sólo la había creado sino que la había hecho su hija. La adopción que María experimentó la llenó aún más de amor a Dios y si eso fue así en ella, ¿qué debería ser en nosotros, que merecemos muchísimo menos que ella ese magnífico don?
 
Propósito: Agradecer a Dios su paternidad, dándonos cuenta de que es algo inmerecido. Antes éramos siervos y ahora somos hijos. Por eso debemos comportarnos como hijos.
 
 
 
Segunda semana
 
Dios es Trinidad.
 
La fe en la paternidad divina, como se ha dicho, se desprendía de la existencia de una segunda persona divina, Jesús, el Hijo de Dios. Este Jesús era, a la vez, el hijo de María. Por mucho que la Virgen quisiera a su hijo, no debió serle fácil aceptar que lo que había salido de sus entrañas y tenía toda la forma y también la debilidad de un bebé recién nacido fuera un Dios Omnipotente. Sólo la fe podía traspasar la barrera de los sentidos para ver y adorar en aquel pequeñín al Todopoderoso creador del Universo.
Pero por como si esto no fuera ya suficientemente difícil, María asumió, de la mano de su Hijo, otro aspecto de la fe: la existencia de una tercera persona divina, el Espíritu Santo. El Dios uno en el que creía su pueblo seguía siendo tal, pero ahora era también un Dios trino. Un solo Dios y tres personas distintas, iguales en naturaleza y dignidad. La Santísima Trinidad. Una Trinidad, además, que implicaba una relación diferente con cada uno de sus miembros. Ella, María, era la hija del Padre, la madre del Hijo y la esposa del Espíritu Santo. Así lo vivió, lo creyó y lo experimentó.
Pero, ¿cómo imitarla nosotros en este aspecto de su fe? Ante todo, aceptar, como ella hizo, la existencia de la Santa Trinidad y tener una relación lo más parecida posible a la que ella tuvo con cada una de las tres divinas personas. Sentirnos y actuar como hijos del Padre, como “madres” –en el sentido de cuidar- de Jesús y como “esposas” –en el sentido de dejarnos fecundar por la acción santificadora- del Espíritu Santo. Al Padre le pedimos que nos cuide. Nos ofrecemos al Hijo para colaborar con Él –a la vez que le agradecemos que nos redima- y le suplicamos al Espíritu que nos consuele, nos fortalezca, nos ilumine y, sobre todo, que nos enamore de Dios y nos santifique.
Además, esta fe en la Santísima Trinidad nos debe ayudar a entender mejor lo que rezamos en el Padrenuestro. Cuando decimos “así en la tierra como en el cielo” nos estamos refiriendo a que debemos vivir aquí como se vive allí. Y allí, en el cielo, se vive en familia, se vive en Trinidad, se vive manteniendo la unidad y respetando la legítima diversidad, las legítimas diferencias. Tan lejos está la anarquía de la vida del cielo como la uniformidad. El amor es lo que une a las tres divinas personas y lo que constituye su naturaleza común. Ese amor les lleva a la unidad y al respeto. Así debemos vivir nosotros.
 
Propósito: Agradecer a Dios la fe en la Santísima Trinidad, teniendo la relación con cada una de las personas divinas que tuvo María y aprendiendo a vivir como se vive en el cielo.
 
 
 
Tercera semana
 
Confianza en Dios.
 
Si el creyente judío confiaba en la protección de Dios, en la medida en que él estaba cumpliendo la alianza hecha con Yahvé, esta confianza se multiplicó cuando Dios dejó de ser sólo el Creador y se convirtió en el Padre. Antes, la criatura confiaba en el Creador; ahora el hijo confía en el Padre. Antes, el siervo confiaba en el Señor; ahora se pertenece a la misma familia, aunque el vínculo de unión sea la filiación adoptiva.
Por eso, la consecuencia primera de la fe de María como mujer creyente en la revelación traída por su Hijo, fue la de una total confianza en el amor de Dios y un total abandono en sus manos. Para María, la existencia de la Divina Providencia estaba fuera de toda duda. La certeza de que se cumplía siempre aquello que su Hijo enseñara: “Ni un solo cabello cae de vuestra cabeza sin que el Padre lo quiera”, era una realidad para ella y lo fue en todo momento, también en la hora angustiosa del Calvario. Podía no entender, pero no podía no creer. Podía estar en la oscuridad intelectual o afectiva, pero no podía dudar del amor de Dios, de un amor providente, paternal, infinito. Sin duda que en las horas de mayor dolor, la Santísima Virgen tuvo que repetir una y otra vez lo que después han dicho tantos santos: “Me fío de ti, Señor. Me abandono en ti”. El “fiat” del inicio, cuando la aparición del ángel Gabriel, adquirió un nuevo significado, más duro, más doloroso, pero en el fondo era el mismo “fiat”: Señor yo no entiendo pero acepto.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que siempre cuide de nosotros y renovar nuestra fe en la Divina Providencia, nos pase lo que nos pase, como hizo María.
 
 
 
Cuarta semana
 
La Misericordia de Dios.
 
Si Cristo, aquella criatura que ella había llevado en su vientre y que había sido concebida de forma tan maravillosa, era el Hijo de Dios, Dios de Dios, de la misma naturaleza que Dios, entonces había algo que resultaba totalmente evidente para María: la misericordia infinita de ese Dios para con el hombre. Porque era evidente que Dios no se había encarnado en ella por “turismo”, por pasar el rato o por adquirir nuevas experiencias. Había venido al mundo, se había hecho hombre, para salvar al hombre. María supo enseguida aquello de “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo al mundo para salvar al mundo”. Lo supo, lo creyó, lo tocó. Lo supo en Belén, en Nazaret, en Caná, en Cafarnaum y sobre todo en Jerusalén. El amor de Dios era, a todas luces, un amor revestido de una característica muy especial: la misericordia. A sus oído tuvieron que sonar como si fueran nuevos los cantos del profeta, que su propio Hijo había utilizado: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Veía al Cordero inocente, que era su Jesús, ir hacia el matadero del Calvario para dar su vida en rescate por todos, para derramar su sangre purificadora. Dios es misericordia y lo demostró enviando a Cristo a que salvara lo que no merecía ser salvado, sin otro motivo que el amor infinito de Dios por sus criaturas.
Ahora bien, esa fe en la misericordia divina no ocultó la fe en la Justicia de Dios, lo mismo que la fe en la paternidad no ensombreció los derechos del Creador Todopoderoso. Para María, porque así lo enseñó Jesús, la misericordia era un acechador del alma humana que rondaba continuamente al hombre para salvarle, pero que no violentaba la libertad de ese hombre, aceptando con gran dolor que el ser humano decidiera perderse en lugar de salvarse. Dios, pues, seguía siendo Juez a la vez que Divina Misericordia, Señor a la par que Padre. Era en todo amor. Era amor cuando creaba, cuando protegía, cuando juzgaba y cuando perdonaba.
 
Propósito: Agradecerle a Dios su infinita, inmerecida y divina misericordia. Y no abusar de ella creyendo que se puede vivir de cualquier modo porque al final Dios lo perdona todo.






La Virgen María. VIII Septiembre de 2009
El nuevo curso que con este tema comenzamos nos vuelve a invitar a que dirijamos la mirada hacia la Santísima Virgen, nuestra Madre. Pero ahora lo vamos a hacer fijándonos en ella como modelo de santidad, de amor a Dios y a Jesús. Para tomarnos en serio la imitación de María como modelo de comportamiento cristiano, como modelo de amor a Cristo, hay que empezar por conocer cuáles fueron las claves espirituales que le hicieron comportarse como lo hizo, tanto en las situaciones delicadas y difíciles como en las rutinarias y habituales. Tenemos que saber cómo vivió la Virgen y qué hizo ella para hacer nosotros lo mismo. No se trata de conocer lo que hizo nuestra Madre por una mera curiosidad intelectual, sino para saber qué tengo que hacer yo. Si yo sé qué hizo la Virgen y no lo aplico, no la imito, no me sirve de nada. El objetivo es conocer para, después, practicar. En este mes y en el siguiente intentaremos comprender cómo fue su fe.
                Primera semana
Dios existe y es el Señor.
 
Lo primero que destaca en la Virgen María es su fe. Por lo tanto, lo primero que tenemos que imitar de la espiritualidad de la Virgen María es la fe. Y lo más originario de la fe de María es la certeza de que Dios existe y de que ese Dios es el Señor del Universo, el Todopoderoso. Otros conceptos, como el del amor de Dios, serán añadidos a éste precisamente a través de las enseñanzas de su Hijo, que se convierte en Maestro de su propia Madre. Pero antes de que naciese Jesús, antes de que fuera concebido, María era ya una mujer creyente, estaba llena de fe del mismo modo que estaba llena de gracia. Tenía la fe de su pueblo, la fe judía, la fe que se recoge en el Antiguo Testamento y que había sido cuidadosamente sembrada allí por el Espíritu Santo a lo largo de muchas generaciones.
La fe de la Virgen María y del pueblo judío antes de aquel 25 de marzo en que tuvo lugar la Encarnación, resumiéndolo muy brevemente, era la fe en un Dios Todopoderoso, en un Dios Creador, en un Dios misericordioso que cuida de su pueblo y que interviene en la vida de su pueblo, pero también en un Dios justo –no justiciero- que sabe dar a cada uno lo que merece y que reserva un premio para los que han hecho el bien y un castigo para los que han hecho el mal. Ésta es la fe del pueblo judío, ésta es la fe revelada por Dios durante muchos siglos y que nosotros corremos el riesgo de estar olvidando en estos últimos años.
Si Dios es el Señor significa que yo soy el siervo. Hay que trabajar esta idea, porque, además, hoy no lo dice prácticamente nadie, y al no decirlo, lo olvidamos: nosotros no somos iguales a Dios. Dios es Nuestro Señor. Si podemos tutear a Dios es porque Él nos lo ha permitido, debido a que, en realidad, nosotros somos inferiores a Dios. Dios es Nuestro Señor, nosotros somos los siervos de Dios. Una expresión típica, propia de la fe judía, que considera a Dios como el Señor, dice: “Yo soy el siervo de Dios” y así vemos al profeta Samuel decirle a Yahvé: “Manda, Señor, que tu siervo escucha”.
Es, por tanto, necesario que tengamos esta actitud de que el Señor está por encima de nosotros. El Señor es más grande y más importante que nosotros. En nuestra época, como consideramos que Dios es un igual, nos falta completamente el sentido de la obediencia, y nos falta a todos los niveles: en la familia, en la Iglesia, en la misma sociedad. Nos falta el sentido de respeto a la autoridad, incluso al maestro; todo el mundo sabe de todo, es más listo que nadie y da lecciones a todos los demás; nadie quiere, en cambio, aprender. Este sentido de la autoridad y de la obediencia falta porque nos falta la raíz, que es sentir al Señor como a alguien que está por encima de nosotros. Una consecuencia de todo esto es asumir de manera natural que yo tengo unos deberes para con Dios, que tengo unas obligaciones que cumplir para con Dios.
Así pues, el primer elemento de la fe de la Virgen María, que tiene que ser el primer elemento de nuestra fe y, en general, de la del cristiano, es experimentar el señorío de Dios: Dios es mi Señor, yo soy un siervo ante el Señor. Conviene dejar claro que se es siervo sólo ante el Señor, no ante los hombres, al menos en el mismo sentido que se es ante Dios. Ser siervo ante Dios no es lo mismo que ser siervo ante los hombres. Ante éstos soy un igual y tengo que reclamar mis derechos; pero ante Dios yo me siento, me experimento, como un siervo: Dios es mi Señor. Cuando este sentido del “señorío” de Dios falta, su lugar es ocupado inmediatamente por la idea de que Dios es un igual que no tiene nada que enseñarnos y que tiene que convencernos de todo para que lo aceptemos; sin embargo, esta “igualdad” de Dios con el hombre dura poco y es sustituida muy pronto por la idea de que Dios es un “inferior” que está a nuestro servicio, una especie de “genio de la lámpara de Aladino”, que mandamos salir de su prisión para que nos sirva y que si no nos satisface plenamente volvemos a encerrar olvidándonos de él. Dios es el Señor, mi Señor; no es mi igual ni mi criado. Y porque es mi Señor yo tengo deberes y obligaciones que cumplir para con Él.
Es necesario trabajar espiritualmente con el concepto de obligación y con el concepto de deber. Hay que recuperarlo porque casi nadie lo defiende y casi nadie se atreve a decir: tenemos deberes para con Dios. Si estos deberes se asumen de forma natural, aprenderemos a tener deberes para con nuestra sociedad, deberes para con nuestros amigos, deberes para con nuestra empresa, deberes para con nuestra familia. Si, en cambio, los deberes para con Dios no están presentes en nuestra vida, todos los demás deberes, más o menos pronto, terminarán por caer. Si no está garantizado el deber para con Dios, que nos ha creado y que ha dado la vida por nosotros en la Cruz, no existe un fundamento del deber para con el hombre, al cual en las más de las ocasiones no le debemos nada; existe, como mucho, el miedo a la represión, a la justicia, a la policía...; existe el miedo, pero no el fundamento interior profundamente arraigado de que yo tenga la obligación de respetar los derechos de los demás, aunque me cueste o no me convenga respetarlos. Si Dios está en su puesto, el primer puesto, Él garantiza el puesto que tienen derecho a ocupar los demás en nuestra vida. Cuando Él es derribado de su trono, el primero que sale perjudicado es el prójimo más débil, que al perderle a Él ha perdido a su mejor valedor, a veces –como en el caso del aborto- a su único valedor.
En la vida tenemos deberes, aunque, por supuesto, también tenemos derechos. Todo esto es básico para un buen ordenamiento social, para una convivencia lógica. Y todo esto arranca de aquí: un sentimiento de deberes para con Dios que procede de la fe en que Dios es el Señor y yo soy el siervo del Señor.
 
