martes, 16 de diciembre de 2014

Catholic.net - Más hermosa que el sol

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Más hermosa que el sol
Solemnidades y fiestas
Lucas
1, 39-48. Solemnidad de la Virgen de Guadalupe. Ella es la Madre de
Dios y Madre nuestra, estamos bajo su cuidado. Con ella jamás nos
perderemos.



Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-48

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las
montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.
En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz
exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?
Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.
Dichosa tú, que has creído porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de
parte del Señor. "Entonces dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi
espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos
en la humildad de su esclava".




Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, y llena de amor esta oración para que sepa, como tu
Madre santísima, encaminarme con rapidez y diligencia a proclamar tu
mensaje de amor. No tengo porque temer porque, gracias a mi Madre de
Guadalupe, sé que Tú y ella me acompañan en mi camino.



Petición

Santísima Virgen de Guadalupe, haz que me deje modelar por tu ejemplo y calor de madre.



Meditación del Papa Francisco
La
aparición de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un
signo profético de un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes
de las vastas tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que
llegarían después.
Este
abrazo de María señaló el camino que siempre ha caracterizado a
América: ser una tierra donde pueden convivir pueblos diferentes, una
tierra capaz de respetar la vida humana en todas sus fases, desde el
seno materno hasta la vejez, capaz de acoger a los emigrantes, así como a
los pobres y marginados de todas las épocas. Una tierra generosa.
Éste
es el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, y éste es también mi
mensaje, el mensaje de la Iglesia. Animo a todos los habitantes del
Continente americano a tener los brazos abiertos como la Virgen María,
con amor y ternura» (Papa Francisco, 11 de diciembre de 2013)
Reflexión

Yo creo que todos los hombres de este mundo deberíamos ser unos
enamorados de nuestra propia madre. Gracias a Dios, yo sí tengo la
fortuna de serlo. Cuando pienso en mi madre, me inspiro y se me ensancha
el corazón. Y a mucha honra lo tengo. Pero la temperatura de mi corazón
se enardece mucho más cuando pienso en nuestra madre de los cielos.



Solemos decir que  el 100% de los mexicanos sin excepción somos
guadalupanos. Esto hace mucha gracia a todas las personas que lo
escuchan, sobre todo en Europa. Y se ríen con mucho agrado, haciendo
gestos de aprobación. El alma de nuestro pueblo es profundamente
mariana.



Y es que María ha estado siempre presente en nuestra historia y en lo más hondo de nuestra fe.



Toda la vida espiritual de los mexicanos está fuertemente permeada por
una devoción muy tierna y filial hacia la Madre de Dios; y las gestas
religiosas más heroicas de nuestro pueblo han estado siempre inspiradas y
guiadas por la mano de la Santísima Virgen. México es México gracias a
la Virgen de Guadalupe. Sin ella, no se entiende nuestra cultura.



Desde que los misioneros españoles trajeron la fe y el Evangelio a
nuestro pueblo, y México comenzó a existir como encrucijada de
civilizaciones, la Virgen de Guadalupe hizo acto de presencia. Se
apareció al indio Juan Diego, se autoproclamó Madre y Reina de todos los
mexicanos, y puso su morada en nuestra tierra. Ya todos conocemos la
historia, pero es emocionante recordarla.



Corría el año de 1531, apenas diez años tras la conquista de la gran
ciudad azteca de Tenochtitlán. Un sábado 9 de diciembre, Juan Diego, un
humilde indiecito mexicano, pasaba por el cerro de Tepeyac, cerca de la
ciudad de México. Se dirigía a la doctrina dirigida por los franciscanos
en Tlaltelolco, cuando, al pasar junto al cerrito, se le apareció una
hermosísima Señora, más bella y radiante que el sol. Le dijo: "Sábete y
ten bien entendido, hijo mío, que yo soy la siempre Virgen Santa María,
Madre del verdadero Dios, por quien se vive, Creador del cielo y de la
tierra". Acto seguido, le pidió un templo en ese sitio y le mandó a la
ciudad de México a exponer su deseo al obispo fray Juan de Zumárraga.