Propósito: Agradecer a Dios su Señorío, que nos impide considerar señores a personas, instituciones o cosas. Asumir, en consecuencia, que tenemos deberes para con Dios y para con el prójimo.
 
 
 
Segunda semana
 
Dios es el Creador.
 
El segundo punto de la fe de la Virgen es que Dios es el Creador. Dios es el que ha hecho todo esto, todo lo que existe, incluido yo mismo.
El concepto de Creación tiene profundas consecuencias espirituales y también sociales. Si Dios es Creador, significa que yo soy una criatura. Criatura es una palabra preciosa, en nuestra lengua esta palabra tiene un matiz de ternura; soy una criatura, soy alguien pequeño llevado en brazos por alguien más grande; al bebé que va en brazos de su madre, en castellano se le llama “criatura”, una cosa pequeñita que necesita ser cuidada. Nosotros somos criaturas del Señor. Es algo muy hermoso, pues esa palabra dice que el Señor nos cuida y también que nosotros tenemos que sentirnos menos que aquél que es Nuestro Creador, que es quien nos ha hecho. Y de esa Creación proceden, precisamente, los derechos que Dios tiene sobre nosotros.
Hoy el concepto de Creación tiene, además, otras consecuencias. Por ejemplo: para la Iglesia y para nosotros significa que no podemos alterar las leyes del Dios Creador, que no podemos hacer de aprendices de brujo jugando con las leyes de la Naturaleza, porque puede ser enormemente peligroso; cuando la Iglesia habla del peligro que puede tener la energía atómica no habla de un problema, digamos, de orden abstracto, sino que está diciendo que, en función de las leyes de la Naturaleza, puede acarrear unos peligros, como después se ha visto, y que lo mismo que puede tener consecuencias positivas, puede tener también consecuencias espantosas; cuando la Iglesia nos pide precaución en la manipulación genética, lo dice por un sentido espiritual, y es que Dios ha puesto unas leyes en la Naturaleza que no se pueden alterar (son muchos los científicos que actualmente también levantan una voz de alarma diciendo que esa manipulación genética puede tener unas consecuencias tan terribles como la energía atómica). Hay que tener mucho cuidado a la hora de manipular las leyes establecidas por este Dios Creador.
Estas consecuencias, evidentemente, hace dos mil años, la Virgen no las tenía presentes. Pero, por esa concepción judía de que Dios es el Creador que viene reflejada en el libro del Génesis, Ella sí se sentía criatura de Dios, se sentía en manos de Dios.
Vemos, pues, que estos dos primeros puntos de la fe de la Virgen, de la fe del pueblo judío tal y como había sido revelada por Dios en el Antiguo Testamento, coinciden en dar al creyente una doble sensación: la de que está en manos de alguien que es más grande y poderoso que él y la de que, precisamente por eso, debe fiarse de ese Alguien a quien llama Señor y al que pone por encima de cualquier otra criatura. El Señorío de Dios no produce en el hombre miedo –al menos necesariamente, aunque después se haya desvirtuado y a lo largo de la historia haya dado lugar a ese sentimiento-, sino que produce respeto. El Señorío de Dios produce también en el hombre confianza; el creyente en el Dios Todopoderoso se siente en buenas manos y por eso está tranquilo.
 
Propósito: Agradecer a Dios la obra de la Creación y contribuir a protegerla y defenderla, tanto en lo que respecta a la vida humana como a la naturaleza. Respetar las leyes que Dios ha puesto en la naturaleza de las cosas y de las personas.
 
 
 
Tercera semana
 
Dios interviene en la historia.
 
La sensación de paz, quedaba reforzada por otro elemento fundamental de la fe de un judío: el hecho de que Dios interviene en la historia, en tu historia personal y en la historia de tu pueblo. Que Dios interviene en la historia significa que, por ejemplo, las oraciones son importantes y son útiles; significa que Dios me escucha y que puede intervenir en mi vida; Dios puede hacer milagros, y eso para un judío, al menos en la época de Cristo, era algo completamente natural. De hecho, todavía hoy, cuando llega la Pascua, el pequeño de la casa recita, de una forma institucionalizada, toda la historia de la intervención del ángel, cuando hiere de muerte a los primogénitos de los egipcios y saca a los judíos de Egipto. Ellos son conscientes de que Dios interviene en la historia para salvar a su pueblo. En el libro del Génesis, cuando se cuenta esa intervención, el Señor dice a Moisés: “Los gritos de mi pueblo han llegado a mis oídos”. Es decir, Dios no es insensible a nuestro sufrimiento.
Naturalmente, todo esto tiene que compaginarse con otro elemento: el misterio. Porque si Dios no es insensible a nuestro sufrimiento, ¿por qué sufro?; si Dios interviene en la historia, ¿por qué a veces no interviene?; si Dios escucha la oraciones, ¿por qué a veces no las escucha?; si Dios es capaz de obrar milagros, y a veces los ha obrado en mi vida y en la de los demás, ¿por qué otras veces no los ha obrado? Ese elemento del misterio para un judío no representaba ningún problema porque era una consecuencia de lo anterior: si acepto que Dios es el Señor y es mi Creador, estoy aceptando el misterio, estoy aceptando que no puedo entender del todo a Dios; si digo que Dios interviene en la historia sin haber dicho antes que es el Señor y el Creador, entonces ese último punto sí es causa de problemas. Por ejemplo, un padre que acaba de ver morir a su niño podría preguntar: “Si Dios hace milagros, ¿por qué no ha curado a mi hijo”. O un obrero en paro diría: “¿Por qué no ha hecho que me toque la lotería para solucionar mis problemas económicos?”. La gente que vive en determinadas naciones sería lógico que preguntara: “¿Por qué está permitiendo la guerra en este país?”. O también, “¿por qué permite esa carnicería, esa hambre, ese terremoto... ?” En definitiva, si Dios interviene en la historia, ¿por qué hay tanto dolor y tanto sufrimiento? Es una pregunta a la que no podemos dar una respuesta satisfactoria, por lo menos de forma contundente. Ese porqué, cuando te toca de cerca, es muy angustioso. Cuanto más cerca está el dolor, más te duele, aunque, a lo mejor, tu sufrimiento es objetivamente pequeño comparado con el del otro, que es mucho más grande.
El problema que representa la coexistencia del mal y del dolor en el mundo con la fe en un Dios Todopoderoso que interviene en la historia del hombre para ayudar al hombre, queda resuelto con el concepto de misterio. Un concepto que nos lleva a decir: “Yo no entiendo, pero no entender no me hace entrar en crisis, porque no entenderlo todo con respecto a Dios es lo normal”. “No entiendo, Señor –le decimos a Dios los creyentes-, no entiendo por qué tú me has abandonado, como tampoco lo entendió tu Hijo cuando moría en la Cruz. Pero, como Él, como María, creo en tu amor, creo en ti”.
Hay personas muy religiosas que cuando llega un duro golpe a su vida se desmoronan y sufren depresión, crisis de fe, alejamiento. Entonces se les oye decir: “¡Dios no existe!”, “¡Dios me ha traicionado”!, “¡Dios me ha abandonado!”, “¡Dios me ha engañado!”, “¡Cómo es posible, con lo que he rezado, que no me escuche!”.
Lo que sucede es que la fe no estaba bien asentada, no tenían una fe verdadera, tenían una fe cogida con alfileres, aunque tuviera una buena apariencia. Hay que tener una fe ordenada, una fe que parta de la creencia en la existencia de Dios, en el señorío de Dios, en la Creación de lo que existe por parte de Dios, con todas las consecuencias éticas que tiene también en nuestra época; una fe en que ese Dios Señor y Creador es un Dios que interviene en la historia, y que a veces, muchas veces, lo veo y lo toco; por otro lado, cada uno de nosotros, cuanto mayores vamos siendo, más conscientes somos de que esto es así. Seguro que podemos mencionar muchas ocasiones en las que hemos visto la mano de Dios protectora de nuestra vida, a veces de manera realmente extraordinaria, aunque después sea difícil testificarlo como un milagro. Pero, en otras ocasiones, no ha sido así; el mismo Dios que nos ha atendido, cinco minutos después parece no escuchar nuestras oraciones; también es cierto que, pasado el tiempo, te das cuenta de que fue mejor así, pero, en ese momento, tú no entendías y te llenabas de dudas. Quizá, cuando estemos en el Cielo y veamos la historia, nuestra historia o la historia de los nuestros, podamos decir: “¡Qué razón tuvo Dios al comportarse como lo hizo, porque, si no hubiera hecho esto, aunque yo no lo entendí y sufrí, habría sido peor, peor incluso para esta persona; quién sabe qué sufrimientos le hubieran esperado en la vida; gracias a que Dios se la llevó, se evitó que ocurriera algo peor!”.
Hay que trabajar para llegar a tener este tipo de fe. Si practicamos esta parte de la espiritualidad de la Virgen, muchísimos de nuestros problemas habrán desaparecido; tendríamos, os lo aseguro, una gran salud (y hablo de salud física y psíquica). Una persona que tiene fe en Dios es una persona sana, porque sigue el consejo de aquel poema de Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante”. Escucharíamos en nuestro interior una frase suscitada por el Espíritu Santo: “Quédate tranquilo, Dios existe y cuida de ti”.
Sin embargo, nosotros creemos poco en esto y por eso nos ponemos en seguida nerviosos. Queremos tenerlo siempre todo controlado y que Dios sea no nuestro Señor, sino nuestro criado y, rápidamente, cuando no nos da lo que le pedimos, empezamos a dudar y a pensar que nos ha abandonado, que no existe, que es un traidor, etc.
Ten fe en que Dios existe, en que, aunque no entiendas los pasos de tu vida, Dios está detrás dándote el cuidado que necesitas. Te fe en que, aunque te parezca que llega demasiado tarde, eso es lo mejor para ti.
Debemos tener esta fe, entre otras cosas, porque no sirve de nada no tenerla. ¿De qué te sirve estar nervioso, angustiado...?, ¿de qué te sirve levantarte todos los días maldiciendo tu suerte? De nada. Naturalmente, una fe en la existencia de un Dios Amor no es una fe en la pasividad, es una fe en la actividad, pero es una fe que te da paz interior, y, por lo tanto, te da salud. Estoy seguro de que así muchos de nuestros problemas serían distintos. Estropeamos muchas cosas precisamente porque estamos nerviosos, porque hemos perdido la fe, la certeza de que no estamos solos, y empezamos a creer que todo depende de nosotros, que tenemos que llegar a todos los sitios, que tenemos que tapar todos los agujeros, que tenemos que dejarles los problemas económicos resueltos a nuestros hijos, intentamos que no sufran por asuntos de trabajo, por problemas de salud..., al final, estamos inquietos y nerviosos por todas estas cosas, cuando, en realidad, aunque pudiéramos hacerlas, tendríamos que hacerlas con paz interior.
La primera lección, por lo tanto, de la espiritualidad de la Virgen María se podría resumir en la siguiente frase: estate tranquilo, criatura de Dios, estate tranquilo. Aquella actitud de San Francisco de Asís que recoge el consejo evangélico que invita a la confianza: “Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). Estate tranquilo, recupera la paz, ten paz, ten confianza, Dios existe y cuida de ti, está presente en tu vida; tienes que moverte, trabajar, luchar..., pero con paz interior. Las cosas no dependen sólo de ti; dependen también de ti, pero, sobre todo, de Dios. Tienes que creer que Dios es un Señor, un Caballero que te quiere y te cuida, aunque esto sólo pueda ser creído aceptando el concepto de misterio. Es decir, precisamente porque Dios es Señor, forzosamente no puedes entender sus planes.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que intervenga en la historia, en la nuestra, en la de los nuestros, en la del mundo. Y recuperar la paz si la hemos perdido, porque la Divina Providencia actúa siempre y sólo Dios es el Señor y dueño de la historia.
 
 
 
Cuarta semana
 
Dios es justo.
 
El cuarto elemento de la fe judía era el concepto de justicia de Dios. Durante muchos años, esta justicia divina no fue fácil de aceptar, puesto que no todos los judíos creían en la existencia de la vida eterna. La justicia de Dios se debía manifestar, por lo tanto, en esta tierra. Esta intervención justa de Dios se resumía con la frase: “Dios premia a los buenos y castiga a los malos”. Sin embargo, la realidad demostraba que al menos en algunas ocasiones los malos vivían muy bien toda su vida mientras los buenos morían pasándolo mal. Un libro del Antiguo Testamento que recoge la crisis de fe que estas contradicciones provocaban es el de Job.
Sin embargo, en la época en que vivió la Virgen María –y por lo tanto en la época en que nació Jesús- eran ya muchos los judíos que creían en la vida eterna. Al menos desde la revolución de los Macabeos, unos ciento cincuenta años antes, se había ido abriendo camino la idea de que si Dios era justo, cosa de la cual un judío no podía dudar, debía haber una vida más allá de la muerte para que allí Dios terminara de hacer la justicia que, por causas misteriosas, no había llevado a cabo en la tierra. Dios siempre premia a los buenos y castiga a los malos, sólo que a veces lo hace aquí y otras en el más allá. Esta era la fe de la Virgen en aquel 25 de marzo, horas antes de recibir la visita del ángel Gabriel para anunciarle la encarnación del Señor.
Si nosotros no tenemos bien asentados estos cuatro elementos de fe: Dios es el Señor y tiene derechos sobre mí y yo deberes para con Él; Dios es el Creador, yo soy su criatura y por lo tanto, por un lado, estoy en las mejores manos y, por otro, no puedo entender del todo los planes de Dios; Dios interviene en mi vida y en la vida del pueblo para aliviar el sufrimiento de los hombres; Dios es justo y cumple siempre sus promesas de premiar el bien y castigar el mal, en esta vida o en la vida eterna. Sin estos cuatro aspectos fundamentales de la fe de la Virgen María, el edificio de nuestra relación con Dios no se puede construir adecuadamente, se caerá, y quizá estrepitosamente. Posiblemente durante años todo parezca que vaya bien, que somos buenos católicos y hasta católicos muy practicantes; pero en un momento dado, ante la aparición de alguna desgracia, la crisis nos rondará y la tentación empezará a sugerirnos que no existe nada, que todo es fruto de nuestra imaginación, que estamos solos ante nuestro destino, que Dios en caso de existir no tiene tiempo para preocuparse de nosotros. Y entonces vendrán los abandonos, el alejamiento de Dios y de la Iglesia. El edificio de nuestra relación con Dios –como profetizó Jesús- no estaba construido sobre una buena roca sino sobre arenas movedizas y al estallar la tormenta se habrá derrumbado.
 
Propósito: Agradecerle a Dios su justicia y no tener miedo a ella, porque siempre va rodeada por la misericordia. La justicia es la defensa de los débiles y la misericordia la esperanza de los pecadores.






La Virgen María. VII Junio de 2009
María se ha aparecido en reiteradas ocasiones, según reconoce la Iglesia, y siempre lo ha hecho para traer un mensaje de amor, de paz y de esperanza. A veces se trataba de ayudar a un apóstol cansado –como en el caso de El Pilar- y otras de advertir al mundo sobre lo que podría suceder si la humanidad no entraba en un camino de conversión –como en el caso de Fátima-. En este capítulo vemos algunas de las últimas apariciones de Nuestra Señora.
 
                Primera semana
 
Aparición de París.
 
En agosto de 1830, en la parisina Rue du Bac, una novicia de las Hijas de la Caridad, Catherine Laboure, de 24 años, fue despertada durante la noche por un niño que le pedía que fuera a la capilla porque allí le aguardaba la Virgen. Catherine obedeció y al poco de llegar al templo apareció María, que, tras anunciarle las dificultades que le esperaban, advirtió de las calamidades que se desatarían sobre Francia y otros países y que llevarían a la desaparición de la monarquía -esta parte de la profecía se cumplió en 1848, tras un gobierno extraordinariamente corrupto del Rey Luis Felipe, el cual había asumido al poder tan solo un mes antes de la aparición de la Virgen, en julio de 1830-. Cinco meses después tuvo lugar una segunda aparición, en la cual la Virgen le dio el encargo de acuñar una medalla que llevara la visión que la religiosa tenía, con la promesa de que todo el que llevara la medalla sería protegido por Nuestra Señora. De ahí el nombre de “medalla milagrosa” y también el que adopta la Virgen, la cual, a pesar de que se presenta como la Inmaculada, es conocida como “la Milagrosa”. Con esta aparición comienza una serie de apariciones marianas que tienen un mensaje de alguna manera profético, con el que la Virgen quiere advertir de una desgracia que está por suceder, para que, si se produce la conversión, no suceda la desgracia anunciada –la monarquía francesa podría haber sobrevivido si el gobierno del rey no hubiera sido tan corrupto- o para que, si sucede, el pueblo no se desaliente sintiéndose abandonado de Dios. Es un mensaje, pues, de esperanza en medio de las calamidades que azotaron el mundo y en particular Europa en los siglos XIX y XX. De hecho, dos años antes de que cayera la monarquía francesa y se instaurara definitivamente la república, la Virgen volvió a aparecerse en ese país (La Salette, 1846) y se lamentó de la escasa práctica religiosa de los católicos –concretamente de que se trabajara los domingos y de las burlas que sufría la religión-, advirtiendo que el pecado acarrea la desgracia a quien lo practica.
 
Propósito: Agradecer a Dios que, a través de María, nos advierte a tiempo de lo que puede sucedernos si no seguimos sus consejos y cumplimos los mandamientos. Y hacer caso cuando aún estamos a tiempo.
 
 
 
Segunda semana
 
Aparición de Lourdes.
 
En 1858 Nuestra Señora vuelve a aparecerse en Francia. Esta vez es a una jovencita de 14 años, Bernadette Soubirous. Era el 11 de febrero de 1858. Dieciséis veces se repitió la aparición en los siguientes seis meses y sólo al final Bernadette le preguntó quién era, a instancias del párroco de la localidad que no creía en sus relatos. La Virgen se presentó como la Inmaculada Concepción, lo cual era muy difícil de saber por Bernadette, pues sólo hacía cuatro años que se había aprobado el dogma. Junto a esto, lo más significativo fue la aparición de un manantial por indicación de Nuestra Señora, del cual mana un agua que, desde el principio, ha sido instrumento para infinidad de curaciones, muchas de ellas reconocidas como milagros por la Iglesia. María, en Lourdes, se nos manifiesta como la Inmaculada Concepción y como salud de los enfermos. De los enfermos del cuerpo y del alma, pues no sólo salen curados los que van con heridas físicas sino también los que llevan la huella del pecado, en parte gracias al testimonio de caridad que dan los cientos de voluntarios que asisten allí a los enfermos. El ambiente sobrenatural envuelve todo el santuario, sin que logren contaminarlo los inevitables comercios que lo rodean. Ese ambiente religioso, fruto de la presencia de María, es un gran regalo para todos aquellos que acuden a ese lugar tan especial, tan de Dios, tan de la Virgen.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos regaló la intercesión de María como salud de los enfermos y como consuelo de todos los afligidos. Volver a meditar sobre lo que significa el dogma de la Inmaculada.
 
 
 
Tercera semana
 
Aparición en Fátima.
 
La Virgen se apareció en Fátima entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. De los tres niños que recibieron el don de ver a María, dos de ellos han sido ya beatificados (Francisco y Jacinta) y la tercera (Lucía) está en proceso de beatificación, debido a lo reciente de su muerte (2005). La Virgen quiso dar, en Fátima, un claro mensaje a la Iglesia y al mundo: el futuro va a ser desastroso, pero es posible modificarlo mediante la oración, la penitencia y la conversión. Es, pues, un mensaje de esperanza y no de temor. Por eso, María insiste en que deben cumplirse determinadas condiciones para que los desastres que el propio hombre provoca se vean paliados. Una de esas condiciones, reiterada por María y recordada con tesón por Sor Lucía, es la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María y la comunión reparadora de los primeros sábados. Los videntes recibieron tres “secretos”: el fin de la primera guerra mundial que estaba en curso en ese momento y el estallido de una aún peor, como de hecho ocurrió; la necesidad de la oración y la consagración del mundo para la conversión de Rusia –la Unión Soviética desapareció en 1990, precisamente tras la consagración del mundo hecha por Juan Pablo II siguiendo las indicaciones de la Virgen-; el atentado mortal contra un Papa, que se cumplió precisamente el día de la Virgen de Fátima, en 1981, en la persona de Juan Pablo II y que fue evitado, como el propio Pontífice reconoció, por intercesión de María. Las apariciones de Fátima son, de una manera muy especial, apariciones de esperanza. Ante el sufrimiento que padece la humanidad, provocado por los propios hombres, Nuestra Señora advierte a los fieles católicos que no deben desesperar ni dejar de confiar en la misericordia divina. Dios no abandona a su pueblo y éste debe mantenerse unido a él en medio de las pruebas, precisamente para que esas pruebas no les destruyan. Además, la oración y la unión con el Señor en la Eucaristía, sirven para modificar el curso de la historia, pues los cristianos nunca hemos creído en el destino y sabemos que lo que nos ocurre está relacionado con nuestras propias obras.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios que nos advierte, a través de María, que el futuro del mundo y el nuestro están en nuestras manos y no en manos de un destino inexorable. Escuchar el mensaje de Fátima, de conversión y penitencia.
 
 
 
Cuarta semana
 
Aparición en Ámsterdam.
 
Las apariciones de la Virgen en Ámsterdam son muy especiales y están relacionadas, como las de Fátima, con la advertencia de grandes calamidades, pero también con la necesidad de la aprobación de un nuevo dogma mariano. Han sido aprobadas por la Iglesia como verdaderas y por eso las recojo aquí. Tuvieron lugar durante un lapso muy prolongado de tiempo, entre 1945 y 1959, y la receptora fue Ida Peerdeman, que falleció en 1996, poco después de ver cómo la Iglesia daba el visto bueno a sus relatos. En esas apariciones, la Virgen se presenta como “Nuestra Señora de todos los pueblos” y enseña una oración pidiendo el don del Espíritu Santo para que las naciones sean preservadas “de la corrupción, de las calamidades y de la guerra”. El dogma que pide que se apruebe –y que según anunció será aprobado un 31 de mayo- es el último y definitivo que a ella le afecta. Si los cuatro ya aprobados hacen referencia a su propia persona, éste se centra en su misión. María habla a la vidente de sí misma como “corredentora, mediadora y abogada”. No son títulos nuevos y la teología católica no tiene dificultad alguna en aceptar esa tarea de María, como ha reconocido durante siglos la piedad popular y tantos teólogos y santos. María es corredentora porque, con su sufrimiento, colaboró en la redención llevada a cabo por su divino Hijo con el derramamiento de su sangre; pero esa labor corredentora no es exclusiva de ella, pues todos estamos llamados a serlo, uniendo nuestras cruces a la de Cristo en el sacrificio eucarístico. María es mediadora porque interviene ante el Señor para conseguirnos la fuerza de la gracia que nos ayude a vencer las tentaciones y el don de la misericordia para el perdón de nuestros pecados. Es abogada nuestra por el mismo motivo y porque así se lo encomendó particularmente Jesús, como, por otro lado, ya llevó a cabo en vida, tal y como se puso de manifiesto en las bodas de Caná. Las apariciones de Ámsterdam son, pues, de un carácter extraordinario por su contenido teológico. Por desgracia, Holanda –en general- no sólo no las acogió sino que se convirtió en el centro de la crisis posconciliar, que después sería transmitida a otras naciones. Por eso allí se había aparecido la Virgen –y porque fue la ciudad del milagro eucarístico de 1345-, para fortalecer la fe en el sitio donde se iba a librar la primera batalla del secularismo.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios que nos haga saber que nuestro camino es el de la paz entre todos los pueblos, por la cual tenemos que rezar y trabajar. Rezar y trabajar también para que se apruebe el quinto dogma mariano.