El obispo no pareció darle crédito. Y, después de escucharlo varias
veces, el obispo le pidió una señal de la Señora para saber si era en
verdad la Madre de Dios quien le enviaba. Con palabras cariñosas, la
Señora del cielo encargó a Juan Diego que volviera al día siguiente para
darle la señal. Pero su tío se encontraba muy enfermo y dio un rodeo al
cerrito para que la Señora no lo demorara, pues iba a Tlaltelolco a
buscar un sacerdote para su tío. Pero la Madre de Dios le salió al
encuentro y le dijo: “¿A dónde vas, hijo mío, el más pequeño, y qué
camino es éste que has seguido?”. Juan Diego le contó, apenado, lo de su
tío. Y la piadosísima Virgen le respondió con un tono muy dulce, con
estas bellísimas palabras: “Oye y ten entendido, el más pequeño de mis
hijos, que es nada lo que te asusta y aflige.



No se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni ninguna otra
angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás acaso bajo mi
sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué
más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la
enfermedad de tu tío, que no morirá ahora. Y está seguro de que ya
sanó”.



Juan Diego oyó estas razones, se consoló mucho y se puso muy contento. Y
luego le ordenó la Señora del cielo que subiese al cerro y recogiera en
su tilma las rosas que encontrara. A pesar de que era un crudo invierno
y de que en aquellos peñascos no podía haber flores, obedeció. En la
cima halló hermosas rosas de Castilla. La Señora las tomó en sus manos y
le dijo: “Ésta es la señal que has de llevar al obispo; sólo a él las
mostrarás y le dirás que debe hacer lo que he ordenado”.



El indio llegó a la casa del obispo. Mostró la señal y manifestó la
voluntad de la Señora de que se le edificara un templo. Al tiempo que
hablaba, desplegó la tilma y apareció en ella una hermosísima imagen de
la siempre Virgen Santa María. Asombrado el obispo, cayó de rodillas,
veneró la imagen milagrosa y mandó colocarla en su oratorio. Al día
siguiente el prelado acompañó a Juan Diego para que le señalara el sitio
en donde se le había aparecido la Señora y donde había mandado que se
le edificara un templo.

Según una sólida tradición, la imagen de la Virgen de Guadalupe, después
de su impresión en la tilma del indio Juan Diego en 1531, en la ciudad
de México, permaneció algunos días en la capilla episcopal del obispo
fray Juan de Zumárraga, y luego en el templo mayor. El 26 de diciembre
de ese mismo año fue trasladada solemnemente a una ermita construida al
pie del cerro del Tepeyac.



Su culto se propagó rápidamente e influyó decisivamente para la difusión
de la fe entre los indígenas. El 12 de octubre de 1895 tuvo lugar la
coronación pontificia de la imagen, concedida por León XIII. En 1910,
San Pío X la proclamó patrona de América Latina; en 1935, Pío XI la
nombró patrona de las Islas Filipinas; y en 1945, Pío XII le dio el
título de Emperatriz de América. Por último, S.S. Juan Pablo II, durante
su cuarto viaje a México, promulgó, el día 23 de enero de 1999, el día
de la Virgen de Guadalupe como fiesta en toda América.



Propósito

Asistir a misa, preferentemente a un santuario mariano y en compañía de la familia.



Diálogo con Cristo

¡Qué dicha tener una Madre tan dulce y cariñosa, y una Reina tan
poderosa en nuestra propia casa! Ella es la Madre de Dios y la Madre
nuestra, y estamos bajo su cuidado, en su regazo maternal. Con ella
jamás nos perderemos. Hoy, Madre mía, quiero agradecerte todas las
gracias que me has alcanzado y pedirte tu bendición para que reine la
paz en mi familia y entorno social.


 










 
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