La Virgen María. VI Mayo de 2009
Hemos meditado ya, en los meses pasados, sobre lo que la jerarquía de la Iglesia enseña acerca de la Virgen, con los dogmas. También lo hemos hecho sobre lo que el pueblo de Dios ha ido diciendo de su Madre, tal y como ha quedado plasmado en las Letanías. Este mes y el siguiente tendremos la ocasión de fijarnos en lo que la Virgen ha dicho de sí misma a través de las apariciones que la Iglesia ha reconocido como auténticas y que son más conocidas. Además de meditar sobre ello, podríamos, en la medida de nuestras posibilidades, acudir en peregrinación a los santuarios marianos que nos sean más accesibles.
                Primera semana
 
Aparición de El Pilar. Zaragoza. España
 
Zaragoza contiene en su seno el lugar donde la Madre de Dios se apareció al apóstol Santiago, el Zebedeo. Sería, pues, la primera aparición mariana, pues debió tener lugar antes del 25 de marzo del año 41 (curiosamente, el día de la encarnación del Señor), fecha en que Santiago fue decapitado por orden de Herodes Agripa. La Leyenda Áurea de Jacobus de Voragine nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas en la importante ciudad romana de Cesar Augusta (la antigua Zaragoza) y que sólo siete personas se convirtieron al cristianismo. Santiago, desanimado, se disponía a embarcar en el Ebro, hacia el mar, de regreso a su patria, cuando se le apareció Nuestra Señora sobre una columna y le pidió que no se rindiera y que siguiera predicando porque aquella había de ser su tierra propia, de la que surgirían tantos santos. El apóstol la obedeció y, efectivamente, de la mano de María lo que hasta el momento había resultado un fracaso se convirtió en un gran éxito, propagándose el cristianismo en España rápida y profundamente. El nombre de la advocación mariana procede de la forma en que se aparece la Virgen: sobre una columna, sobre un pilar. Este hecho, junto al mensaje que María transmite a Santiago, dotan de significado a la aparición. La Madre de Dios se presenta aquí como el punto de apoyo del apóstol cansado y nos invita a descansar en ella, a apoyarnos en ella para volver a empezar, para continuar en la lucha, para no rendirnos. María es la columna de la Iglesia, su pilar, su apoyo. Así ha sido desde los orígenes y así lo testimonian todos los que han encontrado en ella, durante todos estos siglos, la fuerza para seguir el camino de Cristo, hasta dar la vida si hace falta, como le pasó a Santiago.
 
Propósito: Agradecer a Dios que ha puesto a María como “pilar”, como apoyo donde encontrar el descanso, el consuelo que necesitamos. No para quedarnos eternamente sentados y descansando, sino para recuperar fuerzas y seguir trabajando por Cristo y por el Evangelio.
 
 
 
Segunda semana
 
Aparición de Walsingham. Inglaterra
 
Las apariciones de la Virgen en Inglaterra comenzaron en 1061. Por tres veces Nuestra Señora se hizo presente a Lady Richeldis de Faverches, una viuda quien vivía en una mansión en Walsingham. En estas visiones, María le mostraba a Lady de Farverches la casa en Nazaret y le pedía que construyera una replica de esa casa dedicada a la Anunciación y la Encarnación. La Virgen prometió que todos los necesitados que acudieran allí recibirían socorro. La iglesia de Walsingham fue, desde entonces, un famoso santuario mariano al que acudían peregrinos de toda Europa. El propio Enrique VIII lo visitó tres veces, pero cuando rompió con la Iglesia ordenó la destrucción de los santuarios católicos, incluido éste. La propia imagen de la Virgen fue quemada. Sin embargo, un pequeño oratorio situado cerca se salvó y allí se mantuvo viva la devoción a María, hasta que en 1920 pudo ser reconstruida la iglesia. La enseñanza de Walsingham es doble; por un lado, la que María transmitió a Lady Richeldis: que junto a ella encontrarían consuelo todos los afligidos; por otro, que la fe verdadera no puede ser extirpada nunca y termina por resurgir de las cenizas provocadas por el pecado y el odio.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos permite mantener la esperanza en medio de las persecuciones y de las circunstancias más adversas y que nos envía a la Virgen para que nos sirva de consuelo en esos momentos.
 
 
 
Tercera semana
 
Aparición de Prouille. Francia
 
En 1208, el español Santo Domingo de Guzmán se encontraba rezando en el pueblo francés de Prouille, a donde le había llevado su lucha contra los herejes albigenses. María se le apareció y le dio el Rosario, pidiéndole que difundiera esa forma de oración en todo el mundo, que sería muy útil para acercar las almas a su divino Hijo y para vencer a la herejía. Los dominicos, fundados por Santo Domingo, fueron desde entonces los grandes difusores del rezo del Rosario, un tipo de oración que ha producido los abundantes frutos que prometiera la Virgen. Está claro que el rezo de esta oración no es la única manera de relacionarse con María, de orar a María, pero la verdad es que no se ha encontrado un método mejor y que los que no lo rezan terminan por no tener una relación frecuente y habitual con la Virgen, a no ser la de dirigirse a ella sólo para pedirle cosas. Tenemos que darle gracias a Dios, y a María, por esta aparición que nos dejó un tesoro tan grande. Recientemente, a partir de 1983, tuvieron lugar nuevas apariciones de María bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Ocurrieron en la ciudad argentina de San Nicolás y la vidente fue Gladis Quiroga. La Iglesia no se ha pronunciado sobre su veracidad, pero permite el culto en un gran santuario construido a propósito. En estas apariciones, entre otras cosas, Nuestra Señora insta a rezar el Rosario como un medio para hacer frente a los sufrimientos que está pasando la Iglesia y la familia. Todos los 25, pero en especial el 25 de septiembre, grandes multitudes se reúnen en la ciudad argentina para venerar a María..
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios que, a través del Rosario, nos haya dado y nos siga dando tantas gracias espirituales. Aprovechar esta semana para profundizar en las meditaciones de los misterios del Rosario al rezarlos.
 
 
 
Cuarta semana
 
Aparición de Aylesford. Inglaterra
 
La Orden del Carmen había sido fundada por un grupo de cruzados que decidieron llevar vida eremítica y a la vez conventual en el monte Carmelo, en Palestina. Algunos años después, el 16 de julio de 1251, el que sería su sexto superior general, San Simón Stock se encontraba en Aylesford, cerca de Londres, rezando y pidiéndole ayuda a la Virgen ante las dificultades que atravesaba la Orden. Ella se le apareció, ofreciéndole el escapulario y prometiendo su protección a quien lo llevase durante su vida y en la hora de su muerte. Muy poco después, el 13 de enero de 1252, el Papa Inocencio IV emite la Bula "Ex parte dilectorum" donde defiende a los carmelitas en este tema. No sólo son numerosísimos e importantes los santos de la orden carmelitana, sino que la devoción a la Virgen del Carmen ha hecho un bien inmenso al pueblo de Dios. María se nos muestra como la abogada defensora ante el Padre, la que luchará por nosotros para lograr nuestra salvación, lo cual es un motivo más de agradecimiento. ¿Cabe siquiera pensar que Nuestra Señora dejará de ayudar a quien se ha dirigido a ella todos los días de su vida diciéndole “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” o a quien la ha llevado en su cuello, con el escapulario, toda la vida como una expresión de su amor por ella?.
 
 
Propósito: Démosle gracias a Dios por la protección de María, auxilio de los cristianos, refugio de los pecadores y puerta del cielo, que a través de la advocación del Carmen nos proporciona tantas gracias espirituales. Aprovechemos para visitar algún carmelo, sobre todo de monjas, que son auténticos pedazos de cielo en la tierra.
 
 
 
 
Quinta semana
 
Aparición de Guadalupe. México
 
Hacía poco que los españoles habían conquistado México. La evangelización avanzaba muy lentamente, en parte porque los aztecas eran reacios a adoptar la religión del pueblo que les había conquistado. Pocos eran los que habían comenzado a instruirse en la fe cristiana. Entre ellos estaba un nativo, Cuauhtlatóhuac, tejedor de petates que se había bautizado en 1526, a los 52 años, y había recibido el nombre de Juan Diego. Apenas cinco años después de su bautismo, el 9 de diciembre de 1531, al cruzar el cerro del Tepeyac, paso obligado entre su casa y la iglesia de Santiago de Tlatelolco a donde solía acudir, oyó en la parte alta del cerri­llo un canto que le pareció de pájaros. Alzando la vista vio una nube blanca, resplandeciente y en su contorno un arco iris que se formaba de los rayos de una gran luz que emergía del fondo de la nube. Cesó el canto de los pájaros. Se acercó y oyó una voz dulce y delicada que le llamaba por su nombre. Subió la pequeña cuesta y vio a una hermosí­sima joven que le decía que se acercase. Le habló en el idioma nahua y tras presentarse como “la que pisa la cabeza de la serpiente” (pronunciado en nahua suena como Guadalupe y por eso el obispo, al oírlo, pensó que era una aparición de la Virgen de su tierra, Extremadura), le encargó que fuese a ver al obispo y le pidiese que se edificase allí un templo en su honor, donde “como Madre piadosa tuya y de tus seme­jantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los natu­rales, de aquellos que me buscan y aman y de todos los que soliciten mi protección o me invoquen en sus trabajos o aflicciones. Y donde enjugaré las lágrimas y oiré sus ruegos para darles consuelo y alivio”. Ante la desconfianza del obispo, que pide una prueba, la Virgen le encarga que recoja en su “tilma” (túnica a modo de poncho que llevaban los indígenas) unas rosas que crecían en lo alto del cerro a pesar de no ser temporada. Pero antes, estando preocupado el indio por la salud de un familiar, María le tranquiliza y le dice: “no te aflijas por ninguna cosa, ni temas enfermedad alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿tienes necesidad de otra cosa?”. Juan Diego cumplió el encargo de la Virgen y llevó al obispo la tilma con las rosas. Al descubrirlas ante él, quedó de manifiesto la pintura que había quedado impresa en el tejido. El obispo, maravillado, la llevó a su oratorio y rezó ante ella toda la noche. Al día siguiente ordenó edificar una ermita en el lugar de las apariciones, a donde se trasladó a vivir Juan Diego como sacristán hasta el final de su vida. La suerte del cristianismo cambió en México desde ese momento y las conversiones fueron numerosísimas, hasta el punto de que en poco tiempo casi todo el país era ya cristiano. Los indios de las diferentes tribus ya no veían la nueva religión como propia de los extranjeros, sino como algo de ellos, pues María, hablando en su idioma, se le había aparecido a uno de los suyos. Esa es una de las lecciones de Guadalupe: la de que el cristianismo mantiene lo esencial en todos los sitios y se adapta, en el resto de las cosas, a las diferentes culturas. Pero la gran lección está en la solicitud maternal de la Virgen, en esa frase que le dirige al indio –hoy ya canonizado- y que es tan parecida a la que le había dirigido a Santiago Apóstol siglos antes en la España de donde procedían los conquistadores: “No tengas miedo, aquí estoy yo que soy tu Madre”. La Virgen de Guadalupe –una imagen embarazada, curiosamente- es la Virgen de la esperanza para todos los que sufren, es el consuelo de los afligidos y el auxilio de los cristianos. Por eso el pueblo la ama tanto. Es una de ellos, de su raza, de su estirpe. Es, como ellos, alguien que sabe lo que es sufrir y llorar y, precisamente por eso, es alguien que se dedica a consolar a los que sufren y lloran. Es también la que pisa la cabeza de la serpiente, del demonio, lo cual hace esta aparición especialmente importante en una época como la nuestra, la del relativismo, en la que la serpiente vuelve a invitar al hombre a que coma el fruto del árbol del bien y del mal para ser como dioses.
 
 
Propósito: Agradezcámosle a Dios que nos haya regalado a María como Madre nuestra, como nuestro permanente auxilio, y pongámonos bajo las órdenes de nuestra capitana para que ella nos dirija en la lucha contra el enemigo de dios y de los hombres.






La Virgen María. V Marzo de 2009
Seguimos meditando, en este mes, algunas de esas expresiones que el pueblo de Dios ha elaborado a lo largo de los siglos para referirse a la Santísima Virgen María. A través de ellas no sólo conocemos mejor a Nuestra Señora, sino que podemos agradecerle a Dios el don que Ella representa para nosotros y podemos imitarla.
                Primera semana
 
Madre de los pobres.
 
Hemos visto ya a María como “espejo de justicia” y, al hacerlo, nos hemos parado a meditar sobre las palabras recogidas en el Magníficat, aquellas en las que habla de la justicia de Dios que “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”. Pero ella no sólo enseña esto, sino que, ante todo, lo hace. Ella, en primer lugar, es pobre –hoy habría que traducir esa palabra por austero- y lo es porque nace en un ambiente sin lujos y porque elige vivir así, renunciando a todo aquello que fuera superfluo, innecesario. María, como ama de casa, como esposa de un profesional que tiene que trabajar para vivir y madre de otro –Jesús fue durante la mayor parte de su vida un obrero manual, como José-, conoce lo que es la austeridad y la vive con alegría. Si algo sobraba en el hogar de Nazaret era dado enseguida para socorrer a los que estaban peor, bien fueran de la propia familia o se tratara de extraños. La pobreza de María –la elección de una austeridad que rechazaba gastar más de lo necesario- es lo que la convirtió en Madre de los pobres. Claro que esta maternidad no lo era en primer lugar por las limosnas materiales que la Virgen daba, sino por el gran regalo que nos ha dado a todos, pobres espirituales, y que fue el don de su propio Hijo. Por eso ella es, sin duda, la Madre de los pobres, la que, amando a todos, tiene en su corazón de una manera preferente –no excluyente- a todos los que no conocen a Dios –los más pobres de los pobres-, a todos los que sufren, y en particular a los que carecen de lo más básico para vivir. Conviene insistir en la precisión del concepto de pobreza, debido a la manipulación que acerca de este término se ha producido en los últimos años. Ante todo y en primer lugar, pobres son los que no tienen lo mínimo para vivir con dignidad, que están sin trabajo, que carecen de una vivienda digna. Pero no sólo ellos merecen ese apelativo -y, por lo tanto, la protección especial de María-. ¿No son pobres, acaso, los niños que no van a poder nacer porque sus padres han decidido matarlos mediante el aborto? ¿No son pobres los ancianos abandonados que llenan las ciudades del mundo occidental? ¿No lo son todos aquellos que sufren las consecuencias de las rupturas familiares? ¿O aquellos otros que viven en países carentes de libertad, de seguridad, de justicia? Hay millones de pobres, porque la pobreza tiene muchos rostros. De todos ellos, María es la madre a la que acudir en busca de ayuda. Y a la que imitar, pues no hay que olvidar que ella fue “uno de los nuestros”: pobre entre los pobres, rica en unión con Dios, de la cual sacó siempre la fuerza para que su pobreza no la hiriera el alma, para que fuera sólo externa y no interna. Démosle gracias a Dios por la protección de María y por su ejemplo.
 
Propósito: Agradecer a Dios que ha puesto a María como permanente auxiliadora de todos los que sufren y que nos muestra el camino de la verdadera caridad, porque lo que hacemos al más pequeño a Él, a Cristo, se lo hacemos.
 
 
 
Segunda semana
 
Rosa mística.
 
Me gusta mucho esta letanía, por lo que significa. La rosa mística es una planta del desierto que se deshace en gajos, cada uno de los cuales es capaz de generar una nueva planta. María es esta flor del desierto en tanto que, en cada uno de los que la amamos, ella vuelve a la tierra no de una forma real sino espiritual, mística. Cada uno de nosotros, los “hijos de María”, los miembros de su “ejército” pacífico, estamos llamados a ser como ella, a imitarla, a prestarle nuestro tiempo, nuestra vida, todo lo que tenemos y somos para que ella esté de nuevo espiritualmente presente en el mundo. Cristo –que está en la Eucaristía, en los pobres, en la jerarquía de la Iglesia- necesita siempre a su Madre. Es un “niño perdido” que la busca. Es el ajusticiado del Calvario que recorre con la mirada las filas de espectadores para encontrar en alguien como ella el apoyo que necesita. Nosotros somos los gajos, los pétalos de la rosa mística cuando, al imitar a María, socorremos a Jesús, consolamos a Jesús, amamos a Jesús. ¡Qué honor, qué responsabilidad, qué gran regalo haber sido convocados a esta vocación de ser “otras María”, de permitir que ella actúe a través nuestro para seguir ejerciendo en la tierra su sagrada misión de Madre del Hijo de Dios! Gracias por ello, Señor.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos permite el gran honor de ser “otras María”, de imitar a su Madre, de intentar, con la divina gracia, parecernos a ella. Y uno de los puntos en los que tenemos que esforzarnos es en amar al propio Cristo como le amó María.
 
 
 
Tercera semana
 
Casa de oro.
 
Esta letanía, junto a la de Templo del Espíritu Santo, nos habla de una vocación que los primeros cristianos tenían muy clara y que estamos olvidando: nuestro cuerpo es un sagrario en el que habita Dios, o en el que debería habitar siempre Dios, cosa que hace cuando estamos en gracia. A Dios no le importa demasiado la materia del sagrario –podemos ser viejos o jóvenes, guapos o feos, sanos o enfermos-, pero sí le importa el espíritu. Éste tiene que ser de oro, como merece el que va a morar en él. Seguramente que esta misión –que María, la Inmaculada, llevó a cabo de una manera perfecta- nos parece tarea imposible, pues nosotros somos, por desgracia, pecadores. Pero no lo resulta tanto si tenemos en cuenta un gran don que el mismo Dios nos ha concedido: el del perdón de nuestros pecados en el sacramento de la confesión. Por él, nuestro barro espiritual se convierte en el más fino oro y Dios vuelve a habitar gozoso en nuestra casa. El amor de Dios, en cada confesión, nos “inmaculatiza”, nos limpia, nos vuelve dignos de recibirle a Él. Así, ya que confesamos que María es la casa de oro en la que, gozoso, habita Dios y que es el templo en el que mora la Santísima Trinidad, imitémosla. Y si alguna vez nuestro oro se ha convertido en lodo, que el perdón recibido en el sacramento sea la piedra filosofal que buscaban los antiguos y que transforma en oro todo lo que toca.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios que, como hizo con María, nos haya elegido para habitar en nuestra casa, lo cual sucede cuando estamos en gracia de Dios y, de forma especial, cuando comulgamos.
 
 
 
Cuarta semana
 
María, Reina.
 
María, Reina. Es un título que le damos con gusto porque se lo merece. Reina coronada por la Santísima Trinidad. Reina en la tierra y en el cielo. Reina de todos aquellos que la amamos y que tanto la debemos. Reina, como dicen las letanías, de los apóstoles y evangelizadores, de los mártires y confesores, de las vírgenes y de todos los santos. Reina de la familia. Reina de la Paz. Reina de todo lo creado. Reina de ese mundo perfecto –el Reino- que algún día veremos y en el que ella brillará como la mejor joya de la corona de Dios. Pero, ¿es imitable ese título, atribuido con razón a nuestra Madre, o se trata de algo destinado sólo a ser contemplado? Es, efectivamente, imitable porque cada uno de los apelativos implica que ella es eso, que ella es apóstol, mártir –del alma-, virgen, confesora –de la fe-, evangelizadora, santa, trabajadora infatigable por la paz y defensora de la familia. Por lo tanto, al proclamarla reina de todo ello, y siendo como somos sus imitadores, estamos diciendo que debemos ser evangelizadores, mártires –si hiciera falta-, castos, testigos del amor de Dios, pacíficos y pacificadores, santos y defensores de la familia y de la naturaleza. Ella, como modelo perfecto de cada uno de esos títulos, nos puede ayudar con su ejemplo y su mediación a conseguirlo. Deo gratias..
 
 
Propósito: Démosle gracias a Dios porque María es nuestra Reina. Una Reina que reina al lado de Cristo, el Rey. Justo un escalón por debajo de Él, pues Él es Dios. Pero que está allí siempre para interceder por nosotros.
 
 
 
 
Quinta semana
 
Reina de la paz.
 
De entre todas las letanía en las que aplicamos a María el título de Reina, y que en su conjunto hemos meditado la semana pasada, conviene destacar una en especial: Reina de la paz. Y eso porque la paz es uno de los grandes dones que Dios da a los hombres y cuando no se tiene ese don es cuando más cuenta nos damos de lo importante que es. Pero la paz de Cristo es, ante todo, la paz que procede del interior del corazón, la paz de una conciencia que es honesta, que es fiel a las enseñanzas de Dios, que no manipula la verdad para adaptarla a sus conveniencias. La paz de Cristo es la que brota de la justicia y la que se ama con la caridad y busca en todo momento la unidad. La paz de Cristo es aquella que sabe discernir lo que es importante de lo que no lo es tanto, estando dispuesto a ceder en todo lo que no es esencial con tal de conservar la armonía. María es un ejemplo de todo ello y es la que lucha incansablemente por poner en nuestro corazón el don de la paz..
 
 
Propósito: Agradezcámosle a Dios el don de la paz, que nos viene por mediación de María. Oremos incansablemente por ella, por el fin del terrorismo. Trabajemos, como María, por la paz, usando las armas de la paz.






La Virgen María. IV Febrero de 2009
Seguimos meditando, en este mes, algunas de esas expresiones que el pueblo de Dios ha elaborado a lo largo de los siglos para referirse a la Santísima Virgen María. A través de ellas no sólo conocemos mejor a Nuestra Señora, sino que podemos agradecerle a Dios el don que Ella representa para nosotros y podemos imitarla.
                Primera semana
 
Trono de sabiduría.
 
¿Por qué el pueblo de Dios aplicó a María este título? ¿Acaso fue ella una de esas mujeres –pocas- de la antigüedad versadas en ciencias profanas o en ritos mágicos y misteriosos? Que sepamos, sus conocimientos no pasaban de los más elementales, los mismos que tenían las mujeres judías de su época. Se puede decir de ella que poseía la sabiduría que dan los años, como sin duda ocurrió. Pero, incluso en este caso, ¿es esa la sabiduría que se recuerda al pronunciar esta letanía? Creo que no. Hay otro tipo de saber y otro tipo de sabiduría, que no se aprende en las universidades y que ni siquiera se recibe en la gran escuela de la vida. Me refiero a la verdadera sabiduría, la que tienen los santos, la que poseen aquellos que aman. Porque sólo el amor nos permite conocer lo profundo de las cosas y de las personas. Sólo el que ama es capaz de acercarse al prójimo y a las situaciones más dispares de la vida con la mirada limpia, sin pretender nada. Es esa pureza la que le permite captar la realidad tal y como es, sin la distorsión que produce el egoísmo. Sólo el que ama sabe y sólo el que sabe ama. Por eso Dios tiene la plenitud de la sabiduría, porque Dios es amor. Por eso Cristo dijo que Él era la verdad, porque era la plenitud del amor. Por eso a María sus hijos la han considerado siempre un “trono de sabiduría”, una fuente no de conocimientos que pasan sino de esos otros que no caducan nunca. Aprendamos de ella a dar valor a las cosas que de verdad importan: Dios, la familia, la amistad, la paz interior, la belleza, la naturaleza, una vida sana y equilibrada. Saber que ahí está la felicidad es saber lo más importante. Y, sabiéndolo, lo que tenemos que hacer es poner todo el empeño en conseguirlo, en imitar a María.
 
Propósito: Agradecer a Dios por haber escondido la verdadera sabiduría a los sabios y entendidos y haberla revelado a la gente sencilla, como María. E imitarla a ella, para que nuestra sabiduría sea auténtica.
 
 
 
Segunda semana
 
Causa de nuestra alegría.
 
No cabe duda de que con esta letanía, los fieles se dirigen a María pensando en que gracias a ella fue posible la encarnación del Hijo de Dios y, por lo tanto, la redención. Nuestra alegría más profunda proviene de saber que hay vida después de la muerte y que en esa otra vida podemos disfrutar de la compañía de Dios y de la de aquellos que nos han precedido. Procede también de estar seguros de que Dios, el juez de todos, es a la vez la misericordia infinita, que nos ha amado tanto que ha derramado su sangre para salvarnos. Pero, si la causa última de nuestra alegría es la redención que Cristo nos ofrece, eso ha sido posible porque una mujer, la Virgen María, le dijo su “sí” confiado al Todopoderoso cuando éste, por intermedio del ángel, solicitó de ella convertirse en la Madre del Salvador. Con un título parecido a éste se le llama también “puerta del cielo”, pues en verdad ella fue la puerta por la que entró el cielo en la tierra y ella es la que nos abre, con su intercesión, la puerta del cielo. Nuestra alegría es, de este modo, completa y la intermediara es siempre María: lo fue en el inicio –permitiendo el nacimiento de Cristo- y lo será en el final, cuando abogue por nosotros ante el trono de Dios. Por otro lado, estas dos letanías nos invitan a imitar a nuestra Madre siendo nosotros para los demás lo que ella es para nosotros: causa de alegría –porque evangelizamos, porque contribuimos a que Dios llegue al otro- y puerta del cielo –porque con nuestras oraciones intercedemos por ellos y porque con nuestras obras les ayudamos a estar en el camino de la santidad-. Que así sea.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios por la existencia de María, pues por ella nos vino el Redentor, Cristo, y por ella nos vienen múltiples gracias que nos consigue con su intercesión. Y ser nosotros causa de alegría para los demás, como ella lo fue y lo sigue siendo.
 
 
 
Tercera semana
 
Modelo de unidad.
 
Es una letanía poco utilizada, pero que convendría no olvidarla, sobre todo en una época como la nuestra. María es modelo de unidad en tanto que ella la vive con respecto a Dios, a su divino Hijo. Ella está unida al Uno, a la Trinidad. Su unión personal con Dios es la raíz de su fuerza, de su capacidad asombrosa para no derrumbarse en los terribles avatares que le tocó pasar. Pero ella es también creadora de unidad en tanto que, como Madre, procura que ese sea el sentimiento que reine entre sus hijos. Cualquier madre, cualquier buena madre, está siempre sembrando semillas de unidad y no de cizaña; no se dedica a criticar a nadie a sus espaldas, a malmeter a unos contra otros. Por el contrario, lleva a cabo siempre aquello tan hermoso que San Pablo dejó escrito en la carta a los Corintios: “La caridad todo lo cree, todo lo espera, todo lo excusa, todo lo tolera, no lleva en cuenta el mal, es paciente, es benigna…” Lo hace no a base de decir que el mal es bien, sino a base de destacar el bien que existe, de ayudar a cada uno a que se dé cuenta de lo bueno que tiene el contrario, de hacer ver los atenuantes que existen siempre. María es la Madre que goza al ver que sus hijos se llevan bien entre ellos y que lucha por conseguir esa unidad en la familia, en la Iglesia. Es, seguramente, la que mejor entendió y practicó aquella petición hecha por Cristo al Padre poco antes de salir hacia el huerto de los Olivos: “Padre, que todos sean uno, como tú y yo, a fin de que todos crean”. María es la que construye la unidad en la Iglesia a base de llevarnos a todos hacia el Uno, hacia Dios, y hacia su vicario en la tierra, el Papa, porque sólo en torno a ellos –Cristo y el Papa- se puede conseguir esa unidad, que es ya una prenda en la tierra de la vida que disfrutaremos en el cielo.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios el modelo de unidad, de trabajadora por la unidad, que nos da María. Ella es la Madre que intenta que sus hijos se lleven bien, que resalta la parte positiva que tiene cada uno, que siembra paz y no cizaña. E intentemos hacer nosotros lo mismo.
 
 
 
Cuarta semana
 
Modelo de agradecimiento.
 
He hablado de la pureza de María, ligada a la interpretación popular del dogma de la Inmaculada Concepción, como la ausencia en ella de todo pecado y no sólo el original. Su pureza incluía, por supuesto, la castidad, pero iba más allá de ella, pues se puede ser casto y soberbio, por ejemplo. La pureza de María no consistió sólo en no hacer el mal, sino que, además, pasó –como su Hijo- haciendo el bien. Pero esta pureza, del alma y del cuerpo, residió también en la forma en que ella se relacionó con Dios. En María no se percibe una espiritualidad basada en el temor –“tengo que hacer esto porque si no me van a castigar”-, ni tampoco en el interés –“voy a hacer esto para que Dios me recompense”-. Ella era sólo amor y por eso sólo cabía en ella la gratitud. No hay otro motivo más que ése en su “sí” a Dios, desde Nazaret al Gólgota. Por eso, con razón, se le ha llamado la “mujer de la Eucaristía”, pues no sólo adoró a su Hijo en el sacramento eucarístico, sino que vivió con Dios una relación, una espiritualidad, plenamente eucarística, de acción de gracias. Incluso en los peores momentos de su vida, cuando desde un punto de vista humano podía tener motivos para quejarse de Dios –en la enorme pobreza de Belén o en la tortura del Calvario-, ella fue también “acción de gracias” y supo sacar fuerzas para esos malos momentos de la evocación de tantos otros buenos que ella, mujer sabia y prudente, había atesorado “meditándolos en su corazón”. Démosle gracias a Dios por el ejemplo eucarístico de María. Démosle gracias por que viéndola a ella podemos aprender cómo tenemos que vivir la pureza, cómo tenemos que ser siempre y sólo una acción de gracias, una “eucaristía” viva. Incluso en los peores momentos.
 
 
Propósito: Démosle gracias a Dios porque nos ha enseñado a darle gracias y nos lo ha enseñado a través de la Purísima, de María. El agradecimiento es el corazón del Evangelio, su último objetivo, y en eso María es la primera Maestra.






La Virgen María. III Enero de 2009
Seguimos meditando, en este mes, algunas de esas expresiones que el pueblo de Dios ha elaborado a lo largo de los siglos para referirse a la Santísima Virgen María. A través de ellas no sólo conocemos mejor a Nuestra Señora, sino que podemos agradecerle a Dios el don que Ella representa para nosotros y podemos imitarla.
               Primera semana
 
Virgen clemente.
 
María se nos muestra, en su relación con nosotros, como la Virgen clemente. También la llamamos, con el mismo significado, con otros apelativos: salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consoladora de los afligidos, auxilio de los cristianos. La piedad popular ha querido reflejar, en estos títulos, la experiencia de protección que siempre ha tenido al relacionarse con María. Una protección singular, pues siempre la ha sentido como no merecida, lo cual es precisamente lo que la vuelve más valiosa. Amar al amable, amar al bueno, incluso cuidar y defender al inocente, entra dentro de la lógica humana. En cambio, el cristiano sabe que puede acudir a María sin que importen sus méritos, sus pecados, sus miserias. Ella no te atiende en función de tu grado de santidad, sino en función de su amor maternal y del encargo recibido de su Hijo. ¿Cómo agradecer tanto amor, a Dios y a la propia Virgen María? ¿Quizá siendo buenos, siendo los mejores hijos que se pueda uno imaginar? Ella se lo merece todo, precisamente por ese amor incondicional, por la seguridad que nos brinda de que, seamos lo que seamos, siempre habrá alguien que nos seguirá queriendo..
 
Propósito: Agradecer a Dios por su Divina Misericordia y por la misericordia que María tiene hacia nosotros, pues a pesar de lo que ofendemos a su Hijo ella sigue queriéndonos como a sus hijos.
 
 
 
               Segunda semana
 
Virgen humilde.
 
¿Qué es la humildad? Santa Teresa la definía como “andar en verdad” o, lo que es lo mismo, reconocer a Dios como el principal protagonista del bien que hacemos. En ese sentido, nadie es, realmente, más humilde que María. En el Magníficat, al que volveremos más adelante, ella no oculta la grandeza de lo que está sucediendo gracias a su intervención en la historia, pero le atribuye a Dios todo el mérito. Su “proclama mi alma la grandeza del Señor”, seguido del “porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” es la mejor manifestación posible de humildad, al estilo que, siglos después, definirá Santa Teresa. María hace obras grandes –ser la Madre de Dios y la corredentora, entre otras cosas-, pero ella no oculta a nadie ni se oculta a sí misma quién es el verdadero artífice de las mismas: Dios, el Poderoso. Eso no significa que se conciba a sí misma como una marioneta sin responsabilidad y sin libertad. “Es el Señor quien lo ha hecho”, dice un salmo, y María hace suya esa expresión, porque cree en ella, aunque también sabe que su parte ha sido imprescindible a la hora de llevar a cabo las obras grandes de que habla. Ahora bien, la humildad de María va más allá y adquiere otros matices; por ejemplo, el del riesgo. Ser humilde no significa sólo atribuirle a Dios el principal mérito en el bien que se ha hecho, sino también correr el riesgo de que lo que se emprende no salga del todo bien y los demás se burlen del emprendedor. Claro que María siempre hizo la voluntad de Dios y sus aventuras fueron en pos de los mandatos divinos, pero no dejaba de correr un gran riesgo con ello. Así, para nosotros, la humildad de la Virgen se convierte, por un lado, en recordar que sin Dios no podemos hacer nada bueno y que casi todo es gracia, pero también en saber complicarnos la vida haciendo aquello que nos parece que Dios nos pide, aunque con la debida sensatez y prudencia. De ambas cosas es modelo María y estoy seguro de que la santa abulense pensó en ello tanto cuando hablaba de “andar en verdad” como cuando recorría los caminos de España para fundar monasterios y corría el riesgo de fracasar en su intento de fundar una nueva orden religiosa. Personalmente, no dejo de dar gracias por este ejemplo. Por último, otra faceta de la humildad de María, imprescindible e impresionante, consistió en aceptar sencillamente que ella no era Dios o, lo que es lo mismo, en aceptar que siendo ella una criatura humana no podía entender del todo los designios divinos e incluso que no tenía derecho a pedirle cuentas a su Creador. Conviene recordarlo especialmente en aquellos momentos en que las cosas no están yendo como quisiéramos; es entonces cuando nos vienen las dudas acerca del amor de Dios y de su divina Providencia; es entonces cuando no podemos evitar dirigirle a Dios la pregunta que el mismo Cristo lanzó al Padre desde la cruz –“¿Dios mío, por qué me has abandonado?”-, lo cual significa, por otro lado, que no está mal preguntar; el mal surge al contestarnos nosotros mismos a la pregunta con la respuesta de que Dios no existe o no es amor. María es la sierva de Dios que asume su papel y que, como el soldado en la batalla, obedece sin pedir al general explicaciones del por qué de esta o de aquella orden. ¿O es que no fue ese el título que ella misma se dio: la “esclava del Señor”? Imitemos, pues, a María en esa forma maravillosa y perfecta de vivir la humildad: atribuyéndole a Dios la parte principal del bien que hacemos, aceptando el riesgo del fracaso y del ridículo por hacer su voluntad y reafirmando nuestra fe en su amor mientras la noche se vuelve oscura a nuestro alrededor.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios el modelo que nos ofrece en María en lo concerniente a la humildad. Un modelo perfecto, que nos invita a reflexionar sobre cómo estamos viviendo esa virtud nosotros mismos.
 
 
 
               Tercera semana
 
Virgen fiel.
 
Es curioso que la piedad popular haya unido estos dos conceptos, el de virginidad y el de fidelidad. María es fiel manteniendo su virginidad. Es virgen porque la mantiene. Pero no sólo es fiel por eso. Su fidelidad tiene todos los matices del que persevera en medio de las mayores dificultades. Es una fidelidad puesta a prueba en la concepción virginal, en el difícil momento de tener que comunicar su embarazo a sus padres y a su futuro marido –José-, en la llegada a una Belén atestada de gente para encontrar un mísero refugio en el que dar a luz; es fiel durante los años de separación de Jesús que marcaron su vida pública y es fiel, también y sobre todo, a la hora de la muerte de su querido Hijo. La fidelidad de María es la del místico que, en plena noche oscura, no duda de que Dios sigue existiendo y sigue derramando sobre él su amor, por más que en ese momento él no lo vea ni lo sienta. María fue fiel al Padre, creyendo en Él siempre. Fue fiel a su Hijo, creyendo también en él, en su promesa de que había de resucitar al tercer día, y cuidando de él, dándole siempre el apoyo que necesitó. Fue fiel al Espíritu al mantener la virginidad que un día había prometido y al mantenerse sin pecado y, por lo tanto, en la plenitud de la santidad. Su fidelidad es un monumento puesto ante nuestros ojos para que, en cualquier circunstancia, lo veamos y sepamos cómo comportarnos. Gracias, Señor, por este modelo humano perfecto, el más perfecto después de tu Hijo.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios el modelo de fidelidad representado por María, pues sólo ella fue capaz entre todos los hombres de ser siempre fiel, por grandes que fueran las dificultades. E intentar imitarla.
 
 
 
               Cuarta semana
 
Espejo de justicia.
 
No podemos meditar sobre María sin tener en cuenta el Magníficat. Y, dentro de él, frases como “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos colma de bienes y a los ricos despide vacíos”. María es el verdadero modelo de justicia, el espejo en el que mirarnos para intentar parecernos a ella y repetir cada uno de sus rasgos. Su justicia fue, en primer lugar, para con el propio Dios, ya que sin hacerle justicia a Dios –al que debemos tanto- es imposible la justicia humana. La justicia para con Dios la llevó a asumir el concepto de deber; el deber de honrar, obedecer y amar a quien era su Creador, su Señor, su Salvador. El “fiat” de María, el “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, no eran, en el fondo, más que expresiones que manifestaban la profunda actitud de respeto y obediencia de una mujer que tenía bien claro quién era Dios y que deberes tenía ella para con Él. Fruto de esa justicia vino la justicia para con los hombres, que la llevó, mientras vivió en la tierra, a ser la voz de los necesitados –recordemos las bodas de Caná- y que la he hecho desde entonces la mejor defensora de todos los que sufren. Pero la justicia de la que María es modelo, es espejo, es una justicia perfecta, es decir, es una justicia pacífica. Ella no es la terrorista que asalta a un grupo de romanos a su paso por Galilea, ni la que llena de improperios a los colaboracionistas publicanos. Ella sabe que sólo con el amor se puede conseguir construir un mundo nuevo, un mundo justo, y que la vía del odio, de la violencia, lo más que puede aspirar es a sustituir una tiranía por otra. También por este modelo, por este espejo, debemos darle gracias a Dios, quizá más que por muchas otras cosas.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios que en María hayan triunfado los humildes y sencillos y hayan sido derribados los poderosos, que haya triunfado la justicia y los que lloran hayan sido consolados. E intentar hacer nosotros lo mismo: consolar al que sufre y ser la voz del oprimido.






La Virgen María. II Diciembre de 2008
Tras haber visto el mes pasado lo que la Iglesia enseña de la Virgen de modo indiscutible –no lo único que enseña-, es decir los dogmas marianos, me gustaría adentrarme en este y en los próximos meses en ese otro tipo de revelación que es la que el Espíritu Santo ha ido depositando en el sentir del pueblo de Dios. No son dogmas, pero sí son expresiones que han ido formándose a lo largo de los siglos y que reflejan muy bien lo que la gente sencilla siente y cree sobre su Madre, la siempre Virgen María. Me refiero a las letanías. Son de las oraciones más hermosas que conozco y de las que rezo con más deleite. Se puede decir que en ellas se expresa la tradición viva de la Iglesia en lo que respecta a Nuestra Señora. No todo está ahí, por supuesto, pero está lo principal, incluidos los dogmas antes señalados. Bastará con fijarnos en algunas de las oraciones que contiene para saber por qué, además de lo ya dicho, debemos dar gracias a Dios por María. Veamos algunas de ellas.
                Primera semana
 
Madre amable.
 
El concepto “amable” significa, etimológicamente, “digno o merecedor de ser amado”.No cabe duda de que María lo es. Y lo es, entre otras cosas, porque también se le puede aplicar la otra acepción de ese concepto: “persona simpática, afable, acogedora, educada, de buenas maneras y fácil trato”. María es amable porque en su relación con nosotros nos ofrece siempre un rostro acogedor, lleno de ternura. No tenemos la impresión, cuando acudimos a ella, de encontrarnos con una mirada llena de ira, por más que con frecuencia sea eso lo que merecemos. Ella es la amabilidad, la mano extendida que se acerca a nosotros cuando aún estamos derribados por el peso de nuestros pecados para levantarnos hacia la gracia. María es, sin duda, “la sonrisa de Dios”, “la caricia de Dios”, no en el sentido ontológico, pues ella no es Dios, sino en el sentido de representación, de enviada por Dios para, siendo nuestra madre como lo es suya, hacernos presente la ternura divina, la dimensión maternal de Dios. Démosle gracias al Señor por eso y démosle gracias también porque, al rezar esta letanía, nos hacemos conscientes –o deberíamos hacerlo así- de que también nosotros, como María, como Dios, tenemos que ser amables: dignos de ser amados y portadores ante los demás de la sonrisa y la ternura divina.
 
Propósito: Agradecer a Dios porque en María Él nos ha mostrado su “rostro materno”, su amabilidad, su ternura, al habérnosla dejado como Madre nuestra. E intentar imitar a la Virgen.
 
 
 
Segunda semana
 
Madre admirable.
 
Es otra de las letanías que rezamos y, no cabe duda, de que el pueblo ha expresado con ella la profunda admiración que la Virgen despertaba en él. Una admiración basada en todo su ser y en todo su hacer. ¿Cómo no admirar a la jovencita que dice “sí” al ángel corriendo tantos riesgos, muy en especial el de ser repudiada por un esposo con el que todavía no había convivido cuando éste se enterara de que estaba embarazada? ¿Cómo no admirar a la joven a punto de dar a luz que, tras un largo y fatigoso viaje, no encuentra un lugar digno para que nazca su hijo y, a pesar de eso, no se rebela contra Dios sino que acepta con humildad el misterio? ¿Cómo no admirar a la esposa enamorada de su marido que, no obstante, vive una castidad de consagración? ¿Cómo no admirar a la madre que sabe educar nada menos que al mismísimo Hijo de Dios? ¿Cómo no admirar y sentirse identificado con ella cuando la vemos, ya en su madurez, aceptando que el hijo vuele de casa para recorrer los caminos de la vida pública porque ya le había llegado la hora? ¿Cómo no contemplar con asombro a esa mujer que, en la soledad del hogar de Nazaret, confía en que Dios no abandonará al fruto de sus entrañas mientras a ella le llegan noticias contradictorias sobre sus andanzas, entre ellas las de los mil peligros que le acechan? ¿Cómo no admirarla, y caer de rodillas ante ella mudos de asombro, al verla de pie ante la cruz, sosteniendo a su divino Hijo con su fidelidad, su fe y su esperanza, mientras Él, Dios verdadero pero también verdadero hombre, apuraba la copa de la amargura y experimentaba el abandono del Padre? ¿Cómo no sorprenderse de su entereza cuando se la contempla sosteniendo entre sus brazos al Hijo muerto sin que una queja ni una protesta contra Dios, el Padre del Hijo común, salga de su boca? Su fe, su esperanza, su amor, su humildad, su entereza, su pureza, en fin todo en ella es admirable. Y es, también, imitable. O debería serlo. Por eso debemos darle gracias a Dios por este ejemplo perfecto de modelo humano que nos ha regalado al crear a una criatura como María.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios el modelo que nos ofrece en María y, para hacerlo mejor, recordar aquellos momentos de la vida de la Virgen que más nos impresionan. E intentar imitarlos.
 
 
 
Tercera semana
 
Madre del Buen Consejo.
 
María es, efectivamente, la Madre del Buen Consejo, la que siempre nos orienta hacia Dios, hacia la paz, hacia la reconciliación, hacia el amor. Si hacemos de ella nuestra consejera y, sobre todo, si procuramos que nuestros pasos sigan los suyos, no nos extraviaremos en el camino de la vida. Además, y éste es siempre su principal consejo, oiremos continuamente de sus labios una invitación a seguir a su Hijo, a amar a su Hijo, a adorar sólo a su Hijo. ¿Cómo pueden rechazarla a ella los que dicen amar a Jesús si ella no ha buscado nada para sí misma y todo su deseo es que su divino Hijo sea conocido y amado? Hacer de María nuestra consejera es lo más inteligente que podemos hacer y es un gran regalo de Dios tener a nuestro alcance esta magnífica y experimentada “directora espiritual”, que sabe tanto de la vida por lo mucho que ha amado y ha sufrido y que no busca más que nuestro bien y el de su Hijo. Por desgracia, con frecuencia vemos a los amigos dar malos consejos –como cuando invitan a no cumplir las obligaciones profesionales o familiares- e incluso a algunos padres hacer lo mismo. En cambio, la Virgen supo estar al lado de su Hijo, sosteniéndole en los momentos de dificultad –como en la Cruz-, pero sin decirle nunca que tenía que dejar de cumplir su misión. El buen consejo de María fue el de invitar a Jesús a hacer la voluntad del Padre siempre, incluso cuando eso suponía subir al Calvario. Le invitaba a ello y le acompañaba en ello. Hagamos así nosotros con los nuestros, con los que más queremos, No caigamos en la trampa de convertirnos en los mensajeros inconscientes del demonio, diciendo a los nuestros –por un amor mal entendido- que huyan de la cruz. Si así fuera, recibiríamos el reproche que Cristo dirigió a Pedro: “Apártate de mí, Satanás, que me haces tropezar”.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios el don que representa la Virgen como consejera, pues cuando dialogamos con ella siempre nos dice qué es lo mejor para nosotros y cómo comportarnos. E imitarla en los consejos que damos a los demás.
 
 
 
Cuarta semana
 
Madre de la Iglesia.
 
María es la Madre de la Iglesia, de toda la Iglesia, tanto de la parte santa como de la parte pecadora. Es, además, miembro de la misma, miembro insigne, miembro fiel. Es una Madre que cumple un encargo especial, pues quien se lo ha dado ha sido, a la vez, su Hijo y su Dios. Además, el momento en que lo recibió –cuando estaba al pie de la Cruz- no podía ser más solemne, hasta el punto de poderse considerar casi su última voluntad y, desde luego, fueron las últimas palabras que le dirigió a ella antes de morir. María, pues, no duda en cumplir esta petición de Cristo y lo hace con gusto, aunque también con dificultad, pues cuidar de la Iglesia, de los que la componen, no es tarea fácil. La maternidad eclesial de María tiene la triple dimensión de la gestación, la alimentación y la educación. María engendra a la Iglesia al engendrar a su Hijo, cabeza y fundador de la misma; colabora con él en los dolores del “parto”, de la creación de esta nueva criatura. Pero también María es la Madre que nutre y educa a la Iglesia con sus enseñanzas, con su ejemplo, con sus desvelos por todos y cada uno de sus miembros. Por último, la preocupación por la Iglesia, la intercesión permanente ante Dios, culmina la labor maternal de María, pues ésta no consiste sólo en poner a un hijo en el mundo sino en seguir preocupándose por él por toda la eternidad. Démosle gracias a Dios por esta especial maternidad con que ha querido proteger a la obra por Él fundada, la santa Iglesia. Una maternidad que experimentamos y que, si tuviéramos más fe, debería llenarnos el corazón de esperanza, de paz, incluso en los momentos más oscuros de la historia.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios no sólo por la existencia de la Iglesia, sin la cual no le habríamos conocido ni podríamos recibir los sacramentos, sino por la protección que la Virgen lleva a cabo sobre esa misma Iglesia. E intentar imitarla, cuidando también nosotros de ella.






La Virgen María. I Noviembre de 2008
Resulta casi superfluo y hasta cierto punto ofensivo tener que justificar por qué la Virgen María es un don para los católicos y para la entera humanidad. Es tan evidente que casi da pereza afrontar el tema. Sin embargo, lo que sería verdaderamente ofensivo es que en una obra como ésta, donde se busca dar respuestas a la gran pregunta que se hace el cristiano -¿por qué debo creer en el amor de Dios, incluso cuando las cosas me van mal?-, no se hablara de la Virgen como uno de los mayores regalos que Dios nos ha hecho, como uno de los principales motivos de agradecimiento que tenemos para con Él. Es imprescindible, pues, hacerlo. Pero, ¿desde qué perspectiva? ¿Qué decir de María que sirva para comprender por qué ella es un don para nosotros? ¿Bastará con destacar su labor intercesora, o con fijarnos en su papel en la obra de la Redención, o con resaltar el espléndido modelo de vida cristiana que nos ofrece? Creo que hay que empezar por hablar de ella, de su propia naturaleza, pues ella misma es el mejor regalo. Y para eso, lo más práctico es acudir a las enseñanzas de la Iglesia tal y como han sido recogidas en los cuatro dogmas de fe que hacen referencia a la Virgen María y el quinto, por el que se hace campaña.
 
                Primera semana
 
María, Madre de Dios.
 
El debate sobre este dogma es temprano, apenas despejados los temores de la persecución romana. Sin embargo, la polémica no giró en su origen en torno a la Virgen, sino en torno a Cristo y le afectó a ella en tanto que Madre de Cristo. Un sector de la Iglesia, seducido por Arrio y apoyado por el emperador romano, negaban la divinidad de Jesús. Le veían como una especie de “super hombre”, pero en modo alguno como el Hijo de Dios hecho hombre. Como consecuencia, María sólo sería madre de ese hombre grande y santo, pero no “Madre de Dios”, pues su Hijo no era Dios. Repugnaba este título de una manera especial a los arrianos, pues consideraban blasfemo afirmar que una criatura mortal pudiera ser “Madre de Dios”. Reunido el Concilio en Éfeso (año 431), cuentan que, en medio de las discusiones, el pueblo entró en la iglesia donde se estaba debatiendo el dogma y trató con violencia a los que rechazaban la divinidad de Jesús. Pero cuentan también que el grito de guerra de ese pueblo airado era precisamente el de “Theotokós” (Madre de Dios), como si lo que de verdad le importara y le moviera a actuar fuera el hecho de que a su querida Virgen María la estuvieran rebajando de categoría aquellos quisquillosos e incomprensibles teólogos. Cristo es Dios, dejó claro el Concilio de Éfeso, y su madre es, por lo tanto, Madre de Dios, aunque eso no significa que ella poseyera la naturaleza divina. María era una mujer, miembro insigne de la especie humana, pero recibió el don de dar carne al Hijo de Dios, de llevarlo en su vientre virginal, de ser su Madre. La única persona de Jesús –persona divina- asumió la naturaleza humana sin perder la divina, en el seno de María; de ese modo se convirtió en un verdadero hombre a la par que seguía siendo lo que ya era antes de la encarnación, verdadero Dios. Por eso María merece ser llamada con total propiedad “Theotokós”, Madre de Dios. Pero, ¿qué significa ese dogma, además de lo ya dicho? Significa que Dios tuvo necesidad para hacerse hombre, para llevar adelante la obra de la redención, de una mujer, de un ser humano. Es decir, significa que Dios nos necesita. Dios necesita a su Madre, nos necesita a nosotros, necesita encontrar en nosotros el corazón de su Madre, el calor de su Madre, el amor de su Madre. Significa también que el hombre, que todo lo recibe de Dios sin el cual no puede hacer nada bueno, puede y debe hacer algo por el propio Dios; no está limitado sólo a un papel pasivo, de receptor, sino que también tiene un papel activo, de colaborador en la obra de la salvación. Y de ahí es de donde debe nacer, además de lo ya dicho sobre la naturaleza divina de Cristo, nuestra acción de gracias: la maternidad divina de María nos muestra un camino por el cual podemos ser útiles a Dios, podemos hacer algo por Él. Gracias, Señor, por necesitarnos, por pedirnos ayuda, por engrandecernos al rebajarte tú para pedir la limosna –que es un deber para nosotros- de nuestro amor. Gracias, porque cada vez que le decimos a tu Madre “Madre de Dios” nos acordamos de que tú esperas de nosotros el amor que hallaste en ella y poder hacer algo por ti es el mejor regalo que nos has podido hacer.
 
Propósito: Agradecer a Dios que haya elevado a alguien de la especie humana a la categoría de Madre de Dios y, además, que la haya hecho también Madre nuestra.
 
 
               Segunda semana
 
María, siempre Virgen.
 
También este dogma surge en medio de la polémica. Desde muy antiguo circuló una versión –parece que de origen judío- que buscaba denigrar a Jesús y lo hacia insultando a su Madre. Otra versión, que circulaba con el mismo objetivo, interpretaba el título “hermanos de Jesús” utilizado en los Evangelios en el sentido literal del mismo; si bien en Oriente la tradición entendía ese texto en el sentido de que José habría estado casado con anterioridad y habría llevado a su matrimonio con María hijos de su primer desposorio, en Occidente no faltaron los que quisieron sacar de él la idea de que María, como mucho, fue virgen hasta el parto, pero que llevó una vida marital normal con José después del mismo y que tuvo hijos con él. Aunque son muy conocidos los textos bíblicos en los que se utiliza el término “hermano” para designar a parientes muy próximos –primos hermanos-, debido a que ni en arameo ni en hebreo existe la palabra “primo”, los denigradores de María insistían, sin prueba alguna, en negar la virginidad de Nuestra Señora. La Iglesia zanjó la cuestión proclamando este dogma (II Concilio de Constantinopla, año 553; IV Concilio de Letrán, año 1215) aunque hoy todavía hay muchos que parece que no se han enterado. La causa por la que se le ataca tanto nos indica precisamente la importancia que tiene: la castidad. Esta es una virtud que es cada vez menos tolerada, no sólo porque muchos no la practiquen, sino porque les molesta que la vivan los demás, como si el hecho de hacerlo fuera una acusación para su libertinaje. Que alguien viva la castidad y que lo haga en grado sumo –como la Virgen, como tantos y tantos consagrados- es algo que les provoca, les irrita, les ofende. Para justificar sus propias manchas necesitan ensuciar a los que están limpios, quizá con el objeto de sentirse iguales a los demás, de sentirse justificados ante su propia conciencia. Por eso no pueden tolerar la idea de que alguien decida vivir la castidad plena durante toda su vida. No sólo les parece imposible, sino inhumano. De ahí los ataques contra la virginidad de María –y contra el celibato de los sacerdotes-. Quizá porque “piensa el ladrón que todos son de su condición”. Precisamente por eso debemos dar gracias a Dios por esa virginidad mantenida gozosamente por María y porque la Iglesia haya defendido valientemente la existencia de la misma. La virginidad perpetua de María –antes del parto, en el parto (milagrosamente) y después del parto- significa que la castidad es valiosa y que la castidad –con la ayuda de Dios- es posible. Si María lo ha hecho, también nosotros podemos conseguirlo. No se tratará, por supuesto, de que todos vivan el mismo tipo de castidad, pues existe una castidad matrimonial, otra para los solteros y otra para los consagrados. Pero, en cualquiera de los casos, es bueno hacerlo, es una virtud, y es posible hacerlo. Saber esto hoy es una suerte, es de agradecer. Luchar por conseguirlo es una suerte aún mayor. Y esto, en buena medida, se lo debemos a María.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que, con la virginidad perpetua de María, nos haya mostrado un camino a seguir y haya reivindicado el valor de la virginidad y de la castidad.
 
 
               Tercera semana
 
La concepción inmaculada de María.
 
La proclamación del dogma de la Inmaculada (8 de diciembre de 1854) puso fin a una larguísima lucha en el seno de la Iglesia y a un intenso debate teológico. Por un lado estaban aquellos que, amando a la Virgen, consideraban que ésta debió nacer con el pecado original, puesto que Cristo, su Hijo, era el redentor de todos. Por otro, estaban los que, amando aún más a María, sostenían que ni siquiera ese pecado podía atribuírsele a nuestra Madre, sobre todo porque de ella habría de tomar carne el Hijo de Dios. La solución la apuntaron ya los teólogos franciscanos, singularmente Duns Scoto, cuando recordaron –y aún faltaban muchos años para llegar a descubrir las vacunas- que a una persona se le podía curar de dos maneras: una quitándole la enfermedad y otra evitando que la contrajera. Por lo tanto, Cristo es el redentor de todos, también de su Madre, pero a ésta, de cara a su futura maternidad, se le concedió el privilegio de ser concebida sin pecado original. Pero si ésta es la génesis y el contenido del dogma, las consecuencias del mismo son muchas; me gustaría destacar una de ellas, para dar gracias a Dios por lo que implica: la posibilidad de vencer al pecado, con la gracia de Dios. No hay que olvidar que hubo otra mujer que tampoco conoció el pecado original: Eva. Y, sin embargo, pecó. Por lo tanto, el hecho de nacer sin esa mancha no implica, por sí mismo, que después, a lo largo de la vida, no se puede pecar. De hecho, las tentaciones que conocieron Adán y Eva, aunque fueran de otro tipo, también las padeció Jesús, como nos cuentan los Evangelios, y podemos suponer que lo mismo le sucedió a María. Sin embargo, la Inmaculada no pecó, se mantuvo limpia, rechazando al enemigo cuando éste pretendió separarla de la entrega de sí misma que había hecho a Dios. La nueva Eva pisó la cabeza de la serpiente todas las veces que ésta intentó seducirla y lo intentó de múltiples maneras. Esto lo entendió el pueblo de Dios cuando, durante tantos siglos, al defender la concepción inmaculada de María añadía otro concepto: que ella no sólo no tuvo el pecado original sino que no conoció nunca el pecado y por eso la llamaba “Purísima”. En España, de hecho, con frecuencia se usan de manera indistinta estos dos nombres para referirse a la Virgen: la Inmaculada y la Purísima. Pero si bien el primero de ellos se refiere sólo a su concepción, el segundo abarca el conjunto de su vida incluido el primero. Como consecuencia, y siguiendo el sentir popular, que fue el que logró la aprobación de este dogma, podemos afirmar que la pureza de nuestra Madre significa que es posible vencer al pecado, que no estamos condenados a pecar de manera irremediable, que si una mujer –una de nuestra estirpe- lo logró, también –con la gracia de Dios- podemos lograrlo nosotros. Con la nueva Eva, con María, con la Inmaculada, comenzó la nueva creación. De ella nació Cristo, el Hijo de Dios e hijo de María, también él inmaculado y puro –ni conoció el pecado original ni el personal-. Los seguidores del Verbo encarnado, los cristianos, estamos llamados a imitarle, a rechazar el pecado, y el ejemplo de María –que, a diferencia de su Hijo, verdadero Dios, era sólo una mujer- nos alienta a luchar por conseguirlo, porque sabemos que es posible. Démosle gracias a Dios por ello, por la esperanza que nos da al contemplar a María Inmaculada y Purísima, vencedora con la gracia de Dios de todo pecado. Démosle gracias porque sabemos que también nosotros podemos hacerlo y eso nos mantiene en la lucha.
 
Propósito: Agradecer a Dios el modelo de María “sin pecado”, que nos indica un camino a seguir, el de la ausencia de todo interés en nuestra relación con Dios, el de la llena de gracia, la llena de amor.
 
 
               Cuarta semana
 
La Asunción de María.
 
El último de los dogmas marianos aprobados fue el de la Asunción de nuestra Madre en cuerpo y alma a los cielos. Es un dogma relacionado con dos de los anteriores: el de su maternidad divina y el de su carácter inmaculado. Cualquier madre establece, al serlo, una relación única con su hijo, una relación no sólo afectiva sino ante todo corporal; un cuerpo se ha formado a partir del suyo, aunque haya sido necesaria la aportación del varón y aunque ese nuevo cuerpo, dotado de un nuevo espíritu, no sea el cuerpo de la madre ni un apéndice o continuación del mismo. La relación corporal madre-hijo, enriquecida con la relación afectiva, es la más fuerte de la naturaleza, la verdadera columna vertebral del mundo –de ahí la enorme gravedad del aborto- y lo es precisamente por ese tipo específico de vinculación establecido por el hecho de que una carne nace la otra. Por eso María no podía morir, su carne no podía conocer la corrupción del sepulcro, pues ella debía seguir ejerciendo su misión maternal, hacia Jesús y no sólo hacia nosotros los hombres. Si Jesús, como hemos visto en el primer dogma mariano, tiene necesidad de su Madre, del amor de su Madre, ésta tenía que seguir siendo cuerpo y alma a la vez, para poder mantener en plenitud el vínculo materno que la unía con su Hijo. Además, y aquí entra el tercer dogma, el de la concepción inmaculada, la que no conoció la corrupción del pecado no podía ni debía conocer la corrupción del sepulcro. Y por si esos argumentos fueran pocos: si cualquier hijo evitaría –de poder hacerlo- la muerte de su madre, ¿cómo pensar que Jesús, que sí podía hacerlo por ser Dios, se comportó de otra manera? ¿cómo creer que él no hizo por su Madre lo que haría el más pecador de los hombres por la suya? Él pudo. Ella se lo merecía. Él, por lo tanto, lo hizo. Pero, ¿qué consecuencias se desprenden para nosotros del hecho de que, como enseña este dogma, la Virgen esté en cuerpo y alma en el cielo? ¿Por qué tenemos que darle gracias a Dios por ello?: Porque, gracias a eso, como he dicho, María puede seguir ejerciendo su maternidad de una manera plena. En primer lugar, también como se ha dicho, para con su Hijo. Pero a la vez para con todos y cada uno de nosotros. Tenemos una Madre en el cielo que no cesa de trabajar por nuestro bien, por nuestra santificación. Tenemos una abogada, una intercesora. Ella está viva y eso es para nosotros uno de los más grandes regalos que nos haya hecho Dios. Démosle gracias, todos los días y a todas horas, por ello.
 
Propósito: Démosle gracias a Dios porque con la Asunción de su Madre nos asegura que ella está siempre intercediendo por nosotros y acudamos a María en busca de esa intercesión.
 
 
                Quinta semana
 
Hacia el quinto dogma.
 
              Desde hace años, un movimiento popular, apoyado por algunos cardenales y teólogos, está pidiendo al Papa que proclame un quinto dogma mariano, el de considerar a María como corredentora junto a su Hijo, el redentor de la Humanidad, y como mediadora de todas las gracias, también junto a su Hijo, el mediador por excelencia entre Dios y los hombres. Con este dogma no se buscaría tanto ensalzar a nuestra Madre –que no lo necesita-, sino hacer justicia a su labor de intercesora y dejar bien patente esa labor. Además, serviría para mostrar un camino de imitación que ya viene recogido en San Pablo, cuando afirmó: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1, 24). De este modo, todos los católicos tendríamos aún más claro que nuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo en el sacrificio eucarístico, son útiles y pueden ser ofrecidos a Dios por el bien de los hombres, en especial por el bien de nuestros familiares y amigos. Haciendo esto llevamos a la plenitud el ejercicio del “sacerdocio real” o “sacerdocio común” de los fieles, que recibimos por el Bautismo. Adquiere así su pleno significado el símbolo que el sacerdote presbítero lleva a cabo cuando, en el altar, antes del Ofertorio, pone una gota de agua en el vino que ha depositado en el cáliz y que luego será consagrado. Esa gota de agua simboliza nuestros sufrimientos, nuestra mediación corredentora, nuestra colaboración en la obra de la redención llevada a cabo por Cristo. Pues bien, si eso se puede decir de cualquiera de nosotros, ¿no se podrá afirmar con mayor intensidad de la Santísima Virgen? Y, si se afirma de ella con la solemnidad de un dogma, quedará aún más claro que ese es un camino que todos los católicos debemos recorrer. Así, muchos que huyen del dolor considerándolo algo inútil, podrán comprender que, si bien hay dolores que hay que evitar –yendo al médico, por ejemplo-, hay dolores que son inevitables y que son valiosísimos, pues pueden servir para la redención de los nuestros, siempre que nos unamos a Cristo, verdadero y único Redentor. Los Franciscanos de María nos adherimos, por ello, a la larga lista de los que piden al Papa que se proclame este quinto dogma mariano, aunque sabemos que la proclamación de un dogma es un proceso muy lento, que requiere muchos años de estudio.
 
Propósito: Poner en práctica lo que se pide en el quinto dogma: ofrecer a Cristo nuestros sufrimientos por la conversión de nuestros familiares y amigos: convertirnos en corredentores.








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